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Besos de Papel y el Misterio de los Adultos

El apartamento de Gojo Satoru siempre había sido un lugar lleno de cosas brillantes, dulces caros y un silencio que a veces a Megumi le resultaba demasiado grande. Sin embargo, esa mañana, el silencio había sido reemplazado por el sonido metálico de sartenes y una risa que no era la de su tutor.

Megumi se detuvo en el umbral de la cocina, sujetando su mochila con fuerza. Allí, junto a Gojo, había un hombre que nunca había visto antes. Tenía el cabello muy largo y oscuro, recogido en un moño algo desordenado, y unos ojos rasgados que parecían sonreír incluso antes de que sus labios se movieran.

—¡Ah, Megumi-chan! ¡Ya despertaste! —Gojo se giró con una espátula en la mano y una alegría que parecía desbordar las paredes—. Ven aquí, quiero presentarte a alguien muy, muy especial. Él es Suguru Geto.

El hombre llamado Suguru se agachó para estar a la altura de Megumi. Su presencia era diferente a la de Gojo; mientras que Satoru era como un rayo de sol que te cegaba, Suguru se sentía como la sombra fresca de un árbol en verano.

—Hola, Megumi —dijo Geto con una voz suave—. He oído mucho sobre ti. Dicen que eres el niño más serio de todo Japón.

Megumi no respondió de inmediato. Analizó al extraño con sus ojos verdes, buscando alguna señal de peligro, pero solo encontró una calma infinita.

—¿Eres el novio de Gojo? —preguntó Megumi con su franqueza habitual.

Suguru soltó una carcajada melódica y miró a Satoru, quien se encogió de hombros con una sonrisa de oreja a oreja.

—Algo así —respondió Suguru, volviendo a mirar al pequeño—. Somos... un equipo, como tú y tu amigo de cabello rosa.

Megumi asintió. La palabra "equipo" era una moneda que él entendía bien. Se sentó a la mesa y, mientras desayunaba, se convirtió en un observador silencioso. Su mente infantil, siempre alerta, empezó a registrar cada interacción entre los dos adultos.

Vio cómo Gojo, que normalmente no dejaba que nadie tocara sus cosas, le ofrecía a Suguru el último trozo de su pan dulce favorito. Vio cómo Suguru, sin decir una palabra, le apartaba un mechón de cabello blanco de la frente a Satoru mientras este hablaba sin parar. Pero lo que más llamó su atención fue lo que ocurrió cuando Gojo terminó su café.

Satoru se inclinó hacia Suguru y, de la manera más natural del mundo, le dio un beso corto en los labios. No hubo ruidos extraños, ni gritos, ni la vergüenza que Megumi sentía cuando pensaba en esas cosas. Fue como respirar o como darse la mano. Después, Suguru rodeó la cintura de Gojo con un brazo y lo atrajo hacia él en un abrazo que parecía durar una eternidad, aunque solo fueron unos segundos.

Megumi dejó de masticar su tostada. Sus ojos verdes estaban muy abiertos.

—¿Por qué hacen eso? —preguntó Megumi, señalándolos con el dedo.

Gojo parpadeó, volviendo a la realidad, y se rascó la nuca.

—¿El qué? ¿Besarnos? —Satoru soltó una risita—. Bueno, Megumi, cuando quieres mucho a alguien y confías en esa persona, los besos y los abrazos son como decir "estoy feliz de que estés aquí" sin usar palabras.

—Pero Yuji y yo somos novios —argumentó Megumi—, y solo nos damos besos en la frente o en la nariz. Yuji dice que los de la boca son para cuando paguemos impuestos.

Suguru no pudo evitar sonreír ante la lógica de los niños.

—No tienes que esperar a los impuestos, Megumi —dijo Suguru con dulzura—. Pero los besos en la boca son un secreto especial entre dos personas que se cuidan mucho. Es una forma de compartir tu energía con el otro.

Megumi procesó la información. "Compartir energía". "Decir que estás feliz sin palabras". Miró sus propias manos pequeñas. Si él y Yuji eran un equipo, y si él quería que Yuji supiera que estaba feliz de que estuviera en su vida, entonces tal vez debería hacer lo que hacían los adultos.

Ese lunes, Megumi llegó a la escuela con una misión. No llevaba flores ni pegatinas esta vez; llevaba una determinación silenciosa que lo hacía parecer aún más serio de lo habitual.

Yuji lo estaba esperando en la entrada, saltando sobre los cuadros de colores pintados en el suelo.

—¡Gumi! —Yuji corrió hacia él y, como siempre, intentó invadir su espacio personal con un abrazo entusiasta—. ¡Mira! Mi abuelo me dejó traer esta piedra, ¡parece un corazón de verdad si la mojas con agua!

Megumi no miró la piedra. Se quedó quieto, observando los labios de Yuji, que no paraban de moverse mientras contaba su historia sobre la piedra y un gato que vio en el camino.

—Yuji —interrumpió Megumi.

—¿Sí? —Yuji ladeó la cabeza, curioso por el tono solemne de su amigo.

—He estado observando a los adultos —declaró Megumi—. A Gojo y a su amigo Suguru.

—¿El del moño? —preguntó Yuji, que ya había oído hablar de él—. ¿Es amable?

—Es tranquilo —respondió Megumi—. Pero ellos hacen cosas de novios que nosotros no hacemos. Se dan besos que no son en la frente. Dicen que es para compartir energía.

Yuji abrió mucho los ojos. La idea de "energía" siempre le recordaba a los superhéroes de la televisión.

—¿Energía de la que te hace correr más rápido? —preguntó Yuji emocionado.

—No lo sé. Pero se ven muy felices cuando lo hacen. Parecen... como si el resto del mundo no importara.

Yuji se rascó la cabeza, un poco confundido.

—Pero Gumi, dijiste que eso era para cuando fuéramos viejos.

—Cambié de opinión —dijo Megumi, dando un paso hacia adelante—. Somos un equipo, ¿no? Y si somos el mejor equipo, deberíamos tener la mejor energía.

Yuji asintió, convencido por la lógica impecable de Megumi. Si Megumi decía que era importante para el equipo, entonces él estaba dispuesto a intentarlo.

—Está bien —dijo Yuji, cerrando los ojos con fuerza y apretando los puños—. ¿Cómo lo hacemos?

—Ponte quieto —ordenó Megumi.

Se encontraban en un rincón del patio, detrás de unos arbustos de hortensias que los ocultaban de la vista de los demás niños que corrían y gritaban. El aire olía a pasto recién cortado y a la merienda que alguien ya había abierto.

Megumi se acercó. Podía sentir el calor que emanaba de Yuji, ese olor a sol y a jabón de frutas que siempre lo tranquilizaba. Su corazón empezó a latir rápido, como un pájaro atrapado en una jaula pequeña. Se dio cuenta de que esto era mucho más difícil que dibujar perros o compartir galletas.

Se puso de puntillas, porque Yuji era apenas un par de centímetros más alto que él ese día. Suavemente, Megumi presionó sus labios contra los de Yuji.

Fue un contacto torpe y breve. Sus labios estaban un poco secos y olían a la leche del desayuno. No hubo chispas mágicas ni música de violines, pero algo extraño sucedió en el estómago de Megumi. Se sintió como si hubiera saltado desde muy alto y hubiera aterrizado en un montón de nubes.

Cuando se separó, Yuji abrió los ojos. Estaba muy rojo, tanto que su rostro casi combinaba con su cabello rosa.

—Oh —dijo Yuji, parpadeando mucho—. Eso fue... raro. Pero se sintió calentito.

—¿Sentiste la energía? —preguntó Megumi, tratando de que su voz no temblara.

Yuji se puso la mano en el pecho, justo sobre el corazón.

—Creo que sí. Mi corazón está haciendo "pum-pum" muy fuerte. ¿El tuyo también?

Megumi asintió.

—Gojo y Suguru se abrazan después —añadió Megumi, recordando la escena de la cocina—. Dicen que es para que la felicidad no se escape.

Sin esperar respuesta, Megumi rodeó el cuello de Yuji con sus brazos y escondió la cara en su hombro. Yuji, respondiendo al instinto, lo abrazó por la cintura, apretándolo con esa fuerza honesta que solo él poseía.

Se quedaron así un momento, ignorando el timbre que anunciaba el inicio de las clases. En ese abrazo, Megumi sintió que todo lo que había visto en su casa cobraba sentido. No se trataba de ser adultos o de pagar impuestos; se trataba de ese silencio compartido donde no necesitabas decir "me gustas" porque el calor de la otra persona ya te lo estaba diciendo.

—Gumi —susurró Yuji contra su oído.

—¿Qué?

—Me gusta compartir energía contigo. Pero creo que prefiero los abrazos. Los besos me dan ganas de estornudar un poco.

Megumi soltó una pequeña risita y se separó, aunque no soltó la mano de Yuji.

—Está bien. Podemos hacer las dos cosas. Pero solo cuando estemos solos. No quiero que Todo nos vea y quiera intentar "compartir energía" también.

Yuji puso una cara de horror absoluto.

—¡Puaj! ¡No! Todo tiene las manos siempre llenas de tierra. Solo contigo, Gumi. Solo nosotros.

Caminaron hacia el salón de clases de la mano. Durante la lección de dibujo, Megumi no podía dejar de mirar a Yuji. Observaba cómo su amigo fruncía el ceño mientras intentaba colorear un sol, y sentía una satisfacción nueva, una seguridad de que su "equipo" era ahora algo indestructible.

A la hora del almuerzo, se sentaron bajo su árbol favorito. Nobara se acercó a ellos, mirándolos con sospecha.

—Ustedes dos están muy raros hoy —dijo Nobara, cruzándose de brazos—. Están muy callados. ¿Se pelearon otra vez?

—No —respondió Megumi con una calma inusual—. Estamos recargando energía.

Nobara arqueó una ceja, confundida.

—¿Energía? ¿Como las pilas de mi juguete?

—Algo así —dijo Yuji con una sonrisa traviesa—. Pero es una energía secreta de novios. Tú no lo entenderías porque no tienes un equipo.

Nobara resopló y se alejó, murmurando algo sobre lo tontos que eran los niños.

Cuando se quedaron solos, Yuji sacó una mandarina de su mochila y empezó a pelarla. Le dio la mitad a Megumi, asegurándose de quitarle todas las fibras blancas porque sabía que a Megumi le molestaban.

—Oye, Gumi —dijo Yuji mientras comía—. ¿Crees que Gojo y su amigo también tienen una fortaleza de mantas?

Megumi imaginó a Gojo, que era demasiado alto, intentando entrar en una fortaleza de mantas, y a Suguru tratando de acomodar su largo cabello bajo las sillas.

—Probablemente —respondió Megumi—. Los adultos son raros, pero creo que todos necesitan una fortaleza a veces.

—Entonces, cuando seamos grandes como ellos, seguiremos teniendo la nuestra, ¿verdad? —preguntó Yuji con un rastro de preocupación en su voz—. Aunque tengamos que usar besos de adultos y pagar esas cosas aburridas de los impuestos.

Megumi miró a Yuji. Vio el brillo de sinceridad en sus ojos claros y sintió que, sin importar cuánto crecieran, nada cambiaría realmente.

—La nuestra será más grande —decidió Megumi—. Tendrá espacio para los dos perros y para todas las piedras con forma de corazón que encuentres.

Yuji sonrió y, de manera espontánea, se inclinó y le dio un beso rápido a Megumi en la mejilla.

—Ese fue para decir que estoy feliz —explicó Yuji.

Megumi sintió que su rostro se calentaba de nuevo, pero esta vez no intentó esconderlo. Tomó un gajo de mandarina y se lo dio a Yuji en la boca, un gesto pequeño de cuidado que había visto hacer a Suguru con Gojo.

Esa tarde, cuando Gojo pasó a buscar a Megumi, traía a Suguru con él. Los dos adultos estaban riendo por algo que había dicho Satoru.

—¡Hola, Megumi-chan! —gritó Gojo desde el coche—. ¡Mira quién vino a saludarte!

Megumi caminó hacia el coche, pero antes de subir, se giró hacia Yuji, que seguía en la puerta de la escuela.

—¡Yuji! —llamó Megumi.

Yuji se detuvo y lo miró.

—¡Mañana traeré las galletas de chocolate! —gritó Megumi—. ¡Para tener más energía!

Yuji agitó los brazos con entusiasmo y salió corriendo hacia donde lo esperaba su abuelo.

Megumi subió al asiento trasero del coche. Suguru lo miró por el espejo retrovisor con una sonrisa amable.

—¿Cómo estuvo tu día, Megumi? ¿Aprendiste algo nuevo hoy?

Megumi se abrochó el cinturón y miró por la ventana, viendo cómo la silueta de Yuji desaparecía en la distancia.

—Sí —respondió Megumi—. Aprendí que los equipos necesitan besos y abrazos para no quedarse sin batería. Y que los secretos de los adultos no son tan difíciles si tienes a la persona adecuada.

Gojo y Suguru se miraron entre sí. Satoru soltó una carcajada sonora y Suguru simplemente negó con la cabeza, divertido por la sabiduría precoz del niño.

—Parece que nos han estado observando, Suguru —comentó Gojo, arrancando el motor.

—Parece que sí —respondió Geto, poniendo su mano sobre la de Satoru en la palanca de cambios—. Y parece que lo están haciendo bastante bien.

Megumi se recostó en el asiento, cerrando los ojos. En su mente, todavía podía sentir el contacto suave de los labios de Yuji y el calor de su abrazo. No sabía qué les depararía el futuro, ni si las sombras que a veces veía en las esquinas se volverían más oscuras con el tiempo. Pero mientras tuviera a Yuji para compartir energía, y mientras pudieran construir fortalezas de mantas y besos de papel, Megumi sabía que todo estaría bien.

Porque el amor, a los seis años, no necesitaba grandes explicaciones ni contratos legales. Solo necesitaba una mandarina compartida, una mano fiel y la valentía de intentar, aunque fuera por un segundo, que el mundo fuera un poco más cálido a través de un beso torpe detrás de las hortensias.

—Mañana será un buen día —susurró Megumi para sí mismo, dejándose llevar por el movimiento del coche, soñando con tigres rosas y perros de sombra que corrían juntos hacia un horizonte donde siempre, siempre, era la hora del recreo.