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Parejas Disparejas

Ecos de un Sentimiento Inmarcesible

El aire en el Colegio Técnico de Magia de Tokio siempre parecía estar cargado de algo más que simple energía maldita. Había una pesadez histórica en sus muros, una seriedad que obligaba a los hechiceros a madurar antes de tiempo. Sin embargo, esa tarde, el ambiente se sentía extrañamente ligero, casi doméstico, si no fuera por el hecho de que tres de las mujeres más peligrosas y capaces de la institución estaban practicando el arte milenario del espionaje accidental.

Nobara Kugisaki se encontraba agachada detrás de un seto perfectamente podado en el jardín interior. A su lado, Maki Zenin mantenía una postura más profesional, aunque sus ojos delataban una chispa de diversión contenida. Un poco más atrás, apoyada contra el tronco de un cerezo, Shoko Ieiri exhalaba el humo de un cigarrillo con parsimonia, disfrutando del silencio que solo el velo de ocultamiento que ella misma había reforzado podía proporcionar.

—Esto es ridículo —susurró Maki, aunque no hizo el menor intento de marcharse—. Tenemos misiones que reportar.

—Shh —la acalló Nobara con un gesto imperioso—. El idiota de Itadori lleva diez minutos intentando convencer a Fushiguro de que mi sentido de la moda es una extensión de mi técnica maldita. Esto es oro puro, Maki. No me lo voy a perder por un aburrido informe de daños.

A unos metros de distancia, sentados en un banco de piedra, Yuji Itadori y Megumi Fushiguro compartían un momento de "descanso". O al menos, Megumi intentaba descansar mientras Yuji gesticulaba con una energía que amenazaba con agotar el oxígeno de la zona.

—¡Te lo digo en serio, Fushiguro! —exclamó Yuji, golpeando su palma con el puño—. No es solo que Nobara se vea bien. Es que tiene esa... esa presencia. El otro día, cuando entramos en aquel edificio infestado, se detuvo frente a un espejo roto solo para retocarse el labial. ¡En medio de un nido de maldiciones! Me dijo que si iba a morir, lo haría luciendo increíble. ¿No es asombroso? Es tan valiente que incluso su vanidad es una declaración de guerra.

Megumi soltó un suspiro largo, frotándose las sienes con una mano. Parecía estar al borde de un colapso nervioso provocado por el exceso de información sentimental.

—Itadori, por quinta vez hoy, lo entiendo. Kugisaki es decidida. Ahora, ¿podemos centrarnos en la estrategia para la misión de mañana? —pidió Megumi con voz monótona.

—¡Es que no me escuchas! —insistió Yuji—. Ella es la mejor porque no deja que este mundo podrido le quite su brillo. Es como una rosa de hierro. ¡Una rosa de hierro, Fushiguro! Deberías tomar notas, tal vez así encontrarías a alguien que soporte tu cara de funeral.

En ese momento, una boca llena de dientes afilados se materializó en la mejilla de Yuji. Sukuna, el Rey de las Maldiciones, parecía haber llegado a su límite de tolerancia.

—Cállate de una vez, mocoso —gruñó la voz gutural de Sukuna—. Tu verborrea sobre esa mujer es más irritante que cualquier ritual de purificación. Si vuelves a decir "rosa de hierro", juro que tomaré el control solo para arrancarte la lengua.

Yuji le dio un manotazo a su propia mejilla, haciendo desaparecer la boca.

—¡Cállate tú, Sukuna! No sabes nada de amor —replicó el joven, volviéndose de nuevo hacia un Megumi que ya estaba considerando seriamente invocar a los Perros de Jade para que lo sacaran de allí.

Detrás del seto, Nobara sentía que el corazón le daba un vuelco. "Rosa de hierro", repitió mentalmente. Era una cursilería espantosa, algo que normalmente le daría ganas de vomitar, pero viniendo de Itadori, sonaba como el cumplido más sincero del mundo.

—Parece que tu "cachorro" tiene un poeta interno —se burló Maki en voz baja—. Aunque Sukuna tiene razón, es un poco intenso.

—Cállate, Zenin —respondió Nobara, aunque su sonrisa la delataba—. Escucha, que ahí vienen los tuyos.

Desde el pasillo que conectaba con el campo de entrenamiento, las voces de Panda y Toge Inumaki se hicieron audibles, acompañadas por el paso ligero de Yuta Okkotsu. El trío de segundo año caminaba con calma, pero Yuta parecía estar en medio de una confesión apasionada.

—Es que no es solo su fuerza física, Panda-san —decía Yuta, con ese brillo de admiración pura en sus ojos oscuros—. Es la forma en que Maki-san desafía las leyes de lo que se supone que es un hechicero. Ella es... excepcional. A veces me quedo mirándola durante el entrenamiento y olvido que yo también tengo que moverme. Tiene una elegancia que es casi aterradora.

—Salmón —asintió Toge, aunque sus ojos mostraban que estaba disfrutando de la incomodidad de su amigo.

—Lo sabemos, Yuta —dijo Panda, dándole una palmada en la espalda que casi lo manda al suelo—. Lo dices todos los días. "Maki-san esto", "Maki-san lo otro". A veces creo que si Maki te pidiera que exorcizaras la luna, buscarías la forma de construir un cohete.

Yuta se sonrojó hasta la punta de las orejas, pero no retrocedió.

—Lo haría —admitió con una seriedad que dejó a Panda sin palabras—. Porque ella se merece todo. Se merece ser la cabeza del clan Zenin, se merece ser reconocida como la mejor hechicera de grado especial, aunque no tenga energía maldita. Ella es mi inspiración. Cada vez que siento que el peso de Rika o de mis propios poderes me supera, pienso en cómo ella camina con la cabeza alta a pesar de todo lo que le han quitado. Ella no es solo mi novia, es mi guía.

Maki, oculta en las sombras, sintió un nudo en la garganta. Ella, que siempre se había enorgullecido de ser autosuficiente, de no necesitar el reconocimiento de nadie, se encontró desarmada ante la devoción absoluta de Yuta. Él no la veía como alguien a quien proteger, sino como alguien a quien seguir. Y eso, para Maki, era el regalo más grande que alguien podía darle.

—Vaya —susurró Shoko, observando la reacción de Maki—. El chico de las ojeras tiene profundidad. Me pregunto si Satoru está haciendo lo mismo en alguna parte. Aunque conociéndolo, probablemente esté molestando a Nanami.

Como si sus palabras hubieran invocado al hombre más fuerte del mundo, el sonido de unos pasos seguros y el tintineo de una bolsa de dulces anunciaron la llegada de Gojo Satoru. A su lado, caminando con una rigidez que sugería que preferiría estar en cualquier otro lugar, incluso en un funeral, estaba Kento Nanami.

—¡Nanamin, no me ignores! —exclamaba Gojo, agitando una bolsa de mochis frente a la cara del rubio—. Te estoy diciendo que Shoko es la única persona que realmente entiende el concepto de "equilibrio". Ella es tan indiferente y a la vez tan atenta... es fascinante. El otro día me quedé observándola mientras hacía una autopsia. Tenía esa expresión de concentración total, y pensé: "Vaya, esta mujer es la única razón por la que este lugar no se ha vuelto loco todavía".

Nanami ajustó sus gafas con un suspiro pesado.

—Gojo-san, tengo tres informes pendientes y una cita con un panadero a las seis. No tengo tiempo para su análisis semanal sobre las virtudes de la doctora Ieiri.

—Oh, vamos, Nanamin, no seas así —Gojo se colocó frente a él, caminando de espaldas con una agilidad insultante—. Quiero comprarle algo especial. Algo que diga "gracias por no dejarme solo en la cima del mundo de la hechicería". Estaba pensando en un reloj de diseñador, o tal vez en una clínica privada entera en Suiza. ¿Qué opinas? Shoko se merece lo mejor, ¿verdad? Ella es la base de todo. Sin ella, yo solo sería un tipo fuerte dando vueltas en círculos. Ella me mantiene humano.

Nanami se detuvo y miró a Gojo directamente a los ojos (o al menos a la venda que los cubría).

—Si realmente quiere hacerla feliz, Gojo-san, deje de aparecer en su oficina a las cuatro de la mañana para pedirle que pruebe dulces nuevos. El descanso es el mejor regalo que puede darle. Pero sí... la doctora Ieiri es una mujer excepcional. Probablemente la única con la paciencia suficiente para soportar su existencia.

Gojo soltó una carcajada limpia y sonora.

—¡Exacto! ¡Por eso es la mejor! Es la única que puede mirarme a los ojos y decirme que soy un idiota sin que me importe. Al contrario, me encanta. Shoko es el ancla, Nanamin. Y yo soy muy afortunado de que esa ancla esté en mi barco.

Shoko, desde su escondite, bajó la mirada hacia su cigarrillo, que ya se había apagado. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Satoru siempre era un espectáculo, un hombre que vivía en un plano diferente al resto de los mortales, pero escuchar que ella era lo que lo mantenía unido a la tierra... eso era algo que no esperaba oír nunca.

—Bueno —dijo Shoko, rompiendo el silencio entre las tres mujeres—, parece que el veredicto es unánime. Somos un trío de mujeres afortunadas, o ellos son un trío de idiotas con muy buen gusto.

Nobara se puso de pie, sacudiéndose el polvo de la falda. Su rostro todavía estaba encendido, pero sus ojos brillaban con una determinación renovada.

—Son idiotas, definitivamente —afirmó Nobara—. Pero son nuestros idiotas. Y si Itadori cree que soy una "rosa de hierro", supongo que tendré que esforzarme el doble mañana para no decepcionarlo.

Maki también se levantó, ajustándose las gafas con un gesto seco.

—Yuta necesita dejar de ser tan cursi —dijo, aunque su voz carecía de la severidad habitual—. Pero si cree que soy su guía, supongo que tendré que asegurarme de que no se pierda en el camino.

Las tres comenzaron a caminar de regreso hacia los edificios principales, dejando atrás el jardín y las conversaciones que, sin saberlo, habían reforzado los lazos de sus corazones.

—¿Creen que sospechen que estuvimos escuchando? —preguntó Nobara con una sonrisa pícara.

—Satoru probablemente lo sepa —respondió Shoko con indiferencia—. Sus Seis Ojos no son solo para las maldiciones. Pero no dirá nada. Le gusta demasiado el drama de las "conversaciones secretas".

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Maki.

Nobara se detuvo un momento, mirando hacia donde Itadori todavía intentaba convencer a un exhausto Megumi de las bondades de su carácter.

—Lo que siempre hacemos, Maki —dijo Nobara—. Ser mejores de lo que ellos imaginan. Aunque, según lo que escuchamos hoy... eso va a ser una tarea bastante difícil.

Las tres rieron suavemente, un sonido que se perdió en el aire de la tarde de Tokio. En un mundo donde la muerte acechaba en cada sombra y donde el mañana nunca estaba garantizado, aquellos momentos de vulnerabilidad y orgullo compartido eran los verdaderos tesoros.

Mientras cruzaban el patio, se cruzaron con los chicos. Yuji saludó a Nobara con su entusiasmo habitual, Yuta le dedicó a Maki una sonrisa tímida y llena de significado, y Gojo le guiñó un ojo a Shoko antes de ofrecerle un mochi de la bolsa.

Nadie dijo nada sobre lo que se había escuchado. No era necesario. Las palabras habían cumplido su propósito: habían servido de puente en un mundo de abismos.

Esa noche, en la soledad de sus habitaciones, cada una de ellas recordó una frase distinta. "Rosa de hierro". "Inspiración". "El ancla". Y mientras el Colegio Técnico de Magia de Tokio se sumía en el silencio, tres mujeres sonrieron en la oscuridad, sabiendo que, pasara lo que pasara, había alguien que las veía no solo como hechiceras, sino como el centro de su universo.

Porque al final del día, el amor entre hechiceros no se trataba de poemas perfectos o cenas románticas, sino de reconocer la fuerza del otro en medio de la batalla y de estar ahí para recoger los pedazos cuando la guerra terminaba. Y en eso, tal como los chicos habían discutido apasionadamente, ellas eran, sin duda alguna, las mejores.