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Secreto en Hogwarts

Tinta, celos y el eco de las mazmorras

El aula de pociones estaba sumida en una penumbra sepulcral, iluminada únicamente por un par de antorchas que proyectaban sombras alargadas sobre los estantes repletos de frascos con especímenes flotantes. El olor a vinagre de dragón y a humedad era penetrante, pero para Ron, en ese momento, el mayor distractor era el silencio inusual de Evan Bletchey.

Hacía casi media hora que habían comenzado su "sesión de estudio" y, para sorpresa de Ron, el Slytherin apenas había hecho un par de bromas flojas. Evan estaba inclinado sobre su caldero, cortando raíces de jengibre con una precisión casi quirúrgica. No había rastro de esa mirada depredadora de coqueteo constante que solía usar con medio Hogwarts. Parecía... tranquilo. Casi tibio.

— ¿Estás bien, Evans? —preguntó Ron, rompiendo el silencio mientras machacaba espinas de puercoespín—. Estás muy callado. Empiezo a asustarme. ¿Te ha poseído algún espíritu de Ravenclaw o algo así?

Evan levantó la vista y, por primera vez, no le dedicó una sonrisa de suficiencia. Fue una mirada suave, casi cansada.

— Solo estoy concentrado, Weasley —respondió, dejando el cuchillo a un lado—. Pensé que eso era lo que querías. Menos bromas y más pociones, ¿no? Además, mi hermana me dio un sermón de media hora antes de venir sobre "respetar el espacio de estudio ajeno".

— Bueno, se agradece —admitió Ron, aunque por dentro sentía un vacío extraño. Se había acostumbrado tanto a defenderse de los ataques de Evan que ahora que no los recibía, se sentía desubicado—. Pero no hace falta que seas una gárgola de piedra. Puedes hablar.

Evan soltó una risita corta, una que no buscaba provocar, sino que sonaba genuina.

— Es difícil contigo, Ron. Si hablo mucho, te enojas. Si coqueteo, te pones rojo y te vas. Si me callo, me preguntas si estoy bien. Eres un rompecabezas con las piezas mal cortadas.

Ron abrió la boca para replicar, pero en ese momento la pesada puerta de madera del aula se abrió con un chirrido que resonó en toda la estancia. Un chico de Slytherin, un año mayor que ellos, entró con paso despreocupado. Era Blaise Zabini, que lucía su uniforme con una pulcritud que siempre hacía que Ron se sintiera un poco más desaliñado de lo habitual.

— Vaya, Bletchey —dijo Blaise, ignorando olímpicamente a Ron como si fuera un mueble viejo—. Te estuve buscando por la sala común. Me dijeron que estabas aquí perdiendo el tiempo con... —hizo una pausa, mirando a Ron de arriba abajo con desdén— ...asuntos de caridad.

— Estoy estudiando, Blaise —respondió Evan, su tono volviéndose frío de repente—. ¿Necesitas algo?

Blaise se acercó a la mesa de Evan, apoyando una mano sobre el mármol y rodeando el espacio de Evan de una manera que a Ron le pareció excesivamente íntima. El chico se inclinó hacia delante, bajando la voz, pero Ron, que tenía el oído agudizado por la irritación, pudo escucharlo perfectamente.

— Sabes que tenemos esa fiesta en la torre de astronomía el sábado —susurró Blaise, pasando un dedo por el borde del caldero de Evan—. Y me preguntaba si habías decidido ya con quién ir. Podríamos pasar un buen rato, como la última vez en el Lago. Tienes esa forma de... distraer... que me resulta muy interesante.

Evan se tensó visiblemente. Miró de reojo a Ron y luego volvió a mirar a Blaise.

— No creo que vaya, Blaise. Tengo mucho que estudiar.

— Oh, vamos —insistió Blaise, acercándose aún más, su rostro a escasos centímetros del de Evan—. No me digas que prefieres estar aquí, en las mazmorras frías, con un Weasley, antes que conmigo. Sabes que puedo ser mucho más... estimulante que un libro de texto.

Ron sintió que la sangre le hervía. El pinchazo de celos que había sentido en el lago negro no era nada comparado con la furia fría que le recorría la espalda ahora. Ver a Blaise invadir el espacio de Evan, tratándolo como si fuera una de sus conquistas fáciles, le revolvía el estómago.

— Oye, Zabini —intervino Ron, su voz sonando más firme de lo que esperaba—. Estamos intentando terminar una Solución de Fortalecimiento. Si quieres ligar, el pasillo es bastante grande. Aquí estorbas.

Blaise se giró lentamente, mirando a Ron con una ceja levantada y una sonrisa de superioridad.

— ¿El mulo de Gryffindor tiene voz? Qué tierno. Escucha, Weasley, esto es una conversación entre Slytherins. Vuelve a tus harapos y deja que los adultos hablemos.

— Blaise, vete —dijo Evan. Ya no había rastro de tibieza en su voz; era una orden directa—. No voy a ir contigo a ninguna parte. Y no vuelvas a hablarle así a Ron.

Blaise parpadeó, sorprendido por la firmeza de Evan. Miró a ambos, una comprensión maliciosa cruzando su rostro.

— Ah, ya veo. Así que es verdad lo que dicen los rumores. Te has vuelto blando, Bletchey. Qué desperdicio. Supongo que los gustos mediocres son contagiosos.

Con un bufido de desprecio, Blaise se dio la vuelta y salió del aula, haciendo que su capa ondeara de forma dramática.

El silencio que quedó tras su partida era pesado, cargado de una tensión que picaba en la piel. Ron no sabía dónde mirar. Se concentró intensamente en su caldero, revolviendo la mezcla con una fuerza innecesaria.

— Ron —dijo Evan en voz baja.

— No digas nada, Evans. Es un idiota. Siempre lo ha sido.

— Lo es —asintió Evan—. Pero no quiero que pienses que... bueno, que yo...

— No me importa lo que hagas con Zabini —mintió Ron, su voz rompiéndose ligeramente al final.

Evan dejó su puesto y rodeó la mesa hasta quedar frente a Ron. Esta vez no había sonrisas de lado ni trucos de coquetería barata. Solo estaba Evan, con los ojos castaños fijos en los de Ron, buscando una conexión que iba más allá de las bromas.

— Sí te importa —afirmó Evan—. Y a mí me importa que te importe. No me interesa Blaise. No me interesa nadie que me mire como si fuera un trofeo. Por eso me gustas tú, Ron. Porque tú me miras y ves al idiota que soy, y aun así te quedas.

Ron dejó caer la cuchara de madera dentro del caldero con un chapoteo. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que Evan pudiera escucharlo.

— Eres un pesado, Evans —susurró Ron, pero esta vez no había rabia en sus palabras.

— Lo sé —Evan sonrió de forma tenue, una sonrisa que por fin llegó a sus ojos—. Y tú eres un terco. Pero creo que podemos trabajar con eso.

Antes de que Ron pudiera responder, la puerta volvió a abrirse, pero esta vez fue con un estrépito de alegría y caos. Harry, Kass y Simon entraron en el aula, rompiendo el momento como una Bludger contra un aro.

— ¡Chicos! ¡Tienen que ver esto! —exclamó Simon, que ya no hablaba de Azhael, sino que sostenía un frasco con algo que brillaba intensamente—. ¡Encontramos una colonia de hadas cerca de la cabaña de Hagrid! ¡Y no estoy imaginándolo, Harry las vio también!

Harry y Kass venían detrás, riendo. Kass se acercó a la mesa de estudio, mirando el caldero de Ron.

— Ron, tu poción está echando humo azul. Eso no debería pasar a menos que... —Kass miró a Evan y luego a Ron, notando la cercanía entre ambos y la tensión residual en el aire—. Oh. Vaya. Veo que el "estudio" ha sido intenso.

— Blaise Zabini pasó por aquí —dijo Ron, tratando de recuperar la compostura mientras apartaba el caldero del fuego—. Es un imbécil.

Harry frunció el ceño.

— ¿Zabini? ¿Qué quería?

— Nada importante —respondió Evan, volviendo a su lugar pero manteniendo la mirada fija en Ron un segundo más de lo necesario—. Solo recordarme por qué prefiero la compañía de los leones antes que la de algunas serpientes.

Sera entró poco después, con su habitual aire de orden y mando.

— Bueno, ya es suficiente por hoy. Las cocinas están abiertas y los elfos han hecho tarta de melaza. Simon, deja de agitar ese frasco, vas a marear a las hadas.

— ¡Solo quiero que brillen más! —protestó Simon, aunque guardó el frasco en su túnica—. ¿Saben? He estado pensando. Quizás no necesito que Azhael me envíe lechuzas todo el tiempo. Harry dice que si paso menos tiempo hablando con gente invisible, tendré más tiempo para practicar mi vuelo. Y creo que tiene razón.

— Milagros de Hogwarts —murmuró Sera, dándole un empujoncito cariñoso a Simon hacia la salida—. Vamos, Ronald, Harry, Kass. El estudio terminó.

Mientras el grupo salía de las mazmorras hacia el Gran Comedor, Ron sintió una mano rozar la suya en la oscuridad del pasillo. Fue un toque fugaz, apenas un contacto de dedos, pero fue suficiente para que el frío de las mazmorras desapareciera por completo.

Caminaron juntos, con las risas de Simon y las explicaciones de Harry sobre las hadas de fondo. Ron miró a Evan de reojo. El Slytherin ya no intentaba ser el centro de atención, no lanzaba guiños a cada persona que pasaba, ni buscaba la validación de los demás. Simplemente caminaba a su lado, en silencio, compartiendo un espacio que se sentía más real que cualquier verdad o reto.

— Mañana —dijo Ron en voz baja, para que solo Evan lo oyera—, podemos volver a la biblioteca. Pero esta vez, yo traigo el libro de Transformaciones.

Evan asintió, su rostro iluminado por la luz de una antorcha al pasar.

— Me parece bien, Weasley. Pero no esperes que me quede callado todo el tiempo. Tengo una reputación que mantener.

Ron sonrió. Sabía que las peleas no terminarían, que Simon volvería a decir algo raro tarde o temprano y que Harry y Kass seguirían siendo la pareja perfecta que los hacía sentir a todos un poco torpes. Pero también sabía que algo había cambiado en la penumbra de aquel aula. Los celos habían dejado paso a una certeza silenciosa.

Al llegar al Gran Comedor, el grupo se dividió para ir a sus respectivas mesas. Antes de separarse, Evan se inclinó hacia Ron, fingiendo que le ajustaba el cuello de la túnica.

— Por cierto —susurró Evan al oído de Ron—, tenías razón. Blaise es un idiota. Pero tú... tú eres otra cosa totalmente distinta.

Y sin esperar respuesta, Evan se alejó hacia la mesa de Slytherin con su paso elegante, dejando a un Ron Weasley completamente inmóvil en medio del pasillo, con las orejas ardiendo y una sonrisa que, por mucho que lo intentara, no podía borrar de su cara.

— ¿Te vienes, Ron? —preguntó Harry desde la mesa de Gryffindor, agitando una mano—. ¡La tarta se va a acabar!

— ¡Ya voy! —gritó Ron, echando a correr hacia sus amigos.

Esa noche, mientras cenaban y Simon explicaba por qué las hadas preferían el azúcar sobre la miel, Ron se dio cuenta de que Hogwarts seguía siendo el mismo lugar de siempre, pero su mundo se había vuelto un poco más grande, un poco más complicado y, definitivamente, mucho más interesante. Ya no necesitaba verdades o retos para saber lo que sentía; solo necesitaba mirar hacia la mesa verde y plata para encontrar la respuesta.