Volver al resumen

Soccer and love

Luz y Sombra en el Camp Nou

El sábado amaneció con esa luz vibrante que solo Barcelona sabe ofrecer cuando el fútbol está a punto de suceder. El apartamento de Pedri era un hervidero de actividad. Artemisa, vestida con unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca impecable, terminaba de ajustar los parámetros de su cámara. Se sentía nerviosa, pero era un nerviosismo eléctrico, de esos que te hacen sentir viva.

— ¿Estás lista, Arte? —preguntó Pedri, asomándose al pasillo mientras se terminaba de abrochar la sudadera oficial del club—. El autobús sale en diez minutos y Gavi ya me ha preguntado tres veces si vas a ir en el coche con Alejandra o si te vienes con nosotros en el transporte VIP.

Artemisa soltó una risita y guardó el objetivo de repuesto en su mochila.

— Iré con Alejandra —respondió ella, acercándose a su hermano para colocarle bien el cuello de la chaqueta—. No quiero que los directivos empiecen a hacer preguntas antes de tiempo. Además, Ale y yo tenemos planes de "análisis táctico" en el palco.

Pedri la miró con ternura, pero sus ojos cafés, tan parecidos a los de ella, mantenían ese brillo protector que nunca desaparecía del todo.

— Me alegra verte así, de verdad —dijo él, bajando un poco la voz—. Sé que mamá te ha estado llamando otra vez hoy. No dejes que te amargue el día. Hoy es tu primera vez en el Camp Nou desde que volviste. Disfrútalo.

— No lo hará, Pedri —aseguró ella con firmeza—. Hoy solo existen el césped, mi cámara y... bueno, ya sabes quién.

— Sí, el "bruto" —bromeó Pedri, dándole un beso en la frente—. Nos vemos en el estadio.

Una hora después, Artemisa y Alejandra estaban sentadas en el palco privado. El estadio empezaba a llenarse, un mosaico de azul y grana que rugía con cada movimiento de los jugadores que salían a calentar. Artemisa sentía que el corazón le latía al ritmo de los tambores de la grada de animación.

— Mira allí —susurró Alejandra, señalando hacia el centro del campo—. Alguien está buscando algo, y no es precisamente el balón.

Artemisa enfocó su cámara. En el visor, la imagen de Gavi apareció con una nitidez asombrosa. El castaño estaba trotando en círculos, pero su cabeza no dejaba de girar hacia la zona de los palcos. Cuando finalmente localizó la posición de Artemisa, se detuvo un segundo. No saludó con la mano para no llamar la atención de la prensa, pero se llevó la mano al pecho, justo sobre el escudo, y le dedicó una sonrisa ladeada que hizo que a Artemisa se le olvidara cómo respirar.

— Te tiene calada, amiga —rió Alejandra, dándole un codazo—. Ese chico está más perdido por ti que un defensa en un regate de tu hermano.

— Es mutuo, Ale —admitió Artemisa, sin apartar el ojo del visor—. Me asusta un poco lo rápido que ha pasado todo, pero a la vez siento que siempre ha sido así. Como si el año en Estados Unidos solo hubiera sido una pausa larga.

El partido comenzó con una intensidad asfixiante. El Betis no lo estaba poniendo fácil, y el juego se volvió físico, justo el tipo de escenario donde Gavi se sentía como un pez en el agua. Artemisa no dejaba de disparar fotos. Capturó la tensión en los músculos de Pablo, el sudor brillando en su frente y esa mirada de ojos negros que parecía fuego puro cuando el árbitro pitaba una falta en contra.

— ¡Es increíble! —exclamó Artemisa mientras revisaba una ráfaga de fotos en la pantalla de su cámara—. La forma en que se entrega... parece que no le importa romperse con tal de recuperar el balón.

— Es su esencia —respondió Alejandra, que seguía el juego con atención—. Pedri siempre dice que Pablo juega con el corazón en la mano y los pulmones en los pies. A veces da miedo, pero es lo que lo hace único.

En el minuto treinta y ocho, el estadio estalló. Pedri recibió el balón en la frontal, dibujó un pase imposible que rompió dos líneas defensivas y Gavi, entrando desde atrás como un exhalación, controló con el pecho y soltó un latigazo que se coló por la escuadra derecha.

El rugido del Camp Nou fue ensordecedor. "¡Gavi, Gavi, Gavi!", coreaban casi cien mil personas.

Artemisa se levantó de un salto, olvidando por completo el protocolo del palco. Vio a través de su lente cómo Gavi corría hacia la esquina, seguido por un Pedri que reía a carcajadas. Pero en lugar de hacer su celebración habitual, Gavi se detuvo frente a la grada donde ella estaba. Se llevó los dedos a la boca, lanzó un beso al aire y luego hizo una "A" con las manos, un gesto rápido pero inconfundible.

— ¡Lo ha hecho! —gritó Alejandra, abrazando a Artemisa—. ¡Te lo ha dedicado!

Artemisa sentía que las piernas le temblaban. Se volvió a sentar, intentando procesar la imagen que acababa de capturar: Gavi, radiante, dedicándole el gol de su vida frente a todo el mundo.

Sin embargo, la alegría fue efímera. Diez minutos después, en una disputa de balón dividida, un defensa rival entró con demasiada fuerza. Gavi voló por los aires y cayó mal, con el hombro golpeando seco contra el césped. Se quedó inmóvil un segundo antes de encogerse de dolor.

El silencio que cayó sobre el estadio fue sepulcral. Artemisa sintió que el mundo se detenía.

— No, por favor, no —susurró ella, apretando la cámara contra su pecho tanto que le dolía.

Vio a Pedri correr hacia su amigo. Su hermano se arrodilló al lado de Gavi y, por la expresión de preocupación en el rostro de Pedri, Artemisa supo que no era un simple golpe. Los médicos entraron al campo y, tras unos minutos de tensión, ayudaron a Gavi a levantarse. Salía del campo sujetándose el brazo, con el rostro contraído por el dolor, pero buscando desesperadamente con la mirada hacia el palco.

— Tengo que bajar —dijo Artemisa, levantándose de golpe.

— Arte, no puedes entrar en la zona de vestuarios ahora, está la prensa, los delegados... —intentó detenerla Alejandra.

— Me da igual la prensa y me da igual el protocolo, Ale. Es Pablo. Mi hermano está allí y Pablo está herido. No me voy a quedar aquí sentada.

Artemisa salió del palco a paso rápido, esquivando a la gente que intentaba detenerla. Su condición de "hermana de Pedri" le permitió pasar el primer control de seguridad, pero al llegar a la puerta del túnel de vestuarios, un guarda le cerró el paso.

— Lo siento, señorita Gonzales, no puede pasar hasta que termine el partido.

— Es una emergencia familiar —mintió ella, con la voz temblorosa pero firme—. Mi hermano me está esperando.

En ese momento, la puerta se abrió y salió uno de los fisioterapeutas del equipo que la conocía desde que era una niña.

— Déjala pasar, Paco. Está bien —dijo el hombre, haciéndole una seña a Artemisa—. Está en la sala médica, Artemisa. Tu hermano está con él, el entrenador le ha dado permiso para quedarse unos minutos.

Artemisa corrió por los pasillos de hormigón, el sonido de sus propios pasos resonando en sus oídos. Al llegar a la sala médica, se detuvo en el umbral. Gavi estaba sentado en una camilla, sin la camiseta de juego, con una bolsa de hielo atada al hombro. Pedri estaba de pie a su lado, hablándole en voz baja.

— Te he dicho que eres un bruto, Pablo —decía Pedri, aunque su tono era de puro afecto—. No hacía falta que te mataras por ese balón, ya íbamos ganando.

— No sé jugar de otra forma, canario —respondió Gavi con una mueca de dolor—. Además, tenía que asegurar el gol. No podía fallarle a ella.

Artemisa entró en la habitación y ambos levantaron la vista. Pedri, al ver a su hermana, suspiró con alivio y le hizo un hueco.

— Sabía que no tardarías en aparecer —dijo su hermano, dándole un apretón en el hombro—. Los médicos dicen que es una luxación leve. Duele como el demonio, pero estará bien en un par de semanas. Los dejo solos, tengo que volver para la segunda parte antes de que Xavi me ponga una multa.

Pedri le dio una mirada de advertencia a Gavi —una que decía "cuídala"— y salió de la sala, cerrando la puerta tras de sí.

Artemisa se acercó a la camilla. Gavi la miraba con esos ojos negros que, a pesar del dolor, seguían brillando con la misma intensidad de siempre.

— Hola, rubia —susurró él—. Siento haberte dado el susto.

Artemisa no respondió con palabras. Se acercó y, con mucho cuidado de no tocar su hombro herido, le rodeó el cuello con los brazos y hundió el rostro en su cuello, respirando el aroma a césped, sudor y ese perfume cítrico que ya se había convertido en su droga personal.

— Eres un idiota, Pablo Gavi —dijo ella con la voz ahogada—. Casi me muero del susto.

Gavi usó su brazo sano para rodearle la cintura y atraerla más hacia él.

— ¿Viste el gol? —preguntó él, con una nota de orgullo infantil en la voz.

— Lo vi. Y vi la celebración —respondió ella, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Ha sido lo más bonito que nadie ha hecho por mí. Pero no vale la pena si terminas en una camilla cada vez que marcas.

— Por ti vale la pena cualquier cosa —afirmó él con una seriedad que la dejó sin aliento—. Arte, cuando estaba en el suelo y no podía mover el brazo, solo pensaba en que te había prometido que hoy sería un día perfecto. Siento haberlo arruinado.

Artemisa le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

— No has arruinado nada. El día es perfecto porque estás aquí, porque mi hermano está bien y porque, por primera vez, no me importa quién esté mirando al otro lado de esa puerta.

Gavi sonrió y, olvidándose por un momento de los fisioterapeutas que podían entrar en cualquier momento o de las cámaras que lo buscaban fuera, la atrajo hacia sí para un beso. Fue un beso lento, con sabor a adrenalina y a alivio.

— Te voy a cuidar estas dos semanas —sentenció Artemisa cuando se separaron—. Voy a ser tu sombra. No vas a poder ni levantar un vaso de agua sin que yo esté delante.

— Eso suena al mejor plan del mundo —rio Gavi, aunque la risa le provocó una mueca de dolor en el hombro—. Pero ten cuidado, que Pedri se va a poner celoso si paso más tiempo contigo que con él.

— Pedri tendrá que acostumbrarse —dijo ella con una chispa de rebeldía—. Ya ha sido el protagonista demasiado tiempo. Ahora nos toca a nosotros.

La puerta se abrió y entró el médico jefe, indicando que debían trasladar a Gavi para hacerle unas pruebas adicionales por precaución.

— Tengo que irme —dijo Gavi, tomando la mano de Artemisa—. Pero prométeme que me esperarás en el parking. Quiero que seas la primera persona que vea cuando salga de aquí.

— Allí estaré, Pablo. No me voy a mover de tu lado.

Artemisa salió de la sala médica y caminó de vuelta hacia la zona de espera. En el pasillo, se encontró con un grupo de periodistas que intentaban obtener información. Uno de ellos, al reconocerla, se acercó con el micrófono en mano.

— ¡Artemisa! ¿Cómo está Gavi? ¿Es grave? ¿Es cierto que el gol iba dedicado a ti?

Artemisa se detuvo. En otro momento, habría bajado la cabeza y habría corrido a esconderse. Pero hoy no. Miró directamente a la cámara con una sonrisa serena.

— Gavi es un guerrero y estará de vuelta antes de lo que creen —respondió con calma—. Y sobre el gol... bueno, creo que él lo dejó bastante claro, ¿no?

Sin decir más, siguió caminando, sintiéndose más fuerte que nunca.

Dos horas más tarde, el parking del Camp Nou estaba casi vacío, a excepción de unos pocos coches oficiales y algunos fans persistentes tras las vallas. Artemisa estaba apoyada en su coche cuando vio salir a Gavi. Llevaba el brazo en cabestrillo y caminaba un poco lento, flanqueado por Pedri.

En cuanto Gavi la vio, aceleró el paso. Pedri se detuvo a unos metros, dándoles espacio, con una sonrisa de complicidad que decía que, después de todo, aceptaba que su mejor amigo y su hermana fueran ahora un equipo propio.

— ¿Lista para ser mi enfermera jefa? —preguntó Gavi al llegar a su altura.

Artemisa le abrió la puerta del coche con una sonrisa traviesa.

— Lista. Pero te advierto que soy muy estricta con las horas de descanso y las medicinas.

Gavi se inclinó y le susurró al oído antes de subir:

— Mientras la medicina incluya tus besos, acepto cualquier tratamiento.

Artemisa cerró la puerta y rodeó el coche para subir al asiento del conductor. Antes de arrancar, miró por el retrovisor hacia el imponente estadio que se alzaba tras ellos. Barcelona ya no era la ciudad de las sombras familiares ni del miedo al futuro. Era el escenario de su propia vida, una vida que estaba capturando foto a foto, momento a momento.

Arrancó el motor y salieron del recinto. Mientras conducía por las calles iluminadas de la ciudad, sintió la mano sana de Gavi buscándola en la oscuridad del coche. Cuando sus dedos se entrelazaron, Artemisa supo que, a pesar de los golpes, de las lesiones y de las tormentas que pudieran venir con sus padres, nada podía apagar la luz que habían encendido.

— ¿En qué piensas? —preguntó Pablo en voz baja, cerrando los ojos mientras se acomodaba en el asiento.

— En que mañana voy a revelar la foto del gol —respondió ella, apretando su mano—. Y en que va a ser la portada de mi primera exposición. La llamaré "El latido de Barcelona".

Gavi sonrió, ya medio dormido por el cansancio y los analgésicos.

— Me gusta ese título, Arte. Pero para mí, el único latido que importa es el tuyo.

Artemisa sonrió para sí misma, conduciendo hacia casa bajo el cielo estrellado de una Barcelona que, por fin, le pertenecía por completo. El regreso de la luz de luna no había sido solo un viaje de vuelta, sino el descubrimiento de que, a veces, para encontrar tu lugar en el mundo, solo necesitas a alguien que esté dispuesto a marcar un gol y dedicártelo frente a cien mil personas, y a alguien que te espere en el parking cuando las luces se apagan.