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Sombras en la Fortaleza y el Juramento de las Galletas

El sábado amaneció con un cielo despejado, de esos que invitan a correr por el parque, pero para Megumi Fushiguro, el destino era mucho más importante que un simple columpio. Llevaba su mochila pequeña, cargada con dos libros de cuentos sobre animales y un estuche de lápices que Gojo le había comprado ("para que dibujes más perros, Megumi-chan", le había dicho con esa sonrisa burlona).

Gojo detuvo el coche frente a la casa de los Itadori. Era una construcción sencilla, con un jardín que, aunque descuidado, rebosaba de una vida salvaje que Megumi encontraba fascinante y aterradora a la vez.

—Pórtate bien, Megumi —dijo Gojo, desordenando el cabello oscuro del niño—. Y no te pongas demasiado celoso si el abuelo de Yuji le da más galletas a él que a ti.

—No soy celoso —mintió Megumi, bajando del coche con la espalda muy recta—. Solo cuido lo que es mío.

Gojo soltó una carcajada mientras veía al pequeño caminar hacia la puerta. Antes de que Megumi pudiera siquiera tocar el timbre, la puerta se abrió de golpe, revelando a un Yuji radiante, que ya vestía su pijama de tigre a pesar de que apenas eran las diez de la mañana.

—¡Gumi! —gritó Yuji, lanzándose a abrazarlo—. ¡Llegaste! ¡La fortaleza ya casi está lista!

—Hola, Yuji —respondió Megumi, tratando de mantener la compostura mientras sus mejillas se teñían de rosa—. Traje los libros. Y la contraseña.

Yuji se separó un poco, mirando a su alrededor con cautela antes de acercarse al oído de Megumi.

—¿Cuál es? —susurró.

—Corazón de Tigre —respondió Megumi con la misma solemnidad de quien revela la ubicación de un tesoro nacional.

Yuji asintió vigorosamente y lo tomó de la mano, arrastrándolo hacia el interior de la casa. El abuelo de Yuji, Wasuke, estaba en la cocina leyendo el periódico. Levantó la vista por encima de sus gafas, observando a los dos niños con una mezcla de cansancio y cariño.

—Hola, Fushiguro —gruñó el anciano, aunque sus ojos no eran severos—. No dejen que este mocoso rompa nada mientras construyen su... lo que sea que estén construyendo.

—No romperemos nada, señor Itadori —prometió Megumi con una inclinación de cabeza.

—¡Vamos, Gumi! —Yuji lo guio hacia la sala de estar.

El lugar era un caos controlado. Había sillas de comedor dispuestas en círculo, unidas por tres mantas pesadas y varias pinzas de ropa que mantenían la estructura unida. En el centro, un montón de cojines formaba un nido mullido.

—Es el Castillo de los Novios —anunció Yuji con orgullo—. Aquí nadie puede molestarnos. Ni Todo, ni Nobara, ni siquiera mi abuelo si viene a decirnos que nos bañemos.

Megumi entró en la fortaleza gateando. Dentro, la luz se filtraba a través de la manta azul, creando una atmósfera mágica y submarina. Se sentó sobre un cojín de terciopelo y empezó a sacar sus libros.

—Me gusta —admitió Megumi—. Es... seguro.

Yuji entró tras él, cargando una linterna que proyectaba sombras gigantescas en las paredes de tela. Se sentó tan cerca de Megumi que sus hombros se tocaban.

—Mira, Gumi —dijo Yuji, encendiendo la linterna hacia arriba—. Si pongo mi mano así, parece un lobo.

Megumi observó la sombra en el techo del fuerte. Era una sombra tosca, pero en su mente infantil, cobró vida.

—Yo puedo hacer uno mejor —dijo Megumi. Juntó sus manos, entrelazando los dedos con una destreza inusual para su edad. En la tela apareció la silueta perfecta de un perro—. Son mis perros. Los que dibujé.

Yuji abrió mucho los ojos, impresionado.

—¡Guau! ¡Parece de verdad! ¿Cómo haces eso?

—No lo sé —respondió Megumi, mirando sus propias manos con curiosidad—. A veces siento que mis sombras quieren salir a jugar.

Yuji extendió su mano y "acarició" la sombra del perro en la manta.

—Son buenos perros. Nos van a cuidar mientras estemos aquí.

Se quedaron un rato jugando con las sombras, creando historias donde los perros de Megumi rescataban al tigre de Yuji de una montaña de brócoli gigante (el enemigo natural de Itadori). Sin embargo, la paz se vio interrumpida cuando el aroma a chocolate recién horneado inundó la fortaleza.

—¡Las galletas! —exclamó Yuji, saliendo del fuerte a toda velocidad.

Megumi se quedó solo por un momento. El silencio de la casa era diferente al silencio de la fortaleza. Se sintió un poco pequeño sin la presencia ruidosa y cálida de Yuji a su lado. Abrió uno de sus libros, pero no podía concentrarse. Su mente seguía dando vueltas a lo que significaba ser "novios".

Yuji regresó unos minutos después, equilibrando un plato con cuatro galletas calientes y dos vasos de leche.

—El abuelo dice que solo podemos comer estas ahora, o no querremos cenar —dijo Yuji, sentándose de nuevo—. Pero yo le robé una extra para ti porque eres el invitado.

Yuji le tendió una galleta que tenía más chispas de chocolate que las demás. Megumi la tomó, sintiendo el calor en sus dedos.

—Gracias, Yuji.

Comieron en silencio, disfrutando de la dulzura y del refugio que habían construido. De repente, Yuji dejó su vaso de leche y miró a Megumi con una expresión muy seria.

—Gumi, el abuelo dice que cuando la gente se quiere, a veces se pelean. Como las películas donde los novios se gritan y luego lloran. ¿Nosotros nos vamos a pelear?

Megumi detuvo su masticar. La idea de pelear con Yuji le apretó el pecho de una forma desagradable.

—No quiero pelear contigo —dijo Megumi con firmeza—. No me gusta gritar.

—A mí tampoco —asintió Yuji—. Pero a veces me pongo triste si no me dejas jugar con los demás. O si pones esa cara de "no me toques".

Megumi bajó la vista hacia sus rodillas. Sabía que a veces era difícil. Sabía que su pecho se sentía frío cuando otros niños hacían reír a Yuji.

—Es que... —empezó Megumi, buscando las palabras que Gojo no le había enseñado—, tengo miedo de que si juegas con ellos, te des cuenta de que son más divertidos que yo. Yo no sé contar chistes y no me gusta el barro.

Yuji parpadeó, sorprendido. Luego, soltó una risita suave y tomó la mano de Megumi, que estaba pegajosa por el chocolate.

—Eres tonto, Gumi. Nadie es más divertido que tú. Tú haces sombras de perros mágicos y sabes leer palabras difíciles. Además... —Yuji se acercó más, invadiendo ese espacio personal que Megumi solo le cedía a él—, tú eres mi equipo. Los equipos no se cambian por otros solo porque tengan pelotas de fútbol.

Megumi sintió que el nudo en su estómago se deshacía.

—Entonces, hagamos una regla —propuso Megumi—. Una regla de la fortaleza.

—¡Sí! ¿Cuál?

—Si alguna vez nos enojamos, tenemos que venir aquí —decidió Megumi—. Y no podemos salir hasta que nos hayamos dado la mano otra vez.

Yuji sonrió de oreja a oreja, mostrando sus dientes blancos.

—¡Me encanta esa regla! Es como un hechizo de paz.

Se quedaron abrazados, dos niños pequeños en un mundo que aún no comprendían, pero que estaban decididos a conquistar a su manera. Megumi abrió el libro de cuentos y empezó a leer en voz alta, señalando las imágenes para que Yuji pudiera seguirlas.

—"Había una vez un lobo que quería ser amigo de la luna..." —comenzó Megumi.

Yuji escuchaba con atención, apoyando su cabeza en el hombro de Megumi. El calor del cuerpo del otro era reconfortante. A mitad del cuento, Yuji interrumpió.

—Gumi, ¿qué es un beso?

Megumi se atragantó con su propia saliva.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque en la televisión, los novios se dan besos cuando termina la película. Dicen que es para sellar una promesa.

Megumi recordó el beso ruidoso que Yuji le había dado en la mejilla en la escuela. Aquello se había sentido como un estallido de chispas.

—Creo que es cuando pones tus labios en la cara de alguien —explicó Megumi, tratando de sonar clínico—. Es como un sello de correos, pero para personas.

Yuji se quedó pensativo, mirando los labios de Megumi.

—¿Y tiene que ser en la mejilla?

—Los adultos lo hacen en la boca —susurró Megumi, sintiendo que sus orejas iban a explotar de calor—. Pero Gojo dice que eso es para cuando seas muy mayor y tengas que pagar impuestos.

Yuji arrugó la nariz.

—No quiero pagar impuestos. Pero quiero sellar nuestra regla de la fortaleza.

Sin previo aviso, Yuji se inclinó y presionó sus labios contra la frente de Megumi. Fue un contacto breve, suave y con un ligero olor a galletas de chocolate.

—Ahí está —dijo Yuji, retrocediendo con una sonrisa satisfecha—. Ahora la regla es mágica. No podemos romperla nunca.

Megumi se tocó la frente, justo donde los labios de Yuji habían estado. Sintió un calorcito que se extendió por todo su cuerpo, llegando hasta la punta de sus pies.

—Yo también tengo que sellarla —murmuró Megumi.

Con mucha lentitud y cuidado, como si estuviera manejando una de sus sombras delicadas, Megumi se acercó y le dio un beso a Yuji en la punta de la nariz. Yuji arrugó la cara y soltó una risita traviesa.

—¡Eso hizo cosquillas! —exclamó Yuji.

—Es un sello de perro —dijo Megumi con una pequeña sonrisa—. Es más fuerte.

Pasaron el resto de la tarde jugando dentro de su fuerte. Dibujaron en las hojas del cuaderno de Megumi, creando un mapa de su mundo ideal: una ciudad donde no había brócoli, donde todos los perros eran sombras amigas y donde las fortalezas de mantas eran las casas oficiales de todos los niños.

Cuando el sol empezó a ponerse, tiñendo la sala de un tono anaranjado y melancólico, Wasuke entró en la habitación.

—Ya es hora, mocosos. El tipo alto del pelo blanco está afuera tocando el claxon como un loco.

Megumi y Yuji suspiraron al unísono. Salir de la fortaleza era como despertar de un sueño hermoso. Empezaron a desarmar las mantas y a colocar las sillas en su lugar, aunque ambos sentían que algo había cambiado para siempre.

En la puerta de la casa, Megumi se detuvo mientras Yuji lo despedía con la mano.

—Nos vemos el lunes en la escuela, Gumi —dijo Yuji—. No olvides la contraseña.

—No la olvidaré —prometió Megumi.

Caminó hacia el coche de Gojo, pero antes de subir, se volvió una última vez.

—¡Yuji!

—¿Sí?

—Traeré más pegatinas el lunes. De las que brillan en la oscuridad.

Yuji saltó de alegría y le lanzó un beso al aire antes de entrar en su casa.

Megumi subió al coche y se abrochó el cinturón en silencio. Gojo lo observó por el espejo retrovisor, notando la expresión serena y casi soñadora del niño.

—¿Y bien? ¿Cómo estuvo la fortaleza? —preguntó Gojo, arrancando el motor.

—Hicimos reglas —respondió Megumi, mirando por la ventana cómo la casa de Yuji se hacía pequeña en la distancia—. Y sellamos promesas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de promesas hacen los novios de seis años?

Megumi tocó la pegatina de tigre que aún llevaba en su mano, ahora un poco desgastada por el juego.

—Promesas de que no estaremos solos —dijo Megumi en voz baja—. Aunque el mundo sea grande y haya gente que quiera separarnos, siempre tendremos nuestra fortaleza.

Gojo dejó de bromear por un momento. Miró la pequeña figura de Megumi y sintió una punzada de algo que se parecía mucho al respeto. A veces, los niños entendían las cosas más importantes de la vida mucho mejor que los adultos. Entendían que el amor no era un contrato complicado, sino un refugio hecho de mantas, galletas de chocolate y la seguridad de que alguien siempre te esperaría con una contraseña secreta.

—Eso suena como un buen plan, Megumi —dijo Gojo con suavidad.

Mientras el coche avanzaba por las calles iluminadas por las farolas, Megumi cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados, todavía podía ver la sombra del perro y el tigre jugando juntos en la tela azul. No sabía qué les depararía el futuro, ni si las sombras que sentía en sus manos se volverían reales algún día, pero sabía una cosa con absoluta certeza.

Mientras Yuji Itadori estuviera a su lado, no había monstruo bajo la cama, ni niño ruidoso en el patio, ni destino oscuro que pudiera asustarlo. Porque ellos eran un equipo. El mejor equipo del mundo.

Y en el silencio de su corazón, Megumi volvió a repetir la contraseña, como un mantra que lo protegería hasta que volvieran a verse.

—Corazón de tigre —susurró para sí mismo, quedándose dormido con una sonrisa que solo los novios que creen en la magia pueden tener.