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Parejas Disparejas

Escudos, Espadas y Corazones de Hierro

El silencio en la sala de descanso de las dependencias femeninas era inusual. Nobara estaba sentada en el suelo, rodeada de bolsas de compras que ni siquiera se había molestado en abrir; Maki limpiaba su lanza con una parsimonia mecánica, y Shoko, con las piernas cruzadas en el sofá, observaba el humo de su cigarrillo elevarse en espirales perezosas.

La conversación de los chicos seguía resonando en sus mentes. Había algo ridículamente enternecedor en la forma en que Yuji, Yuta y Satoru se habían peleado por ver quién tenía la mejor novia, pero también algo que las había dejado pensativas. Ellos las veían como pilares, como musas, como fuerzas de la naturaleza.

—Esos idiotas se pasan el día hablando de nuestras virtudes —rompió el silencio Nobara, dejando caer un espejo de mano sobre la alfombra—. Pero se olvidan de que ellos también tienen sus momentos. Aunque me cueste la vida admitirlo frente a Itadori.

Maki detuvo el movimiento del paño sobre el metal de su arma. Sus ojos, usualmente afilados y carentes de sentimentalismo, se suavizaron por un instante.

—Es cierto —murmuró Maki—. Siempre nos quejamos de sus rarezas. De que Yuta es demasiado amable, de que Itadori es un cabeza hueca o de que Gojo es un egocéntrico. Pero cuando las cosas se ponen feas...

—Cuando las cosas se ponen feas, dejan de ser niños para convertirse en algo más —completó Shoko, dejando escapar un suspiro—. Satoru puede ser un dolor de cabeza constante, pero la semana pasada...

Shoko se detuvo, mirando hacia la ventana. Las otras dos guardaron silencio, sabiendo que Shoko rara vez compartía detalles íntimos sobre su relación con el hechicero más fuerte.

—Estábamos en una zona de contención —continuó Shoko—. Una maldición de grado especial se había filtrado por las grietas del velo de la morgue. Yo estaba en medio de una autopsia crítica y no tenía mi equipo de defensa a mano. La maldición era rápida, una masa de sombras y colmillos que surgió directamente del suelo. No tuve tiempo ni de parpadear.

Nobara contuvo el aliento. Shoko era una doctora invaluable, pero en combate directo contra un grado especial, sus opciones eran limitadas.

—Entonces apareció él —dijo Shoko con una pequeña sonrisa—. No hubo bromas. No hubo risas. Satoru simplemente apareció entre la maldición y yo. Ni siquiera usó el Púrpura; simplemente extendió su mano y activó el Infinito. Ver esa pared invisible deteniendo a una bestia que estaba a centímetros de mi rostro... y luego la forma en que se giró para preguntarme si el café que me había traído todavía estaba caliente, como si no acabara de salvarme la vida. Su instinto de protección es aterradoramente eficiente. Me hizo sentir... segura. Y odio sentirme así de vulnerable, pero con él, es inevitable.

Nobara asintió, jugando con uno de sus clavos.

—Itadori es igual de imprudente —comentó la joven de cabello naranja—. Hace dos misiones, nos emboscaron en un centro comercial abandonado. Había una maldición que usaba hilos de energía para inmovilizar a sus víctimas. Yo estaba atrapada, mis brazos pegados a los costados, y esa cosa estaba preparando un ataque de energía directa hacia mi pecho.

—¿Y qué hizo el recipiente de Sukuna? —preguntó Maki, interesada.

—Ese tonto ni siquiera lo pensó —respondió Nobara, y su voz tembló un poco—. No usó el Destello Negro. Simplemente se lanzó frente a mí y recibió el impacto de lleno. El golpe lo mandó contra una pared de concreto, pero se levantó de inmediato, escupiendo sangre y sonriendo como un maníaco. Me miró y dijo: "Nobara, no dejes que te ensucien el uniforme, yo me encargo de esto". Estaba herido, pero su único pensamiento era que yo no sufriera ni un rasguño. En ese momento, no vi al chico que come albóndigas como un animal; vi a un hombre que daría su vida por la mía sin dudarlo un segundo.

Maki dejó la lanza a un lado y se quitó las gafas para limpiarlas.

—Yuta tiene esa misma mirada —dijo la mayor de las Zenin—. Fuimos a investigar un rumor sobre una maldición en las montañas. Resultó ser una trampa del clan Kamo para probar mi valía. Enviaron a un grupo de mercenarios con herramientas malditas de alto nivel. Yo estaba lista para pelear, quería demostrarles de lo que era capaz, pero uno de ellos usó un veneno paralizante que me afectó los reflejos.

Maki hizo una pausa, recordando la frialdad del bosque y el miedo repentino de perder el control de su cuerpo.

—Yuta se transformó —continuó Maki—. No físicamente, sino en su aura. Nunca lo había visto tan furioso. Invocó a Rika, pero no para que peleara por él, sino para que me rodeara y me protegiera mientras él se encargaba de los atacantes. Se movía como un fantasma, desarmando a hombres que le doblaban el tamaño con una precisión quirúrgica. Cuando terminó, se arrodilló a mi lado y me pidió perdón. Le pregunté por qué, y me dijo: "Perdón por dejar que tuvieras miedo, aunque fuera por un segundo. Nunca permitiré que nadie te toque de nuevo".

El silencio volvió a reinar en la habitación, pero esta vez era un silencio cálido, lleno de un respeto compartido. Las tres mujeres, que se presentaban ante el mundo como figuras inquebrantables, admitían en la intimidad de su círculo que sus parejas eran sus escudos más fieles.

—Es gracioso —dijo Nobara, rompiendo la tensión—. Ellos discuten sobre quién de nosotras es la mejor, pero nosotras podríamos discutir horas sobre quién de ellos es el más protector.

—Itadori gana en sacrificio —opinó Maki con una sonrisa desafiante—. Ese chico no tiene sentido de la autopreservación si tú estás en peligro.

—Yuta gana en intensidad —rebatió Nobara—. Eso de "nunca permitiré que nadie te toque" suena a caballero andante moderno. Es muy romántico, Maki, admítelo.

Shoko soltó una carcajada seca.

—Satoru gana en omnipotencia. No hay nada más protector que un hombre que puede reescribir las leyes de la física solo para que no te despeines durante una autopsia. Es un exhibicionista del heroísmo.

—Pero es verdad —dijo Nobara, poniéndose de pie y estirando los brazos—. Aunque Itadori sea un despistado, me gusta saber que hay alguien que se lanzaría frente a un tren por mí.

—Y a mí me gusta saber que Yuta me valora tanto como para perder los estribos si alguien intenta lastimarme —añadió Maki, colocándose las gafas de nuevo—. Aunque le siga diciendo que puedo cuidarme sola.

—Todas podemos cuidarnos solas —concluyó Shoko, levantándose también para apagar su cigarrillo en el cenicero—. Ese es nuestro trabajo. Pero tener a esos idiotas cuidándonos la espalda... hace que el trabajo sea mucho menos solitario.

De repente, un ruido estrepitoso llegó desde el pasillo. Era la voz de Yuji, seguida del ladrido emocionado de uno de los perros de Megumi y la risa inconfundible de Gojo Satoru.

—¡Nobara! ¡Maki-san! —gritó Yuji desde el otro lado de la puerta—. ¡Gojo-sensei compró pizzas gigantes! ¡Yuta dice que si no vienen ahora, Panda se comerá hasta las cajas!

Las tres mujeres se miraron. La melancolía y la admiración secreta de hace unos momentos se transformaron instantáneamente en sus máscaras habituales de fastidio cariñoso.

—¡Ya vamos, saco de papas! —gritó Nobara, abriendo la puerta de un tirón—. ¡Más vale que mi pizza no tenga piña o te usaré de saco de entrenamiento!

Maki pasó junto a ella, cargando su lanza al hombro con elegancia.

—Okkotsu —llamó Maki cuando vio al joven de cabello oscuro esperando en el pasillo—. Mañana en el entrenamiento no quiero que te contengas. Si vas a ser mi "guía", tienes que estar en forma.

Yuta se puso firme, con una sonrisa radiante y un poco de harina en la mejilla.

—¡Sí, Maki-san! ¡Daré lo mejor de mí!

Shoko salió la última, encontrándose con Gojo, quien estaba apoyado contra la pared con una caja de pizza equilibrada precariamente sobre un dedo.

—Llegas tarde, Shoko —dijo Satoru, bajándose ligeramente la venda para guiñarle un ojo—. Estábamos a punto de hacer una votación para decidir quién de nosotros es el mejor novio basándonos en nuestras hazañas heroicas de la semana.

Shoko pasó a su lado, arrebatándole la caja de pizza con una agilidad que lo dejó sorprendido.

—No pierdas el tiempo, Satoru —dijo ella sin mirar atrás, aunque una sonrisa jugaba en las comisuras de su boca—. Ya tomamos esa decisión por ustedes.

—¿Ah, sí? —preguntó Gojo, siguiéndola con curiosidad—. ¿Y quién ganó? ¿Fui yo? Apuesto a que fui yo.

—Ganaron los tres —respondió Maki desde más adelante, sin detenerse.

—¿Un empate? —Yuji se rascó la cabeza, confundido—. Eso es aburrido. Yo quería ganar por Nobara.

—Cállate y come, Itadori —le espetó Nobara, aunque le pasó una servilleta para que se limpiara la cara—. Ya eres bastante molesto siendo un "héroe", no necesito que también seas un ganador presumido.

El grupo se dirigió al comedor, llenando los pasillos de la escuela con sus voces, risas y discusiones triviales. Los chicos continuaron alardeando de sus proezas, sin saber que, en la quietud de la sala de descanso, sus novias ya habían reconocido cada uno de sus sacrificios.

Porque para Nobara, Maki y Shoko, no importaba quién fuera el más fuerte o el más valiente. Lo que importaba era que, en un mundo lleno de monstruos, tenían a tres hombres que las amaban lo suficiente como para convertirse en monstruos ellos mismos si eso significaba mantenerlas a salvo.

—Oye, Shoko —susurró Satoru, aprovechando un momento en que los demás estaban distraídos con la pizza—. ¿De verdad crees que soy el mejor?

Shoko le dio un mordisco a su rebanada y lo miró de arriba abajo con su habitual indiferencia fingida.

—Eres un idiota, Satoru.

Gojo hizo un puchero, preparándose para una queja dramática.

—Pero —continuó ella, bajando el tono para que solo él pudiera oírla—, eres el idiota que me salvó la vida la semana pasada. Así que supongo que te daré unos puntos extra esta noche.

Satoru se quedó congelado por un segundo, y luego una sonrisa genuina, una de esas que rara vez mostraba al mundo, iluminó su rostro. No necesitaba más.

En la mesa, Yuji compartía su pizza con Nobara mientras ella le regañaba por sus modales, y Yuta escuchaba atentamente las correcciones técnicas de Maki sobre su postura. Era una escena cotidiana, casi normal, en un lugar que de normal no tenía nada.

Pero bajo la superficie de los insultos juguetones y las órdenes severas, latía un sentimiento inmarcesible. Un pacto silencioso de protección y lealtad que no necesitaba palabras para ser real.

Esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre el Colegio Técnico de Magia, seis corazones latían con la misma certeza: que no había mayor fuerza en el mundo que la de alguien dispuesto a proteger lo que más ama. Y en ese campo de batalla emocional, todos ellos, sin excepción, ya habían ganado la guerra.