Parejas Disparejas
Tácticas de combate y desastres del corazón
La tarde en el Colegio Técnico de Magia de Tokio caía con una parsimonia dorada, tiñendo los campos de entrenamiento de un naranja intenso. Nobara, Maki y Shoko se habían reunido en las gradas de madera, observando a lo lejos cómo los chicos recogían el equipo tras una sesión de práctica especialmente intensa. Sin embargo, el tema de conversación no eran las técnicas de combate ni las misiones pendientes.
—Son un desastre —sentenció Nobara, cruzándose de brazos mientras observaba a Itadori tropezar con sus propios pies al intentar saludarla desde lejos—. No me malinterpreten, aprecio que me proteja de maldiciones de grado especial, pero el contacto físico... es como lidiar con un cachorro de labrador que no conoce sus límites.
Maki soltó un suspiro, ajustándose las gafas.
—Al menos el tuyo toma la iniciativa —comentó con una pizca de frustración—. Yuta es capaz de enfrentarse a un ejército de maldiciones sin pestañear, pero si nuestras manos se rozan por accidente mientras caminamos, se pone tan rojo que temo que le dé un derrame cerebral. Es agotador.
Shoko soltó una risa seca, recostando la cabeza contra el respaldo de madera.
—Ustedes no saben lo que es vivir con un huracán —dijo, cerrando los ojos por un momento—. Satoru no tiene concepto de "espacio personal". Para él, el afecto es una mezcla entre un abrazo de oso y una tortura medieval.
Apenas terminó de hablar, las voces de los chicos se hicieron audibles mientras se acercaban al grupo. El primero en llegar, como siempre, fue Yuji Itadori, rebosante de energía y sudor.
—¡Nobara! —exclamó con una sonrisa que ocupaba toda su cara—. ¿Viste ese último golpe? ¡Fushiguro casi se cae de espaldas!
Antes de que Nobara pudiera responder con su habitual sarcasmo, Yuji se lanzó sobre ella. No fue un abrazo normal, sino una embestida de afecto desmedido. Comenzó a plantar besos ruidosos y rápidos en sus mejillas, en su frente y hasta en la coronilla, como si estuviera tratando de marcar territorio o simplemente no supiera cuándo detenerse.
—¡Quita, Itadori! ¡Estás sudado! —gritó Nobara, tratando de empujarlo con las manos—. ¡Pareces una ametralladora de babas!
—¡Pero si te extrañé! —insistió Yuji, intentando darle otro beso en la nariz.
En ese momento, una boca pequeña y maliciosa se abrió en el dorso de la mano de Yuji.
—Das lástima, mocoso —gruñó la voz de Sukuna, cargada de desprecio—. El Rey de las Maldiciones no debería estar vinculado a un ser tan patético que no sabe ni cómo besar a una mujer sin parecer un idiota. Deberías arrancarte la cara por pura vergüenza.
—¡Cállate, Sukuna! —Yuji le dio un manotazo a su propia mano, pero el descuido fue suficiente para que Nobara encontrara un hueco y le propinara un golpe seco en la frente.
—¡Aléjate! —le espetó ella, aunque sus mejillas estaban tan rojas como su uniforme—. ¡Ve a bañarte antes de intentar hostigarme otra vez!
Yuji retrocedió, frotándose el chichón con una expresión de perrito regañado, mientras Sukuna soltaba una carcajada ronca que desapareció bajo su piel.
A pocos pasos, Yuta Okkotsu observaba la escena con una mezcla de horror y envidia interna. Se acercó a Maki con pasos lentos, manteniendo una distancia de seguridad que parecía casi cómica.
—Maki-san... —susurró, rascándose la nuca—. Buen trabajo hoy.
—Gracias, Yuta —respondió ella, suavizando un poco la mirada—. Tú también estuviste bien.
Hubo un silencio incómodo que se prolongó durante casi un minuto. Yuta miraba sus propios pies, luego a Maki, luego al cielo. Sus manos temblaban ligeramente a sus costados. Finalmente, con un esfuerzo que parecía requerir más energía maldita que un Destello Negro, extendió un dedo y rozó tímidamente el dorso de la mano de Maki.
Fue un contacto tan leve que apenas podía llamarse caricia. Yuta contuvo el aliento, esperando una reacción. Cuando Maki no lo apartó, él se armó de valor y rodeó su dedo meñique con el suyo. Estaba tan tenso que parecía una estatua de sal.
—Yuta —dijo Maki, mirándolo fijamente—, no voy a romperme si me agarras la mano de verdad.
—Lo siento —balbuceó él, retirando la mano instantáneamente como si se hubiera quemado—. Es que... no quiero ser irrespetuoso o... o presionarte.
Maki rodó los ojos y, perdiendo la paciencia, fue ella quien atrapó la mano de Yuta y la entrelazó con la suya con firmeza. El chico se puso de un color carmesí tan intenso que Nobara temió que fuera a desmayarse allí mismo.
—Eres un caso perdido —suspiró Maki, aunque no soltó su mano.
—¡Vaya, qué románticos están todos hoy! —la voz melodiosa y cargada de burla de Gojo Satoru interrumpió la paz del momento.
El hechicero más fuerte del mundo apareció de la nada, aterrizando suavemente junto a Shoko. Sin previo aviso, la rodeó con sus largos brazos en un abrazo que la levantó un par de centímetros del suelo.
—¡Shoko-chan! —exclamó Gojo, hundiendo su rostro en el hombro de la doctora—. He tenido un día agotador. Nanamin fue muy malo conmigo y los de arriba me enviaron tres correos electrónicos que no pienso leer. Necesito mi recarga de afecto.
—Satoru, suéltame —dijo Shoko con voz monótona, aunque no hizo un gran esfuerzo por zafarse—. Hueles a esos dulces baratos que compraste en la estación.
—¡Qué cruel! —Gojo la soltó, pero solo para cambiar de táctica—. Entonces, si no quieres abrazos, ¡tendrás esto!
Antes de que Shoko pudiera reaccionar, los dedos de Gojo comenzaron a moverse con una velocidad sobrenatural. Empezó a hacerle cosquillas en los costados, debajo de los brazos y en el cuello. Shoko, que normalmente era la definición de la indiferencia, empezó a retorcerse, intentando mantener su dignidad mientras una risa involuntaria escapaba de sus labios.
—¡Para... Satoru! —logró decir entre jadeos—. ¡Es... infantil!
—¡Nunca! —rió Gojo, intensificando el ataque—. Hasta que admitas que soy el mejor novio y el más cariñoso de todo el colegio.
—¡Eres... un... idiota! —exclamó Shoko, logrando finalmente darle un pisotón en el pie que, gracias al Infinito, no dolió, pero hizo que él se detuviera por la sorpresa del gesto.
Gojo hizo un puchero dramático, cruzándose de brazos.
—Nadie aprecia mi arte del afecto —se quejó, mirando a los otros dos chicos—. Itadori es un acosador de besos y Okkotsu parece que está tocando un cable de alta tensión cada vez que se acerca a Maki. Yo soy el único que aporta diversión.
—Divertido no es la palabra que yo usaría —murmuró Shoko, arreglándose la bata de laboratorio y tratando de recuperar el aliento—. Eres un caos con patas, Satoru.
Nobara, que ya se había recuperado del ataque de Yuji, miró al grupo y luego a sus amigas.
—¿Lo ven? —dijo, señalando con el dedo a los tres hombres—. Son los hechiceros más fuertes de su generación, podrían destruir una ciudad si se lo propusieran, pero en el momento en que intentan ser cariñosos, sus cerebros simplemente dejan de funcionar. Es un fenómeno científico.
—¡Oye! —protestó Yuji—. ¡Yo solo quiero demostrarte que te quiero!
—Hay formas de hacerlo sin intentar devorarme la cara, Itadori —replicó Nobara, aunque su tono era más suave ahora—. Podrías empezar por... no sé, ¿preguntar?
Yuji parpadeó, confundido.
—¿Tengo que preguntar para darte un beso? Pero pensé que la espontaneidad era romántica.
—La espontaneidad es romántica cuando no implica que termine con la cara llena de saliva —intervino Maki—. Yuta, tú podrías aprender un poco de él. No tienes que pedir permiso para respirar cerca de mí.
Yuta asintió frenéticamente, todavía sin soltar la mano de Maki, aunque sus nudillos estaban blancos por la presión.
—Lo intentaré, Maki-san. Es solo que... eres tan importante para mí que me da miedo arruinarlo con un gesto torpe.
Maki suspiró, sintiendo que su corazón se ablandaba a pesar de sí misma.
—Arruinarlo sería que dejaras de intentarlo. Solo relájate. No eres un arma de guerra las veinticuatro horas del día.
Shoko miró a Gojo, quien ahora estaba intentando equilibrar un lápiz sobre su nariz mientras esperaba que ella le hiciera caso.
—Y tú —dijo la doctora, dándole un golpecito en la frente—, deja de tratarme como si fuera un juguete de peluche. A veces un abrazo normal, sin cosquillas ni juegos de manos, estaría bien.
Gojo se quitó la venda por un momento, revelando esos ojos azules que parecían contener el cielo entero. Miró a Shoko con una seriedad inusual que la dejó sin aliento por un segundo.
—¿Un abrazo normal? —preguntó en voz baja.
Sin esperar respuesta, la envolvió de nuevo, pero esta vez de manera lenta y firme. Apoyó su barbilla sobre su cabeza y simplemente se quedó allí, rodeándola con su calor. Shoko se tensó al principio, esperando la broma o el ataque de cosquillas, pero cuando no llegó nada más que el sonido del latido del corazón de Satoru, ella finalmente se relajó y apoyó las manos en su espalda.
—Vaya —murmuró Nobara, observando la escena—. Parece que incluso el más fuerte puede aprender trucos nuevos.
Yuji, viendo la oportunidad, se acercó a Nobara con cautela.
—¿Nobara? —susurró.
—¿Qué quieres ahora?
—¿Puedo... darte un beso? Uno solo. Sin babas. Lo prometo.
Nobara lo miró de arriba abajo, evaluando la sinceridad en esos ojos dorados que siempre parecían brillar con una honestidad brutal.
—Está bien —cedió ella, cerrando los ojos—. Pero si Sukuna dice algo, lo exorcizo a él y luego a ti.
Yuji se inclinó y le dio un beso corto y dulce en los labios. Fue simple, honesto y, por primera vez, perfectamente medido. Cuando se separaron, ambos estaban sonriendo como idiotas.
—¡Ja! —exclamó Sukuna desde la mano de Yuji—. Patético. El amor hace que los fuertes se vuelvan blandos. Me das asco, mocoso.
—¡Cierra la boca, Sukuna! —dijeron Yuji y Nobara al unísono, lo que provocó una carcajada general.
Maki miró a Yuta, quien seguía observando todo con una expresión de asombro.
—¿Y tú qué esperas, Okkotsu? —preguntó Maki con un tono desafiante—. ¿Necesitas una invitación por escrito?
Yuta tragó saliva, pero esta vez no retrocedió. Se acercó a Maki y, aunque sus manos todavía temblaban un poco, la tomó por la cintura y la atrajo hacia él. Fue un movimiento torpe, sus gafas chocaron por un momento, pero cuando finalmente la besó, hubo una intensidad en el gesto que dejó a Maki sin palabras. Era la fuerza de un hombre que amaba con cada fibra de su ser, contenida en un acto de ternura.
—No estuvo mal —dijo Maki cuando se separaron, aunque su voz sonaba un poco entrecortada.
—Mejoraré —prometió Yuta con una sonrisa tímida pero decidida.
El sol terminó de ocultarse, dejando que las luces de la escuela comenzaran a parpadear en la penumbra. Los seis permanecieron allí un rato más, disfrutando de la extraña paz que solo los momentos de vulnerabilidad pueden traer a quienes viven rodeados de violencia.
—Saben —dijo Gojo, todavía abrazando a Shoko—, puede que seamos un caos en el contacto físico, pero hay que admitir que tenemos buen gusto.
—En eso estamos de acuerdo —respondió Shoko, cerrando los ojos contra su pecho—. Aunque sigo pensando que eres un idiota.
—Pero soy tu idiota —replicó él con suficiencia.
Nobara se apoyó en el hombro de Yuji, quien finalmente parecía haber entendido que el afecto no era una competencia de resistencia.
—Bueno —concluyó Nobara—, supongo que ser un caos es parte de nuestro encanto. Al fin y al cabo, ¿quién quiere una relación normal cuando puedes tener una llena de exorcismos, besos babosos y cosquillas de grado especial?
Maki soltó una carcajada, apretando la mano de Yuta.
—Tienes razón, Kugisaki. Lo normal es aburrido.
Mientras caminaban de regreso hacia los dormitorios, las tres parejas se movían con una sintonía nueva. Seguían siendo imperfectos, seguían siendo un desastre a la hora de expresar lo que sentían sin recurrir a la fuerza o a la timidez extrema, pero en ese rincón del mundo, entre sombras y energía maldita, habían encontrado algo que valía la pena proteger con uñas y dientes.
Porque al final, el amor entre hechiceros no necesitaba ser perfecto. Solo necesitaba ser real, lo suficientemente fuerte para resistir la oscuridad y lo suficientemente tierno para curar las heridas que las batallas dejaban en el alma. Y mientras cruzaban el umbral del colegio, las risas de los chicos y las réplicas mordaces de las chicas se mezclaron en el aire, creando la melodía más hermosa que aquel lugar hubiera escuchado jamás. Un eco de humanidad en medio de la guerra, un recordatorio de que, incluso para los más fuertes, el contacto más simple puede ser el hechizo más poderoso de todos.