Revelación carmesi
Revelaciones en Blanco y Negro
El trayecto de regreso desde el salón de la Fundación Fitzgerald hasta el distrito residencial de Murasaki transcurrió en una calma tensa, rota solo por el ronroneo del motor del coche de la Agencia. Atsushi y Kyoka se habían despedido en la sede, dejando a Dazai y Murasaki solos bajo el manto de una noche estrellada que parecía demasiado pacífica después del caos de balas y cristales rotos.
Caminaron por las calles desiertas de Yokohama. El taconeo rítmico de Murasaki sobre el pavimento era el único sonido que competía con el susurro del viento. Ella mantenía la espalda recta, la barbilla en alto y la mirada fija en el horizonte, aunque el cansancio de la migraña pesaba sobre sus párpados como cortinas de plomo. Dazai, por su parte, caminaba con las manos en los bolsillos de su abrigo, tarareando una melodía inexistente, con esa ligereza que siempre lograba irritar los nervios de la fotógrafa.
Al llegar a la entrada del edificio de apartamentos de Murasaki, ella se detuvo y se giró hacia él con un suspiro cargado de elegancia y hastío.
—Ya estás aquí, Dazai. Has cumplido con tu cuota de escolta caballeresca por esta noche. Ahora, vete a tu dormitorio o a cualquier puente que te parezca lo suficientemente pintoresco para tus dramas —dijo ella, ajustando su bolso sobre el hombro.
—¡Qué despedida tan fría! —exclamó Dazai, fingiendo un dolor profundo mientras se llevaba una mano al pecho—. Después de haber bailado entre la vida y la muerte, pensé que al menos recibiría una invitación para pasar a tomar un té... o veneno. El veneno también me sirve.
—Sigue soñando —replicó ella, dándose la vuelta para buscar sus llaves.
—¡Espera! —Dazai se agachó rápidamente hacia un pequeño parterre que adornaba la acera y, con un movimiento ágil, arrancó una margarita solitaria que sobrevivía a duras penas entre el cemento. Se la extendió con una sonrisa radiante—. Una flor para la mujer que dispara destellos de luz en la oscuridad.
Murasaki miró la margarita con desdén, pero sus dedos, casi de forma traicionera, la aceptaron. La flor estaba un poco marchita y le faltaba un pétalo, pero el gesto la descolocó por un segundo.
—Es una planta moribunda, Dazai. Como todo lo que tocas —murmuró ella, aunque no la tiró al suelo.
—Es perfecta, entonces —respondió él, suavizando su tono—. ¿Sabes? Mientras estábamos en esa pista de baile y las balas silbaban a nuestro alrededor, tuve un pensamiento maravilloso. Hubiera sido una escena preciosa, Murasaki. Tú y yo, cayendo juntos en medio del mármol, nuestras sangres mezclándose en un último brindis... Hubiera sido el suicidio doble más hermoso de la historia. Morir con la mujer más bella del mundo bajo una lluvia de plomo... ¡Ah, casi lamento que Atsushi sea tan eficiente!
Murasaki se tensó. El cansancio, el miedo acumulado por el ruido de los disparos y la constante presión de la migraña estallaron en un arrebato de furia temperamental. Se dio la vuelta con los ojos negros echando chispas, encarando a Dazai con una vehemencia que lo obligó a retroceder un paso.
—¡Ya basta! —gritó ella, y su voz, aunque refinada, cortó el aire como un látigo—. ¡Estoy harta de este tema, Dazai! ¡Harta de tus chistes sobre la muerte, de tus invitaciones al suicidio y de esa fachada de payaso trágico que llevas puesta las veinticuatro horas del día!
Dazai parpadeó, sorprendido por la intensidad del estallido.
—Murasaki, yo solo...
—No, no digas nada —lo interrumpió ella, señalándolo con un dedo acusador—. Todo en ti es un juego. Cada palabra que sale de tu boca es una manipulación, una mentira envuelta en sarcasmo para evitar que alguien vea lo que realmente hay dentro. Me pides que muera contigo como si fuera un cumplido, cuando sabes perfectamente que me aterra la idea de que un día dejes de respirar. ¡Deja de mentirme de una vez! ¡Deja de actuar como si nada te importara!
El silencio que siguió fue absoluto. Murasaki respiraba agitadamente, sus curvas subiendo y bajando bajo el vestido violeta, mientras su largo cabello morado se mecía con la brisa. Esperaba una réplica mordaz, una risa burlona o otra invitación absurda. Pero Dazai no hizo nada de eso.
El hombre dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Antes de que ella pudiera reaccionar o lanzar otro insulto, Dazai tomó su rostro entre sus manos vendadas. Sus dedos estaban fríos, pero su tacto era firme. Sin mediar palabra, se inclinó y la besó.
Fue un beso que no tenía nada de juego. No era la caricia ligera de un seductor, sino un contacto desesperado, cargado de una verdad que Dazai nunca se permitía expresar con palabras. Sabía a sándalo, a noche y a una soledad tan antigua como el mundo.
Murasaki se quedó petrificada. Sus manos, que aún sostenían la margarita y el bolso, temblaron. Por un instante, el mundo dejó de ser un lugar ruidoso y aterrador para reducirse al contacto de sus labios. Cuando Dazai se separó apenas unos milímetros, su frente quedó apoyada contra la de ella.
—Te amo, Murasaki —susurró él, y su voz era un hilo de seda quebrado—. Y esto no es una fachada. Es la única verdad que me queda.
Murasaki recuperó el aliento, apartándose bruscamente. Sus ojos estaban húmedos, pero su expresión era de pura desconfianza. Se limpió los labios con el dorso de la mano, aunque su corazón latía desbocado contra sus costillas.
—Eres un mentiroso, Dazai Osamu —dijo ella, con la voz rota—. Eres el hombre más manipulador que he conocido. Usas tus sentimientos como si fueran piezas de ajedrez. ¿Cómo voy a creerte? ¿Cómo puedo saber que esto no es otro de tus trucos para ver cómo reacciono?
Dazai la observó con una melancolía infinita. Parecía más cansado que nunca, como si el peso de sus vendas finalmente lo estuviera asfixiando.
—Tienes razón —admitió él con una sonrisa triste—. Soy un mentiroso profesional. He engañado a la muerte, a la Mafia y a mí mismo tantas veces que ya no sé dónde termina el personaje. Pero tú tienes algo que nadie más tiene, Murasaki.
Ella arqueó una ceja, todavía a la defensiva.
—¿Y qué es?
Dazai señaló la cámara Leica que colgaba del hombro de la mujer.
—Tienes el lente que no miente. Tienes "Historia de Genji". Siempre has dicho que te niegas a tomarme una foto porque no quieres desperdiciar tu salud mental en mí, o porque te aterra lo que puedas encontrar.
Murasaki apretó la correa de su cámara. El miedo volvió a recorrerla, un miedo más profundo que el de los ruidos fuertes: el miedo a conocer la verdadera naturaleza del hombre que amaba.
—Hazlo —desafió Dazai, abriendo los brazos en un gesto de entrega absoluta—. Tómame una foto ahora mismo. Usa tu habilidad. Entra en mi psique, analiza mis sombras, despedaza mis mentiras. Mira si este "te amo" es real o si solo es otro de mis juegos. Te doy permiso para que me veas por completo.
Murasaki tragó saliva. Sus dedos temblaban mientras alcanzaba la cámara. Sabía que esto le traería una migraña devastadora, una que probablemente la dejaría postrada en cama durante días. Pero la duda era un dolor mucho más insoportable.
—Si lo hago —advirtió ella, ajustando el enfoque con manos expertas—, no habrá vuelta atrás, Dazai. Lo que vea ahí dentro cambiará todo.
—Lo sé —respondió él, fijando sus ojos cafés en el objetivo. Por primera vez, no había rastro de burla en su rostro. Estaba desnudo, emocionalmente expuesto ante la única persona capaz de leer su alma.
Murasaki levantó la cámara. El visor encuadró el rostro de Dazai, iluminado por la luz amarillenta de la farola. Se veía hermoso, trágico y terriblemente real. El dedo de Murasaki se posó sobre el disparador.
*Click.*
El sonido del obturador fue pequeño, apenas un susurro en la noche de Yokohama. El flash iluminó el rostro de Dazai por una milésima de segundo, capturando no solo sus rasgos, sino la esencia misma de ese momento.
Murasaki bajó la cámara lentamente. Sintió el inicio de la presión en sus sienes, el aviso de que su habilidad estaba lista para procesar la imagen y revelar la "Historia de Genji" de Osamu Dazai. Sin embargo, no activó el análisis de inmediato. Sostenía la cámara contra su pecho como si fuera un tesoro o una bomba a punto de estallar.
—Ya está —dijo ella, con la voz apenas audible.
—¿Y bien? —preguntó Dazai, dando un paso atrás, recuperando un poco de su distancia habitual, aunque sus ojos seguían fijos en ella—. ¿Qué dice el veredicto de la gran fotógrafa?
Murasaki lo miró, y por primera vez en toda la noche, no hubo sarcasmo ni insultos en su expresión. Solo una determinación tranquila y sombría.
—No la analizaré aquí fuera, Dazai. Necesito estar sola para procesar lo que sea que hayas escondido ahí dentro. Vete a casa. Mañana... mañana te daré una respuesta en la Agencia.
Dazai la observó durante un largo momento, como si intentara leer sus pensamientos sin necesidad de habilidades especiales. Finalmente, hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Estaré esperando con ansias, Murasaki. Intenta que la migraña no te mate... sería una lástima que te fueras antes de decirme que tenía razón.
Él se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la oscuridad de la calle, silbando de nuevo esa melodía sin nombre. Murasaki se quedó en el portal, observando cómo su figura se desvanecía en las sombras.
Entró en su apartamento, cerró la puerta con llave y se apoyó contra la madera, dejando que el silencio de su hogar la envolviera. Encendió una pequeña lámpara en su escritorio de trabajo, donde las fotografías de la Agencia descansaban en orden impecable. Sus manos, aún temblorosas, extrajeron la tarjeta de memoria de la cámara y la conectaron al lector.
En la pantalla de la computadora, la imagen de Dazai apareció en blanco y negro. Estaba allí, atrapado en un instante de tiempo: sus ojos, sus vendas, la margarita marchita que aún sostenía en la mano cuando ella disparó la foto.
Murasaki cerró los ojos y llevó sus manos a las sienes. El poder de "Historia de Genji" comenzó a vibrar en su mente, pidiendo paso, lista para desgarrar el velo de la psique de Dazai. Sabía que lo que estaba a punto de ver podría salvarla o destruirla para siempre.
—Muy bien, Dazai —susurró ella a la habitación vacía—. Veamos quién eres realmente.
Con un suspiro profundo, Murasaki activó su habilidad, dejando que la primera oleada de información inundara sus sentidos mientras la oscuridad de Yokohama observaba desde la ventana.