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Revelación carmesi

Revelaciones en un Sorbo de Té y el Hilo que no se Rompe

El vapor del té ascendía en perezosas espirales blancas, cargando el aroma cítrico de la bergamota y un toque de miel. Dazai entró en el dormitorio con una parsimonia inusual, sosteniendo la taza de porcelana fina con una delicadeza que contrastaba con su habitual torpeza teatral. Se sentó de nuevo en el borde de la cama, observando cómo Murasaki se acomodaba contra las almohadas, con el cabello morado derramándose sobre sus hombros como una cascada de seda oscura.

—Aquí tienes, mi querida y convaleciente musa —dijo Dazai, extendiéndole la taza—. He verificado tres veces que no hubiera ninguna sustancia letal, aunque confieso que la tentación de compartir un último sorbo hacia el otro mundo fue difícil de resistir.

Murasaki tomó la taza con manos aún algo temblorosas. El calor del recipiente filtrándose a través de sus dedos fue un bálsamo para sus nervios todavía erizados por la migraña. Bebió un sorbo pequeño, dejando que el líquido tibio bajara por su garganta. Sus cejas se arquearon levemente, una chispa de sorpresa cruzando sus ojos negros.

—Está... aceptable —murmuró ella, aunque su expresión delataba que estaba mucho más que bueno—. Al menos no has logrado quemar el agua, lo cual ya es un avance milagroso para alguien de tu calibre intelectual.

Dazai soltó una risita suave, apoyando la barbilla en su mano mientras la observaba beber. El silencio que siguió no fue el vacío incómodo de dos extraños, sino una quietud densa, cargada con el peso de todo lo que Murasaki había visto en su psique. Las imágenes de la Mafia, el fantasma de Oda y ese hilo rojo que la unía a ella seguían flotando en el aire de la habitación, invisibles pero omnipresentes.

Murasaki dejó la taza en la mesilla de noche y suspiró, cerrando los ojos por un momento. Cuando los abrió, su mirada era intensa, despojada de las capas de sarcasmo refinado que solía usar como armadura.

—Te odio, Dazai —dijo ella en un susurro que cortó el silencio como un bisturí.

Dazai no se movió. Su sonrisa se desvaneció, dejando paso a una expresión de serena resignación.

—Lo sé —respondió él—. Te he dado razones de sobra para ello. Mi mera existencia es una ofensa para alguien tan ordenada y elegante como tú.

—No —lo interrumpió ella, su voz ganando fuerza—. No me has entendido. Te odio por lo que hiciste anoche. Te odio por haberme dejado entrar en ese desastre que llamas alma. Pero sobre todo... te odio por haberme enamorado.

Dazai parpadeó, la sorpresa cruzando su rostro por primera vez en mucho tiempo. Abrió la boca para decir algo, pero Murasaki continuó, las palabras fluyendo de ella como una confesión largamente contenida.

—Es una crueldad —continuó ella, apretando las sábanas—. Es una crueldad que un hombre tan roto, tan obsesionado con el final, me haga sentir que el mundo tiene colores que solo puedo capturar cuando tú estás en el encuadre. Te odio porque ahora, cada vez que hables de morir, ya no será solo una broma molesta. Será un clavo ardiendo en mi pecho porque sé exactamente qué es lo que intentas dejar atrás. Me has hecho responsable de tu luz, Dazai, y no sé si quiero perdonarte por eso.

Dazai bajó la mirada hacia sus manos vendadas. Por un momento, pareció que el gran manipulador de la Agencia se había quedado sin guion. Se puso en pie y caminó hacia la ventana, mirando a través de las cortinas el cielo de Yokohama.

—Murasaki —dijo él, de espaldas a ella—, anoche te di la verdad porque no quería que nuestro... lo que sea que esto sea, se construyera sobre mis sombras habituales. Pero quiero que sepas una cosa. Sea cual sea tu decisión ahora que lo has visto todo, la respetaré.

Se giró para mirarla, y su rostro era una máscara de sinceridad devastadora.

—Si después de entrar en mi mente decides que soy un caso perdido, que el vacío es demasiado grande o que simplemente no puedes confiar en un hombre que lleva el caos en las venas... lo entenderé. Me alejaré. No te fastidiaré más con mis propuestas de suicidio doble ni interrumpiré tus fotos. Volveré a ser solo el compañero de trabajo molesto que apenas ves. No quiero ser tu carga, Murasaki. No quiero que me ames por lástima o por obligación hacia ese hilo rojo que viste.

Murasaki lo escuchó en silencio, su rostro volviéndose una máscara de piedra. Se levantó de la cama con un esfuerzo evidente, ignorando el último rastro de mareo que amenazaba su equilibrio. Caminó hacia él, su figura llena de curvas envuelta en un camisón de seda que acentuaba su elegancia incluso en la enfermedad. Se detuvo a pocos centímetros de él, obligándolo a sostenerle la mirada.

—¿De verdad crees que soy tan débil, Osamu Dazai? —preguntó ella, su tono volviendo a ser el de la mujer temperamental y orgullosa de siempre—. ¿Crees que después de analizar la psique de los criminales más retorcidos de esta ciudad, voy a asustarme por un poco de oscuridad y un par de fantasmas mal gestionados?

—No es solo oscuridad, Murasaki, es...

—Cállate —lo interrumpió ella.

Antes de que Dazai pudiera articular otra defensa, Murasaki lo tomó por las solapas de su camisa y lo atrajo hacia ella con una fuerza sorprendente. Lo besó con una intensidad que no dejó lugar a dudas; un beso que sabía a té, a determinación y a una promesa silenciosa. No fue un beso de despedida, sino una reclamación.

Dazai tardó un segundo en reaccionar, pero cuando lo hizo, sus brazos rodearon la cintura de Murasaki con una urgencia casi dolorosa. La estrechó contra sí como si ella fuera el único punto de anclaje en un universo que se desmoronaba. El beso se profundizó, una danza de lenguas y suspiros que sellaba un pacto mucho más vinculante que cualquier contrato de la Agencia.

Cuando finalmente se separaron para recuperar el aliento, Murasaki no soltó sus solapas. Sus ojos negros brillaban con una llama feroz.

—No voy a dejarte —declaró ella, su voz firme—. No pienses ni por un segundo que te vas a librar de mí tan fácilmente. Sé que habrá días en los que el vacío volverá a llamarte. Sé que habrá recaídas, que intentarás alejarme o que volverás a tus bromas estúpidas cuando el dolor sea demasiado fuerte. Pero para eso se supone que somos una pareja, ¿no? Para estar en las buenas y en las putas malas, Dazai.

Dazai la miró como si estuviera viendo un milagro, un brillo de humedad asomando en las esquinas de sus ojos que se apresuró a ocultar con una sonrisa que, esta vez, iluminó todo su rostro.

—¡Vaya! —exclamó él, su voz recuperando esa energía caótica y vibrante—. ¡Qué mujer tan aterradora he elegido! Me has insultado, me has analizado y ahora me has condenado a una vida de compañía eterna. ¡Es el castigo más maravilloso que he recibido!

De repente, Dazai la levantó en vilo, haciéndola girar en medio del estudio. Murasaki soltó un grito de sorpresa, mitad indignación y mitad risa, mientras sus pies dejaban de tocar el suelo.

—¡Bájame, idiota! ¡Todavía tengo migraña! —protestó ella, aunque sus manos se enredaban en el cabello de él.

—¡No puedo! ¡Es un momento histórico! —gritó Dazai, su voz resonando en todo el apartamento—. ¡Escuchen todos! ¡La musa más hermosa, sarcástica y dotada de todo Japón finalmente ha aceptado a este humilde servidor! ¡El hilo rojo no se ha roto! ¡Murasaki Shikibu me ama!

—¡Cállate, nos van a oír los vecinos! —le espetó ella, aunque una sonrisa genuina finalmente rompió su máscara de frialdad.

Dazai la bajó, pero no la soltó. La miró con una alegría que parecía desbordar su cuerpo, una emoción tan pura que por un momento borró todas las cicatrices de su pasado.

—¿Sabes lo que esto significa, verdad, mi querida fotógrafa? —preguntó él, guiñándole un ojo con malicia—. Ahora que estamos oficialmente juntos y que has aceptado mi alma oscura... ¡ya no hay excusas! ¡Podemos planear el suicidio doble más elegante y romántico de la historia! ¡Imagina las fotos, Murasaki! ¡Serían tu obra maestra!

Murasaki le dio un golpe seco en el brazo, aunque sin mucha fuerza.

—Ni lo sueñes, desperdicio de vendas. Acabo de decirte que te quiero vivo para poder insultarte cada mañana. No voy a dejar que te mueras ahora que finalmente he conseguido que hagas un té decente.

—¡Oh, qué cruel es el amor! —suspiró Dazai, apoyando la cabeza en el hombro de ella—. Me condenas a la vida... qué tortura tan dulce. Pero supongo que si es contigo, podré soportar unos cuantos años más de este mundo ruidoso.

—Más te vale —dijo ella, abrazándolo por la cintura y apoyando la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón—. Porque si intentas irte antes de tiempo, te juro que le tomaré una foto a tu cadáver y usaré mi habilidad para regañar a tu espíritu por toda la eternidad.

Dazai soltó una carcajada limpia y sonora, una que no tenía rastro de sombras. En ese pequeño apartamento, rodeados de fotos en blanco y negro y el aroma de un té ya frío, el hombre que buscaba la muerte y la mujer que temía al ruido habían encontrado su propia melodía.

Murasaki sabía que el futuro sería complicado. Sabía que Dazai seguía siendo Dazai, un hombre complejo y a menudo incomprensible. Pero mientras tuviera su cámara para enfocar su realidad y a Dazai para desordenar su mundo, sabía que no necesitaba nada más. El hilo rojo estaba tenso, pero era irrompible.

—Dazai —murmuró ella mientras él la guiaba de nuevo hacia la cama para que descansara.

—¿Sí, mi reina?

—Mañana... mañana quiero tomarte otra foto. Pero esta vez, no uses ninguna máscara. Solo sé tú.

Dazai se detuvo, la miró con una ternura infinita y le besó la frente.

—Para ti, Murasaki... siempre seré yo. Aunque eso signifique que tengas que comprar más analgésicos para tus migrañas.

—Ya tengo una caja entera comprada, idiota. Sabía en lo que me metía desde que te vi entrar por la puerta de la Agencia.

Y bajo la luz suave de la mañana que empezaba a asomar por Yokohama, ambos se sumergieron en un sueño compartido, donde el final ya no era un objetivo, sino simplemente un horizonte lejano que podían ignorar mientras estuvieran juntos.