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Rivales caídos

El latido de la tierra y el sacrificio del rey

El tercer día amaneció con un cielo de color cobre. La Llanura de Tormentas había dejado de rugir, pero el aire seguía cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara constantemente. A nuestro alrededor, el bioma del Pantano Oscuro se había fusionado con la Tundra, creando un paisaje de lodo congelado y juncos cubiertos de escarcha que crujían bajo nuestros pies como huesos de cristal.

Habíamos sobrevivido a la transición, pero el grupo estaba agotado. Inuoka caminaba con la mirada perdida, y Lev, aunque intentaba mantener su habitual optimismo caótico, cojeaba visiblemente. Kageyama, sin embargo, parecía haberse convertido en una extensión de su lanza: frío, afilado y siempre alerta.

—No podemos quedarnos en campo abierto —dijo Kageyama, señalando hacia las elevaciones rocosas que marcaban la frontera con el Bosque Muerto—. Si el bioma vuelve a cambiar mientras estamos aquí, quedaremos expuestos a los rayos o a lo que sea que emerja del fango.

Caminamos en silencio durante horas. Cada cañón que sonaba a lo lejos —dos en la mañana, uno al mediodía— era un recordatorio de que el número de tributos disminuía, y con él, las posibilidades de evitar un enfrentamiento directo con los profesionales.

La noche del cuarto día nos encontró refugiados en una cueva natural en el límite del Volcán. El calor que emanaba de las grietas del suelo era un alivio contra el frío de la Tundra, pero el aire era pesado, con un rastro de azufre que quemaba la garganta. Mientras Kageyama e Inuoka intentaban dormir y Lev montaba la primera guardia, mi mente se deslizó hacia atrás, hacia aquella última noche en el Capitolio que me perseguía como una sombra.

***

—No nos mientas, Hinata —había dicho Ukai, cerrando la puerta de la sala de estrategias con un golpe seco—. No somos el público del Capitolio. No nos vendas ese discurso del "símbolo de esperanza".

Takeda-sensei estaba sentado frente a mí, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Su mirada no era de reproche, sino de una tristeza profunda que me hacía querer apartar la vista.

—Shoyo —susurró Takeda—, hemos visto cómo miras a Kageyama desde que empezasteis a entrenar en el distrito. No es solo que creas que él es un mejor ganador para el Distrito 4. No es una decisión puramente estratégica.

Sentí que el calor subía a mis mejillas, y no era por el lujo del Capitolio. Intenté mantener la voz firme.

—Él es el mejor, Takeda-sensei. Si yo muero, el distrito pierde a un tributo rápido. Si él muere, perdemos al único que puede ganar esto.

—¡Mentira! —exclamó Ukai, acercándose a mí hasta que pude oler el tabaco rancio en su ropa—. Estás planeando tirarte a los lobos porque lo amas. Porque prefieres que él cargue con la culpa de sobrevivir a que tú tengas que vivir en un mundo donde él sea un cadáver en una pantalla.

Me quedé helado. El silencio en la habitación era tan denso que podía oír el zumbido de las luces LED.

—No es solo por eso —dije al fin, con la voz apenas audible.

—Es exactamente por eso —replicó Ukai—. Y es lo más estúpido que he oído en mi vida. Kageyama no es un trofeo, Hinata. Es un chico que te necesita vivo para funcionar. Si te sacrificas, lo vas a romper. ¿Crees que el Capitolio le dejará ser un héroe si se convierte en un nido de traumas y odio?

—Tendrá que serlo —respondí, levantando la mirada con una determinación que me dolía en el pecho—. Porque yo no voy a dejar que se apague. Si mi vida es el precio para que el Rey mantenga su corona, la pagaré. No es un sacrificio, Ukai-san. Es mi última jugada.

Takeda-seisei se cubrió la cara con las manos. Ukai simplemente me miró, negó con la cabeza y salió de la habitación sin decir una palabra más.

***

Un grito desgarrador me arrancó del recuerdo.

—¡Lev! —el alarido de Inuoka rebotó en las paredes de la cueva.

Me puse en pie de un salto, con las hachas de coral ya en mis manos. Era el amanecer del quinto día. Afuera, la niebla sulfurosa del Volcán se mezclaba con la ceniza. A unos veinte metros de nuestra posición, la escena era una pesadilla de metal y sangre.

Oikawa Tooru e Iwaizumi Hajime nos habían encontrado.

Oikawa se movía con una elegancia letal, su espada trazando arcos de plata en el aire. Lev, a pesar de su altura, estaba acorralado contra una pared de roca incandescente. Había intentado usar su alcance para mantener a Oikawa a raya, pero Iwaizumi no era un tributo común. Iwaizumi era la fuerza bruta que permitía que la estrategia de Oikawa brillara.

—¡Déjalo en paz! —gritó Inuoka, lanzándose hacia delante con su cuchillo.

—¡No, Inuoka, espera! —rugió Kageyama, pero era tarde.

Vi el momento exacto en que ocurrió. Lev intentó un ataque desesperado hacia el cuello de Oikawa. Fue un movimiento rápido, pero Oikawa lo esquivó con una pirueta casi insultante. En el momento en que Lev quedó desequilibrado, Iwaizumi intervino. No hubo vacilación. La lanza de Iwaizumi atravesó el pecho de Lev con una fuerza tal que lo clavó contra la piedra.

El cañón sonó casi instantáneamente.

—¡LEV! —el grito de Inuoka fue un rugido de rabia pura.

Inuoka se lanzó contra Oikawa como un animal herido. Iwaizumi intentó interceptarlo, pero Kageyama ya estaba allí, su lanza chocando contra la de Iwaizumi en un estallido de chispas. Yo me moví por el flanco, buscando una apertura, pero el humo del volcán era demasiado espeso.

—¡Vaya, vaya! —la voz de Oikawa sonó clara y burlona, a pesar de la sangre que manchaba su uniforme—. Tobio-chan, siempre llegando tarde a la fiesta.

Oikawa esquivó un tajo de Inuoka y le propinó una patada en el estómago que lo envió al suelo. Yo salté sobre una roca, lanzando una de mis hachas. Oikawa la desvió con su espada, pero el movimiento lo dejó expuesto por un segundo. Inuoka, en un ataque de locura, se abalanzó sobre sus piernas, derribándolo.

Lo que sucedió después fue un borrón de violencia. Kageyama e Iwaizumi estaban enzarzados en un duelo de fuerza bruta, pero Iwaizumi, al ver a Oikawa en el suelo con Inuoka encima, cometió el único error de su vida: apartó la vista de Kageyama.

—¡Oikawa! —gritó Iwaizumi, lanzándose para proteger a su compañero.

Pero Inuoka no iba por Oikawa. Había soltado su cuchillo y buscaba la garganta de Oikawa con sus manos desnudas. Oikawa, en un acto de reflejo puro, empujó a Iwaizumi lejos, justo cuando Inuoka lograba recuperar su arma del suelo.

—¡Iwa-chan, atrás! —gritó Oikawa.

Fue su último grito. Inuoka hundió el cuchillo en el cuello de Oikawa en el mismo instante en que Iwaizumi derribaba a Inuoka de un golpe de maza.

El tiempo pareció detenerse. El segundo cañón sonó, retumbando en las paredes del volcán.

Inuoka quedó inconsciente a un lado, pero nadie lo miraba. Iwaizumi se había desplomado de rodillas junto a Oikawa. El gran manipulador del Distrito 3 estaba tendido sobre la ceniza, la sangre manando a borbotones de su cuello, tiñendo el suelo negro de un carmesí brillante.

—Iwa... —susurró Oikawa. Su voz era un gorgoteo húmedo.

Iwaizumi lo tomó en sus brazos, ignorando que Kageyama y yo estábamos allí, a pocos metros, con las armas en alto. Sus manos, siempre tan fuertes, temblaban mientras intentaba presionar la herida.

—Cállate, Tooru. No hables. Va a venir un paquete, Shigeru enviará algo... —la voz de Iwaizumi estaba rota, llena de una desesperación que me hizo querer apartar la mirada.

Oikawa esbozó una sonrisa débil, una sombra de la arrogancia que lo definía. Sus ojos, nublados por la muerte inminente, buscaron los de su amigo.

—Me alegro... —tosió, y más sangre manchó sus labios—. Me alegro de que sea yo... y no tú, Iwa-chan. Gana... por los dos.

La mano de Oikawa, que había intentado alcanzar el rostro de Iwaizumi, cayó inerte sobre la ceniza. El tercer cañón sonó.

Iwaizumi no gritó. Se quedó allí, abrazando el cuerpo de Oikawa, con la frente apoyada contra la del chico que había sido su sombra y su luz durante años. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier explosión volcánica.

—Kageyama —susurré, agarrando su brazo—. Tenemos que irnos. Inuoka... tenemos que llevárnoslo.

Kageyama estaba pálido, mirando la escena con una expresión de horror puro. Creo que, por primera vez, vio lo que el Capitolio realmente quería: no solo nuestra muerte, sino nuestra destrucción emocional.

—Vámonos —dijo Kageyama con voz hueca.

Cargamos a Inuoka entre los dos y nos alejamos hacia la seguridad de las grietas, dejando atrás a Iwaizumi, que seguía arrodillado junto al cadáver de Oikawa, convertido en una estatua de dolor en mitad del infierno.

Esa noche, el refugio que encontramos bajo un arco de basalto se sentía como una tumba. Inuoka estaba en un estado de catatonia, mirando al fuego sin parpadear. Kageyama estaba sentado frente a él, limpiando mecánicamente su lanza.

Me alejé un poco, sentándome en el borde de un precipicio que daba a la Zona Volcánica. Las palabras de Oikawa seguían dando vueltas en mi cabeza: "Me alegro de que sea yo y no tú".

Él lo sabía. Oikawa, el gran estratega, el egoísta, el orgulloso, había tomado la misma decisión que yo. Había preferido morir para que la persona que amaba tuviera una oportunidad. No era estrategia. Era algo mucho más antiguo y mucho más peligroso.

—Yo voy a hacer lo mismo —susurré al viento caliente—. Voy a ser el que se quede en la oscuridad para que tú puedas ver el sol, Kageyama.

El sexto día comenzó con un temblor que sacudió los cimientos de la arena. El Mosaico estaba girando de nuevo. La Zona Volcánica empezó a hundirse, siendo reemplazada por la Tundra Helada en un cambio de temperatura tan violento que el aire crujió.

—¡Corred! —gritó Kageyama.

Pero el suelo bajo nosotros era traicionero. Una placa de hielo ocultaba una grieta volcánica que aún emanaba calor. Kageyama, que iba en cabeza, pisó en falso. El hielo cedió y su pierna quedó atrapada entre dos bloques de roca que se cerraron con un crujido espantoso.

—¡Kageyama! —me lancé hacia él, ignorando el peligro.

Inuoka, que parecía haber recuperado algo de sentido, me ayudó a tirar de él, pero la pierna de Kageyama estaba destrozada. El hueso asomaba por la tela del uniforme y su rostro estaba blanco como la nieve que empezaba a caer.

—Déjame... —gruñó Kageyama, apretando los dientes para no gritar—. Hinata, vete. Los lobos de escarcha vendrán con el cambio de bioma.

—¡Cállate! —le grité, sintiendo las lágrimas arder en mis ojos—. ¡No te voy a dejar!

De repente, el zumbido de un paracaídas plateado cortó el aire. El corazón me dio un vuelco. Era un paquete del Capitolio. Grande. Costoso.

—¡Es para ti! —dijo Inuoka, señalando la etiqueta que brillaba bajo la luz de la Tundra.

Abrí el paquete con manos temblorosas. Dentro había un ungüento regenerador de alta tecnología y una jeringa de morfina. El tipo de medicina que solo los patrocinadores más ricos podían comprar. La etiqueta decía: "Para el pequeño héroe del Distrito 4".

Miré la medicina. Miré a Kageyama, que se desmayaba por el dolor.

—Ukai lo hizo —susurré—. Usó mi nombre para conseguirla.

—Hinata, póntela —dijo Inuoka—. Estás herido del combate de ayer, tienes cortes en la espalda que se están infectando.

—No —dije, y mi voz era tan fría como el hielo que nos rodeaba—. No es para mí.

—Pero el Capitolio... los patrocinadores... si ven que se la das a él, dejarán de enviarte cosas —advirtió Inuoka—. Creen que tú eres el que tiene que ganar.

—Que miren —dije, clavando la jeringa en el muslo de Kageyama y empezando a aplicar el ungüento en su pierna destrozada—. Que miren cómo el Rey recupera su fuerza.

Kageyama soltó un suspiro largo mientras la morfina hacía efecto. Sus ojos se abrieron un poco, buscándome en la penumbra de la tormenta de nieve que se avecinaba.

—Hinata... —susurró, su mano buscando la mía.

—Duerme, Kageyama —dije, apretando sus dedos—. Yo me encargo del resto.

Me levanté y miré hacia el horizonte. Los lobos de escarcha ya se veían como sombras blancas moviéndose entre los árboles del Bosque Muerto que se acercaba. Tenía una sola hacha, una mochila casi vacía y un compañero que no podía caminar.

Pero mientras sentía el peso del sacrificio de Oikawa y el calor de la medicina que debería haber sido mía fluyendo por las venas de Kageyama, supe que mi plan estaba funcionando. El Capitolio me amaba, y yo usaría ese amor para alimentar la supervivencia del hombre que amaba yo.

El Mosaico Fracturado seguía moviéndose, las piezas chocando y rompiéndose. Yo era una de esas piezas, y sabía que mi grieta era ya demasiado profunda para repararse. Pero mientras Kageyama respirara, el Distrito 4 seguiría teniendo un Rey. Y yo seguiría siendo el viento, invisible y fugaz, que lo llevaría de vuelta al mar.