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Soccer and love

Reflejos en el puerto y promesas bajo la red

La mañana siguiente al enfrentamiento en la Bonanova y al primer beso real entre Artemisa y Gavi, el aire en Barcelona parecía haber cambiado de textura. Para Artemisa, ya no era ese aire pesado que la asfixiaba con expectativas familiares; ahora era una brisa ligera que olía a salitre y a una libertad que apenas empezaba a saborear.

Se despertó temprano, antes de que el sol terminara de escalar los edificios del Eixample. Pedri ya estaba en la cocina, pero no con su habitual silencio de concentración pre-entrenamiento. Estaba sentado a la mesa, mirando un punto fijo con una taza de café humeante entre las manos. Cuando Artemisa entró, él levantó la vista y una pequeña sonrisa, mezcla de alivio y picardía, cruzó su rostro.

— Buenos días, pequeña —dijo Pedri, señalando la cafetera—. Alejandra me ha contado que ayer tuviste una tarde muy productiva. Y Gavi... bueno, Gavi llegó anoche al hotel de concentración pareciendo que acababa de ganar la Champions él solo.

Artemisa sintió que el calor le subía a las mejillas mientras se servía el café. Se sentó frente a su hermano, intentando mantener una expresión neutral que falló estrepitosamente.

— Fue un buen día, Pedri —admitió ella—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan... yo misma. Sin el peso de tener que ser la hija perfecta.

Pedri asintió, volviéndose serio de repente. Dejó la taza y se inclinó hacia delante, cruzando sus brazos sobre la mesa.

— Hablé con papá esta mañana. No te voy a mentir, está furioso. Dice que Pablo es una mala influencia y que tú estás perdiendo el norte. Pero también me dijo algo que me hizo darme cuenta de que Gavi tenía razón anoche.

— ¿Qué cosa? —preguntó ella con un nudo en la garganta.

— Que ya no tienen control sobre ti. Lo saben. Por eso gritan más fuerte, porque saben que ya no pueden obligarte a volver a su molde. Me pidió que te dijera que, si no vas a seguir sus reglas, no esperes su apoyo económico para tu próximo proyecto en la escuela de artes de aquí.

Artemisa se quedó mirando el fondo de su taza negra. El silencio se prolongó unos segundos, pero para su propia sorpresa, no sintió miedo. Sintió una extraña euclariad.

— No lo necesito, Pedri —dijo ella con firmeza—. He ahorrado lo que me enviaron para el máster en USA porque conseguí una beca parcial allá que nunca les mencioné. Puedo pagar mi propio camino. No quiero que su dinero sea la cadena que me mantenga atada a sus cenas frías.

Pedri soltó un suspiro largo, como si se hubiera quitado una mochila llena de piedras. Se levantó y rodeó la mesa para darle un beso en la coronilla.

— Esa es mi hermana. Pero que sepas que, si te falta un céntimo, aquí está el "rubio" para lo que haga falta. Ahora vístete, que hoy el entrenamiento es a puerta abierta para los familiares y Gavi me ha mandado cinco mensajes preguntando si ya estabas despierta.

Artemisa se rió, empujando a su hermano suavemente hacia la puerta.

— ¡Vete ya, pesado! Estaré allí en una hora.

El trayecto a la Ciudad Deportiva se sintió diferente. Artemisa llevaba su cámara colgada al cuello, pero esta vez no la sentía como un escudo para esconderse del mundo, sino como la herramienta con la que iba a capturar su nueva vida. Al llegar, el bullicio de los fans en las afueras era ensordecedor. Escuchaba los nombres de su hermano y de Gavi gritados con una devoción casi religiosa.

Entró por el acceso VIP y se situó en la banda, justo donde los jugadores salían al césped. No tuvo que esperar mucho. El equipo saltó al campo entre aplausos. Gavi iba el último, ajustándose las botas, con ese caminar inquieto que parecía que iba a estallar si no tocaba un balón en los próximos tres segundos.

En cuanto sus ojos negros recorrieron la banda y la encontraron, se detuvo. Ignorando por completo que las cámaras de los periodistas y de los fans estaban sobre él, se desvió de la fila y caminó directamente hacia ella.

— Has venido —dijo Gavi, deteniéndose a un metro, con una sonrisa que Artemisa solo le conocía a él: una mezcla de timidez y audacia.

— Te prometí que vendría a ver cómo te muerden los tobillos —bromeó ella, aunque su corazón latía con una fuerza que temía que él pudiera notar.

— Hoy no me va a morder nadie —aseguró él, bajando un poco la voz—. Hoy solo quiero jugar bien para que saques la mejor foto de la temporada. ¿Estás mejor? ¿Después de lo de ayer?

Artemisa asintió, sintiendo que el mundo alrededor se desvanecía.

— Mucho mejor, Pablo. Gracias por... por todo.

— ¡Gavi! ¡A calentar, que no estamos en una cita! —gritó Xavi desde el centro del campo, provocando las risas de los compañeros que estaban cerca.

Gavi se puso rojo como un tomate, algo inusual en él, y le guiñó un ojo a Artemisa antes de salir corriendo hacia el rondo. Ella levantó su cámara y empezó a disparar. Capturó la intensidad en la mirada de su hermano, la elegancia de Lewandowski, pero su lente siempre volvía al chico del dorsal 6.

Había algo en la forma en que Gavi se movía ese día. Estaba más enfocado, más eléctrico. Cada vez que robaba un balón o daba un pase filtrado, buscaba con la mirada la posición de Artemisa en la banda, como si necesitara su aprobación silenciosa.

A mitad del entrenamiento, durante un descanso para hidratarse, Pedri se acercó a ella, secándose el sudor con la camiseta.

— Estás sacando más fotos de Pablo que de todo el equipo junto, Arte —comentó su hermano con una ceja levantada—. Mi ego de hermano mayor está sufriendo daños irreparables.

— Es que él es más... fotogénico —se defendió ella, aunque la excusa era pobre—. Tú eres demasiado estático, Pedri. Él es puro movimiento.

— Sí, claro, puro movimiento —bufó Pedri, sonriendo—. Solo ten cuidado. Los periodistas ya están empezando a preguntar quién es la rubia de la cámara que tiene al "Gavi" tan distraído. Sabes que en cuanto se enteren de que eres mi hermana, la presión va a subir.

— No me importa, Pedri. Ya no. Si pueden aguantar mis padres, pueden aguantar un par de titulares —respondió ella con una seguridad que sorprendió incluso a su hermano.

Al terminar la sesión, los jugadores se quedaron firmando autógrafos y sacándose fotos con los niños que habían invitado al campo. Artemisa observaba desde la distancia cómo Gavi trataba a los pequeños fans, con una paciencia y una dulzura que contrastaban con su agresividad competitiva.

Cuando terminó, él se acercó a ella de nuevo. Esta vez, sin embargo, el ambiente era más íntimo.

— Oye —dijo Gavi, secándose la frente con el antebrazo—, hay un sitio al que quiero llevarte. No es un restaurante de lujo ni nada de eso. Es mi sitio cuando quiero desaparecer. ¿Te vienes?

— ¿Ahora? —preguntó ella, mirando a Pedri, que estaba a unos metros hablando con Ferran.

— Ahora. Tu hermano sabe que estás conmigo. Le he dicho que te llevaré a casa más tarde.

Subieron al coche de Gavi. Él condujo hacia la zona alta de la ciudad, pero en lugar de detenerse en los miradores típicos llenos de turistas, se desvió por un camino de tierra que llevaba a una pequeña colina que dominaba el puerto y una parte menos conocida de la costa.

Se sentaron en el capó del coche, viendo cómo el sol empezaba su descenso. El silencio era cómodo, lleno de las palabras que no necesitaban decirse.

— Aquí es donde venía cuando recién llegué a la Masía y echaba de menos mi casa —confesó Gavi, mirando al horizonte—. Me sentaba aquí y pensaba que, si el mar era el mismo, no podía estar tan lejos.

Artemisa lo miró de perfil. La luz dorada resaltaba sus rasgos, haciéndolo parecer más maduro de lo que su edad sugería.

— Yo hacía lo mismo en California —dijo ella en voz baja—. Pero me sentaba frente al Pacífico y sentía que el mar era demasiado grande, que me separaba de todo lo que quería.

Gavi se giró hacia ella, tomando su mano con suavidad.

— Ya no hay mar de por medio, Arte. Estás aquí.

— Estoy aquí —repitió ella, sintiendo una paz inmensa—. Pero tengo miedo, Pablo. Miedo de que mis padres intenten arruinar esto. Miedo de que mi carrera no despegue y tenga que volver a depender de ellos.

Gavi apretó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella.

— No vas a volver a depender de ellos. Tienes un talento increíble, lo he visto en tus fotos y en tus dibujos de cuando éramos niños. Y si las cosas se ponen difíciles... bueno, yo soy muy bueno defendiendo, ¿recuerdas? Nadie pasa por mi banda si yo no quiero. Y tú eres mi banda, Arte. Eres lo que más quiero proteger.

Artemisa sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos, pero esta vez eran de felicidad. Se inclinó y apoyó la cabeza en su hombro.

— ¿Desde cuándo eres tan poeta, Pablo Gavi? —preguntó ella con una risita.

— Desde que te vi bajar de ese taxi hace dos días y me di cuenta de que el año que pasaste fuera fue el más aburrido de mi vida —respondió él, besando su sien.

Se quedaron así un rato largo, viendo cómo las luces de la ciudad empezaban a encenderse como pequeñas luciérnagas. Para Artemisa, cada luz representaba una posibilidad. Por primera vez en su vida, no tenía un plan trazado por otros. No tenía una agenda que cumplir ni un máster que terminar por obligación.

— ¿Qué vas a hacer mañana? —preguntó Gavi, rompiendo el silencio.

— Voy a ir a la escuela de artes a matricularme en el curso de fotografía documental —dijo ella con determinación—. Y luego voy a buscar un estudio pequeño. Quiero empezar a trabajar, hacer mis propias exposiciones.

— Me gusta ese plan —dijo él—. Yo tengo partido el sábado. Quiero que estés allí. En el palco, con Alejandra. Quiero marcar un gol y dedicártelo, aunque Pedri me mate después en el vestuario.

— Te matará —aseguró ella riendo—. Sabes que es extremadamente protector.

— Lo sé. Pero él también sabe que nadie te va a cuidar mejor que yo. Ayer, cuando salimos de casa de tus padres, me dio las gracias. No con palabras, ya sabes cómo es él, pero me puso la mano en el hombro y me dejó claro que confiaba en mí. Eso para mí vale más que cualquier trofeo.

Artemisa se incorporó, mirando a Gavi a los ojos. La intensidad de su mirada la envolvía, haciéndola sentir que era la única persona en el mundo.

— Pablo... —empezó ella, pero él la interrumpió con un beso.

No fue un beso tímido como el de la noche anterior. Fue un beso lleno de promesas, de una pasión que había estado contenida por la distancia y el tiempo. En ese beso, Artemisa sintió que realmente había regresado a casa. No a una ciudad, no a un apartamento, sino a una persona.

Cuando se separaron, Gavi la rodeó con sus brazos, manteniéndola cerca de su pecho.

— Te quiero, Arte —susurró él contra su oído—. Lo supe desde que me mandaste aquella foto de un atardecer en California y me dijiste que ojalá yo estuviera allí para verlo. Desde ese día, no he dejado de esperarte.

Artemisa se separó lo justo para ver su sonrisa.

— Yo también te quiero, Pablo. Incluso cuando eres un bruto en el campo.

— ¡Oye! —protestó él riendo—. Eso es parte de mi encanto.

Bajaron de la colina cuando la luna ya reinaba en el cielo. Gavi la dejó en la puerta del edificio de Pedri, pero antes de que ella bajara, la detuvo un momento.

— Mañana paso a buscarte para ir a la escuela de artes. No acepto un no por respuesta. Quiero ser el primero en ver cómo empiezas tu nueva vida.

— Está bien, "chófer" —dijo ella, dándole un último beso rápido—. Nos vemos mañana.

Artemisa subió al apartamento flotando. Al entrar, encontró a Pedri y Alejandra cenando pizza en el sofá mientras veían un partido repetido.

— ¡Ya llegó la fugitiva! —exclamó Alejandra, haciéndole un hueco—. Ven aquí y cuéntanos todo. ¿Qué tal el sitio secreto de Gavi?

Artemisa se sentó, sintiendo el calor del hogar que su hermano y Alejandra habían construido. Miró a Pedri, que la observaba con una sonrisa tranquila, y luego a Alejandra, que le guiñó un ojo.

— Es precioso —dijo Artemisa, tomando un trozo de pizza—. Pero lo mejor no fue el sitio. Fue darme cuenta de que ya no tengo miedo.

Pedri extendió su mano y apretó la de su hermana.

— Eso es lo único que siempre quise para ti, Arte. Que fueras libre.

— Lo soy, Pedri. Gracias a ti —dijo ella, y luego añadió con una sonrisa traviesa—: Y un poquito gracias a Gavi también.

— Bueno, no le subas mucho el ego, que luego no hay quien lo aguante en el entrenamiento —bromeó Pedri.

Esa noche, Artemisa no soñó con las críticas de sus padres ni con los lienzos en blanco de California. Soñó con ojos negros, con el sonido de una cámara capturando la verdad y con un futuro que, por fin, le pertenecía por completo. Barcelona no era solo su punto de retorno; era el lugar donde su verdadera historia, la que ella misma escribiría, acababa de comenzar. Bajo el cielo estrellado, la rubia de ojos cafés y el castaño de corazón indomable habían encontrado algo que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar: un refugio el uno en el otro.