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Rodeada de serpientes

El Banquete de los Depredadores y la Trampa de Miel

El aire en la torre de los Premios Anuales se había vuelto tan espeso que Hermione sentía que podía cortarlo con un cuchillo. El desayuno de esa mañana no había sido solo una provocación; había sido una declaración de guerra. Caminaba por los pasillos de Hogwarts con una seguridad que nunca antes había poseído, sintiendo las miradas de los otros estudiantes resbalar sobre ella. Ya no era la bruja que se escondía tras los libros; era la bruja que tenía a tres de los hombres más peligrosos y deseados del colegio gimiendo su nombre en la oscuridad.

Al terminar las clases del día, Hermione no se dirigió a la biblioteca. En su lugar, regresó directamente a la torre. Sabía que ellos estarían allí. Sabía que la tensión acumulada durante las horas de clase, donde se habían visto obligados a mantener la compostura mientras ella les lanzaba miradas cargadas de intención desde la mesa de Gryffindor, estaba a punto de desbordarse.

Al entrar, los encontró en una disposición casi simétrica. Draco estaba de pie junto a la chimenea, observando las llamas con una intensidad feroz. Blaise estaba sentado en la mesa central, con varios pergaminos extendidos que claramente no estaba leyendo. Theo, el más silencioso, estaba apoyado contra la pared junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada fija en la puerta.

—Habéis tardado en llegar —dijo Hermione, dejando su bolso sobre el sofá con un gesto lánguido—. Pensé que estaríais ansiosos por continuar nuestra... conversación de esta mañana.

—No juegues con fuego, Granger —dijo Draco sin darse la vuelta. Su voz era un gruñido bajo, cargado de una advertencia que sonaba más a súplica—. Lo que hiciste esta mañana... no tienes idea de lo cerca que estuviste de que no te dejáramos salir de esta habitación.

—¿Ah, sí? —Hermione caminó hacia él, deteniéndose a solo unos pasos de su espalda—. ¿Y qué me habríais hecho, Draco? ¿Me habríais castigado por preocuparme por vuestro bienestar?

Draco se giró bruscamente. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, y la tormenta que siempre habitaba en ellos había estallado finalmente.

—Nos estás volviendo locos —soltó él, dando un paso hacia ella—. No somos tus proyectos de caridad. No somos niños a los que puedas tentar y luego ignorar.

—Nunca os he ignorado —respondió ella, inclinando la cabeza—. De hecho, creo que nunca he estado más atenta a vosotros tres.

Blaise se levantó de la mesa y se acercó por el otro flanco. Su sonrisa habitual había desaparecido, reemplazada por una expresión de hambre pura.

—Nos escuchaste, ¿verdad? —preguntó Blaise, su voz vibrando en el aire—. Anoche. No fue una suposición. Sabes perfectamente lo que estábamos haciendo y por qué lo estábamos haciendo.

Hermione sostuvo su mirada, negándose a parpadear.

—Cada suspiro, Blaise. Cada vez que vuestras manos buscaban alivio pensando en mí. Fue... una sinfonía fascinante. Me hizo preguntarme por qué os conformáis con vuestras manos cuando me tenéis a pocos metros de distancia.

El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. Theo, que se había mantenido al margen, caminó hacia el grupo. Su rostro, normalmente sereno y analítico, estaba desencajado por una mezcla de adoración y desesperación.

—¿Nos estás ofreciendo una invitación, Hermione? —preguntó Theo en un susurro—. Porque si es así, debes saber que no somos caballeros. Somos Slytherins. Si nos das un centímetro, tomaremos todo lo que eres.

—Lo sé —dijo ella, y por primera vez, su voz tembló ligeramente, no de miedo, sino de una anticipación que la quemaba por dentro—. Por eso estoy aquí. Porque estoy cansada de ser la "niña buena". Estoy cansada de la justicia fría y de las reglas del Ministerio. Quiero sentir el fuego que tanto os esforzáis por ocultar.

Draco no pudo aguantar más. Extendió la mano y la agarró por la nuca, obligándola a mirarlo. Sus dedos se enredaron en sus rizos con una fuerza que la hizo jadear.

—Si cruzas esta línea, Granger, no hay vuelta atrás —advirtió Draco, sus labios a milímetros de los de ella—. No habrá informes para McGonagall que te salven de nosotros. Serás nuestra. De los tres. ¿Entiendes lo que eso significa?

—Significa que por fin dejaréis de gemir en la oscuridad y empezaréis a hacerlo contra mi piel —desafió ella, subiendo las manos para agarrar las solapas de su túnica.

Fue Blaise quien rompió la última barrera. Se acercó por detrás de Hermione, rodeando su cintura con sus brazos fuertes y pegando su cuerpo al de ella. Hermione soltó un gemido cuando sintió la dureza de Blaise presionando contra su espalda, mientras Draco la sujetaba por delante.

—Dios, hueles tan bien —susurró Blaise contra su cuello, antes de lamer la piel justo debajo de su oreja—. Llevo semanas soñando con esto. Imaginando cómo sabrías.

Theo se acercó y tomó una de las manos de Hermione, besando la palma con una devoción que contrastaba con la agresividad de los otros dos.

—Eres nuestra perdición —dijo Theo, mirándola a los ojos—. Pero qué forma tan gloriosa de caer.

Draco finalmente acortó la distancia y la besó. No fue un beso dulce; fue una colisión de años de resentimiento, deseo reprimido y una necesidad voraz de posesión. Hermione respondió con la misma intensidad, abriendo la boca para dejar que su lengua se encontrara con la de él, mientras sus manos se perdían en el cabello rubio de Draco.

Al mismo tiempo, Blaise bajó sus manos hacia los muslos de Hermione, levantando la falda de su uniforme. Sus dedos largos y oscuros acariciaron la seda de sus medias antes de encontrar la piel desnuda de sus muslos. Hermione se arqueó contra él, soltando un grito ahogado que fue devorado por la boca de Draco.

—¿Lo queréis? —preguntó ella cuando Draco se separó para tomar aire, su respiración era un desastre—. ¿Me queréis ahora?

—Te queremos desde el momento en que entraste en esta torre con esas reglas ridículas —dijo Draco, bajando sus manos para ayudar a Blaise a levantarla—. Te queremos desde que nos defendiste en el Gran Comedor. Te queremos porque eres la única persona que nos mira y no ve monstruos, sino hombres.

La llevaron hacia el gran sofá frente a la chimenea. El fuego proyectaba sombras alargadas y danzantes sobre las paredes de piedra, creando un ambiente de santuario y pecado. Hermione se encontró recostada sobre los cojines de terciopelo verde, con Draco y Blaise a sus costados y Theo arrodillado entre sus piernas.

La escena era un cuadro de caos organizado. Las túnicas fueron descartadas con urgencia, los botones saltaron y el sonido de la respiración agitada llenó la habitación. Hermione se sentía abrumada por la sensación de tantas manos sobre ella, tantos labios reclamando partes de su cuerpo que ella misma apenas conocía.

—Míranos, Hermione —pidió Theo, mientras desabrochaba su propia camisa, revelando un pecho pálido y fibroso—. No cierres los ojos. Mira lo que nos has hecho.

Ella obedeció. Vio a Theo, con su mirada inteligente ahora nublada por el deseo; vio a Blaise, cuya piel oscura brillaba bajo la luz del fuego mientras se despojaba de su ropa con una gracia animal; y vio a Draco, que la observaba con una mezcla de triunfo y vulnerabilidad que le rompió el corazón.

—Sois hermosos —susurró ella, extendiendo las manos para acariciar a Draco y Blaise simultáneamente.

—Tú eres la que es hermosa —replicó Blaise, bajando la cabeza para besar la curva de su pecho—. Eres el sol de esta torre, Granger. Y nosotros somos las sombras que intentan devorarte.

Lo que siguió fue una danza de sensaciones que Hermione nunca habría podido imaginar en sus fantasías más salvajes. No había prisa, a pesar de la urgencia del deseo. Había una exploración minuciosa, un deseo de conocer cada rincón de su cuerpo, de marcarla como suya antes de entregarse por completo.

Theo fue el primero en reclamar su centro. Con una delicadeza que hizo llorar a Hermione, la preparó con sus dedos y su lengua, llevándola al borde del abismo una y otra vez mientras Draco y Blaise se encargaban de mantenerla en un estado de éxtasis constante con sus besos y caricias.

—Por favor —suplicó ella, arqueando la espalda cuando Theo encontró el punto exacto—. Por favor, no más... os necesito.

—¿A quién necesitas, Hermione? —preguntó Draco, posicionándose sobre ella, su cuerpo rozando el suyo con una promesa de plenitud—. Di mi nombre.

—A ti, Draco —jadeó ella—. Y a Blaise. Y a Theo. Os necesito a los tres.

Fue una rendición total. Draco entró en ella con un empuje firme que la hizo ver estrellas, mientras Blaise se colocaba detrás de ella para ofrecerle su cuerpo como apoyo y Theo continuaba adorándola desde abajo. La sensación de estar completa, de estar rodeada por ellos, de sentir su fuerza y su calor, fue más de lo que Hermione podía procesar.

Se movieron juntos, una entidad de cuatro personas unidas por el deseo y la necesidad de redención. En el clímax del acto, cuando las paredes de la torre parecieron temblar bajo la fuerza de su unión, Hermione gritó sus nombres, uno por uno, sintiendo cómo el vacío que la guerra había dejado en su alma se llenaba finalmente.

Cuando el fuego de la chimenea se redujo a brasas y la habitación quedó sumergida en una penumbra suave, los cuatro permanecieron entrelazados en el sofá. El silencio ya no era tenso; era un silencio de paz, de una tregua firmada no con pergaminos y sellos del Ministerio, sino con piel y promesas susurradas.

Draco tenía a Hermione apoyada contra su pecho, mientras Blaise descansaba su cabeza en el regazo de ella y Theo sostenía su mano, trazando patrones invisibles en su palma.

—Esto va a complicar mucho los informes semanales —comentó Blaise con una pizca de su antiguo humor, aunque su voz estaba cargada de ternura.

Hermione soltó una risita cansada y cerró los ojos, sintiéndose protegida por primera vez en mucho tiempo.

—Escribiré que la convivencia ha alcanzado un nivel de... cooperación absoluta —dijo ella, acurrucándose más contra Draco.

—Cooperación —repitió Theo con una sonrisa—. Me gusta ese término.

Draco besó la coronilla de Hermione y suspiró, dejando que la tensión de años abandonara finalmente sus hombros.

—Mañana el mundo seguirá igual —dijo Draco en voz baja—. Seguiremos siendo los hijos de los mortífagos y tú seguirás siendo la heroína de la guerra. Pero aquí dentro... aquí dentro somos solo nosotros.

—Y eso es lo único que importa —concluyó Hermione.

La torre de los Premios Anuales, que había comenzado como una prisión de vigilancia y desconfianza, se había transformado en un hogar. Un hogar extraño, complejo y pecaminoso, pero un hogar al fin y al cabo. Y mientras la nieve empezaba a caer suavemente fuera de las ventanas de Hogwarts, los cuatro durmieron juntos, sabiendo que habían encontrado algo mucho más valioso que la paz: se habían encontrado los unos a los otros en medio de las cenizas de su pasado.

La guerra había terminado, pero su historia apenas comenzaba. Y Hermione Granger, la bruja que siempre tenía todas las respuestas, sabía que esta vez no necesitaba libros para saber que su destino estaba unido para siempre a los tres hombres que descansaban a su lado. El puente no solo se había construido; se había convertido en un refugio inexpugnable.