Rodeada de serpientes
La Trampa de Seda y Jabón
El vapor de agua caliente saturaba el cuarto de baño compartido de la torre de los Premios Anuales, creando una neblina densa que olía a lavanda y a una determinación peligrosa. Hermione Granger se miró en el espejo empañado, trazando con el dedo un pequeño círculo para ver su reflejo. Sus mejillas estaban encendidas, no solo por el calor, sino por la audacia de lo que estaba a punto de hacer.
Durante años, ella había sido la "sabelotodo", la brújula moral, la chica que siempre seguía las reglas. Pero la conversación que había escuchado tras la puerta del retrato lo había cambiado todo. Saber que Draco, Theo y Blaise la deseaban con esa intensidad casi violenta le había otorgado un poder embriagador. Ya no se conformaba con ser respetada; quería ser adorada, quería verlos perder la compostura que tanto se esforzaban en mantener.
—Si quieren ver cómo se desmorona mi rectitud —susurró para sí misma, ajustándose la toalla blanca sobre el pecho—, les daré exactamente lo que desean. Pero bajo mis propios términos.
Se aseguró de que la toalla estuviera lo suficientemente alta para ser decente, pero lo suficientemente corta para dejar al descubierto la línea interminable de sus piernas y la curva sugerente de sus hombros mojados. Dejó su cabello suelto, una masa de rizos húmedos que goteaban sobre su piel, y respiró hondo.
Abrió la puerta del baño.
El salón común estaba en silencio, pero sabía que ellos estaban allí. Draco estaba sentado en su sillón habitual, fingiendo leer un informe del Ministerio; Theo estaba en el rincón de la biblioteca, aunque su libro estaba al revés sobre su regazo; y Blaise, como siempre, estaba recostado en el sofá, sosteniendo una copa de vino que no había probado en diez minutos.
Hermione caminó hacia el centro de la habitación con una calma estudiada. El sonido de sus pies descalzos sobre la alfombra pareció resonar como un trueno en el silencio sepulcral.
—¿Alguien ha visto mi libro de Pociones Avanzadas? —preguntó ella, con una voz cristalina y despreocupada—. Juraría que lo dejé sobre la mesa esta mañana.
El primero en levantar la vista fue Blaise. La copa de vino tembló ligeramente en su mano. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de Hermione, deteniéndose en las gotas de agua que se deslizaban por su cuello hasta perderse en el borde de la toalla.
—Yo... no lo he visto, Granger —respondió Blaise, y su voz, normalmente sedosa, sonó áspera y quebrada.
Draco levantó la cabeza lentamente. Al verla, su expresión se transformó en una máscara de pura incredulidad y hambre. Sus nudillos se volvieron blancos mientras apretaba los reposabrazos del sillón. Hermione pudo ver, incluso desde esa distancia, cómo la mandíbula de Malfoy se tensaba hasta el límite.
—Deberías... deberías vestirte, Granger —masculló Draco, aunque sus ojos no se apartaron ni un milímetro de la piel expuesta de sus hombros—. Hace frío en la torre.
—Oh, no tengo frío, Draco —replicó ella, dedicándole una sonrisa ladeada mientras se inclinaba sobre la mesa común para "buscar" su libro.
El movimiento hizo que la toalla se tensara peligrosamente sobre sus caderas. Un gemido ahogado escapó de la garganta de Theo. El joven Nott se había puesto de pie, como impulsado por un resorte, y la miraba con una fijeza que rozaba la devoción religiosa.
—Hermione —dijo Theo, y su nombre sonó como una súplica—. Estás... empapada. Vas a pillar un resfriado.
—¿Te preocupa mi salud, Theo? Qué tierno —dijo ella, irguiéndose y caminando hacia él. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que él pudiera oler el jabón y la calidez de su cuerpo recién duchado—. Solo buscaba mi lectura nocturna. Pero quizás tenga razón y deba retirarme ya.
Se giró hacia los tres, disfrutando de la devastación que había sembrado en apenas dos minutos. La tensión en la sala era tan alta que casi podía oírse el crujido del aire. Draco parecía incapaz de respirar; Blaise había dejado la copa en el suelo para ocultar el temblor de sus manos; y Theo simplemente parecía estar al borde del colapso.
—Buenas noches, chicos —dijo ella, dándose la vuelta con un movimiento deliberado que hizo que su cabello húmedo salpicara unas gotas de agua sobre el rostro de Draco al pasar—. No estudiéis demasiado.
Entró en su habitación y cerró la puerta con suavidad, pero no echó el cerrojo de inmediato. Se quedó apoyada contra la madera, con el corazón latiendo a mil por hora. Había funcionado. Los había visto. Los tres estaban en un estado de excitación que apenas podían contener, sus cuerpos rígidos y sus miradas cargadas de una lujuria que ella misma había provocado.
Esperó. El silencio en la sala común duró unos segundos más, cargado de una pesadez insoportable, hasta que escuchó el sonido de pasos apresurados y puertas cerrándose con violencia.
Uno. Dos. Tres.
Hermione se deslizó hacia su cama y se sentó, agudizando el oído. Las paredes de la torre eran gruesas, pero el silencio de la noche y el diseño circular de la construcción permitían que ciertos sonidos viajaran a través de las rendijas y los conductos de ventilación.
Primero vino de la habitación de Blaise, que era la más cercana a la suya. Escuchó un gruñido bajo, un sonido de pura frustración.
—Maldita sea, Granger... —la voz de Blaise llegó como un susurro desesperado a través de la pared—. ¿Qué nos estás haciendo?
Luego, el ritmo rítmico y frenético de una cama chirriando levemente. Blaise no era de los que se contenían. Hermione cerró los ojos, imaginando al apuesto Slytherin con los ojos cerrados, visualizando cada gota de agua que había visto en el cuerpo de ella minutos antes.
Poco después, desde la habitación de enfrente, llegó el sonido de Draco. Malfoy era más silencioso, pero Hermione pudo oír sus respiraciones entrecortadas, jadeos cortos que delataban una lucha interna perdida de antemano.
—Hermione... —el nombre escapó de los labios de Draco como un pecado—. Mi Hermione... mírame...
El sonido de la mano de Draco golpeando rítmicamente contra su propia piel era inconfundible. Hermione sintió un escalofrío de placer recorrer su propia columna. El gran Draco Malfoy, el heredero de la sangre pura, estaba perdiendo el control por ella en la soledad de su cuarto.
Y finalmente, Theo. El sonido de Nott era diferente; era un lamento suave, casi una oración. Theo era el más cerebral, pero también el más intenso. Hermione escuchó cómo su respiración se aceleraba hasta convertirse en un sollozo seco de placer.
—Tan perfecta... tan cruel... —susurró Theo en la distancia.
Hermione se recostó en sus almohadas, rodeada por la sinfonía de la desesperación de sus tres compañeros. Se sentía como una reina en su trono, escuchando el tributo que sus súbditos le rendían en la oscuridad. Ya no era la víctima de sus burlas, ni la vigilante de sus pecados. Era su obsesión, el centro de su universo, la mujer que los obligaba a tocarse con desesperación solo por el recuerdo de su piel húmeda bajo una toalla blanca.
—Disfrutad del espectáculo, chicos —susurró ella a la habitación vacía, con una sonrisa triunfal en los labios—. Porque esto es solo el principio.
Se cubrió con las mantas, sintiendo una calidez deliciosa. El experimento de McGonagall sobre la convivencia estaba dando resultados que la directora nunca habría imaginado. El puente estaba construido, sí, pero Hermione Granger acababa de descubrir que era ella quien tenía el control total sobre quién cruzaba y a qué precio.
Esa noche, mientras los sonidos de la autosatisfacción masculina se desvanecían lentamente en los pasillos de la torre, Hermione durmió con la paz de quien sabe que ha ganado la batalla más importante del año. Los leones podían ser valientes, pero las serpientes siempre caían ante el veneno más dulce, y ella tenía el antídoto guardado bajo llave.