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El Vals de las Sombras y el Pacto del Hilo Rojo

El otoño se había asentado definitivamente en el patio de la escuela, cubriendo los columpios de hojas crujientes y obligando a los niños a usar chaquetas abultadas que los hacían parecer pequeños pingüinos de colores. Para Megumi, el frío era una excusa perfecta para mantenerse pegado a Yuji bajo la estructura de madera del tobogán, un lugar que habían reclamado como su "base de operaciones de invierno".

Esa mañana, Megumi llevaba algo especial en el bolsillo de su abrigo azul. No era una pegatina ni una piedra, sino un trozo de lana roja que había rescatado de una labor de punto que Gojo había intentado empezar (y abandonado a los cinco minutos). Megumi recordaba haber escuchado a Suguru decir algo sobre un "hilo rojo" que unía a las personas que estaban destinadas a estar juntas, y aunque no entendía del todo qué era el "destino", le gustaba la idea de algo que no se pudiera romper.

—¿Gumi? ¿Por qué estás tan callado? —preguntó Yuji, rompiendo el silencio mientras intentaba abrir un paquete de palitos de queso con los dientes.

—Estaba pensando —respondió Megumi, sacando el hilo de lana—. He oído que hay un hilo invisible que une a los novios. Como nosotros no podemos verlo, pensé que deberíamos hacer uno que sí se vea.

Yuji dejó de pelear con el queso y sus ojos se iluminaron con esa curiosidad infinita que siempre desarmaba a Megumi.

—¡Un hilo de verdad! —exclamó Yuji—. ¿Como una correa para perros?

—No, tonto —dijo Megumi, aunque sin malicia—. Es para que, si alguna vez nos perdemos en la multitud o si Todo intenta llevarte a otro salón, yo pueda tirar del hilo y sepas que tienes que volver.

Megumi tomó la mano de Yuji. Con una delicadeza que contrastaba con su seriedad habitual, ató un extremo de la lana roja alrededor del dedo meñique de Yuji. Luego, hizo lo mismo con su propio meñique.

—Ahora estamos conectados —susurró Megumi, mirando el hilo que colgaba entre sus manos—. Si yo muevo mi dedo, tú sientes el tirón. Pruébalo.

Yuji movió su mano con fuerza, haciendo que el dedo de Megumi se sacudiera. El pelirrosa soltó una carcajada limpia y vibrante que resonó bajo el tobogán.

—¡Funciona! ¡Es como magia de equipo! —Yuji se quedó mirando el hilo con una expresión más suave—. Gumi, ¿crees que este hilo es lo suficientemente largo para llegar hasta nuestras casas?

—No lo sé —admitió Megumi—. Pero si se rompe, podemos atarlo otra vez. Eso es lo que hacen los adultos cuando las cosas se complican, ¿verdad?

—Mi abuelo dice que las cosas viejas son mejores porque han sido arregladas muchas veces —comentó Yuji, volviendo a su queso—. Así que, si nuestro hilo tiene muchos nudos, significa que somos los mejores novios del mundo.

Se quedaron allí un rato, experimentando con la longitud del hilo. Yuji se alejaba hasta que la lana se tensaba, y Megumi tiraba de ella con un gesto posesivo, haciendo que Yuji regresara trotando con una sonrisa de oreja a oreja. Para ellos, no era solo un juego; era la materialización de un vínculo que sentían vibrar en sus pechos cada vez que se miraban.

Sin embargo, la burbuja de paz fue interrumpida por la campana que anunciaba el fin del recreo. Al ponerse de pie, se dieron cuenta de un problema logístico: no podían caminar por los pasillos atados por un hilo rojo sin que la maestra pensara que se habían enredado en una clase de costura.

—Tenemos que guardarlo —dijo Megumi, un poco decepcionado—. Pero no lo desates. Solo... enróllalo en tu dedo como si fuera un anillo.

—¡Como el anillo de mi tía! —dijo Yuji, siguiendo las instrucciones—. Ella dice que su anillo significa que siempre tiene a alguien esperándola en casa.

Caminaron hacia el salón, cada uno con un pequeño bulto de lana roja en su meñique. Durante la clase de aritmética, Megumi no podía dejar de tocar el hilo con el pulgar. Se sentía seguro. Se sentía como si, incluso si el mundo decidiera volverse gris o si Gojo olvidara recogerlo (algo que pasaba con frecuencia), siempre habría un rastro de Yuji unido a él.

A mitad de la lección, la maestra anunció que tendrían un proyecto especial para el festival cultural de la escuela.

—Vamos a aprender un baile sencillo —dijo la maestra con entusiasmo—. En parejas.

Megumi sintió que el corazón se le subía a la garganta. Odiaba bailar. Odiaba que la gente lo mirara. Pero sobre todo, odiaba la posibilidad de que la maestra eligiera las parejas al azar. Sus ojos buscaron desesperadamente a Yuji, quien ya estaba levantando la mano con una energía que amenazaba con dislocarle el hombro.

—¡Maestra! ¡Yo quiero ser pareja de Megumi! —gritó Yuji sin ninguna vergüenza.

Algunos niños se rieron. Nobara, desde la fila de atrás, rodó los ojos.

—¡Itadori, siempre quieres estar con Fushiguro! —gritó un niño llamado Junpei—. ¡Parecen pegamento!

—¡Es que somos equipo! —replicó Yuji, inflando el pecho—. Y los equipos bailan juntos. ¿Verdad, Gumi?

Megumi asintió levemente, con las mejillas ardiendo. La maestra, acostumbrada a la simbiosis de los dos niños, sonrió y anotó sus nombres juntos.

El ensayo del baile comenzó en el gimnasio. Era un vals infantil muy simple, donde solo tenían que dar vueltas y cambiar de posición. Megumi estaba rígido como una tabla de madera, temiendo pisar a Yuji o, peor aún, que el hilo rojo se desenredara y alguien lo viera.

—Relájate, Gumi —susurró Yuji, tomando las manos de Megumi—. Solo tienes que seguir mi ritmo. Yo soy como un tambor, ¿recuerdas? ¡Pum, pum, pum!

—No soy un tambor, Yuji. Soy una persona —respondió Megumi, aunque sus hombros empezaron a bajar—. Y no quiero caerme.

—Si te caes, yo te atrapo —dijo Yuji con una seguridad que no pertenecía a un niño de seis años—. El hilo nos mantendrá equilibrados.

Empezaron a girar. Al principio, Megumi tropezaba con sus propios pies, pero los ojos de Yuji —brillantes, claros y llenos de una fe inquebrantable— lo guiaban. Por un momento, el ruido del gimnasio, los gritos de otros niños y las correcciones de la maestra desaparecieron. Solo existía el roce de sus manos y la tensión sutil del hilo rojo oculto entre sus dedos.

Fue en ese momento, en medio de una vuelta, cuando Megumi comprendió algo que Gojo y Suguru intentaban explicarle con sus gestos de adultos. No se trataba de los besos o de las palabras difíciles. Se trataba de este peso compartido, de la sensación de que el suelo no era tan inestable si había otra persona sosteniéndote.

De repente, Megumi se sintió valiente.

—Yuji —dijo mientras daban otra vuelta—, cuando seamos grandes y estemos en la fortaleza, ¿seguiremos bailando?

—¡Claro! —respondió Yuji, dándole un apretón a su mano—. Bailaremos en la cocina mientras esperamos las galletas. Y el hilo será tan largo que podremos ir a diferentes habitaciones y seguir conectados.

El ensayo terminó y los niños se dispersaron para beber agua. Megumi y Yuji se sentaron en las gradas, jadeando un poco. El hilo rojo se había aflojado un poco, dejando ver un rastro de lana sobre la piel de sus manos.

—Gumi, mira —dijo Yuji, señalando el hilo—. Se está deshilachando un poco.

Megumi miró la lana desgastada. Sintió una punzada de miedo.

—¿Significa que nos vamos a perder?

Yuji negó con la cabeza y, con un movimiento rápido, tomó los dos extremos sueltos y los unió en un nudo doble, apretándolo con los dientes para que quedara firme.

—Significa que ahora es más fuerte —declaró Yuji—. Mi abuelo dice que las cicatrices hacen que la piel sea más dura. Los nudos hacen que el hilo sea más difícil de romper.

Megumi observó el nudo. Era feo y abultado, pero se sentía indestructible