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Rodeada de serpientes

Lazos de Pergamino y Veneno Dulce

El otoño en Escocia siempre llegaba con una violencia estética, tiñendo los bosques de ocre y obligando a los habitantes de Hogwarts a buscar el refugio de las chimeneas. Sin embargo, en la torre de los Premios Anuales, el frío no era solo climático. Habían pasado tres semanas desde el inicio del curso y la rutina se había asentado como una capa de polvo fino: silenciosa, constante y difícil de ignorar.

Hermione Granger se encontraba en la mesa central de la sala común, rodeada de montañas de pergaminos. Su pluma rascaba el papel con un ritmo frenético. Para ella, el trabajo era un escudo. Si se mantenía ocupada diseccionando las propiedades de la piedra lunar o redactando informes para la directora McGonagall, no tenía que pensar en la extraña atmósfera que se espesaba a su alrededor cada vez que Draco, Theo o Blaise entraban en la habitación.

Pero algo había cambiado en ella. Ya no se sentía como la presa acorralada. Había una nueva chispa en sus ojos castaños, una malicia sutil que solo afloraba cuando los veía a ellos perder la compostura.

La puerta del retrato se abrió y Blaise Zabini entró, dejando que el aire gélido del pasillo lo siguiera. Se quitó la bufanda de seda con un movimiento fluido y observó a Hermione. Ella, consciente de su mirada, no levantó la vista, pero se permitió un pequeño gesto: se humedeció los labios con lentitud antes de morder el extremo de su pluma, un hábito nervioso que sabía que volvía locos a los Slytherin.

—Granger, si sigues castigando ese pergamino de esa manera, voy a empezar a tener celos del papel —comentó Blaise, acercándose con esa elegancia felina que lo caracterizaba.

Hermione finalmente dejó la pluma y lo miró de reojo, inclinando la cabeza lo justo para que un mechón de pelo cayera sobre su hombro.

—Tengo mucho que hacer, Blaise —respondió ella con una voz sospechosamente suave—. El profesor Vector ha sido especialmente exigente. ¿O es que tienes algo más interesante que proponerme que la Aritmancia?

Blaise se detuvo en seco. No esperaba ese tono. Normalmente, ella le lanzaría una mirada gélida o una reprimenda sobre el orden. Se sentó en el borde de la mesa, invadiendo su espacio personal, pero esta vez Hermione no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia él, apoyando la barbilla en su mano.

—Eres una distracción constante, Zabini —susurró ella, recorriendo con la mirada el cuello de su camisa desabrochada—. ¿Te lo han dicho alguna vez?

Blaise parpadeó, su máscara de seductor imperturbable flaqueando por un segundo.

—Suelo ser yo quien lo dice —admitió él, aclarándose la garganta—. Pero parece que la pequeña leona ha aprendido a rugir.

—O quizás siempre supe hacerlo y solo estaba esperando el momento adecuado —replicó ella con una sonrisa enigmática antes de volver a sus notas.

En ese momento, Theodore Nott emergió de las sombras del rincón de la biblioteca. Había estado allí todo el tiempo, sumergido en un tomo de leyes mágicas. Theo era el más observador de los tres, el que analizaba cada movimiento de Hermione como si fuera un teorema complejo.

—Zabini tiene una forma muy poco sutil de llamar la atención —dijo Theo, caminando hacia la chimenea. Su voz era como el terciopelo desgarrado—. Pero tiene razón en algo. Estás... diferente, Hermione.

—¿Diferente cómo, Theo? —preguntó ella, girando su silla para encararlo. Cruzó las piernas con elegancia, consciente de que la falda del uniforme se subía unos centímetros de más—. ¿Menos predecible? ¿Menos "inocente"?

Theo se tensó. Sus ojos claros, siempre analíticos, parecieron encenderse. Se acercó a ella con pasos lentos y deliberados.

—Más peligrosa —corrigió él, deteniéndose a pocos pasos. Su mirada bajó por un instante a sus labios y luego volvió a sus ojos—. Como si estuvieras disfrutando de vernos intentar descifrarte.

—Me habéis analizado durante siete años como si fuera un espécimen de estudio —dijo Hermione, levantándose y caminando hacia él. Se detuvo tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Creo que es justo que ahora sea yo quien mueva las piezas del tablero. ¿No te parece, Theo?

Theo no respondió. Simplemente se quedó allí, con la respiración contenida, mientras Hermione le ajustaba la corbata con una parsimonia exasperante. Sus dedos rozaron la piel de su cuello y pudo sentir el pulso acelerado del Slytherin bajo su toque.

—Estás muy tenso —murmuró ella con una pizca de burla—. Deberías relajarte.

Antes de que Theo pudiera decir nada, la puerta se abrió de nuevo. Draco Malfoy entró con paso firme, pero se detuvo al ver la escena. Su mirada gris pasó de la mano de Hermione en la corbata de Theo a la sonrisa de suficiencia de Blaise.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Draco, su voz cargada de una hostilidad que apenas lograba ocultar los celos.

—Solo estábamos discutiendo sobre... estrategia —respondió Hermione, soltando a Theo y girándose hacia Draco con una sonrisa radiante—. Justo a tiempo, Draco. Me preguntaba cuándo llegarías para nuestra patrulla nocturna.

Draco apretó la mandíbula. Se acercó a ella, ignorando a sus amigos, y la tomó del brazo con una firmeza que no era dolorosa, pero sí posesiva.

—Vámonos, Granger. El pasillo del tercer piso no se va a vigilar solo.

Caminaron por los pasillos en un silencio que vibraba. Draco caminaba rápido, como si intentara escapar de sus propios pensamientos. Hermione, por el contrario, mantenía un paso rítmico, tarareando una melodía inaudible que parecía crispar los nervios del rubio.

—¿Qué demonios estabas haciendo con Nott? —estalló Draco finalmente, deteniéndose en un rincón oscuro cerca de la Torre de Astronomía.

—¿Te refieres a ayudarle con su corbata? —preguntó ella con fingida inocencia—. Estaba torcida. Soy Premio Anual, Draco, el orden es mi prioridad.

—No me vengas con esa basura —gruñó él, acorralándola contra la pared de piedra. Apoyó ambas manos a los lados de su cabeza, atrapándola—. Sé lo que estás haciendo. Estás jugando con nosotros. Con Blaise, con Theo... y conmigo.

Hermione no se encogió. Se limitó a mirarlo, disfrutando de la forma en que sus ojos grises se oscurecían por el deseo y la frustración. Extendió una mano y trazó la línea de su mandíbula con la punta del dedo.

—¿Y qué si lo estoy haciendo? —desafió ella en un susurro—. Durante años me llamasteis sangre sucia, me mirasteis por encima del hombro... Me visteis como alguien inferior, o quizás como alguien demasiado pura para entender vuestros juegos. ¿Te molesta que ahora sea yo la que tiene el control?

Draco se inclinó, su rostro a milímetros del de ella. Podía oler el aroma a sándalo y lluvia que siempre lo acompañaba.

—Me molesta que creas que eres la única que tiene el control —susurró él, su voz rompiéndose ligeramente—. Me molesta que me hagas desear cosas que juré que nunca querría de alguien como tú.

—¿Alguien como yo? —Hermione soltó una risita suave y pecaminosa—. ¿Te refieres a una sangre sucia, Draco? ¿O te refieres a una mujer que sabe exactamente lo que quieres y se divierte viendo cómo te muerdes la lengua para no pedírmelo?

Draco soltó un gruñido ahogado y enterró el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su aroma. No la besó, pero el contacto de su piel fría contra la calidez de ella hizo que Hermione soltara un suspiro entrecortado.

—Eres un demonio, Granger —masculló él contra su piel.

—Y tú eres un Malfoy —replicó ella, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso—. Se supone que los demonios no os asustan.

Cuando regresaron a la torre una hora después, el ambiente en la sala común era aún más denso. Blaise y Theo seguían allí, esperándolos como si estuvieran custodiando un tesoro. Hermione pasó entre ellos con la cabeza alta, pero antes de dirigirse a su habitación, se detuvo en el centro de la alfombra.

—He decidido que mañana no desayunaremos en el Gran Comedor —anunció, mirando a los tres—. Pediré a los elfos que traigan la comida aquí. Tenemos mucho que coordinar para la próxima semana.

—¿Coordinar? —preguntó Blaise con una ceja enarcada—. ¿O simplemente quieres tenernos encerrados contigo, Hermione?

Ella le dedicó una mirada que era puro fuego líquido.

—Quizás ambas cosas, Blaise. Buenas noches, chicos.

Se retiró a su cuarto, cerrando la puerta con un clic sonoro. Una vez sola, se dejó caer contra la madera, con el corazón galopando. Se sentía viva, más viva de lo que se había sentido en años. Ver la vulnerabilidad en los ojos de Draco, la sed en los de Blaise y la fascinación en los de Theo era una droga poderosa.

Mientras tanto, en la sala común, el silencio fue roto por el sonido de Draco sirviéndose un whisky de fuego con manos temblorosas.

—Nos va a destruir —dijo Draco, mirando hacia la puerta de Hermione—. Esa mujer nos va a llevar a la ruina y vamos a ir de la mano, agradeciéndole el viaje.

—No nos va a destruir —corrigió Theo, que seguía mirando el lugar donde ella había estado parada—. Nos está reconstruyendo a su imagen y semejanza. Y lo peor es que me encanta.

Blaise soltó una carcajada amarga.

—¿Visteis cómo me miró? —preguntó, más para sí mismo que para los demás—. Ya no es la niña de los libros. Es una reina reclamando su trono. Y nosotros somos sus súbditos más devotos.

—Tenemos un problema —sentenció Draco, bebiendo de un trago—. Porque si ella sigue estirando la cuerda de esta manera, uno de nosotros va a romperse. Y cuando eso pase, no habrá reglas de convivencia que nos salven.

—¿Uno de nosotros? —Theo se levantó, dirigiéndose a su habitación—. No te engañes, Draco. Nos vamos a romper los tres. La única pregunta es quién de nosotros será el primero en caer de rodillas ante ella.

Aquella noche, ninguno de los cuatro durmió bien. Hermione, en su cama, imaginaba las manos de los tres sobre ella, disfrutando de la idea de su propia transformación. En la sala común, el aroma a sándalo y la rosa blanca encantada de Draco seguían presentes, como un recordatorio de que la inocencia de la leona había muerto para dar paso a algo mucho más oscuro, inteligente y, sobre todo, irresistible.

El puente que McGonagall quería construir ya no era de piedra; era de deseo, de poder y de una tensión que amenazaba con incendiar los cimientos de Hogwarts. Y Hermione Granger, con una sonrisa en los labios en la oscuridad de su cuarto, sabía que ella era la única que tenía la llave de la salida. Pero, por primera vez en su vida, no tenía ninguna prisa por marcharse.