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Rivales caídos

El eco de los caídos y el rugido del cristal

El sonido del cañón no es un ruido seco; es una vibración que se siente en los huesos, un recordatorio de que el cronómetro de nuestras vidas ha comenzado a descontar. En cuanto el metal del pedestal dejó de sujetar mis pies, mis pulmones se llenaron de un aire que sabía a escarcha y desesperación.

No corrí hacia el centro. Mis ojos estaban fijos en un punto específico de la Cornucopia, una estructura de metal retorcido que parecía la caja torácica de un gigante muerto. Allí, entre el caos de tributos chocando entre sí, vi el destello de una mochila naranja. Agua. Medicina. Lo que Kageyama necesitaba para no desmoronarse si el bioma volcánico nos atrapaba primero.

—¡Hinata, muévete! —gritó Kageyama a mi espalda.

Él ya había alcanzado una lanza corta. Se movía con la precisión de un rayo, apartando a un tributo del Distrito 9 con un empujón brutal. Yo me deslicé por el suelo pedregoso, esquivando el hacha de Kyōtani, que pasó a milímetros de mi oreja. El chico del Distrito 12 gruñó, pero no me siguió; tenía presas más grandes en la mira.

Llegué a la mochila al mismo tiempo que un tributo del Distrito 11. No lo pensé. Saqué una de las hachas de entrenamiento que había logrado arrebatar de una plataforma baja y golpeé el suelo justo frente a sus pies. El chico retrocedió por puro instinto, y yo aproveché ese segundo para colgarme la mochila al hombro.

—¡La tengo! —grité, dándome la vuelta.

Pero Kageyama no estaba mirando la mochila. Estaba mirando hacia el centro, donde Ushijima Wakatoshi acababa de reclamar un arco y un carcaj lleno de flechas de punta de obsidiana. La presencia de Ushijima era como un muro de hormigón que se movía; nadie se atrevía a acercarse a más de tres metros de él.

—¡Vámonos, Hinata! ¡Ahora! —Kageyama me agarró del brazo, tirando de mí hacia la frontera entre la Tundra y el Bosque Muerto.

—¡Espera! ¡Hay más suministros allí! —señalé un paquete de vendas que colgaba de una viga.

—¡Eres un idiota! —rugió Kageyama, su cara a pocos centímetros de la mía mientras el caos estallaba a nuestro alrededor—. ¡Si te quedas un segundo más, Ushijima nos usará de diana! ¡No hemos venido aquí a morir por un trozo de tela!

—¡Hemos venido a ganar! —le devolví el grito, forcejeando para soltarme—. ¡Y no ganaremos si no tenemos con qué curarnos! ¡Suéltame, Rey!

—¡No me llames así! —Kageyama apretó los dientes, sus ojos azules ardiendo con una furia fría—. Si mueres aquí, todo esto no sirve de nada. ¡Muévete hacia el bosque, es una orden!

Lo miré con rabia, pero sabía que tenía razón. El primer bioma, la Tundra, ya estaba empezando a manifestarse. El suelo, antes roca seca, se cubría de una capa de hielo resbaladizo. Corrimos. Corrimos mientras a nuestras espaldas los gritos se mezclaban con el sonido del metal chocando.

Llegamos al punto de encuentro, justo donde los árboles secos del Bosque Muerto empezaban a entrelazarse con la nieve de la Tundra. Allí, agazapados tras un tronco grisáceo que parecía hueso, estaban Lev e Inuoka. Lev temblaba tanto que sus dientes castañeteaban, mientras que Inuoka mantenía un cuchillo en alto, mirando hacia todas partes con ojos de animal acorralado.

—¡Habéis tardado mucho! —susurró Lev, su voz quebrándose—. Pensé... pensé que los del Distrito 2 os habían pillado.

—Casi —dijo Kageyama, soltando mi brazo con un gesto brusco—. Pero este imbécil quería jugar a las compras en mitad de una carnicería.

Me senté en el suelo frío, abrazando la mochila. El silencio empezó a caer sobre la arena, un silencio pesado que solo era interrumpido por el viento gélido que soplaba desde el centro.

—¿Cuántos? —preguntó Inuoka en voz baja.

—No lo sé —respondí, mirando hacia el horizonte donde la Cornucopia empezaba a desdibujarse por la bruma—. Pero he oído al menos tres cañones.

Esa noche, el cielo se iluminó con el sello del Capitolio. Uno a uno, los rostros de los caídos aparecieron entre las nubes artificiales. Un chico del Distrito 9. El compañero de Kyōtani del 12. Dos del Distrito 11. Seis en total. El primer día se había cobrado su parte.

Mientras Kageyama y los demás montaban una guardia tensa, mi mente se alejó de la nieve y el miedo. Me vi a mí mismo tres días atrás, en la penumbra del centro de entrenamiento, hablando con Ukai y Takeda.

***

—No puedes estar hablando en serio, Hinata —había dicho Ukai, dejando caer su cigarrillo apagado al suelo—. Es un suicidio táctico.

Takeda-sensei estaba pálido, apoyado contra la pared metálica de la sala de reuniones privada.

—Shoyo... las alianzas son para sobrevivir juntos, no para... para eso —susurró Takeda, con la voz temblorosa.

—Entendedlo —dije yo, mirando mis manos, que ya tenían callos del entrenamiento con las hachas—. Kageyama es el mejor estratega que ha tenido el Distrito 4 en décadas. Si él gana, el Capitolio tendrá que respetarnos. Si yo gano... solo seré el chico que tuvo suerte.

—Nadie tiene suerte en esa arena, mocoso —gruñó Ukai, agarrándome por los hombros—. ¿Quieres sacrificarte? ¿Ese es tu gran plan? ¿Ser el señuelo final?

—No es solo ser el señuelo —respondí, levantando la mirada para sostenerle el pulso—. Kageyama no sabe rendirse. Si llegamos los dos al final, él intentará salvarme y moriremos ambos. El Capitolio no permite dos ganadores este año. Lo han dejado claro con la norma de "competitividad pura".

—¿Y qué quieres que hagamos nosotros? —preguntó Takeda, limpiándose las gafas con manos nerviosas.

—Quiero que os aseguréis de que los suministros le lleguen a él —dije firmemente—. Usad mi imagen. Haced que el Capitolio me ame, que los patrocinadores se vuelquen conmigo. Pero cuando llegue el momento de enviar la medicina crítica o el arma definitiva... enviádsela a Kageyama. Hacedle creer que es para los dos, pero que sea él quien la use.

Ukai guardó silencio durante un largo rato. Sus ojos, curtidos por años de ver morir a jóvenes de nuestro distrito, se suavizaron por un instante.

—Es una carga muy pesada para alguien tan pequeño, Hinata.

—Puedo saltar alto, Ukai-san —sonreí, aunque sentía un nudo en la garganta—. Y desde arriba se ve todo más claro. Kageyama tiene que volver a casa. Natsu necesita saber que el Distrito 4 es fuerte. Yo... yo solo soy el viento que lo empuja.

***

Un estruendo masivo me arrancó del recuerdo. No era un cañón. Era el sonido de la tierra desgarrándose.

—¡Arriba! ¡Todo el mundo arriba! —gritó Kageyama.

El segundo día había comenzado y la arena estaba reclamando su nombre: el Mosaico Fracturado. Bajo nuestros pies, el suelo de la Tundra empezó a agrietarse con un sonido ensordecedor, como si un gigante estuviera rompiendo un plato de porcelana debajo de nosotros.

—¡Mirad allí! —señaló Inuoka, aterrorizado.

La frontera entre la Tundra y el Bosque Muerto estaba desapareciendo. Literalmente. Una sección enorme de bosque seco se estaba hundiendo en la tierra, mientras que desde el este, una masa de vegetación densa y húmeda —la Jungla— avanzaba a una velocidad antinatural, empujada por placas tectónicas artificiales.

—¡El bioma está cambiando! —gritó Lev, tropezando con sus largas piernas—. ¡Se supone que teníamos más tiempo!

—¡El Capitolio no quiere que durmamos! —Kageyama me agarró de la parte de atrás de la chaqueta—. ¡Hinata, muévete hacia la zona que sube! ¡Si nos quedamos en la grieta, nos aplastará la selva!

El cambio era brusco y letal. El frío intenso de la Tundra chocó de frente con la humedad sofocante de la Jungla que se aproximaba. Una niebla espesa y caliente se formó al instante, reduciendo nuestra visibilidad a apenas dos metros.

—¡No os soltéis! —grité, buscando la mano de Kageyama en la bruma.

Sentí sus dedos cerrarse sobre mi muñeca con una fuerza desesperada. Detrás de nosotros, oímos un rugido que no era mecánico. Algo venía con la Jungla. Algo que ya estaba cazando antes de que el suelo terminara de asentarse.

—¿Qué es eso? —preguntó Lev, su voz aguda por el pánico.

—Jaguares mutados —dijo Kageyama, desenvainando su lanza—. Se mueven con la vegetación. ¡Corred hacia la Cornucopia! Es el único terreno neutral que no se mueve.

—¡Pero allí están los profesionales! —protestó Inuoka.

—¡Prefiero enfrentarme a Ushijima que a un gato de metal en mitad de esta niebla! —rugió Kageyama—. ¡Vamos!

Empezamos a correr sobre el terreno inestable. El suelo bajo nosotros subía y bajaba como las olas del mar en una tormenta. A mi izquierda, vi cómo un árbol del Bosque Muerto era engullido por una planta trepadora carnívora que parecía haber crecido años en cuestión de segundos.

De repente, un grito desgarrador cortó el aire.

—¡Lev! —chilló Inuoka.

Me giré justo para ver una sombra oscura abalanzarse sobre el chico más alto. Lev cayó al suelo, y un jaguar de pelaje metálico y ojos rojos como brasas se cernió sobre él. Sus garras chirriaron contra la tela del uniforme de Lev.

Sin pensarlo, saqué una de mis hachas de coral y la lancé. No fue un tiro perfecto, pero golpeó al muto en el lomo, distrayéndolo lo suficiente para que Lev rodara hacia un lado.

—¡Corre, idiota! —le grité a Lev mientras sacaba mi segunda hacha.

Kageyama se posicionó a mi lado, con la lanza al frente. El jaguar se agazapó, preparándose para saltar de nuevo, pero entonces el suelo dio un vuelco violento. La placa de la Tundra en la que estábamos se inclinó cuarenta y cinco grados hacia arriba, lanzándonos a todos —incluido al muto— hacia la zona inferior.

Caímos rodando por una pendiente de hielo y barro. El golpe contra el suelo fue seco, sacándome todo el aire de los pulmones. Cuando logré abrir los ojos, el paisaje había cambiado por completo. Ya no había nieve. Ya no había árboles secos.

Estábamos en el Pantano Oscuro. El agua nos llegaba a las rodillas, un líquido negro y espeso que olía a podrido. La niebla aquí era aún más densa, cargada de una humedad que hacía que la ropa pesara el doble.

—¿Kageyama? —llamé, intentando levantarme. El barro succionaba mis botas—. ¿Lev? ¿Inuoka?

—Aquí —la voz de Kageyama sonó a unos pocos metros. Lo vi emerger del agua, tosiendo y agarrando su lanza como si fuera un salvavidas—. ¿Estás bien?

—Sí. ¿Dónde están los otros?

—¡Aquí abajo! ¡Ayuda! —la voz de Inuoka venía de detrás de un matorral de juncos negros.

Fuimos hacia allí, chapoteando en el agua estancada. Inuoka estaba intentando sacar a Lev de una zona de barro especialmente profunda, pero algo no iba bien. Lev tenía una expresión de terror absoluto, mirando hacia el fondo del agua.

—¡Algo me tiene! —gritó Lev—. ¡Algo me ha agarrado la pierna y no me suelta!

—¡Son las Manos del Fango! —dijo Kageyama, palideciendo—. ¡Hinata, no te acerques demasiado al borde o te atraparán a ti también!

Me arrodillé en una raíz firme y extendí mi hacha.

—¡Lev, agarra el mango! ¡Inuoka, tira de sus hombros!

Forcejeamos durante lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron minutos. El agua a nuestro alrededor empezó a burbujear. El bioma se estaba estabilizando, pero los peligros del Pantano ya se habían despertado. A lo lejos, el chapoteo rítmico de algo grande —un cocodrilo negro— se acercaba hacia nosotros.

—¡Tira, Kageyama! —grité, sintiendo cómo mis propios pies empezaban a resbalar.

Con un esfuerzo final que me hizo sentir que mis músculos se desgarraban, logramos sacar a Lev del lodo. Cayó sobre la raíz, jadeando, con el tobillo sangrando por las marcas de dedos inhumanos que habían intentado arrastrarlo al fondo.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Kageyama, mirando hacia la oscuridad donde los ojos amarillos del cocodrilo empezaban a brillar—. Tenemos que encontrar tierra firme antes de que el sol se ponga.

Caminamos por el pantano, con el agua a la cintura, formando una línea cerrada. Kageyama delante, yo detrás, protegiendo a los heridos. Cada vez que una burbuja subía a la superficie, mi corazón daba un vuelco.

—Hinata —susurró Kageyama sin detenerse—. Sobre lo de la Cornucopia...

—No importa ahora, Kageyama.

—Sí importa —dijo él, y por un momento su voz perdió la dureza—. Tenías razón. Necesitábamos las vendas. Lev no habría llegado a la raíz sin ellas.

Lo miré, sorprendido. El Rey estaba admitiendo un error. Me dieron ganas de bromear, de decirle algo sarcástico para aliviar la tensión, pero el sonido de un cañón a lo lejos nos heló la sangre.

Un cañón. Dos. Tres.

—Los jaguares han hecho su trabajo en la Jungla —susurró Inuoka.

—O Ushijima ha encontrado a alguien en la Cornucopia —añadió Lev, abrazándose a sí mismo.

Seguimos avanzando hasta que el agua empezó a retirarse, dando paso a una llanura de hierba alta y azotada por el viento. Las nubes sobre nosotros empezaron a cargarse de electricidad estática. Los pelos de mis brazos se erizaron.

—Llanura de Tormentas —sentenció Kageyama—. Genial. De morir ahogados a morir fritos.

Nos refugiamos bajo un saliente rocoso, el único lugar que parecía ofrecer cierta protección contra los rayos que ya empezaban a serpentear en el cielo violáceo. A medida que la noche caía, el frío regresaba, pero esta vez era un frío húmedo que calaba hasta los huesos.

Kageyama se sentó a mi lado, compartiendo una de las pocas mantas térmicas que habíamos logrado rescatar. Los otros dos se habían quedado dormidos por puro agotamiento.

—Mañana será peor —dijo Kageyama, mirando hacia el centro de la arena—. El mosaico volverá a moverse. Si el Pantano se junta con el Volcán, el vapor nos asfixiará.

—Sobreviviremos —dije, aunque mi voz sonaba pequeña frente al trueno que retumbó sobre nuestras cabezas—. Tenemos un plan, ¿recuerdas?

Kageyama me miró fijamente. En la oscuridad, sus ojos parecían dos pozos profundos.

—¿Cuál es tu plan de verdad, Hinata? —preguntó de repente—. No el de la alianza. El tuyo. Te conozco. Estás demasiado tranquilo para alguien que odia estar encerrado.

Se me detuvo el corazón. ¿Tan obvio era? ¿O es que Kageyama me conocía mejor de lo que yo mismo quería admitir?

—Mi plan es el mismo que el tuyo, Rey —mentí, forzando una sonrisa que esperaba que la oscuridad ocultara—. Ganar. Y luego comer todo el ramen que Ukai-san pueda pagar.

Kageyama no respondió de inmediato. Se limitó a apretar la manta alrededor de mis hombros, un gesto de protección que me dolió más que cualquier herida física.

—Si algo pasa... —empezó él, pero lo interrumpí.

—No va a pasar nada. Duerme, Kageyama. Mañana tienes que estar listo para correr.

Él asintió lentamente y cerró los ojos. Yo me quedé despierto, escuchando el rugido de la tormenta y el eco de los cañones que seguían resonando en mi cabeza. El segundo día terminaba con nueve tributos menos y un mundo que se caía a pedazos.

Miré hacia el cielo, donde el logo del Capitolio brillaba con una crueldad infinita. Kiyoko Shimizu nos estaría mirando desde su trono de cristal, evaluando cada uno de nuestros movimientos. Ella quería un sacrificio. El público quería un héroe. Y yo... yo solo quería que, cuando el mosaico terminara de fracturarse, quedara una pieza entera. Aunque esa pieza no fuera yo.

—Solo un poco más —susurré al viento—. Solo aguanta un poco más, Kageyama.

La lluvia empezó a caer, mezclada con ceniza volcánica que el viento traía desde el sur. El tercer día estaba a punto de nacer, y con él, la verdadera prueba de fuego. El Mosaico Fracturado no solo estaba cambiando el terreno; nos estaba cambiando a nosotros. Y mientras el trueno final estallaba sobre la llanura, supe que el vuelo del cuervo estaba llegando a su punto de no retorno.