Slime x Rp Samuraí
El Eco del Sanzu y el Sello del Corazón
La luz del atardecer se filtraba por las rendijas de las puertas correderas de la Finca Shiba, bañando el dojo en un tono ambarino que hacía que el cabello plateado de Rimuru brillara como si estuviera hecho de mercurio. Ella estaba sentada sobre sus talones, observando a Jayden, quien limpiaba su espada con una parsimonia que rayaba en lo obsesivo. El silencio entre ellos no era incómodo; era el tipo de silencio que se forma entre dos personas que han compartido el peso de una batalla y han salido ilesas por poco.
— Sabes —rompió el silencio Rimuru, balanceándose ligeramente hacia adelante—, Raphael me dice que tu técnica ha mejorado un doce por ciento desde que empezamos a entrenar juntos. Pero tus hombros siguen estando tan tensos que podrías romper una piedra con ellos.
Jayden detuvo el movimiento del paño sobre el acero y exhaló un suspiro largo. Levantó la vista hacia ella, encontrándose con esos ojos dorados que siempre parecían saber demasiado.
— Es la responsabilidad, Rimuru —respondió él en voz baja—. Cada vez que un Nighlok aparece, no solo pienso en la victoria. Pienso en lo que pasaría si fallo. El nombre Shiba no es solo un apellido, es una barrera entre este mundo y el caos.
Rimuru se levantó y caminó hacia él con pasos insonoros. Se sentó a su lado, ignorando las normas de etiqueta que el Mentor Ji tanto intentaba inculcarle.
— Yo también tuve un pueblo que proteger —dijo ella, mirando hacia el jardín zen—. Y una nación. Al principio, pensaba como tú. Creía que si yo no era perfecta, todo se derrumbaría. Pero aprendí algo importante: un líder no es una columna de mármol, Jayden. Es más bien como el agua. Si te mantienes rígido, te quiebras bajo la presión. Si fluyes, nada puede romperte.
Jayden bajó la espada y la apoyó en el suelo. Se permitió mirarla de verdad. Rimuru no era como las personas que conocía. No tenía ese aire de urgencia constante, a pesar de poseer un poder que, según los análisis del Mentor Ji, superaba cualquier cosa que los Símbolos de Poder hubieran invocado jamás.
— A veces desearía poder ver el mundo como tú lo haces —admitió Jayden, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Como si todo fuera un rompecabezas que se puede resolver con calma, en lugar de una guerra interminable.
Rimuru sonrió y le dio un pequeño golpe amistoso en el hombro.
— Bueno, para eso estoy aquí, ¿no? Para ser tu centro de gravedad cuando sientas que el mundo gira demasiado rápido. Además —añadió con una chispa juguetona—, todavía me debes esa cena de ramen que prometiste. Y no aceptaré un "no" por respuesta bajo la excusa del entrenamiento.
Antes de que Jayden pudiera responder a la invitación, el ambiente en la habitación cambió drásticamente. El aire se volvió pesado, saturado de un olor a agua estancada y moho que Rimuru ya conocía demasiado bien. En el centro del dojo, una grieta de color púrpura oscuro se abrió en el aire, goteando una sustancia que parecía lodo del río Sanzu.
— ¡Jayden! —advirtió Rimuru, poniéndose en pie al instante.
Jayden ya tenía su Samuraizer en la mano. El Mentor Ji entró corriendo al dojo, con el rostro pálido.
— ¡La brecha se está abriendo dentro de la finca! —exclamó Ji—. ¡Es una trampa dirigida!
De la grieta no salió un Nighlok gigante, sino una figura delgada y encorvada, envuelta en túnicas que parecían hechas de algas secas. Sus ojos eran dos puntos de luz roja que se fijaron inmediatamente en Rimuru.
— La anomalía plateada... —siseó la criatura, cuya voz sonaba como el roce de dos piedras—. El Maestro Xandred desea que veas lo que sucede cuando un mundo intenta absorber lo que no le pertenece.
— ¡Símbolo de Poder! ¡Samurái para siempre! —gritó Jayden, transformándose en el Ranger Rojo en un estallido de energía—. ¡Aléjate de ella!
Jayden cargó contra el Nighlok, pero la criatura no se defendió. En su lugar, golpeó el suelo con un báculo de hueso. Ondas de energía negativa se expandieron por la habitación, pero no buscaban dañar físicamente. Eran hilos de oscuridad que intentaban enredarse en la esencia mágica de Rimuru.
— Informe —solicitó Rimuru internamente.
— Aviso —respondió Raphael con su habitual frialdad—. El enemigo está utilizando una frecuencia de energía diseñada para resonar con las partículas de maná externas a este universo. Intenta forzar una desestabilización dimensional para transportarte al río Sanzu.
— No en mi guardia —murmuró Rimuru.
Extendió su mano y una barrera de luz azul platino envolvió a Jayden y al Mentor Ji, protegiéndolos de la influencia del Nighlok. Luego, con un movimiento fluido, Rimuru apareció frente a la criatura. No usaba espada, pero su sola presencia hacía que la oscuridad retrocediera.
— Escucha, alga parlante —dijo Rimuru con un tono peligrosamente calmado—. He lidiado con señores de los demonios, dragones verdaderos y dioses locos. Si crees que un poco de barro del río va a asustarme, no has hecho bien tu tarea.
El Nighlok soltó una carcajada estridente.
— No queremos asustarte, pequeña slime. Queremos usarte. Tu magia es la llave que secará el mundo de los humanos y convertirá el Sanzu en un océano infinito.
La criatura lanzó una ráfaga de proyectiles de energía oscura. Jayden, recuperándose del impacto inicial, se interpuso con su *Spin Sword*, desviando los ataques con una precisión asombrosa.
— ¡Rimuru, no dejes que te toque! —gritó Jayden—. ¡Su energía es tóxica para los que no pertenecen aquí!
— ¡Jayden, concéntrate en el báculo! —respondió ella—. Es el ancla de la brecha. ¡Si lo rompes, la conexión se cortará!
Jayden asintió. Sus movimientos eran ahora una mezcla de la disciplina samurái y la fluidez que Rimuru le había enseñado. No luchaba contra la oscuridad; fluía a través de ella. Con un grito de guerra, invocó el Símbolo del Fuego, pero esta vez la llama no era solo roja. Tenía destellos dorados, alimentados por la confianza que Rimuru había depositado en él.
— ¡Corte de Fuego Purificador! —exclamó Jayden, lanzando un arco de llamas que impactó directamente en el báculo de hueso.
El objeto se hizo añicos, y el Nighlok soltó un alarido mientras su forma empezaba a disolverse. Sin embargo, antes de desaparecer, lanzó un último hilo de sombra hacia Rimuru. Fue un ataque desesperado, una marca de rastreo que se adhirió a su brazo antes de que pudiera esquivarlo.
La brecha se cerró con un estruendo, dejando el dojo en un silencio sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Jayden. Él deshizo su transformación y corrió hacia Rimuru, tomándola por el brazo donde la marca oscura brillaba débilmente.
— ¿Estás herida? —preguntó con una voz cargada de una preocupación que no podía ocultar.
Rimuru miró la marca. No le dolía, pero sentía una succión extraña, como si algo estuviera intentando tirar de ella desde muy lejos.
— Estoy bien, Jayden. Raphael está analizando el efecto —dijo ella, tratando de restarle importancia para calmarlo—. Solo es un recordatorio de que Xandred es un mal perdedor.
Jayden no soltó su brazo. Sus dedos apretaban con suavidad, como si temiera que, si la soltaba, ella simplemente se desvanecería en el aire.
— No es solo un recordatorio —dijo Jayden, mirando a los ojos de Rimuru—. Es una declaración de guerra personal. Te están marcando como su objetivo principal. Mentor Ji, tenemos que reforzar los símbolos de protección de la finca. Ahora.
Ji asintió con gravedad y salió de la habitación para preparar los rituales. Jayden y Rimuru se quedaron solos una vez más.
— Jayden —dijo ella suavemente, poniendo su otra mano sobre la de él—, mírame.
Él lo hizo. Había una tormenta de emociones en sus ojos: miedo, ira, y algo más profundo que empezaba a florecer bajo la superficie de su deber.
— No voy a ir a ninguna parte —prometió Rimuru—. He decidido que este mundo me gusta. Me gustan sus colores, me gusta su comida... y me gusta la gente que lo protege. Xandred puede enviar a todos los Nighloks que quiera, pero no me llevará. No mientras tú estés aquí para pelear a mi lado.
Jayden exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. Lentamente, relajó su agarre, pero no se alejó. La cercanía entre ambos era electrizante. Por un momento, el líder del clan Shiba olvidó los siglos de tradición y el peso de su linaje. Solo veía a la mujer frente a él, un ser de otro mundo que le ofrecía una paz que nunca creyó posible.
— Gracias, Rimuru —susurró él—. Pero no dejaré que luches esto sola. Si eres su objetivo, entonces mi única misión es ser tu escudo.
Rimuru soltó una risita suave y juguetona, rompiendo un poco la tensión del momento.
— ¿Un escudo, eh? Qué caballeroso. Pero recuerda lo que te dije: el agua no necesita un escudo, necesita un cauce. Sigamos adelante juntos, Jayden.
Esa noche, mientras los demás Rangers regresaban y se enteraban del ataque, la atmósfera en la Finca Shiba cambió. Ya no veían a Rimuru solo como una invitada poderosa o una anomalía curiosa. Era una de ellos. Kevin la miraba con un nuevo respeto tras ver cómo su barrera lo había protegido incluso a distancia; Mike y Emily intentaban animarla con bromas, y Mia preparaba una cena que, aunque cuestionable en sabor, estaba llena de buenas intenciones.
Sin embargo, en las profundidades del río Sanzu, el Maestro Xandred reía entre tragos de su medicina. La marca en el brazo de Rimuru era más que un rastreador. Era un vínculo. Cada vez que Rimuru usara su magia, el Sanzu se alimentaría de una fracción de ella, acelerando el desbordamiento del río.
— Deja que se sientan seguros —gruñó Xandred a Octoroo—. Deja que el samurái crea que ha salvado a su preciada joya. Pronto, el fuego del Shiba se apagará en las aguas que ella misma nos ayudará a traer.
De vuelta en la finca, Rimuru estaba sentada en el tejado, mirando la luna. Raphael terminó su análisis.
— Aviso: La marca Nighlok está intentando drenar partículas mágicas. He procedido a aislar la marca en un espacio imaginario dentro del estómago. El efecto de drenaje ha sido neutralizado y convertido en energía de reserva para el usuario.
— Buen trabajo, Raphael —pensó Rimuru con una sonrisa interna—. Xandred cree que me está usando de batería, cuando en realidad me acaba de dar un suministro gratuito de energía. Qué tipo tan generoso.
Sintió una presencia detrás de ella. No necesitaba mirar para saber quién era. El calor que emanaba de Jayden era inconfundible. Él se sentó a su lado, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana.
— No puedes dormir, ¿verdad? —preguntó Jayden.
— Los Slimes no necesitamos dormir realmente —respondió ella, mirando de reojo su perfil serio—. Pero me gusta el silencio de la noche. Me recuerda a mi hogar.
— ¿Lo extrañas? —preguntó él con voz suave.
Rimuru guardó silencio por un momento. Pensó en Shuna, en Shion, en el ruidoso Veldora y en la ciudad que construyó desde la nada.
— A veces —admitió—. Pero creo que llegué aquí por una razón. Quizás este mundo necesitaba un poco de caos plateado para ayudar a un samurái demasiado serio a encontrar su sonrisa.
Jayden la miró y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad. No fue una sonrisa forzada ni de cortesía, sino una que iluminó su rostro y suavizó las líneas de cansancio alrededor de sus ojos.
— Creo que tienes razón, Rimuru.
Se quedaron allí, bajo la luz de la luna, dos seres de mundos distintos unidos por un hilo de destino que ni siquiera el Maestro Xandred podía comprender. La batalla por la Tierra y por el río Sanzu estaba lejos de terminar, pero en ese momento, en ese tejado, el fuego y el agua habían encontrado un equilibrio perfecto. Y mientras Jayden ponía su mano sobre la de Rimuru, prometiéndose a sí mismo que la protegería contra viento y marea, Rimuru sabía que, pasara lo que pasara, este mundo ya no le resultaba ajeno. Era su nuevo campo de batalla, y tenía al mejor compañero que podía desear.