Parejas Disparejas
La Dualidad del Hechicero: Entre la Estupidez y el Éxtasis
El sol de la tarde se filtraba a través de las persianas de la oficina de Shoko, creando un patrón de luces y sombras que bailaban sobre los informes forenses. Nobara estaba sentada en el borde de la mesa, balanceando una pierna con un ritmo impaciente, mientras Maki permanecía de pie junto a la ventana, observando el patio de entrenamiento con una intensidad inusual. Shoko, por su parte, revolvía su café con una cuchara metálica, produciendo un tintineo rítmico que era el único sonido en la habitación.
—¿Saben qué es lo más molesto de todo esto? —rompió el silencio Nobara, cruzándose de brazos—. Que pasamos la mitad del día llamándolos idiotas, tarados o niños con cuerpo de hombre... y luego hacen *eso*.
Maki no necesitó que diera más explicaciones. Sabía exactamente a qué se refería.
—La dualidad —murmuró Maki, ajustándose las gafas—. Es como si tuvieran un interruptor en alguna parte de su cerebro.
—Es una respuesta biológica —añadió Shoko con una sonrisa lánguida, dejando la cuchara a un lado—. El contraste entre la estupidez absoluta y la competencia letal. Es una trampa evolutiva, y nosotras caímos de cabeza en ella.
Nobara soltó un bufido, recordando la misión del martes pasado.
—Itadori es el peor ejemplo de esto —dijo Nobara, y su voz adquirió un tono de exasperación mezclado con algo que no quería admitir—. Por la mañana, el muy tonto se pasó veinte minutos intentando enseñarle a un gato callejero cómo hacer un saludo militar. Tenía esa cara de alegría simplona, con la lengua un poco afuera y los ojos brillando como si hubiera descubierto el fuego. Era... patético. Un cachorro de Golden Retriever con menos neuronas que un saco de papas.
—¿Y qué cambió? —preguntó Shoko, apoyando la barbilla en su mano.
—Apareció una maldición de grado uno —respondió Nobara, y sus ojos se oscurecieron ligeramente—. Fue un segundo. No hubo transición. En un parpadeo, esa sonrisa de idiota desapareció. Sus cejas se juntaron, su mandíbula se tensó tanto que juraría que escuché sus dientes rechinar, y esa mirada... esa mirada protectora y depredadora al mismo tiempo. Se puso frente a mí, con los hombros anchos y los puños cargados de energía, y no dijo ni una broma. Solo me miró por encima del hombro y me dijo: "Quédate atrás, Nobara. Yo me encargo".
—¿Y bien? —pinchó Maki con una sonrisa pícara.
—¡Y bien, nada! —exclamó Nobara, aunque un rubor subió por su cuello—. El problema es que en ese momento, con esa cara de "voy a destruir todo lo que te amenace", se veía... malditamente sexy. Me dieron ganas de golpearlo y de besarlo al mismo tiempo. ¿Cómo puede alguien pasar de ser un tarado a ser un dios de la guerra en un segundo? Es injusto.
Maki soltó una risa nasal y volvió a mirar por la ventana.
—Yuta no es tan ruidoso como Itadori, pero el cambio es igual de drástico —comentó Maki—. Normalmente es todo amabilidad. "Maki-san, ¿quieres té?", "Maki-san, ¿te ayudo con eso?", "Maki-san, perdón por existir". A veces me dan ganas de sacudirlo para ver si tiene columna vertebral bajo ese abrigo largo.
—Pero la tiene —afirmó Shoko.
—Vaya que si la tiene —asintió Maki—. Estábamos entrenando con unos nuevos reclutas que se pasaron de listos. Empezaron a murmurar sobre mi falta de energía maldita, diciendo que solo estaba allí por el nombre de mi clan. Yuta estaba a mi lado, sonriendo y asintiendo como el chico bueno que es. Pero cuando uno de ellos sugirió que yo era una carga para el equipo...
Maki hizo una pausa, recreando la escena en su mente.
—Se hizo el silencio —continuó—. Yuta no gritó. No invocó a Rika. Simplemente dejó de sonreír. Su rostro se puso completamente serio, con una calma que era mil veces más aterradora que cualquier grito. Se acercó al tipo, lo miró a los ojos con esa profundidad oscura que tiene y le puso una mano en el hombro. No usó fuerza, pero el recluta se puso blanco como el papel. Yuta le dijo, con una voz tan tranquila que me dio escalofríos: "Vuelve a hablar así de ella y te enseñaré por qué me consideran de grado especial". En ese momento, con esa cara de seriedad absoluta... —Maki se aclaró la garganta—, admito que casi olvido que estábamos en público. Hay algo en su seriedad que es... cautivador. Demasiado cautivador.
Shoko soltó una carcajada, una de las pocas que eran genuinas.
—Bienvenidas a mi mundo, niñas —dijo la doctora, sacando un cigarrillo pero sin encenderlo—. Ustedes lidian con adolescentes que están descubriendo su testosterona. Yo lidio con Satoru Gojo. El hombre que inventó el concepto de "imbécil infantil".
—Gojo es... especial —concedió Nobara.
—Especial es una forma generosa de decirlo —replicó Shoko—. Satoru se pasa el día actuando como un niño de cinco años con sobredosis de azúcar. Hace ruiditos, se burla de todo, usa esa venda para actuar como si fuera un fantasma... es un tarado integral. A veces me pregunto cómo es posible que el mundo dependa de alguien que no puede pasar frente a una tienda de dulces sin hacer un berrinche.
—Pero cuando se enoja... —sugirió Maki.
Shoko suspiró, y sus ojos se suavizaron de una manera que pocas veces permitía.
—Cuando se enoja no es como los demás. No grita, no hace escenas. El otro día, los altos mandos intentaron presionarme para que entregara un informe médico falso sobre uno de sus alumnos preferidos para poder ejecutarlo. Satoru entró en la sala justo cuando me estaban amenazando con revocar mi licencia.
Shoko finalmente encendió el cigarrillo, exhalando el humo con lentitud.
—No hizo ninguna broma —dijo Shoko—. Se quitó la venda con una lentitud deliberada. Su expresión cambió por completo; el ceño fruncido, los labios apretados en una línea fina y esos ojos azules... brillaban con una furia fría que podía congelar el sol. No me miró a mí, miró a los viejos del consejo. Su voz bajó tres octavas y les dijo: "Si vuelven a amenazar a Shoko, no necesitarán una ejecución para ver sangre en este recinto". En ese instante, con esa cara de seriedad letal y el ceño fruncido... Dios mío. Es la cosa más sexy que he visto en mis treinta años de vida. Me dan ganas de que los altos mandos lo molesten más seguido solo para ver esa expresión.
Las tres mujeres se quedaron en silencio, compartiendo esa revelación secreta. Era el precio de salir con los hombres más fuertes del mundo: tener que soportar a los idiotas cotidianos para poder disfrutar, de vez en cuando, de los hombres formidables que llevaban dentro.
—Lo peor es que ellos no tienen ni idea —dijo Nobara, rompiendo el trance—. Creen que nos gustan cuando son dulces o divertidos.
—Si supieran que una mirada seria y un ceño fruncido nos desarman más que cualquier ramo de flores, estarían actuando como modelos de revista todo el día —añadió Maki.
—Y eso sería insoportable —concluyó Shoko—. Parte de la magia es el contraste. No puedes apreciar la oscuridad sin la luz, o en nuestro caso, no puedes apreciar al hombre sexy sin el tarado que lo precede.
De repente, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Yuji Itadori entró corriendo, con una mancha de helado en la mejilla y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Nobara! ¡Maki-san! ¡Ieiri-san! —gritó con entusiasmo—. ¡Gojo-sensei y Yuta están haciendo una competencia de quién puede comer más mochis sin usar las manos! ¡Tienen que venir a verlo, Panda está haciendo apuestas!
Detrás de él, Yuta asomó la cabeza, saludando con la mano de forma tímida y con un poco de azúcar impalpable en la nariz.
—Hola... —dijo Yuta con su habitual voz suave—. Perdón por la interrupción, pero Gojo-sensei dice que si no vienen pronto, se comerá también sus porciones.
Y por último, Gojo Satoru apareció flotando literalmente sobre los hombros de los chicos, con la venda mal puesta y una bolsa de dulces vacía en la cabeza a modo de sombrero.
—¡Shoko-chan! —exclamó Gojo con voz chillona—. ¡He ganado tres rondas! ¡Soy el rey de los mochis! ¡Admírame!
Las tres mujeres se miraron simultáneamente. El momento de epifanía sobre la sensualidad de sus parejas se desvaneció ante la visión de los tres idiotas que tenían delante.
—¿Lo ven? —susurró Nobara, masajeándose las sienes—. Un desastre.
—Incorregibles —añadió Maki, aunque sus ojos buscaban a Yuta.
—Pero son nuestros —remató Shoko, levantándose para quitarle la bolsa de la cabeza a Satoru.
—¡Oigan! —dijo Yuji, notando el silencio—. ¿Pasa algo? ¿Por qué nos miran así?
Nobara se acercó a Itadori y, con un suspiro, le limpió la mancha de helado de la mejilla con el pulgar.
—Nada, Itadori —dijo ella, suavizando su expresión—. Solo estábamos discutiendo sobre... tácticas de combate.
—¡Oh! —Yuji se iluminó—. ¡Yo tengo una idea para una nueva técnica! Se llama "El Tornado de la Amistad". ¡Gojo-sensei dice que el nombre es genial!
Maki se cubrió la cara con una mano, mientras Yuta asentía convencido de que el nombre era, en efecto, una buena idea.
—Satoru —dijo Shoko, mirando al hechicero más fuerte que ahora intentaba hacerle cosquillas a Yuta—. Los altos mandos acaban de enviar un mensajero. Dicen que el informe de la misión de Kioto está incompleto y que quieren verte de inmediato para "reprenderte".
El cambio fue casi instantáneo.
Gojo se detuvo. Sus manos bajaron a sus costados. Se ajustó la venda con un movimiento seco y preciso. Su postura se enderezó, y aunque su rostro estaba cubierto, la tensión en su mandíbula y la forma en que su barbilla se elevó indicaron que el "niño" se había ido.
—¿Otra vez esos ancianos? —preguntó Gojo. Su voz ya no era chillona ni burlona. Era profunda, fría y cargada de una autoridad que hacía que el aire en la habitación pareciera vibrar—. Parece que no aprendieron la lección de la semana pasada.
Se giró hacia la puerta, y por un momento, el aura de poder que emanaba de él fue tan tangible que Yuji y Yuta también se pusieron serios por instinto.
—Yuta, Itadori —dijo Gojo, y su tono de mando era absoluto—. Vayan al campo de entrenamiento. Fushiguro los espera. No quiero distracciones. Tenemos una reunión con el director en una hora y quiero que los resultados de su práctica sean impecables.
—¡Sí, señor! —respondieron ambos, cuadrándose de inmediato.
Yuta ya no parecía el chico tímido; su mirada se volvió focalizada, intensa, y su rostro recuperó esa calma sepulcral que Maki tanto admiraba. Itadori, por su parte, dejó de sonreír. Su expresión se volvió dura, decidida, con ese instinto protector que Nobara encontraba tan abrumador.
Los tres hombres salieron de la oficina con pasos firmes, moviéndose con la eficiencia de máquinas de guerra perfectamente aceitadas. Ya no eran los payasos de hace un minuto; eran los pilares que sostenían el mundo de la hechicería.
La puerta se cerró tras ellos, dejando a las tres mujeres en un silencio absoluto.
Nobara fue la primera en exhalar el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Maldita sea —susurró, dejándose caer en una silla—. Lo hizo de nuevo. Esa cara de "no me molestes porque puedo matarte con un dedo"... es demasiado para mi salud mental.
Maki se apoyó contra la pared, con el rostro ligeramente encendido.
—Yuta... —murmuró—. La forma en que su voz cambió al dar la orden. Casi me dieron ganas de ir a entrenar con ellos solo para que me mirara así.
Shoko terminó su cigarrillo en una calada larga, observando el humo con una expresión de triunfo.
—¿Lo ven? —dijo la doctora, con la voz un poco ronca—. Eso es a lo que me refería. Satoru con el ceño fruncido y esa voz de mando... es mi perdición.
—Es una injusticia —se quejó Nobara, aunque no podía ocultar su sonrisa—. Pasamos el ochenta por ciento del tiempo queriendo estrangularlos porque actúan como niños, y el veinte por ciento queriendo... bueno, ya saben, porque actúan como hombres.
—Es el equilibrio del mundo, Kugisaki —dijo Shoko, volviendo a sentarse frente a su escritorio—. Si fueran así de sexys y serios todo el tiempo, no podríamos hacer nuestro trabajo. Estaríamos demasiado distraídas.
—Supongo que tienes razón —concedió Maki, ajustándose las gafas—. Pero cielos... ese veinte por ciento realmente vale la pena.
—Definitivamente —concordó Nobara.
Afuera, en el pasillo, se escuchó un estruendo, seguido de la voz de Gojo gritando: "¡El último que llegue al campo de entrenamiento paga los helados!". Seguido por el ruido de Yuji riendo y Yuta pidiendo perdón por chocar contra un carrito de limpieza.
El interruptor se había apagado de nuevo. Los idiotas habían vuelto.
Shoko, Maki y Nobara compartieron una última mirada de complicidad antes de retomar sus labores. Sabían que, en unas horas, cuando el sol se ocultara y las misiones se volvieran peligrosas, o cuando los altos mandos volvieran a molestar, esos hombres volverían a emerger.
Y ellas estarían allí, quejándose de su estupidez durante el día, pero disfrutando en secreto de esa oscuridad sexy y protectora que solo aparecía cuando el mundo se ponía serio. Porque al final, ser la novia de un hechicero de grado especial requería paciencia para el niño, pero ofrecía recompensas inigualables cuando el hombre finalmente decidía hacer acto de presencia.
—Bueno —dijo Shoko, abriendo un nuevo informe médico—, volvamos al trabajo. Tenemos que estar listas para cuando esos "héroes" regresen con hambre y ganas de hacer tonterías.
—Y para cuando vuelvan a ponernos esa mirada —añadió Nobara con una chispa de travesura en los ojos.
—Sobre todo por eso —concluyó Maki.
Y así, entre el olor a antiséptico y el eco de las risas distantes, las tres mujeres del Colegio de Magia continuaron su jornada, guardando celosamente el secreto de que, para ellas, la verdadera magia no residía en los rituales, sino en la fascinante y sexy transformación de los idiotas que amaban.