Rodeada de serpientes
Sinfonía de Suspiros y Sombras
La mañana siguiente nació envuelta en una niebla gris que se filtraba por las altas ventanas de la torre, pero el ambiente en la sala común era cualquier cosa menos frío. Estaba cargado de una pesadez eléctrica, un aire tan denso que parecía que una sola chispa podría hacer estallar las paredes de piedra.
Hermione bajó a la sala común con una parsimonia deliberada. Vestía su uniforme con una pulcritud impecable, pero había algo en su mirada, una chispa de conocimiento prohibido, que la hacía parecer diferente. Se sentó a la mesa central, donde el desayuno ya había sido servido por los elfos domésticos.
Draco, Theo y Blaise ya estaban allí. Ninguno de los tres la miró directamente al principio. Sus rostros estaban pálidos, con ojeras sutiles que delataban una noche de poco descanso y mucha agitación. El silencio era sepulcral, solo roto por el tintineo de las cucharas contra la porcelana.
—Buenos días —dijo Hermione, su voz sonando clara y melódica, rompiendo la tensión como un cristal fino—. ¿Habéis dormido bien?
Un coro de respuestas vagas y carraspeos fue lo único que obtuvo. Draco se concentraba en su café como si contuviera las respuestas al universo; Blaise jugueteaba con una tostada sin darle un solo mordisco; y Theo mantenía la vista fija en un libro de Runas Antiguas, aunque no había pasado de página en diez minutos.
—Me alegra oírlo —continuó Hermione, sirviéndose un poco de zumo de calabaza—. Aunque debo confesar que yo no he tenido una noche muy tranquila.
Los tres levantaron la vista al unísono, sus miradas convergiendo en ella con una mezcla de pánico y fascinación.
—¿Pasó algo, Granger? —preguntó Draco, su voz todavía un poco ronca.
—Escuché ruidos —respondió ella, dejando el vaso sobre la mesa y apoyando la barbilla en su mano, mirando a cada uno de ellos con una inocencia que era pura ponzoña—. Ruidos extraños que venían de vuestras habitaciones. Parecían... lamentos. Como si estuvierais teniendo pesadillas terribles. Me preocupé mucho por vosotros.
Blaise se atragantó con su zumo. Theo cerró el libro de golpe, sus dedos temblando sobre el cuero. Draco, por su parte, se puso rígido, una mancha roja subiendo por su cuello pálido.
—Eran... solo sueños, Hermione —logró decir Theo, tratando de recuperar su compostura—. El estrés del octavo año, supongo.
—No lo sé, Theo —insistió ella, levantándose de su silla y caminando lentamente hacia ellos—. Parecíais estar sufriendo mucho. Como vuestra compañera de casa y Premio Anual, es mi deber asegurarme de que estáis físicamente bien. El Ministerio no me perdonaría que os pasara algo bajo mi vigilancia.
Se detuvo detrás de la silla de Blaise. El Slytherin se quedó inmóvil, conteniendo la respiración mientras sentía el calor de Hermione a su espalda. Ella colocó una mano sobre su hombro y, con una lentitud que era una tortura, deslizó la otra por su brazo hasta llegar a su muslo.
—Estás muy tenso, Blaise —susurró ella, inclinándose hacia su oído—. ¿Seguro que no necesitas que te revise? A veces el estrés se acumula en los lugares más inesperados.
Antes de que Blaise pudiera articular palabra, la mano de Hermione bajó con una precisión quirúrgica, rozando de forma "accidental" pero firme el bulto que empezaba a formarse bajo sus pantalones de tela fina. Fue un contacto breve, apenas unos segundos de presión deliberada, pero Blaise soltó un jadeo ahogado que resonó en toda la estancia.
—¡Hermione! —exclamó Blaise, sus manos agarrando el borde de la mesa con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.
—Vaya, tu corazón late muy rápido —dijo ella, fingiendo sorpresa mientras retiraba la mano con una sonrisa angelical—. Definitivamente, esas pesadillas te han afectado más de lo que pensaba.
Se alejó de él y se dirigió hacia Theo, que la observaba con ojos desorbitados, como si estuviera viendo a una criatura mitológica y peligrosa. Hermione se detuvo frente a él y se sentó en el borde de su mesa, invadiendo su espacio personal de una manera que lo dejó sin escapatoria.
—Y tú, Theo... —dijo ella, estirando la mano para acariciar su mejilla—. Pareces el más agotado de los tres. Tus ruidos eran los más... constantes. ¿Qué soñabas que te hacía sufrir tanto?
—Yo... yo no recuerdo los detalles —balbuceó Theo, sintiendo cómo el mundo daba vueltas.
—Es una lástima —murmuró Hermione—. Quizás tu cuerpo recuerde lo que tu mente intenta olvidar.
Siguiendo el mismo patrón de inocencia fingida, dejó que su mano cayera desde su mejilla, bajara por su pecho y se posara directamente sobre su entrepierna. No fue un roce sutil; fue una caricia completa, sintiendo la dureza que Theo no podía ocultar. El joven Nott cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido que era mitad placer y mitad agonía.
—Parece que tú también estás muy... congestionado —comentó Hermione, apretando ligeramente antes de soltarlo—. Deberías pedirle a Madame Pomfrey algo para la circulación.
Finalmente, se giró hacia Draco. El rubio estaba de pie, observando la escena con una rabia contenida que apenas ocultaba el deseo más primitivo. Su respiración era errática y sus pupilas estaban tan dilatadas que sus ojos grises parecían dos pozos negros.
—¿Y tú, Malfoy? —preguntó ella, caminando hacia él con pasos lentos y rítmicos—. Tú eras el más silencioso, pero te escuché susurrar mi nombre. ¿Acaso yo era parte de tu pesadilla?
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo, Granger —gruñó Draco, su voz era un rugido bajo—. Deja de jugar.
—No sé de qué hablas, Draco —replicó ella, deteniéndose frente a él. Era más baja, pero en ese momento parecía dominar toda la habitación—. Solo intento ayudar. Como cuando te quejabas anoche... parecía que te dolía algo aquí abajo.
Ella no esperó permiso. Su mano se lanzó hacia adelante y rodeó la firmeza de Draco con una seguridad que lo dejó sin aliento. Draco soltó un insulto ahogado y la agarró por las muñecas, pero no para apartarla, sino para presionar su mano con más fuerza contra sí mismo.
—¡Maldita seas! —exclamó Draco, sus ojos centelleando—. ¿Quieres esto? ¿Quieres vernos así?
—Solo quiero que estéis bien —dijo ella, manteniendo el contacto mientras lo miraba fijamente a los ojos—. Pero si estar bien significa que tengo que ayudaros a liberar esa tensión... bueno, supongo que es parte de mis responsabilidades.
Hermione se soltó de su agarre con un movimiento fluido, dejando a los tres hombres en un estado de agitación absoluta. Se dirigió hacia la puerta del retrato, recogiendo su bolso de libros por el camino.
—Tengo clase de Runas en cinco minutos —anunció, deteniéndose antes de salir—. Por favor, tratad de descansar hoy. No querría volver a escuchar esos ruidos esta noche... a menos, claro, que necesitéis que entre en vuestras habitaciones para "asegurarme" de que estáis durmiendo.
Salió de la sala común sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio que ya no era de piedra, sino de fuego.
Dentro de la torre, los tres Slytherin se miraron entre sí. Estaban derrotados, excitados y completamente a merced de la chica que solían despreciar.
—Nos ha cazado —dijo Blaise, dejándose caer en el sofá con la cabeza entre las manos—. Nos ha cazado a los tres y ni siquiera ha usado una varita.
—No es una cazadora —corrigió Theo, cuya respiración aún no se había normalizado—. Es una diosa de la guerra. Y nosotros acabamos de rendirnos sin condiciones.
Draco no dijo nada. Se limitó a mirar la puerta por donde ella se había ido, sintiendo todavía el calor de su mano quemándole la piel. Sabía que Hermione Granger ya no era la "niñera" del Ministerio. Era la dueña de la torre, la dueña de sus noches y, muy pronto, la dueña de todo lo que ellos eran.
El octavo año acababa de empezar, y las reglas habían cambiado para siempre. Hermione ya no buscaba el orden; buscaba el caos que solo el deseo absoluto podía provocar. Y mientras caminaba por los pasillos de Hogwarts hacia su clase, no pudo evitar sonreír al pensar que, esa noche, los ruidos en la torre serían mucho más interesantes.