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Own

Lágrimas de Sal y el Refugio de los Girasoles

El otoño había comenzado a teñir de ocre los árboles del patio escolar, y con el cambio de estación, una pequeña grieta apareció en el mundo perfecto de Megumi y Yuji. Todo comenzó por algo tan insignificante como una caja de crayones y un dibujo de clase que salió mal.

En el aula de primer grado, la maestra había pedido a los niños que dibujaran lo que más les gustaba de su compañero de mesa. Megumi, con su habitual paciencia meticulosa, estaba trazando la silueta del cabello de Yuji, tratando de encontrar el tono exacto de rosa mezclando el rojo con el blanco. Por su parte, Yuji estaba inusualmente distraído.

—¡Mira, Megumi! —exclamó Yuji, señalando por la ventana—. ¡Todo trajo un balón de fútbol nuevo que brilla cuando lo pateas! Dice que después del almuerzo vamos a jugar un partido de "campeones".

Megumi no levantó la vista del papel. Sus dedos apretaron el crayón con una fuerza que hizo que la punta crujiera.

—Dijiste que íbamos a terminar el dibujo de los perros —murmuró Megumi, con una voz que sonaba más fría de lo normal.

—Podemos hacerlo después —respondió Yuji con sencillez, balanceando sus piernas bajo el pupitre—. Es que el balón brilla, Gumi. ¡Brilla!

—No me importa que brille.

Megumi dejó el crayón sobre la mesa con un golpe seco. El sentimiento de posesión, ese nudo helado que sentía cada vez que Yuji miraba hacia otro lugar que no fuera él, se expandió por su pecho. No sabía que se llamaba celos; para él, simplemente se sentía como si alguien le estuviera robando el aire.

—Siempre quieres irte con ellos —continuó Megumi, y esta vez su voz tembló un poco—. Dijiste que éramos un equipo. Pero los equipos no se separan para ir tras cosas que brillan.

Yuji frunció el ceño. No entendía por qué Megumi estaba siendo tan difícil. Él amaba a Megumi, pero también amaba correr, y no veía por qué una cosa tenía que destruir la otra.

—¡No me estoy separando! —protestó Yuji, alzando la voz más de lo debido—. Solo es un partido. Eres muy aburrido cuando te pones así, Megumi. ¡Pareces un viejo gruñón!

Esa palabra, "aburrido", golpeó a Megumi como una bofetada física. Sus ojos verdes se abrieron de par en par y sintió un escozor punzante detrás de los párpados.

—Si soy aburrido, entonces vete con Todo —dijo Megumi. Su voz se quebró al final.

—¡Pues me voy! —gritó Yuji. La rabia infantil, pura y explosiva, se reflejó en su rostro moreno.

Yuji se levantó de la silla con tanta fuerza que esta casi se vuelca. Sin mirar atrás, caminó hacia el otro lado del salón, donde Todo y los demás niños ya estaban planeando sus jugadas.

Megumi se quedó solo en el pupitre doble. Miró el dibujo a medio terminar de Yuji. Había intentado que el cabello rosa quedara perfecto, pero ahora, bajo la luz de la tarde, el dibujo parecía triste y vacío. Una gota gorda y salada cayó sobre el papel, manchando el color rosa. Luego otra. Y otra.

Megumi Fushiguro no era un niño que llorara en público. Gojo siempre le decía que tenía que ser fuerte, que los hombres de su familia no mostraban debilidad. Pero Megumi tenía seis años, y su "novio" acababa de decirle que era aburrido. El llanto de Megumi era silencioso; sus hombros temblaban levemente y las lágrimas rodaban por sus mejillas sin emitir un solo sollozo, lo que lo hacía ver aún más desolado.

En el otro extremo del aula, Yuji estaba rodeado de niños, pero no se sentía feliz. Su pecho ardía de rabia. Pateó una pata de la mesa de Todo, sintiendo una frustración que no sabía cómo expresar.

—¡Oye, Itadori! ¿Estás listo para el partido? —preguntó Todo, dándole un empujón amistoso.

—¡No me empujes! —le gritó Yuji, con los ojos llenos de unas lágrimas muy distintas a las de Megumi. Las de Yuji eran lágrimas de furia, calientes y rápidas—. ¡No quiero jugar a nada!

Yuji se frotó los ojos con el dorso de la mano, irritado. Estaba enojado con Megumi por ser tan testarudo, pero estaba más enojado consigo mismo por haberlo dejado solo. Miró de reojo hacia su pupitre y vio la espalda encorvada de Megumi. Vio cómo el pelinegro se limpiaba la cara rápidamente con la manga del uniforme.

El corazón de Yuji dio un vuelco. Ver a Megumi llorar era mucho peor que cualquier insulto o cualquier partido perdido.

—¡Itadori, vamos! —insistió Todo.

—¡Que no! —Yuji se dio la vuelta y corrió hacia la salida del salón, pero no fue hacia el patio. Se escondió en el pequeño pasillo que llevaba a la biblioteca, un lugar que solía estar vacío a esa hora.

Allí, Yuji se dejó caer al suelo y golpeó la pared con el puño pequeño.

—¡Tonto Megumi! ¡Tonto, tonto, tonto! —exclamó, mientras las lágrimas de rabia finalmente caían—. ¡Me hace sentir mal incluso cuando tengo razón!

Pasaron diez minutos. El recreo comenzó y el aula se vació. Megumi seguía sentado en su sitio, mirando fijamente la mancha de agua en su dibujo. No quería salir al patio. No quería ver a Yuji brillando con ese balón de fútbol mientras él se sentía como una sombra olvidada.

De repente, una figura se detuvo frente a su pupitre. Megumi no levantó la vista, pensando que sería la maestra para decirle que saliera a jugar.

—Toma.

Era la voz de Yuji. Estaba un poco ronca, como si hubiera estado gritando o llorando también.

Megumi levantó la cabeza lentamente. Yuji estaba de pie allí, con la cara roja y el cabello más alborotado que de costumbre. En su mano extendida sostenía un paquete de galletas de animales, de esas que solo daban en la cafetería los viernes especiales.

—No las quiero —susurró Megumi, aunque su voz todavía sonaba rota.

—Tienes que quererlas —insistió Yuji, dando un paso más cerca—. Son las de chocolate. Me peleé con un niño de tercero para conseguirlas. Bueno, no me peleé de verdad, pero le di mi jugo de naranja y mi manzana.

Megumi miró las galletas y luego miró a Yuji. Vio que los ojos claros de su amigo también estaban un poco hinchados.

—Dijiste que soy aburrido —recordó Megumi, y el dolor volvió a asomar en su mirada verde.

Yuji se sentó en su silla, invadiendo el espacio de Megumi como siempre lo hacía. Suspiró ruidosamente, una imitación perfecta de los suspiros que su abuelo daba cuando estaba cansado.

—Lo dije porque estaba enojado —admitió Yuji, bajando la cabeza—. Pero no es verdad. Eres el niño más interesante de la escuela. Nadie más sabe hacer sombras de perros que parecen vivos. Es solo que... a veces quiero correr, Gumi. Y quiero que tú corras conmigo.

—Yo no corro rápido —murmuró Megumi.

—No importa. Si corremos juntos, el equipo es más fuerte, ¿no? —Yuji abrió el paquete de galletas y sacó una con forma de león—. Perdón por decirte aburrido. No quise que lloraras.

Megumi se limpió la última lágrima con el dedo.

—Tú también lloraste —acusó Megumi suavemente.

—¡Fue de rabia! —exclamó Yuji, poniéndose rojo otra vez—. Estaba enojado porque quería jugar y quería estar contigo al mismo tiempo, y mi cabeza se sentía como si fuera a explotar.

Hubo un silencio corto, pero ya no era un silencio pesado. Era el silencio de dos personas que estaban aprendiendo que quererse también significaba lastimarse sin querer y tener que encontrar el camino de regreso.

—¿Me perdonas? —preguntó Yuji, ofreciéndole la galleta de león.

Megumi dudó un segundo antes de aceptarla. Le dio un mordisco pequeño. El sabor dulce del chocolate ayudó a disipar el amargor que sentía en la garganta.

—Está bien —dijo Megumi—. Pero no vuelvas a decirme eso. Y no quiero que juegues con Todo si él no me deja estar cerca.

—¡Le daré una patada si intenta alejarte! —prometió Yuji con una sonrisa recuperada—. Bueno, una patada suave, porque la maestra me castigaría.

Megumi soltó una pequeña risita, la primera del día.

—Yuji... —llamó Megumi después de un momento.

—¿Sí?

—¿Qué pasa si nos volvemos a pelear? Los adultos dicen que las peleas rompen las cosas.

Yuji se quedó pensativo, mirando el dibujo manchado de Megumi. Estiró la mano y, con un crayón azul que estaba en la mesa, dibujó un círculo alrededor de la mancha de lágrima de Megumi, convirtiéndola en el centro de una flor.

—Mi abuelo dice que las cosas rotas se pueden arreglar con pegamento —explicó Yuji con su lógica infantil—. Nosotros no tenemos pegamento, pero tenemos galletas y tenemos nuestra fortaleza de mantas. Si nos peleamos, solo tenemos que darnos una galleta y decir "lo siento".

Megumi miró la flor azul que Yuji había improvisado sobre su dibujo. Ya no parecía un error; ahora parecía una parte del arte.

—¿Siempre va a ser así de fácil? —preguntó Megumi, con esa duda existencial que a veces lo perseguía.

—¡Claro! —Yuji se levantó y tomó la mano de Megumi, entrelazando sus dedos—. Somos novios, Megumi. Los novios siempre encuentran la forma de jugar otra vez. ¡Ahora vamos! El balón de Todo todavía debe estar brillando y quiero que veas cómo lo pateo.

Megumi se dejó arrastrar hacia el patio. El sol de otoño todavía calentaba lo suficiente, y mientras caminaban por el pasillo, Megumi sintió que el nudo en su pecho se había transformado en algo cálido y ligero.

Al llegar al campo de fútbol, Todo los vio acercarse.

—¡Itadori! ¡Pensé que te habías acobardado! —gritó el niño grande.

—¡Nada de eso! —respondió Yuji, sin soltar la mano de Megumi—. ¡Pero Fushiguro va a jugar en mi equipo! Si no, no juego.

Todo miró a Megumi, quien mantenía su expresión seria y protectora.

—Está bien, está bien. ¡Vengan aquí!

El partido fue un desastre de tropezones y risas. Megumi no metió ningún gol, y de hecho, se cayó una vez raspándose la rodilla, pero Yuji estuvo allí de inmediato para ayudarlo a levantarse, limpiándole la tierra con la misma ternura con la que un tesoro es pulido.

—¿Estás bien, Gumi? —preguntó Yuji, preocupado.

—Estoy bien —respondió Megumi, sintiendo el escozor en la rodilla pero una inmensa satisfacción en el alma—. Sigue jugando.

Al final del recreo, ambos regresaron al salón jadeando y sudorosos. Se sentaron en su pupitre doble, compartiendo el último trozo de galleta que quedaba en el paquete.

—Oye, Megumi —dijo Yuji, mirando el dibujo de la flor azul y el cabello rosa—. Mañana podemos ir al parque. Hay unos girasoles gigantes cerca de la entrada. Podemos llevar tus libros y mis crayones.

Megumi asintió, apoyando su cabeza en el hombro de Yuji por un breve segundo.

—Me gustaría eso. Pero yo llevaré las galletas esta vez. Por si acaso nos peleamos por los girasoles.

Yuji soltó una carcajada que llenó el rincón del aula, una risa tan contagiosa que incluso Megumi terminó sonriendo de par en par.

—¡Trato hecho!

Esa tarde, cuando Gojo pasó a recoger a Megumi, notó la rodilla raspada y la mancha de chocolate en el uniforme del niño.

—Parece que hoy hubo acción, Megumi-chan —comentó Gojo mientras subían al coche—. ¿Te peleaste con algún monstruo?

Megumi miró por la ventana y vio a Yuji despidiéndose con la mano desde la acera, saltando y gritando su nombre.

—No fue un monstruo —respondió Megumi con una madurez que sorprendió a su tutor—. Solo estábamos aprendiendo a arreglar las cosas.

Gojo sonrió de lado, arrancando el motor. No hizo más preguntas. Sabía que Megumi estaba construyendo algo que la mayoría de los adultos pasaban la vida entera intentando entender.

Mientras el coche se alejaba, Megumi guardó en su mochila el dibujo de la flor azul. Sabía que vendrían más peleas, más lágrimas y más días donde Yuji querría correr tras balones brillantes. Pero también sabía que, al final del día, siempre habría una galleta compartida, una mano que sostener y un refugio de girasoles esperándolos.

Porque ser novios, a los seis años, no se trataba de promesas eternas que no podían cumplir, sino de la voluntad sencilla y pura de querer jugar juntos al día siguiente, sin importar cuántas veces el mundo intentara separarlos.

Megumi cerró los ojos, sintiendo el roce de la pegatina de tigre en su mano, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le pareció un lugar aterrador, sino un patio de juegos infinito donde siempre, siempre, estaría Yuji Itadori para atraparlo si llegaba a caer.