Soccer and love
Ecos de un Teléfono en la Pared
El silencio en el ático de Pedri era una entidad casi física, rota únicamente por el suave ronroneo del aire acondicionado y el rítmico clic-clic de la cámara de Artemisa mientras revisaba las fotografías del partido anterior. Alejandra estaba sentada en el sofá, con un libro de derecho abierto sobre las rodillas, aunque sus ojos se desviaban constantemente hacia su cuñada.
Hacía apenas unas horas que Pedri y Gavi se habían marchado a la Ciudad Deportiva para una sesión de recuperación y fisioterapia. Gavi, fiel a su estilo testarudo, había insistido en que su hombro estaba "perfecto", a pesar de que el cabestrillo decía lo contrario. Pedri, en su papel de hermano mayor y mejor amigo, se lo había llevado casi a rastras para asegurarse de que cumpliera con el tratamiento.
— Deberías descansar la vista, Arte —comentó Alejandra, estirando los brazos—. Llevas tres horas editando esa foto de Pablo. Si la miras un poco más, vas a desgastar los píxeles.
Artemisa soltó una risita suave y se apartó el cabello rubio de la cara. Su piel, aún bronceada por el sol de California, parecía brillar bajo la luz cálida del salón.
— Es que es perfecta, Ale. Mira la determinación en sus ojos. En este momento, él no sabía que se iba a lesionar. Solo le importaba que yo estuviera mirando.
— Ese chico es un caso perdido contigo —respondió Alejandra con una sonrisa—. Y tu hermano... bueno, tu hermano está empezando a aceptar que ya no es el único hombre importante en tu vida. Aunque ayer, cuando vio que Gavi te daba la mano en el coche, casi se le sale un ojo.
— Pedri es... Pedri. Me protege porque sabe lo que hay fuera.
El ambiente, que hasta entonces era ligero y tranquilo, se fracturó de repente. Sobre la mesa de cristal, el teléfono de Artemisa comenzó a vibrar con una insistencia agresiva. Ambas chicas miraron el dispositivo. En la pantalla, un nombre que evocaba más frío que calor brillaba con letras implacables: "Madre".
Artemisa sintió que el estómago se le cerraba. La luz de sus ojos cafés se apagó por un instante, sustituida por una sombra de ansiedad que Alejandra reconoció de inmediato.
— No lo cojas si no estás lista —dijo Alejandra, dejando su libro a un lado y acercándose a ella.
— Han pasado tres días desde la cena a la que no fui. Pedri me dijo que estaban furiosos, pero esto... esto es diferente. No dejan de llamar.
El teléfono dejó de vibrar, solo para empezar de nuevo un segundo después. Esta vez era el teléfono de casa de Pedri, el fijo que rara vez sonaba a menos que fuera algo oficial o una insistencia extrema. El sonido agudo del timbre llenó el salón, rebotando en las paredes blancas.
— Saben que estoy aquí —susurró Artemisa, su voz apenas un hilo—. Saben que los chicos no están. Mi padre siempre tiene espías o gente que le cuenta los movimientos de Pedri.
— Yo me encargo —sentenció Alejandra, levantándose con una resolución que dejó a Artemisa sin palabras.
Alejandra caminó hacia el teléfono fijo y descolgó. Artemisa se quedó petrificada en su silla, apretando su cámara contra el pecho como si fuera un escudo.
— ¿Diga? —La voz de Alejandra era profesional, fría y educada, la voz que usaba cuando tenía que enfrentarse a profesores difíciles en la universidad.
Hubo una pausa. Artemisa podía oír el murmullo amortiguado de una voz femenina al otro lado, una voz que recordaba a cristales rotos y mañanas de domingo llenas de reproches.
— Hola, señora Gonzales —continuó Alejandra, lanzando una mirada de apoyo a Artemisa—. No, Pedri no está. Ha ido a la Ciudad Deportiva con Pablo. No, tampoco está Artemisa. Ha salido a dar un paseo para sacar unas fotos por el centro.
Artemisa cerró los ojos, agradecida por la mentira piadosa. Pero la voz al otro lado pareció elevarse. Alejandra frunció el ceño, alejando un poco el auricular de su oreja.
— Señora, entiendo que esté preocupada, pero no hace falta que use ese tono. Artemisa es mayor de edad. Sí, sé que ha vuelto de Estados Unidos. No, no creo que sea una falta de respeto que quiera su propio espacio.
La conversación se volvió unilateral. La madre de Artemisa parecía estar soltando un monólogo cargado de veneno. Alejandra apretó la mandíbula, su paciencia agotándose visiblemente.
— Con todo el respeto, señora Gonzales, Artemisa no es una propiedad de la familia. Es una artista con un talento increíble y... —Alejandra fue interrumpida bruscamente—. No, no le voy a pasar a su padre. Si quieren hablar con ella, esperen a que Pedri esté en casa. Él es quien está cuidando de ella ahora.
Alejandra colgó el teléfono de golpe, respirando con dificultad. El silencio regresó al salón, pero esta vez era un silencio tenso, herido.
— ¿Qué han dicho? —preguntó Artemisa, su voz temblando ligeramente.
Alejandra se acercó y se sentó en el suelo, frente a su cuñada, tomando sus manos frías entre las suyas.
— Dicen que vas a volver a casa de la Bonanova hoy mismo, quieras o no. Tu padre dice que ha hablado con sus abogados y que, como aún dependen de su seguro y de ciertos fondos que él controla, puede "complicarte la vida" si no te presentas allí para discutir tu futuro.
— Es lo mismo de siempre —dijo Artemisa, una lágrima solitaria rodando por su mejilla—. Usan el dinero como una correa. Quieren que sea una pieza más de su tablero de ajedrez. No les importa si soy feliz, solo les importa que el apellido Gonzales luzca bien en las reuniones de negocios.
— No vas a ir, Arte. Pedri no lo permitiría, y Gavi... bueno, Gavi probablemente quemaría la puerta de esa casa antes de dejar que te encierren allí.
— Pero no están aquí, Ale. Y me siento tan pequeña cuando ellos llaman. Siento que todo el progreso que hice en California, toda esa independencia, se desvanece en un segundo cuando oigo la voz de mi madre.
Alejandra la abrazó con fuerza. En ese momento, el timbre de la puerta principal sonó. Ambas se sobresaltaron.
— No puede ser —susurró Alejandra—. No se atreverían a venir aquí personalmente, ¿verdad?
— Mi padre no acepta un "no" por respuesta —respondió Artemisa, levantándose con las piernas temblorosas—. Él cree que este piso también es suyo porque ayudó a Pedri con la entrada inicial.
Alejandra se acercó a la mirilla de la puerta. Suspiró con alivio y abrió de inmediato. No eran los padres de Artemisa, sino un mensajero con un sobre grande y elegante, sellado con cera.
— Para la señorita Artemisa Gonzales —dijo el hombre.
Artemisa tomó el sobre. No hacía falta abrirlo para saber qué era. Era una citación formal, una invitación a una cena de gala de la fundación de su padre que se celebraría esa misma noche. Era su forma de decir: "O vienes por las buenas, o te obligaremos por las malas".
— Quieren exhibirme —dijo Artemisa, dejando el sobre sobre la mesa—. Quieren que todos vean que la "hija pródiga" ha vuelto al redil.
— No estás sola, Artemisa —dijo Alejandra, mirándola fijamente—. Escúchame bien. Vamos a llamar a los chicos. Ahora mismo.
— No, Ale. Pedri tiene que concentrarse en su recuperación y Pablo... Pablo apenas puede mover el brazo. No quiero darles más problemas. Ya han hecho suficiente defendiéndome.
— ¿Y qué piensas hacer? ¿Quedarte aquí esperando a que manden a un chófer a buscarte? —preguntó Alejandra con frustración.
Artemisa miró su cámara de fotos. Miró la imagen de Gavi en la pantalla, su mirada llena de fuego y desafío. Algo en ella hizo clic. El miedo no desapareció, pero se transformó en una chispa de rebeldía.
— No voy a ir a su cena. Pero tampoco voy a esconderme.
— ¿A qué te refieres?
— Voy a salir. Voy a ir a ese pequeño estudio que vi ayer en el Born. Voy a alquilarlo hoy mismo con mis ahorros de California. Si quieren encontrarme, que me encuentren trabajando, no siendo un adorno en su mesa.
— Esa es mi chica —sonrió Alejandra—. Pero no vas a ir sola. Yo voy contigo. Y si aparece algún emisario de tu padre, tendrá que pasar por encima de una futura abogada.
Mientras tanto, en la Ciudad Deportiva, el ambiente era mucho más relajado, aunque Gavi no paraba de mirar su teléfono.
— Tío, deja el móvil —le dijo Pedri mientras el fisioterapeuta le aplicaba ultrasonidos en el hombro—. Artemisa está bien. Alejandra está con ella. Nada malo va a pasar en dos horas.
— No lo sé, Pedri —respondió Gavi, con el ceño fruncido—. Tengo un mal presentimiento. Tu madre me mandó un mensaje anoche.
Pedri se detuvo en seco, mirando a su amigo con sorpresa.
— ¿Qué? ¿Mi madre te escribió a ti? ¿Desde cuándo tiene tu número?
— Supongo que lo sacó de algún contacto del club o de tu propio teléfono —dijo Gavi, encogiéndose de hombros, lo que le provocó una mueca de dolor—. Me dijo que me mantuviera alejado de los asuntos familiares. Que Artemisa tenía un futuro planeado y que yo solo era una "distracción temporal".
Pedri apretó los puños. El canario, normalmente tranquilo, sintió que la sangre le hervía.
— No me lo habías dicho.
— No quería preocuparte. Pero hoy... hoy siento que algo no va bien. He intentado llamar a Arte y no me lo coge. He llamado a Alejandra y da señal, pero salta el buzón.
Pedri no esperó más. Se levantó de la camilla, ignorando las protestas del fisioterapeuta.
— Nos vamos. Ahora mismo.
— Pero Pedri, aún te quedan veinte minutos de sesión y Gavi tiene que...
— Me da igual —sentenció Pedri, poniéndose la camiseta—. Si mis padres están intentando algo mientras no estamos, se van a enterar de quién soy yo.
Gavi se levantó con una agilidad que desafiaba su lesión. Su rostro, habitualmente juvenil y travieso, se había vuelto duro como el granito.
— Vamos. No voy a dejar que le digan ni una sola palabra más que la haga sentir pequeña.
El trayecto de vuelta al ático fue una carrera contra el tiempo y el tráfico de Barcelona. Gavi conducía con una mano, su mente volando hacia Artemisa. Sabía lo frágil que se sentía ella respecto a sus padres, y sabía cuánto le había costado recuperar la sonrisa en los últimos días.
Cuando llegaron al edificio, subieron las escaleras de dos en dos. Al entrar en el piso, lo encontraron vacío. El silencio era absoluto, pero sobre la mesa de cristal, el sobre elegante y el teléfono fijo descolgado contaban una historia de urgencia.
— No están —dijo Gavi, su voz cargada de una rabia contenida—. Mira esto. Es una invitación de su padre. Para hoy.
Pedri tomó el sobre y lo arrugó en su mano.
— Han venido a por ella. O la han llamado tanto que se ha asustado.
En ese momento, el teléfono de Pedri sonó. Era un mensaje de Alejandra.
"Estamos en el Born. Calle de la Platería, número 14. Arte ha decidido que ya basta de esconderse. Venid rápido, creo que nos están siguiendo."
Gavi no esperó a que Pedri terminara de leer. Salió del piso como un rayo, con Pedri pisándole los talones.
Mientras tanto, en el Born, Artemisa y Alejandra caminaban por las calles estrechas, intentando pasar desapercibidas entre la multitud de turistas y locales. Artemisa sentía que cada coche negro que pasaba era una amenaza, cada hombre de traje un posible enviado de su padre.
— Ya casi llegamos —dijo Alejandra, señalando una puerta de madera antigua—. El dueño del estudio dijo que nos esperaría.
Pero antes de que pudieran llegar a la puerta, un coche oscuro se detuvo en seco junto a la acera. Dos hombres con traje bajaron rápidamente. No eran matones, eran algo peor: eran los asistentes personales de su padre, hombres que Artemisa conocía desde que era niña.
— Señorita Gonzales —dijo el más alto, con una voz desprovista de emoción—. Su padre la espera en el coche. Dice que es hora de terminar con esta tontería y volver a casa para prepararse para la gala.
Artemisa dio un paso atrás, sintiendo que la pared del edificio le quemaba la espalda. Alejandra se puso delante de ella, desafiante.
— Se han equivocado de lugar y de persona —dijo Alejandra—. Váyanse ahora mismo o llamaré a la policía.
— No queremos problemas, señorita —respondió el hombre, ignorando a Alejandra y mirando directamente a Artemisa—. Su padre solo quiere lo mejor para usted. Sabe que está confundida por el regreso, pero la familia es lo primero.
— La familia no asusta a sus hijos —dijo Artemisa, su voz ganando fuerza a pesar del temblor de sus manos—. La familia no usa contratos y amenazas para obligar a alguien a cenar. No voy a ir. Díganle a mi padre que he alquilado este estudio. Díganle que mi futuro está aquí, en Barcelona, sacando fotos, no en sus oficinas.
El hombre suspiró y dio un paso hacia ella, extendiendo una mano para tomarla del brazo.
— Por favor, no lo haga difícil...
— ¡Suéltala ahora mismo! —El grito desgarró el aire del Born.
Gavi apareció doblando la esquina, corriendo con una intensidad que hizo que la gente se apartara a su paso. Pedri venía justo detrás, con el rostro rojo de puro esfuerzo y rabia.
Gavi se interpuso entre Artemisa y el hombre del traje con una ferocidad que hizo que el asistente retrocediera instintivamente. A pesar del cabestrillo, la presencia de Pablo era imponente, la de un depredador protegiendo lo que más quería.
— Si le pones una mano encima —dijo Gavi, su voz baja y peligrosa—, te juro que vas a olvidar cómo se camina. Me da igual quién te envíe.
— Pablo... —susurró Artemisa, aferrándose a su brazo sano.
Pedri se puso al lado de Alejandra, mirando a los hombres con un desprecio que nunca antes había mostrado hacia nadie relacionado con su padre.
— Volved con mi padre —dijo Pedri, cada palabra cayendo como un martillazo—. Decidle que si vuelve a molestar a Artemisa, si vuelve a llamarla o a mandar a alguien a acosarla, me encargaré personalmente de que todos sus socios sepan cómo trata a su propia sangre. Y sabéis que tengo la voz suficiente para que me escuchen.
Los hombres intercambiaron una mirada de duda. Sabían que Pedri no estaba bromeando. El "Niño de Oro" del Barça tenía más poder del que su padre quería admitir.
— Nos retiramos —dijo el asistente principal—. Pero su padre no olvidará esto, Pedro.
— Que no lo olvide —respondió Pedri—. Porque yo tampoco lo haré.
El coche negro arrancó y desapareció por las calles del Born. El silencio regresó, roto solo por las respiraciones agitadas de los cuatro.
Gavi se giró hacia Artemisa. Sin importarle quién estuviera mirando, la tomó de la cara con su mano sana y la besó con una desesperación dulce, una promesa de que el mundo podía derrumbarse, pero él seguiría allí.
— ¿Estás bien? —preguntó Gavi contra sus labios—. Siento haber tardado. Debería haberme quedado contigo.
— Estoy bien, Pablo —dijo ella, abrazándolo con fuerza—. He alquilado el estudio. Se lo he dicho en su cara.
Pedri se acercó y rodeó a ambos con sus brazos largos, incluyendo también a Alejandra en el abrazo grupal. Por un momento, en mitad de una calle concurrida de Barcelona, los cuatro formaron una fortaleza inexpugnable.
— Nadie va a volver a tocarte, Arte —dijo Pedri, besando la frente de su hermana—. Se acabó el miedo. Si quieren guerra, nos tendrán a los cuatro.
Esa noche, no hubo cena de gala para Artemisa. En su lugar, los cuatro pidieron comida china y se sentaron en el suelo del nuevo estudio, rodeados de paredes de piedra y el olor a pintura vieja. Artemisa sacó su cámara y capturó una foto de los tres: Alejandra riendo, Pedri relajado por fin, y Gavi mirándola a ella con una adoración que no necesitaba palabras.
— ¿Sabes qué es lo mejor de esta foto? —preguntó Gavi, acercándose a ella mientras los otros dos discutían sobre qué película ver.
— ¿Qué? —preguntó ella.
— Que ya no hay sombras, Arte. Solo luz. Tu luz.
Artemisa sonrió y apoyó la cabeza en su hombro herido, con cuidado. El teléfono de su padre volvió a sonar en algún rincón del estudio, pero esta vez, nadie se molestó en mirar. El eco de las llamadas se perdió en la inmensidad de su nueva libertad, mientras Barcelona, fuera de aquellas paredes, brillaba solo para ellos.