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Rivales caídos

El eco de la promesa y el silencio de las estrellas

El séptimo día amaneció con una calma que resultaba más aterradora que el rugido de los volcanes. La arena parecía haber entrado en un estado de hibernación forzosa. No había gritos, no había el estruendo de los biomas chocando, ni siquiera el viento se atrevía a soplar con fuerza sobre la Tundra Helada donde nos encontrábamos refugiados. Éramos cuatro sombras —Kageyama, Inuoka, yo y el recuerdo constante de Lev— escondidas en una grieta natural que nos protegía de la vista de los Vigilantes y de otros tributos.

Kageyama estaba sentado con la espalda contra la roca fría, examinando su pierna. Gracias a la medicina que le había aplicado, la hinchazón había bajado y la herida empezaba a cerrarse con una velocidad antinatural, aunque todavía cojeaba. Inuoka, por su parte, se dedicaba a afilar su cuchillo con una piedra plana, sus ojos fijos en la entrada de la cueva.

—Si el bioma no cambia hoy, deberíamos movernos hacia el límite con el Bosque Muerto —dijo Kageyama, rompiendo el silencio sepulcral—. El Pantano es demasiado peligroso para mi pierna ahora mismo, pero el bosque ofrece cobertura.

—¿Y qué pasa si nos encontramos con Iwaizumi? —preguntó Inuoka sin levantar la vista—. Después de lo de Oikawa, no creo que busque una alianza. Buscará sangre.

—Iwaizumi es un soldado —respondí yo, intentando infundir algo de ánimo en mi voz—. No atacará a ciegas si sabe que somos tres. Su mejor baza es esperar a que el bioma nos obligue a movernos hacia la Cornucopia.

Pasamos el resto del día repasando rutas de escape y señales visuales. No hubo cañones. Ni uno solo. El Capitolio debía de estar furioso ante la falta de acción, pero para nosotros, cada hora de silencio era un regalo, una oportunidad para que los pulmones de Kageyama se limpiaran del azufre y sus músculos recuperaran la fuerza.

Esa noche, mientras el frío calaba hasta los huesos, me quedé mirando las brasas moribundas de nuestra pequeña hoguera oculta. El cansancio me arrastró hacia atrás, hacia un tiempo donde el único peligro eran los exámenes de la academia y las reprimendas de los entrenadores en el Distrito 4.

—¡Eres un idiota, Hinata! —El grito de Kageyama resonó en el gimnasio vacío de la academia—. ¡Deja de lanzarte al suelo como si tu vida no valiera nada!

En el recuerdo, yo estaba jadeando, con las rodillas raspadas y el uniforme lleno de polvo. Habíamos estado practicando maniobras de distracción. Yo siempre me ofrecía para ser el que atraía la atención de los defensores, el que recibía los golpes para que Kageyama tuviera el ángulo perfecto.

—¡Es mi trabajo! —le devolví el grito, limpiándome el sudor de la frente—. Si yo no atraigo su atención, tú no puedes rematar. Soy el señuelo, Kageyama. ¡Es para lo que soy bueno!

Kageyama se acercó a mí, agarrándome por la pechera de la camiseta. Sus ojos azules estaban llenos de una rabia que en aquel entonces no entendía.

—¡No eres un objeto! —rugió—. Si sigues haciendo de cebo de esa manera tan temeraria, un día no te vas a levantar. ¿Y qué se supone que haga yo entonces, eh? ¡No quiero ganar si tú te quedas tirado en el suelo!

—¡Ganar es lo único que importa en el Distrito 4! —le respondí, apartando sus manos—. Si yo tengo que recibir el golpe para que tú llegues a la cima, lo haré mil veces. ¡No me subestimes!

Kageyama me miró con una mezcla de odio y desesperación antes de darse la vuelta y salir del gimnasio de un portazo. En aquel entonces, pensé que solo era su orgullo de "Rey" herido. Ahora, en mitad de la arena, entendía que era miedo.

El octavo día pasó volando, envuelto en una monotonía irreal. Seguía sin haber muertes. Once tributos habían caído desde el inicio de los juegos, dejando a trece de nosotros vagando por los hexágonos del Mosaico Fracturado. Era una calma tensa, la respiración contenida antes de que el Capitolio decidiera que el espectáculo se estaba volviendo aburrido.

El noveno día, el sistema finalmente despertó con sed de sangre.

El suelo empezó a vibrar a mediodía. Estábamos cruzando una zona de transición cuando el Bosque Muerto empezó a ser succionado por la Llanura de Tormentas. El cielo se volvió negro en cuestión de segundos y los rayos empezaron a castigar la tierra. En el frenesí de la escapada, buscando refugio, nos topamos con el caos.

A lo lejos, cerca de un afloramiento rocoso, dos grupos se habían encontrado. Vimos el destello del cabello rubio de Atsumu Miya y la silueta imponente de su hermano Osamu. Estaban luchando contra los tributos del Distrito 8, Hoshiumi y Hirugami. La pelea era una danza brutal bajo la lluvia eléctrica.

—No intervengáis —ordenó Kageyama, agachándose entre los matorrales—. Dejad que se desgasten entre ellos.

Vimos cómo Hoshiumi, rápido como un demonio, lograba herir a Osamu en el hombro, pero Atsumu respondió con una ferocidad aterradora. En mitad de la refriega, un rayo impactó directamente en un árbol cercano, provocando una explosión que desorientó a todos. Fue entonces cuando aparecieron los mutos: las Aves Relámpago se lanzaron en picado desde las nubes, atraídas por el metal de las armas.

Cuatro cañones sonaron en rápida sucesión. No supimos quiénes habían muerto exactamente en ese momento, pero el contador en el cielo, horas después, confirmó la masacre. Solo quedábamos ocho. Ocho piezas restantes en un tablero que se hacía cada vez más pequeño.

El décimo día comenzó con un frío que dolía en los pulmones. Estábamos refugiados en una pequeña cavidad rocosa en el límite de la Tundra, el bioma que parecía haberse convertido en nuestra base improvisada. Inuoka se había alejado unos metros para vigilar, dejándonos a Kageyama y a mí solos por primera vez en mucho tiempo.

Mi mente estaba llena de las voces de nuestros mentores. Recordaba a Ukai en el Capitolio, dibujando mapas sobre la mesa de cristal.

—Si llegáis a los últimos diez —nos había dicho Ukai, con voz ronca—, el Capitolio cerrará los biomas exteriores. Os empujarán a la Cornucopia. Kageyama, tu pierna tiene que estar lista para entonces. Hinata, tu velocidad será lo único que os mantenga fuera del alcance de los arcos.

—Escuchadme —había añadido Takeda-sensei, tomándonos de las manos—. No busquéis la gloria. Buscad el momento. Si podéis evitar la pelea, hacedlo. Dejad que los demás se maten entre sí.

El flashback se desvaneció cuando sentí la mirada de Kageyama sobre mí. Estaba sentado frente a mí, afilando su lanza con una parsimonia que ocultaba su nerviosismo.

—Kageyama —dije en voz baja. Él levantó la vista—. Si por cualquier razón... si algo sale mal y yo no salgo de aquí...

—No empieces, Hinata —me interrumpió, su tono endureciéndose al instante.

—Escúchame, por favor —insistí, acercándome un poco más—. No te estoy pidiendo que te hagas cargo de mi familia. Sé que mi madre es fuerte y que el distrito cuidará de ellos si tú ganas. Solo... solo te pido que estés pendiente de Natsu.

Kageyama apretó el mango de su lanza hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—Ella te admira mucho —continué, forzando una sonrisa—. Si de vez en cuando te pasas por casa y le cuentas que fui valiente, o simplemente te aseguras de que no le falte nada para sus estudios... con eso me basta.

—Vas a volver tú para decírselo —gruñó él, aunque sus ojos evitaban los míos.

—Y otra cosa —añadí, ignorando su interrupción—. Si eso pasa... no me eches mucho de menos. No quiero que te quedes estancado en el pasado, Kageyama. Tienes que vivir tu vida. Tienes que ser muy, muy feliz. Gana los juegos, conviértete en el orgullo del Distrito 4 y olvídate de este lugar.

Kageyama soltó la lanza y me miró directamente. Por primera vez desde que entramos en la arena, vi una grieta en su armadura de acero. Su labio inferior tembló apenas un milímetro.

—¿Y qué si no gano yo? —preguntó en un susurro que me rompió el alma—. ¿Qué pasa si soy yo el que se queda aquí, Hinata? No soy tan fuerte como tú crees. Todo este plan, toda esta estrategia... no funciona si no estás tú para decirme que soy un idiota.

Me eché a reír, una risa suave que resonó en la pequeña cueva.

—¿El gran Rey Tobio Kageyama dudando de sí mismo? —Me acerqué y le di un pequeño golpe en el hombro—. Eso es imposible. Eres el mejor estratega que he conocido. Eres fuerte, eres preciso y tienes una voluntad que podría mover montañas. Vas a ganar porque no hay otra opción. El mundo necesita ver de lo que eres capaz.

Kageyama se quedó callado, mirándome como si estuviera intentando memorizar cada peca de mi rostro, cada brillo en mis ojos. El silencio entre nosotros ya no era tenso, sino cálido, una burbuja de humanidad en mitad de un infierno diseñado para destruirnos.

—Eres un pesado, Hinata —dijo finalmente, aunque su voz no tenía rastro de molestia.

—Y tú un amargado, Rey.

Él suspiró y, para mi sorpresa, extendió su mano y la apoyó sobre mi cabeza, despeinando mi cabello naranja con un gesto torpe pero lleno de una ternura que me hizo querer llorar.

—Si salimos de esta —dijo Kageyama, mirando hacia la entrada de la cueva donde la nieve caía suavemente—, te invitaré a todo el ramen que puedas comer. Y no dejaré que hagas de cebo nunca más.

—Es una promesa, entonces —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro.

Nos quedamos así durante un rato, compartiendo el calor de nuestros cuerpos mientras el mundo exterior seguía su curso violento. Sabía que los días que venían serían los más oscuros. Sabía que el Mosaico Fracturado nos obligaría a tomar decisiones que nos marcarían para siempre. Pero en ese momento, bajo el cielo falso del Capitolio y rodeado de enemigos, me sentí en paz.

Dormimos abrazados, una pequeña rebelión silenciosa contra un sistema que quería vernos como rivales. En mis sueños, no había arenas, ni mutos, ni cañones. Solo había un mar azul, una red de pesca llena de vida y el sonido de la risa de Natsu corriendo por la playa. Y a mi lado, siempre, la silueta constante de un chico de ojos azules que, a pesar de todo, había aprendido que ganar no era lo único que importaba.

El décimo día terminaba, y con él, la última pizca de calma. Mañana, el Capitolio reclamaría su clímax. Pero por ahora, el Rey y su señuelo descansaban, listos para enfrentar el final del mosaico.