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El Nudo de Lana y el Secreto de las Estrellas de Papel

El invierno no solo trajo consigo el frío que calaba en los huesos, sino también una quietud extraña que se apoderó del salón de clases. Las ventanas estaban empañadas por el calor de los niños, y el aire olía a mandarinas y a pegamento de barra. Megumi Fushiguro, sentado en su pupitre, observaba cómo su aliento formaba una pequeña nube de vapor antes de desaparecer.

A su lado, Yuji Itadori estaba sumergido en una concentración absoluta. Tenía la punta de la lengua asomando por la comisura de los labios y sus manos morenas, siempre inquietas, luchaban contra una hoja de papel cuadrado de color amarillo.

—Gumi, mi tigre parece más un gato atropellado —susurró Yuji, dejando caer los hombros con un suspiro dramático—. El origami es difícil. Mis dedos son demasiado grandes para estos dobleces.

Megumi dejó de mirar la ventana y se inclinó hacia el pupitre de su compañero. Sus propios dedos, delgados y precisos, ya habían transformado un papel negro en un perro perfectamente definido.

—No son tus dedos, Yuji —dijo Megumi con esa seriedad que lo hacía parecer un pequeño anciano—. Es que vas demasiado rápido. El papel necesita que lo escuches.

—¡Pero el papel no habla! —protestó Yuji, aunque le acercó su papel amarillo arrugado—. Ayúdame, ¿sí? Quiero que sea un tigre de verdad para que cuide tu perro en el estante de la clase.

Megumi tomó el papel. Mientras sus manos trabajaban con una delicadeza asombrosa, sintió el roce del hilo rojo que todavía llevaba atado a su meñique, oculto bajo la manga del suéter. Ya no era un hilo largo; con el paso de los días, se había convertido en un amuleto desgastado, lleno de nudos y pelusas, pero para Megumi seguía siendo el ancla que lo mantenía unido a la realidad vibrante de Yuji.

—Si el tigre cuida al perro —murmuró Megumi mientras marcaba un pliegue con la uña—, ¿quién nos cuida a nosotros?

Yuji se quedó pensativo, apoyando la barbilla en la mesa.

—Nosotros nos cuidamos el uno al otro, tonto. Tú me cuidas de los exámenes de matemáticas y yo te cuido de... bueno, de que estés triste.

Megumi se detuvo un segundo. La palabra "triste" siempre sonaba extraña en boca de Yuji, porque Yuji era como una estufa encendida en medio de un páramo helado.

—No estoy triste —mintió Megumi, aunque sabía que a veces su rostro decía lo contrario cuando recordaba el silencio de su casa.

—A veces tus ojos se vuelven muy oscuros, Gumi. Como cuando se va la luz —Yuji estiró un dedo y tocó suavemente el dorso de la mano de Megumi—. Pero para eso está el hilo. Si te vas muy lejos a ese lugar oscuro, yo tiro de él y te traigo de vuelta al sol.

Megumi terminó el tigre de papel y se lo entregó. Estaba perfecto. Yuji lo tomó como si fuera un diamante precioso.

—Es increíble. ¡Mira, tiene hasta las orejas puntiagudas! —Yuji sonrió, y esa sonrisa fue suficiente para que Megumi sintiera que el frío del invierno se quedaba fuera del aula.

De repente, la puerta del salón se abrió y entró Nobara Kugisaki, envuelta en una bufanda roja tan grande que apenas se le veía la cara. Traía consigo una caja llena de estrellas de papel brillantes.

—¡Oigan, raritos! —exclamó Nobara, dejando la caja sobre la mesa de los profesores—. La maestra dice que tenemos que escribir deseos en estas estrellas para el árbol del festival. Pero tienen que ser deseos de verdad. Nada de pedir "más pudín" o "un balón nuevo".

Yuji saltó de su asiento, entusiasmado.

—¡Deseos de verdad! ¿Como ser astronauta?

—Eso es aburrido, Itadori —resopló Nobara—. Yo voy a pedir ir a Tokio a comprar ropa de marca. Un deseo tiene que ser algo que cambie tu vida.

Megumi miró la estrella de papel plateado que Nobara le puso delante. Un deseo. Nunca había pensado mucho en el futuro porque el presente ya era bastante complicado. Sus deseos solían ser pequeños: que Gojo no olvidara la cena, que sus perros de sombra no se sintieran solos, que Yuji no dejara de darle la mano.

—¿Qué vas a pedir tú, Gumi? —preguntó Yuji, que ya estaba garabateando algo en su estrella con un crayón naranja.

—No se dice —respondió Megumi, cubriendo su estrella con el brazo—. Si lo dices, no se cumple.

—Eso es un mito de adultos —dijo Yuji, encogiéndose de hombros—. Yo voy a pedir que mi abuelo viva mil años y que... bueno, lo otro es secreto de equipo.

Megumi tomó su lápiz. Miró a Yuji, que ahora estaba intentando enseñar a Nobara cómo hacer que un tigre de papel se mantuviera en pie. Vio la forma en que el cabello rosa de Yuji brillaba bajo las luces fluorescentes y cómo su risa llenaba los huecos vacíos del salón.

Con una letra pequeña y cuidadosa, Megumi escribió su deseo en el interior de la estrella de plata: "Que el hilo rojo nunca se rompa, aunque nos hagamos viejos y ya no tengamos dientes".

Dobló la estrella con cuidado, asegurándose de que nadie pudiera leer sus palabras. Para él, ese papel era un contrato con el universo.

—¿Ya terminaron? —preguntó la maestra, acercándose con una cesta—. Mañana colgaremos todas las estrellas en el gran pino del patio. Dicen que si la primera nieve toca tu estrella, el deseo vuela directo al cielo.

Esa noche, Megumi no pudo dormir. Se quedó mirando el techo de su habitación, escuchando los ronquidos de Gojo en la habitación de al lado. Se levantó y fue hacia la ventana. El cielo estaba pesado, de un gris casi blanco.

—Va a nevar —susurró.

Al día siguiente, la escuela estaba sumergida en un alboroto festivo. Los niños corrían por el patio, decorando el pino con guirnaldas y las estrellas de papel. Megumi y Yuji buscaron la rama más alta que sus brazos pequeños pudieran alcanzar.

—¡Aquí, Gumi! —Yuji lo levantó un poco, sosteniéndolo por la cintura para que Megumi pudiera colgar su estrella de plata junto a la naranja de Yuji.

Cuando Megumi bajó al suelo, ambos se quedaron mirando sus deseos balanceándose con el viento.

—¿Crees que funcionará? —preguntó Yuji, frotándose las manos para calentarlas.

—Tiene que funcionar —dijo Megumi—. El hilo rojo está ayudando.

En ese momento, el primer copo de nieve cayó del cielo. Era pequeño y perfecto, como un cristal de hielo tallado por manos invisibles. Se posó justo sobre la estrella de plata de Megumi antes de derretirse.

—¡Mira! —gritó Yuji, señalando el cielo—. ¡Está nevando! ¡Gumi, tu deseo ya va camino al cielo!

Yuji empezó a correr por el patio, intentando atrapar los copos de nieve con la lengua. Megumi se quedó quieto, sintiendo el frío en la punta de su nariz, pero un calor inmenso en el pecho. Vio a Yuji tropezar y caer sobre un montón de hojas, riendo a carcajadas.

—¡Ven, Gumi! ¡La nieve es mágica!

Megumi caminó hacia él. Antes de llegar, sintió un tirón en su dedo meñique. El hilo rojo se había enganchado en una pequeña rama seca del suelo. Se detuvo y miró el hilo. Estaba sucio, deshilachado y a punto de romperse.

El pánico, sutil pero agudo, le subió por la garganta. Si el hilo se rompía ahora, ¿significaba que su deseo no valía nada?

—¿Gumi? —Yuji dejó de jugar y se acercó, notando la palidez en el rostro de su amigo—. ¿Qué pasa?

—El hilo... —Megumi señaló su mano—. Se va a romper, Yuji. El nudo que hiciste se está soltando.

Yuji se arrodilló en la nieve junto a Megumi. Miró el hilo con seriedad. No se rió ni le dijo que era solo una cuerda. Entendía que para Megumi, ese hilo era la frontera entre estar solo y tener un hogar.

—No pasa nada —dijo Yuji con voz calmada—. Si se rompe, significa que ya no lo necesitamos.

—¿Cómo que no lo necesitamos? —preguntó Megumi, con los ojos empañados—. Si se rompe, nos perderemos.

Yuji tomó la mano de Megumi y la puso sobre su propio corazón. A través de las capas de ropa, Megumi pudo sentir el latido constante y fuerte.

—¿Sientes eso? —preguntó Yuji—. Mi corazón sabe dónde está el tuyo. Aunque no haya hilo, aunque estemos en diferentes escuelas o en diferentes ciudades, yo siempre voy a tirar de ti. El hilo rojo ahora está por dentro, Gumi. Es como una vena extra.

Megumi respiró hondo. El nudo de su garganta se deshizo. Miró a Yuji, que tenía copos de nieve en las pestañas y las mejillas encendidas por el frío.

—¿Prometido? —preguntó Megumi.

—Prometido por el equipo de novios —respondió Yuji, sonriendo de esa manera que hacía que todo pareciera posible—. Además, mira.

Yuji metió la mano en su bolsillo y sacó un pequeño trozo de lana azul que Megumi no había visto antes.

—Le pedí a Suguru un poco de su lana azul —explicó Yuji—. Dijo que el rojo es para el destino, pero el azul es para la paz. Así que voy a atar este también. Ahora tenemos doble seguridad.

Con dedos torpes pero decididos, Yuji ató la lana azul junto a la roja, creando un nudo multicolor y desordenado que parecía una pequeña obra de arte abstracto.

—Ahora somos indestructibles —declaró Yuji, poniéndose de pie y ayudando a Megumi a levantarse.

Caminaron de regreso hacia el edificio de la escuela mientras la nieve empezaba a cubrirlo todo de blanco. En el camino, se cruzaron con Todo, que estaba intentando hacer una bola de nieve gigante él solo.

—¡Eh, Itadori! ¡Ayúdame con esto! ¡Va a ser la bola de nieve más grande de la historia! —gritó Todo.

Yuji miró a Megumi. Vio que su amigo todavía sostenía el nudo de colores con fuerza.

—¡No puedo, Todo! —gritó Yuji de vuelta—. ¡Tengo que llevar a mi equipo a tomar chocolate caliente! ¡La nieve es fría para los perros de sombra!

Todo se encogió de hombros y siguió con su tarea, mientras Megumi sentía una oleada de alivio. Le gustaba que Yuji eligiera el chocolate caliente y el silencio a su lado antes que las bolas de nieve gigantes.

Entraron en la cafetería, donde la maestra estaba repartiendo tazas humeantes. Se sentaron en un rincón, lejos del ruido, observando cómo la nieve caía tras el cristal.

—Gumi —dijo Yuji, soplando su chocolate—. ¿Sabes qué pedí yo en mi estrella?

—Dijiste que era secreto.

—Ya no importa, porque la nieve ya la tocó —Yuji se acercó a su oído—. Pedí que cuando seamos grandes, tú seas el que cocine, porque a mí siempre se me queman las cosas. Y que siempre tengamos una cama lo suficientemente grande para que quepan tus perros.

Megumi sintió un calorcito en las mejillas.

—Yo cocinaré —aceptó Megumi—. Pero tú tendrás que lavar los platos.

—¡Trato hecho!

Se quedaron en silencio, bebiendo su chocolate. Megumi miró el nudo en su dedo. Ya no le importaba si se veía feo o si los otros niños se burlaban. Ese nudo era su fortaleza.

—Oye, Yuji —murmuró Megumi.

—¿Sí?

—Gracias por no dejar que el hilo se rompiera.

Yuji le dio un empujón amistoso con el hombro.

—No iba a dejarlo, Gumi. Eres mi persona favorita. Y las personas favoritas no se dejan ir, ni aunque el hilo sea de lana vieja.

Cuando terminó el día y Gojo llegó a recoger a Megumi, lo encontró dormido en el banco de la entrada, con la cabeza apoyada en el hombro de Yuji. Satoru se detuvo un momento, observando a los dos niños. Vio el nudo de colores en sus manos entrelazadas y sintió una extraña melancolía.

—Son demasiado jóvenes para entenderlo, ¿verdad, Suguru? —susurró Gojo hacia el asiento del copiloto, donde Geto lo esperaba.

—Tal vez —respondió Suguru desde el coche—. O tal vez lo entienden mejor que nosotros. Ellos no tienen miedo de los nudos.

Gojo despertó a Megumi con suavidad. El niño abrió los ojos y, antes de levantarse, le dio un apretón a la mano de Yuji.

—Hasta mañana, Yuji —dijo Megumi, todavía medio dormido.

—Hasta mañana, Gumi. No olvides revisar el hilo antes de dormir —respondió Yuji con un bostezo.

Mientras el coche de Gojo se alejaba por las calles cubiertas de nieve, Megumi miró hacia atrás. Vio la pequeña figura de Yuji despidiéndose bajo la luz de una farola. En la oscuridad, el hilo rojo y azul parecía brillar con una luz propia, una conexión que desafiaba al frío y al tiempo.

Megumi se recostó en el asiento y cerró los ojos. Sabía que el invierno sería largo, que habría días en los que el papel de origami no se doblaría bien y días en los que las sombras parecerían demasiado grandes. Pero también sabía que en algún lugar, al final de un hilo de lana lleno de nudos, siempre habría un niño de cabello rosa esperando para tirar de él y llevarlo de vuelta a casa.

Porque ser novios, para ellos, no era un destino lejano. Era el nudo que hacían cada mañana para asegurarse de que, pasara lo que pasara, el equipo nunca dejaría de jugar. Y con ese pensamiento, Megumi se sumergió en un sueño profundo, donde el hilo rojo se transformaba en un camino de estrellas que lo llevaba siempre de regreso al lado de Yuji.