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Revelación carmesi

Revelaciones en Blanco y Negro y el Hilo de la Existencia

El silencio del apartamento de Murasaki era absoluto, una bendición que normalmente atesoraba pero que esa noche se sentía como el vacío antes de una detonación. La luz del monitor era la única fuente de iluminación en la habitación, bañando su rostro de una palidez espectral. Sus dedos, largos y elegantes, temblaban ligeramente sobre el teclado.

—Muy bien, Dazai —susurró para sí misma, con la voz quebrada por la anticipación—. Veamos qué hay detrás de esa máscara de payaso y vendas.

Cerró los ojos con fuerza. Inhaló el aire frío de la habitación y activó su habilidad: "Historia de Genji".

Al principio, la sensación fue la de caer en un pozo sin fondo. A diferencia de las psiques de otros delincuentes o transeúntes que había analizado, que solían ser como habitaciones desordenadas o jardines descuidados, entrar en la mente de Osamu Dazai fue como sumergirse en un océano de mercurio: denso, brillante, frío y profundamente tóxico.

La migraña no fue una punzada esta vez; fue un hachazo. Murasaki soltó un gemido, apretando los dientes mientras la información comenzaba a descargarse directamente en su conciencia.

Primero llegaron los datos fríos, los hechos que componían el esqueleto de su existencia. *Nombre: Osamu Dazai. Edad: 22 años. Cumpleaños: 19 de junio. Comida favorita: Cangrejo, sake.* Datos triviales que cualquier informe de la Agencia podría contener. Pero luego, la habilidad profundizó en las raíces.

Vio destellos de una infancia desprovista de color, una sensación de alienación tan antigua como sus primeros recuerdos. No había calidez en los recuerdos de su familia, solo una desconexión total, como si el niño Dazai hubiera nacido observando al mundo a través de un cristal grueso que le impedía sentir el calor del sol.

Entonces, la marea de la psique cambió de color. Se volvió oscura, viscosa, con olor a pólvora y sangre vieja. La Port Mafia.

Murasaki vio pasar imágenes borrosas de un Dazai adolescente, con el rostro cubierto de vendas frescas y los ojos más vacíos que los de un cadáver. Sintió la presión de la oscuridad de la organización, la amistad eléctrica y conflictiva con Chuuya Nakahara —una relación de odio y confianza absoluta que la dejó sin aliento— y, finalmente, la figura de Sakunosuke Oda.

Al sentir el recuerdo de Oda, la temperatura de la psique de Dazai cambió. Se volvió tibia, pero con una tibieza de cuerpo que se enfría. Murasaki sintió el peso de una promesa, el vacío inmenso que dejó la muerte de ese hombre y cómo Dazai había construido su nueva vida en la Agencia sobre las cenizas de ese dolor.

—Es... es demasiado —murmuró Murasaki, llevándose las manos a la cabeza.

Su habilidad le mostraba la capacidad aterradora de Dazai para no conectar. Vio las miles de veces que había sonreído a sus compañeros de la Agencia mientras por dentro calculaba cada variable, cada riesgo, manteniendo siempre una distancia de seguridad emocional. Vio las mentiras, las manipulaciones magistrales, la forma en que movía a las personas como piezas en un tablero de ajedrez solo para evitar que el aburrimiento o la desesperación lo consumieran.

Vio sus innumerables intentos de suicidio. No eran gritos de ayuda, ni tampoco actos de cobardía; eran experimentos científicos de un hombre que buscaba desesperadamente la salida de un laberinto que él mismo consideraba absurdo. Vio las propuestas de suicidio doble a innumerables mujeres, palabras vacías dichas con una sonrisa encantadora, promesas de una muerte compartida que no eran más que una distracción para su propia soledad.

—Todo es mentira —sollozó Murasaki, sintiendo que una lágrima corría por su mejilla—. Todo en él es un abismo. No hay nada real a lo que aferrarse.

Justo cuando estaba a punto de desconectarse, cuando el dolor en sus sienes se volvía insoportable y estaba dispuesta a aceptar que Dazai era realmente un vacío absoluto, algo brilló en el fondo de la imagen.

Era un hilo. Un hilo rojo, vibrante y tenso, que contrastaba con la monocromía grisácea del resto de su mente. Murasaki, impulsada por una curiosidad dolorosa, lo siguió.

De repente, la psique de Dazai se iluminó con colores que ella no esperaba. Los recuerdos comenzaron a brotar, pero esta vez todos tenían un denominador común: ella.

Vio el primer día que se conocieron en la Agencia. Dazai la había mirado con esa curiosidad depredadora suya, atraído inicialmente por su figura, por la elegancia de su vestido y la cascada morada de su cabello. Murasaki sintió el eco de los pensamientos de Dazai en ese momento: *“Una belleza refinada... sería una compañera de muerte exquisita”*. Era un interés superficial, carnal, el típico capricho de un hombre aburrido.

Pero luego, el recuerdo avanzó. Vio la primera vez que ella lo insultó con esa elocuencia sarcástica suya. Murasaki sintió la sorpresa de Dazai, una chispa de interés genuino que no esperaba. Vio la primera misión que compartieron, cómo ella había manejado su cámara con una precisión que lo dejó fascinado, y cómo su temperamento volcánico lograba, por breves instantes, silenciar el ruido de la oscuridad en la cabeza de él.

El hilo rojo se volvía más grueso a medida que los recuerdos avanzaban. Dazai ya no la miraba como a una mujer hermosa; la miraba como a un ancla.

Murasaki sintió, con una claridad que la dejó temblando, el momento exacto en que Dazai se había enamorado de ella. No había sido un gran gesto heroico. Había sido una tarde cualquiera en la oficina, cuando ella, creyendo que nadie la veía, había acomodado con cuidado los archivos desordenados de Atsushi y le había dejado una pequeña nota de aliento. Dazai lo había visto desde la sombra de su escritorio, y en ese instante, el vacío en su pecho se había llenado de algo tan cálido y aterrador que lo hizo querer huir.

La habilidad le mostró el miedo de Dazai. Un miedo profundo, visceral. Él, el hombre que no temía a la muerte, le temía a Murasaki Shikibu. Le temía a la conexión. Le temía a ese sentimiento que lo obligaba a querer estar vivo para verla una mañana más, para escuchar un insulto más, para verla ajustar el lente de su cámara una vez más.

—Él... de verdad... —Murasaki no pudo terminar la frase.

La revelación fue total. El "te amo" que él le había dicho en la calle no era una pieza de ajedrez. Era el grito de un hombre que se estaba ahogando y que había encontrado en ella su única superficie. Dazai la amaba con una intensidad desesperada, una devoción que lo mantenía atado a la existencia mucho más que cualquier promesa hecha a un amigo muerto. Para Dazai, Murasaki era la única prueba de que el mundo real no era solo una ilusión de sombras.

La conexión se rompió con la violencia de un cristal estallando.

Murasaki se apartó de la pantalla, cayendo de rodillas en la alfombra de su estudio. El dolor en su cabeza era una agonía pura, como si mil agujas estuvieran cosiendo sus sienes, pero el dolor en su pecho era mucho peor.

Rompió a llorar. No fue un llanto refinado ni elegante; fue un llanto desgarrador, lleno de culpa y de un alivio abrumador. Se cubrió el rostro con las manos, sollozando por el hombre que ella fingía odiar para protegerse, por el hombre que cargaba un abismo y que, aun así, guardaba un rincón de luz solo para ella.

—Idiota... estúpido Dazai... —balbuceó entre sollozos—. ¿Cómo puedes amarme así? ¿Cómo puedes estar tan roto y aun así quererme tanto?

Se sentía una hipócrita. Ella lo había llamado mentiroso, lo había despreciado por su deseo de morir, sin entender que ella era la única razón por la que él seguía intentando vivir. El terror que ella sentía de perderlo era el mismo terror que él sentía de no ser digno de ella.

Intentó ponerse en pie para buscar agua o sus analgésicos, pero el esfuerzo fue demasiado. La migraña, potenciada por la carga emocional de la lectura, le nubló la vista. Su cuerpo, agotado por la misión de la gala y el uso extremo de su habilidad, finalmente se rindió.

Se arrastró como pudo hasta el escritorio, apoyando la cabeza sobre sus brazos cruzados, justo al lado del teclado donde la imagen en blanco y negro de Dazai seguía brillando en la oscuridad.

—Mañana... —susurró con el último aliento de conciencia—, mañana te daré la respuesta... Osamu.

Murasaki se quedó profundamente dormida en su escritorio, sumida en un sueño sin ruidos, mientras el hilo rojo que había visto en la psique de Dazai parecía enredarse invisiblemente alrededor de su propio corazón, manteniéndolos unidos en el silencio de la noche de Yokohama.