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El Despertar de los Milagros y el Cumpleaños en el Reino de las Bestias

La noche en el reino de Ozmargo era distinta a la de Ishura. No había cenizas en el aire ni el olor metálico de la sangre antigua; en su lugar, el viento traía el aroma de flores nocturnas y el suave murmullo de la selva. En una de las terrazas más altas del palacio, Shoko Komi se encontraba sentada en un círculo de cojines de seda. A su alrededor, la audiencia era, por decir lo menos, ecléctica.

Sariphi estaba sentada justo frente a ella, con los ojos brillando de anticipación. El Rey Leonhart permanecía un poco más atrás, su imponente figura proyectando una sombra protectora. Alus la Estrella Fugaz había retraído sus brazos mecánicos para ocupar menos espacio, mientras que Toroa se apoyaba en una columna, afilando distraídamente una daga. Lucnoca, en su forma humana, observaba con una elegancia gélida, intrigada por lo que la "niña del silencio" tenía que decir.

Komi, con las manos ligeramente temblorosas, sacó su teléfono celular. Para los habitantes de Ishura y de Ozmargo, el objeto parecía una gema negra perfectamente pulida. Al encender la pantalla, el brillo provocó un jadeo colectivo.

—¿Qué es esa luz? —preguntó Sariphi, acercándose—. ¿Es magia de luz embotellada?

Komi negó con la cabeza y empezó a escribir frenéticamente en su libreta.

—No es magia —leyó Sariphi en voz alta—. Se llama "tecnología". Es una herramienta de mi mundo.

Komi comenzó a deslizar sus dedos por la pantalla, mostrando fotos de la ciudad de Itan. Las imágenes de rascacielos que rascaban las nubes, calles iluminadas por neones multicolores y ríos de metal que eran los automóviles dejaron a todos mudos.

—¿Esas torres... son casas? —preguntó Leonhart, inclinándose para ver mejor—. ¿Cómo es que no se caen? No veo pilares de soporte mágicos.

—Es arquitectura basada en la física —explicó Alus, cuyos sensores estaban analizando la imagen con una envidia técnica evidente—. Es fascinante. Usan el acero y el concreto de una forma puramente estructural. Sin una gota de éter.

Komi pasó a un video de un tren bala cruzando el paisaje. El sonido del motor, aunque apagado, parecía sugerir una velocidad que incluso Alus respetó. Luego mostró aviones surcando el cielo, videojuegos con gráficos vibrantes y redes sociales donde miles de personas hablaban a la vez.

—¿Todos pueden hablar así? —preguntó Sariphi, señalando una sección de comentarios en una aplicación—. ¿Cualquier persona puede decir lo que piensa a miles de kilómetros de distancia?

Komi asintió con una expresión de melancolía. Escribió:

—En mi mundo, todos están conectados, pero a veces, estar tan conectado hace que sea más difícil hablar de verdad. Por eso me costaba tanto hacer amigos.

—Es un mundo de dioses que pretenden ser normales —murmuró Toroa—. Esas máquinas que vuelan... en Ishura, solo los Shura más poderosos o las reliquias de la Era de los Dioses logran tales hazañas. Y tú dices que allí es algo cotidiano.

Komi bajó la mirada hacia su libreta y, tras un momento de duda, escribió algo que hizo que su rostro se pusiera rojo como un tomate maduro.

—Mañana es mi cumpleaños —leyó Sariphi. La joven reina dio un salto de alegría—. ¡Komi-san! ¡Eso es maravilloso! ¡Tenemos que celebrar!

—¿Un cumpleaños? —preguntó Lucnoca, ladeando la cabeza—. ¿La conmemoración del día en que tu existencia comenzó en este plano? En mi mundo, los dragones no celebramos tales cosas, pues el tiempo es un río sin orillas. Pero para los mortales, entiendo que es vital.

Komi escribió de nuevo:

—No es necesario hacer nada grande. Solo... me gustaría pasarlo con mis amigos.

Leonhart soltó un rugido suave que era su forma de reír.

—Eres nuestra huésped y la salvadora de mis guardias, aunque haya sido por accidente. Mañana, Ozmargo celebrará el día en que Shoko Komi llegó al universo.

Esa noche, mientras Komi dormía, algo extraño sucedió en su interior. La mezcla de la magia residual de Ishura, el aura vital de Ozmargo y sus propios recuerdos desbloqueados del Torneo Kengan provocaron una mutación en su flujo de energía. No era solo que recordara cómo pelear; ahora, su voluntad de comunicarse estaba empezando a manifestarse de forma física.

Al amanecer, Komi se despertó en su habitación de invitados. Al intentar buscar su libreta, pensó intensamente en un té verde caliente para calmar sus nervios. De repente, el aire frente a ella vibró con una luz violeta y, con un sonido de succión suave, una lata de té verde de una máquina expendedora japonesa apareció sobre su regazo.

Komi se quedó petrificada. Sus ojos se volvieron dos puntos diminutos.

—¿Eh? —soltó un pequeño sonido, el primero en mucho tiempo.

Cerró los ojos y pensó en algo más. Algo que extrañaba profundamente. Un peluche de gato negro. *¡Puf!* El peluche apareció sobre la cama, suave y oliendo a algodón nuevo.

Komi salió corriendo de la habitación, olvidando sus modales, y llegó al gran salón donde los demás ya estaban reunidos para los preparativos.

—¡Komi-san! ¡Feliz cumpleaños! —gritó Sariphi, corriendo hacia ella.

Komi no pudo escribir. Simplemente señaló el aire y, pensando en comida, invocó una caja de donuts de chocolate. La caja apareció de la nada, flotando un segundo antes de que Sariphi la atrapara.

—¿Qué es esto? —preguntó Alus, escaneando el objeto—. La materia se ha materializado a partir de la nada. No hay rastro de transmutación alquímica. Es... una invocación pura de la memoria.

—Parece que tu deseo de compartir tu mundo es tan fuerte que la realidad ha decidido ceder —dijo Toroa, cruzándose de brazos—. Ahora puedes traer tu hogar contigo.

El cumpleaños de Komi se convirtió en el evento más extraño y maravilloso en la historia de Ozmargo. En el jardín del palacio, Komi comenzó a invocar cosas para sus amigos.

Para Sariphi, invocó una montaña de dulces japoneses: pockys, mochis y caramelos de colores que la reina probaba con deleite infantil. Para Leonhart, invocó un sillón reclinable de cuero de alta gama.

—Es... extrañamente cómodo —dijo el Rey de las Bestias, hundiéndose en el acolchado—. Mis huesos de guerrero agradecen este "invento".

Para Alus, Komi invocó algo que lo mantuvo ocupado durante horas: una consola de videojuegos de última generación con una pantalla portátil que funcionaba sin necesidad de cables, alimentada por la propia energía de Komi.

—La arquitectura de este procesador es... insultante para mi inteligencia, y a la vez, deliciosa —murmuró Alus, mientras sus tres brazos operaban los controles a una velocidad sobrehumana en un juego de carreras—. ¡He superado el récord de este "Mario"!

Incluso para Lucnoca hubo un regalo. Komi invocó una máquina de granizados. La dragona, en su forma humana, observaba cómo el hielo picado con sirope azul se formaba.

—Es frío, pero dulce —comentó Lucnoca, probando una cucharada—. Es como comer una nube de invierno que ha sido bañada por un sol de azúcar. Es aceptable, Shoko Komi.

De repente, Komi se sintió más audaz. Cerró los ojos con fuerza, concentrándose en el recuerdo de los viajes escolares. En medio del patio, el aire se rasgó y un automóvil deportivo de lujo, un Nissan GT-R brillante, apareció rugiendo silenciosamente.

—¿Esto es lo que usas para moverte? —preguntó Toroa, examinando la carrocería—. No tiene patas, pero parece una bestia agazapada.

Komi asintió y le hizo una seña para que subiera. Durante la tarde, Komi llevó a sus amigos (con Alus analizando el motor y Toroa agarrado al asiento con fuerza) en un recorrido por los alrededores del palacio, manejando con una precisión que recordaba a sus reflejos en el ring del Kengan.

Sin embargo, el momento más especial llegó al atardecer. Komi invocó una tarta de cumpleaños de varios pisos, decorada con fresas y crema blanca. Encendió las velas y, por primera vez, no necesitó su libreta para que todos entendieran lo que sentía.

—Komi-san —dijo Sariphi, tomando su mano—, gracias por compartir todo esto con nosotros. Sé que extrañas tu hogar, pero hoy, aquí, nos has hecho sentir que todos pertenecemos a un mismo mundo.

Komi sintió que el nudo en su garganta se aflojaba. Miró a su alrededor. Estaba rodeada de monstruos, de guerreros legendarios, de una reina humana y de un rey bestia. Tenía una dragona como guardiana y un ave mecánica como maestro.

Abrió su libreta y escribió un mensaje largo, que mostró a todos bajo la luz de las velas.

—En mi escuela, quería hacer cien amigos para sentirme normal. Pero aquí, he aprendido que no necesito ser normal para ser querida. Gracias por ser mis amigos, aunque sea en este mundo extraño.

—Noventa y siete —dijo de pronto Uhak, quien había estado observando desde las sombras de un pilar, comiendo un trozo de tarta en silencio.

—¿Eh? —Komi lo miró confundida.

—Te faltan noventa y siete amigos —continuó Uhak con su voz plana—. Pero dudo que en este mundo o en el próximo encuentres a alguien que no quiera serlo después de probar esta comida de azúcar.

Komi sonrió. Fue una sonrisa amplia, verdadera, sin rastro de la ansiedad que solía perseguirla. En ese momento, invocó una última cosa: una cámara instantánea.

—¡Todos, acérquense! —exclamó Sariphi.

Se amontonaron para la foto. Leonhart al fondo, imponente; Lucnoca con su elegancia fría; Toroa con su aire de espadachín; Alus sosteniendo la consola; Sariphi abrazando a Komi; y en el centro, Shoko Komi, la chica que alguna vez tuvo miedo de hablar y que ahora era el puente entre realidades.

El flash de la cámara iluminó el jardín. La foto salió expulsada de la ranura y Komi la agitó en el aire para que la imagen se revelara. Allí estaban todos, unidos en un trozo de papel brillante.

—Mañana seguiremos buscando el camino a casa —dijo Toroa, poniendo una mano en el hombro de Komi—. Pero hoy, celebra que eres la persona más poderosa que conozco. Porque no cualquiera puede traer la paz a una mesa con solo desearlo.

Komi guardó la foto en su bolsillo, cerca de su corazón. El poder de invocar cosas de su mundo era útil, sí, pero el calor que sentía en ese momento no venía de ninguna máquina ni de ninguna técnica de combate. Venía de saber que, sin importar en qué dimensión cayera, su voz —incluso en el silencio— siempre encontraría a alguien dispuesto a escuchar.

Esa noche, bajo las estrellas de Ozmargo, Komi Shoko no tuvo pesadillas sobre portales o monstruos. Soñó con un salón de clases donde Tadano y sus amigos la esperaban, y en su sueño, ella llegaba conduciendo un auto deportivo, repartiendo donuts y presentándoles a una dragona de hielo. Y por primera vez, en el sueño, ella simplemente decía: "Hola".

Al despertar, el sol de un nuevo día iluminó su rostro. El camino por delante era largo y peligroso, pero Komi ya no tenía prisa. Después de todo, aún le quedaban muchos amigos por conocer y un universo entero que, poco a poco, empezaba a entender su silencio.