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Revelación carmesi

Revelaciones Bajo el Velo de la Penumbra

La Agencia Armada de Detectives amaneció con su habitual cacofonía de teclados, gritos de Kunikida y el sonido de Atsushi tratando de poner orden en un mar de papeles. Sin embargo, había un vacío tangible, un silencio elegante que solía ocupar el escritorio junto a la ventana. El estuche de la Leica no estaba allí; tampoco el aroma a té de jazmín y perfume de alta gama que siempre acompañaba a Murasaki Shikibu.

Kunikida consultó su reloj por quinta vez en diez minutos, ajustándose las gafas con un gesto de creciente ansiedad.

—No es propio de ella —gruñó, golpeando su libreta "Ideal"—. Murasaki es la puntualidad personificada, a diferencia de cierto desperdicio de vendas que tengo frente a mí.

Dazai Osamu, que estaba extrañamente quieto, balanceando una pierna sobre su escritorio mientras miraba al techo, no respondió con sus habituales bromas. Sus ojos castaños, usualmente llenos de una picardía indescifrable, estaban fijos en el vacío. Él sabía. Sabía que después de lo que había ocurrido la noche anterior, después de haberle entregado la llave de su psique, el precio que ella pagaría sería alto.

—Murasaki-san no responde al teléfono —dijo Kyoka, acercándose con el rostro imbuido de una preocupación inusual en ella—. Ayer usó su habilidad con mucha intensidad. La migraña debe ser insoportable.

Dazai se puso en pie de un salto, recuperando su máscara de ligereza, aunque sus movimientos eran más precisos de lo normal.

—Bueno, bueno, ¡parece que nuestra reina de la elegancia ha decidido tomarse un día de belleza! —exclamó, lanzando su abrigo de color arena sobre sus hombros—. Como su fiel y devoto caballero, es mi deber ir a rescatarla de las garras del aburrimiento y el dolor de cabeza. Kunikida, ¡no me esperes para el informe!

—¡Dazai, vuelve aquí! ¡Todavía tienes tres informes pendientes y...! —El grito de Kunikida fue interrumpido por el portazo de la oficina.

Dazai caminó por las calles de Yokohama con una urgencia que ocultaba tras un paso rítmico. Su mente volaba de regreso a la noche anterior, al momento en que el flash de la cámara de Murasaki capturó su esencia. Se preguntaba qué habría visto ella. ¿Habría visto el jardín seco de su infancia? ¿La sangre en sus manos de la época de la Mafia? ¿O habría encontrado ese pequeño altar que él había construido en su corazón, donde solo ella tenía permitido entrar?

Llegó al edificio de apartamentos de Murasaki. Era un lugar refinado, de fachada clásica, justo el tipo de sitio donde una mujer como ella encajaría. Subió las escaleras y se detuvo frente a la puerta de madera oscura. Llamó suavemente.

—¡Murasaki! ¡Mi hermosa y cruel fotógrafa! —gritó con un tono meloso—. Tu caballero más molesto ha llegado para sacarte de la cama. ¡He traído mi presencia radiante como medicina!

No hubo respuesta. El silencio del otro lado era pesado, denso. Dazai sintió una punzada de inquietud real.

—¡Nena, vamos! No me digas que sigues enfadada por el beso. Fue un beso de cinco estrellas, ¡deberías estar pidiendo una repetición! —continuó, pegando la oreja a la puerta—. ¿Princesa? ¿Muñeca? ¿Estás ahí?

Nada. Ni siquiera el sonido de un insulto refinado o el ruido de un objeto siendo lanzado contra la puerta. Dazai dejó de sonreír. Sacó un par de ganzúas de su bolsillo —un viejo hábito que nunca moría— y, en cuestión de segundos, la cerradura cedió con un clic metálico.

Al entrar, el aroma a lavanda y papel viejo lo recibió. El apartamento estaba impecable, decorado con un gusto exquisito: estanterías llenas de literatura clásica, fotografías enmarcadas en blanco y negro y muebles de líneas curvas. Pero el aire se sentía viciado, cargado de una energía estática.

Caminó hacia el estudio. Allí, sobre el escritorio, vio la computadora aún encendida. La imagen de él mismo, capturada la noche anterior, llenaba la pantalla. Dazai sintió un escalofrío. Ella lo había hecho. Había entrado en su mente.

Siguió hacia el dormitorio, donde la luz se filtraba tenuemente a través de las cortinas de terciopelo morado. Sobre la cama, envuelta en sábanas de seda, estaba Murasaki.

Se acercó con cautela, como quien se aproxima a una criatura herida. Su largo cabello morado estaba enredado sobre la almohada, perdiendo su habitual orden perfecto. Su rostro, usualmente altivo y sarcástico, estaba pálido, con sombras oscuras bajo los ojos. Tenía el ceño fruncido, una expresión de dolor persistente incluso en la inconsciencia.

—Vaya, mi pequeña reina... —murmuró Dazai, sentándose con cuidado en el borde del colchón—. Realmente te has esforzado demasiado, ¿verdad?

Extendió una mano y acarició con suavidad la frente de Murasaki. Estaba ardiendo. La migraña provocada por su habilidad no era solo un dolor físico; era un colapso del sistema nervioso al procesar demasiada información psíquica. Y procesar la mente de Dazai era como intentar descargar un agujero negro en un frasco de cristal.

Murasaki soltó un quejido débil, moviendo la cabeza inquietamente. Sus ojos negros se abrieron con dificultad, nublados por la fiebre y el dolor. Tardó unos segundos en enfocar la figura que tenía delante.

—Dazai... —susurró, su voz era apenas un hilo ronco—. ¿Qué haces... en mi casa, estúpido...? Vete...

—¡Oh, qué bienvenida tan cálida! —dijo él, recuperando su tono juguetón mientras le colocaba un paño húmedo que había encontrado en el baño sobre la frente—. Te encuentras en un estado lamentable, hermosa. Si mueres ahora, no podré tener mi suicidio doble contigo, y eso sería una tragedia nacional.

Murasaki intentó incorporarse, pero el mundo dio una vuelta violenta y soltó un gemido de dolor, llevándose las manos a las sienes.

—No te muevas, nena —dijo Dazai, y esta vez su voz era suave, casi protectora—. Has visto demasiado, ¿verdad? Te dije que mi mente era un lugar horrible para hacer turismo.

Murasaki lo miró, y en esa mirada ya no había el odio fingido de siempre. Había una vulnerabilidad que lo desarmó. Lágrimas de frustración y dolor comenzaron a rodar por sus mejillas.

—Lo vi... —balbuceó ella, agarrando la manga del abrigo de Dazai con una fuerza desesperada—. Vi todo ese vacío... vi a ese hombre, Oda... y vi... vi lo que piensas de mí.

Dazai se quedó helado. Sus dedos se detuvieron sobre el paño húmedo. El silencio en la habitación se volvió asfixiante.

—¿Y qué viste, Murasaki? —preguntó él en un susurro, temiendo la respuesta—. ¿Viste al monstruo que solía ser? ¿Viste que no hay nada real en mí?

Murasaki negó con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza mientras las lágrimas caían sobre la almohada.

—Vi que eres un idiota —dijo ella, sollozando—. Vi que te quedas en este mundo solo porque... porque tienes miedo de dejarme sola. Vi que me amas de una forma que nadie debería amar a alguien tan temperamental como yo. Vi ese hilo rojo... y me duele, Dazai. Me duele saber que soy tu única ancla.

Dazai suspiró, una exhalación larga que pareció sacar todo el aire de sus pulmones. Se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de ella, ignorando el calor de la fiebre.

—Es una carga pesada, lo sé —murmuró él—. Pero es la única verdad que tengo. Puedes insultarme todo lo que quieras, puedes decirme que soy un desperdicio de vendas, pero no puedes borrar lo que viste.

Murasaki soltó un sollozo ahogado y, por primera vez, rodeó el cuello de Dazai con sus brazos, hundiendo el rostro en su hombro. Él la estrechó contra sí, sintiendo las curvas de su cuerpo temblar contra su pecho. En ese momento, no había Agencia, ni Mafia, ni habilidades sobrenaturales. Solo dos personas rotas tratando de sostenerse en la oscuridad.

—Si te mueres... —susurró Murasaki contra su cuello, su voz cargada de una amenaza que ahora sonaba a súplica—, si alguna vez dejas que ese vacío te trague y me dejas aquí... te buscaré en el otro mundo solo para darte una bofetada. ¿Me oyes, Osamu? No te atrevas a dejarme.

Dazai sonrió, una sonrisa triste pero llena de una extraña paz. Acarició el largo cabello morado de la mujer, aspirando el aroma a lavanda que aún persistía en ella.

—No iré a ninguna parte, muñeca —respondió él—. Al menos no mientras tenga a alguien tan ruidosa y refinada que me mantenga despierto. Además, todavía tienes que tomarme muchas fotos. Quiero ver si en la próxima salgo más guapo.

Murasaki se separó un poco, mirándolo con esos ojos negros que ahora brillaban con una mezcla de afecto y cansancio extremo.

—Eres un egocéntrico —dijo ella, tratando de recuperar su tono sarcástico, aunque falló estrepitosamente—. Y ahora, cállate y tráeme un té. Y que no tenga veneno, Dazai. Lo digo en serio.

—¡Sus deseos son órdenes, mi reina! —exclamó él, poniéndose en pie con un saludo militar exagerado—. Pero primero, descansa. La migraña no se irá si sigues tratando de analizar mi brillante personalidad.

Murasaki se recostó en las almohadas, sintiendo que el peso en su cabeza empezaba a disminuir, reemplazado por una calidez extraña en su pecho. Observó a Dazai salir hacia la cocina, tarareando una canción sobre el suicidio que, por primera vez, no le pareció tan aterradora.

—Dazai —llamó ella antes de que él cruzara la puerta.

—¿Dime, hermosa?

—La foto... —Murasaki hizo una pausa, una pequeña sonrisa curvando sus labios—. No era un juego. Lo que vi... el hilo rojo... yo también lo tengo.

Dazai se detuvo en seco. No se dio la vuelta, pero Murasaki pudo ver cómo sus hombros se relajaban.

—Lo sé —respondió él en voz baja—. Lo supe desde el momento en que me insultaste por primera vez.

Él salió de la habitación y Murasaki cerró los ojos, dejándose llevar por el sueño. El silencio del apartamento ya no se sentía vacío. Estaba lleno de la presencia caótica de Dazai, de la promesa silenciosa de un mañana y de la certeza de que, aunque el mundo fuera un lugar lleno de ruidos insoportables, siempre habría un flash de luz capaz de capturar la verdad.

Dazai, en la cocina, miraba el agua hervir. Se tocó el labio, recordando el beso de la noche anterior y las palabras de Murasaki. Por primera vez en mucho tiempo, el pensamiento de la muerte no le pareció una liberación, sino un estorbo. Tenía un té que preparar, una fotógrafa temperamental que cuidar y una vida entera para descubrir cuántos insultos más podía recibir antes de que ella admitiera, una vez más, que lo amaba profundamente.

—Supongo que vivir un poco más no será tan malo —murmuró para sí mismo, mientras servía el té en la taza favorita de porcelana de Murasaki.

Afuera, Yokohama seguía su curso, pero dentro de ese pequeño apartamento, el tiempo se había detenido para permitir que dos almas encontraran su enfoque, en blanco, negro y todos los matices de violeta que existían entre ellos.