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Rodeada de serpientes

Llamas de Biblioteca y Provocaciones Silenciosas

El Gran Comedor de Hogwarts estaba sumido en el murmullo habitual del desayuno, pero para los habitantes de la torre de los Premios Anuales, el aire vibraba con una frecuencia distinta. Hermione Granger se encontraba sentada en la mesa de Gryffindor, aparentemente absorta en un ejemplar de *Transformación Avanzada*. Sin embargo, sus ojos castaños no seguían las líneas del texto, sino que se desviaban, con una precisión milimétrica, hacia la mesa de Slytherin.

Allí, Draco, Theo y Blaise intentaban mantener esa fachada de aristocrática indiferencia que tanto los caracterizaba. Pero Hermione sabía leer las grietas. Veía la rigidez en los hombros de Draco cuando ella se pasaba la lengua por los labios de forma distraída; notaba cómo los dedos de Theo se cerraban con fuerza sobre su cuchara cuando ella se inclinaba hacia adelante, dejando que un mechón de cabello rozara su cuello; y percibía la mirada ardiente de Blaise, que no se apartaba de ella ni por un segundo.

La noche anterior lo había cambiado todo. El poder ya no era una cuestión de autoridad académica o vigilancia ministerial; era una cuestión de piel, de deseo y de quién podía aguantar más antes de romperse.

La primera clase del día era Pociones, compartida con los Slytherin en las mazmorras. El profesor Slughorn estaba entusiasmado con la elaboración de la Poción de Paz, una ironía que no pasó desapercibida para nadie en la sala.

Hermione se colocó en su mesa habitual, justo delante de la que compartían Draco y Theo. Blaise estaba a su derecha, lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo fuera una distracción constante.

—Para lograr la consistencia perfecta —explicó Slughorn con voz jovial—, deben agitar en sentido contrario a las agujas del reloj con una suavidad extrema. Imaginen que están acariciando una superficie delicada.

Hermione captó la mirada de Draco a través del vapor de su caldero. Con una lentitud exasperante, ella tomó su varita y, en lugar de agitar la poción, empezó a deslizar sus dedos por la madera pulida, subiendo y bajando con un ritmo que no tenía nada de académico.

—¿Así, profesor? —preguntó Hermione, alzando la voz lo justo para que los tres Slytherin la escucharan—. ¿Con esta suavidad?

Draco soltó un ruido que fue una mezcla entre un jadeo y un gruñido. Sus ojos grises bajaron hacia las manos de Hermione, que ahora jugueteaban con el borde de su caldero, trazando círculos lentos sobre el metal caliente.

—Exactamente, señorita Granger —asintió Slughorn, ajeno al drama—. ¡Diez puntos para Gryffindor por su técnica impecable!

—Gracias, señor —susurró ella, girándose apenas un poco para mirar a Theo—. Theo, pareces tener problemas con tu mezcla. Está... demasiado espesa. ¿Quieres que te ayude a relajarla?

Theo sintió que el mundo se desvanecía. La insinuación en la voz de Hermione era tan clara como el cristal. Él bajó la vista hacia su caldero, donde el líquido burbujeaba de forma errática, reflejando su propio estado interno.

—Puedo manejarlo, Granger —respondió Theo, aunque su voz sonó dos octavas más grave de lo normal.

—Estoy segura de que puedes —replicó ella, dándose la vuelta, pero no antes de dejar que su pie, bajo la mesa, rozara la pantorrilla de Blaise.

Zabini casi tira su tintero. Miró a Hermione con una mezcla de furia y adoración. Ella le dedicó una sonrisa inocente y volvió a su poción, tarareando una melodía suave que solo ellos podían oír sobre el burbujeo de los calderos.

La tortura continuó en la clase de Runas Antiguas. El aula estaba dispuesta en mesas circulares, lo que obligaba a una proximidad física que Hermione aprovechó sin piedad. Se sentó entre Draco y Blaise, alegando que necesitaba comparar sus traducciones del *Futhark*.

—Esta runa, *Ehwaz* —dijo Hermione, inclinándose sobre el pergamino de Draco de tal manera que su cabello rozaba la mejilla del rubio—, representa la unión y la asociación. Pero también el movimiento. Como dos cuerpos que se mueven al unísono.

Draco apretó la mandíbula con tanta fuerza que Hermione temió que se le rompieran los dientes. Ella podía oler su perfume, ese aroma a sándalo y lluvia, y sabía que él podía oler la lavanda de su jabón.

—Granger, por el amor de Merlín —susurró Draco, acercándose a su oído para que la profesora Babbling no los oyera—, detente. Ahora mismo.

—¿Detener qué, Draco? —preguntó ella, abriendo mucho los ojos—. Solo estoy discutiendo la simbología de las runas. ¿O es que mi presencia te distrae de tus deberes?

—Sabes perfectamente lo que estás haciendo —intervino Blaise desde el otro lado, su mano buscando la de Hermione bajo la mesa. Ella no lo evitó; entrelazó sus dedos con los de él, apretando con firmeza—. Nos estás tentando en público, donde no podemos hacer nada. Es cruel, incluso para una Gryffindor.

—La crueldad es subjetiva, Blaise —respondió ella, acariciando el dorso de la mano de Zabini con el pulgar—. Yo lo llamo... entrenamiento de resistencia. Si vais a ser mis compañeros, debéis aprender a mantener la compostura bajo presión.

—Nos vas a matar —masculló Theo desde la mesa contigua, habiendo escuchado cada palabra.

Al finalizar las clases, el grupo regresó a la torre de los Premios Anuales. El camino fue un ejercicio de autocontrol para los tres Slytherin. Hermione caminaba unos pasos por delante, dejando que el movimiento de sus caderas dictara el ritmo de sus corazones. Cada vez que se detenía para ajustar su bolso o mirar un cuadro, ellos se tensaban, esperando el siguiente movimiento de su reina de rizos dorados.

En cuanto cruzaron el retrato de la esfinge, la atmósfera cambió. El silencio del pasillo fue reemplazado por la energía vibrante de la sala común. Hermione dejó sus libros en la mesa y se giró hacia ellos, cruzándose de brazos.

—Bueno —dijo ella, con una chispa de triunfo en los ojos—. Habéis sobrevivido al día. Debo decir que vuestro comportamiento ha sido... ejemplar. Casi decepcionante.

Draco fue el primero en reaccionar. Cerró la distancia entre ellos en dos zancadas, acorralándola contra la mesa de madera.

—¿Decepcionante? —repitió Draco, su voz cargada de una amenaza deliciosa—. ¿Tienes idea de lo que ha sido estar sentado a tu lado mientras jugabas con esa varita como si fuera...? ¡Por Salazar, Hermione!

—Me alegra saber que prestabas atención —replicó ella, sin dejarse intimidar. Subió las manos y las apoyó en el pecho de Draco, sintiendo el latido desbocado de su corazón—. Parecías muy concentrado en tu poción.

—No vi ni una sola gota de esa poción —confesó Draco, bajando la cabeza para enterrar el rostro en su cuello—. Solo te veía a ti. Solo pensaba en cómo te verías sobre esa misma mesa de mazmorras si Slughorn no estuviera presente.

Blaise y Theo se acercaron, rodeándolos. La sala común, que solía ser un lugar de estudio y reglas, se había convertido de nuevo en su santuario privado de deseo.

—Ha sido el día más largo de mi vida —dijo Blaise, quitándose la túnica y lanzándola a un sillón—. Ver cómo tocabas a Draco en Runas mientras me dabas la mano... ha sido una tortura exquisita, Hermione. Pero ahora las clases han terminado.

Theo se acercó a ella y le tomó la cara entre las manos, obligándola a mirarlo. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, estaban llenos de una devoción ardiente.

—¿Es esto lo que querías? —preguntó Theo en un susurro—. ¿Querías vernos así, suplicando por un poco de tu atención después de habernos provocado durante horas?

—Quería que supierais que el poder no solo reside en la fuerza bruta o en los apellidos —respondió Hermione, su respiración acelerándose—. Reside en esto. En saber que puedo hacer que perdáis la cabeza con solo un movimiento de mis dedos.

—Ya la hemos perdido —admitió Draco, soltando un suspiro que fue una rendición total—. Somos tuyos, Hermione. Haz lo que quieras con nosotros, pero no nos hagas esperar más.

Hermione sonrió, una sonrisa que no tenía nada de la niña de la biblioteca y todo de la mujer que acababa de descubrir su propia magia interna. Se soltó de Draco y caminó hacia el centro de la habitación, desabrochando lentamente los botones de su propia túnica de Gryffindor.

—He decidido que los informes para el Ministerio pueden esperar hasta mañana —anunció ella, dejando caer la prenda al suelo—. Esta noche, las únicas reglas que importan son las mías.

—¿Y cuáles son esas reglas, jefa? —preguntó Blaise, con una sonrisa depredadora mientras empezaba a desvestirse también.

—Regla número uno —dijo Hermione, señalándolos a los tres—: no se permiten secretos entre nosotros. Regla número dos: cada caricia debe ser devuelta por duplicado. Y regla número tres... nadie duerme hasta que yo lo diga.

Theo soltó una carcajada suave y cargada de deseo.

—Creo que puedo vivir con esas reglas —dijo, acercándose a ella para besarle el hombro.

La noche se desplegó ante ellos como un pergamino en blanco, listo para ser escrito con los trazos de su pasión compartida. En la torre de los Premios Anuales, el equilibrio de poder se había asentado definitivamente. Hermione Granger no solo era su compañera o su vigilante; era el eje sobre el que giraba el mundo de Draco, Theo y Blaise.

Y mientras el fuego de la chimenea proyectaba sombras de leones y serpientes entrelazados en las paredes, Hermione supo que su octavo año en Hogwarts no sería recordado por las notas de sus EXTASIS, sino por la forma en que cuatro almas rotas por la guerra habían encontrado, en el deseo y la provocación, una forma de volver a sentirse vivas.

—Eres peligrosa, Granger —murmuró Draco contra sus labios, momentos antes de que el mundo exterior desapareciera por completo para ellos.

—Lo sé —respondió ella con orgullo—. Y apenas estoy empezando.

La provocación sutil en las aulas había sido solo el preludio. Ahora, en la intimidad de su hogar compartido, la verdadera lección estaba a punto de comenzar. Y Hermione Granger, como siempre, era la mejor profesora que Hogwarts había tenido jamás.