Soccer and love
El eco de los pasos perdidos
La luz del amanecer en Barcelona tenía un matiz distinto desde aquel incidente en el Born. El estudio, un espacio de techos altos y vigas de madera vista, olía a una mezcla embriagadora de café recién hecho, polvo antiguo y el aroma cítrico del perfume de Gavi, que parecía haberse impregnado en las paredes tras sus constantes visitas. Artemisa estaba sentada en un taburete alto, observando las fotografías que había colgado con pinzas en un cordel de yute. Eran imágenes de la vida real: manos arrugadas comprando pan, el brillo del sudor en el campo de entrenamiento, y una, especialmente nítida, de Pablo riendo mientras intentaba pelar una naranja con una sola mano debido al cabestrillo.
— Esa es mi favorita —susurró una voz ronca a sus espaldas.
Artemisa no necesitó girarse para saber quién era. Sintió el calor de su presencia antes de sentir sus dedos rozando su cintura.
— Salgo con cara de niño pequeño —protestó Gavi, apoyando la barbilla en el hombro de la chica—. Pero supongo que es el efecto que tienes en mí, Gonzales. Me quitas la armadura.
— Te quito la intensidad, que es distinto —bromeó ella, girándose entre sus brazos para quedar frente a él—. ¿Cómo va ese hombro? Pedri me dijo que hoy tenías revisión con los médicos del club.
— Me siento como un león enjaulado, Arte —dijo él, soltando un suspiro de frustración—. Los médicos dicen que la cicatrización va perfecta, pero Xavi no me deja tocar un balón ni en broma. Dice que si me vuelvo a caer, Pedri lo mata a él por dejarme jugar y tú me matas a mí por ser un bruto.
Artemisa rió y le acarició la nuca, jugando con los mechones castaños que siempre estaban un poco despeinados.
— Xavi es un hombre sabio. Y mi hermano tiene razón: eres un peligro para ti mismo cuando hay un balón de por medio.
— Solo quiero volver a estar al cien por cien —dijo Gavi, volviéndose serio de repente—. No solo por el fútbol. Quiero poder abrazarte con los dos brazos, llevarte las bolsas de la compra, protegerte como te mereces. Lo del otro día en el Born... me hizo darme cuenta de que no puedo bajar la guardia. Tus padres no se van a rendir.
La mención de sus padres hizo que la sonrisa de Artemisa flaqueara un poco. El silencio que siguió fue denso, cargado de la tensión que aún flotaba en el aire después de que Pedri cortara los lazos financieros y emocionales con la casa de la Bonanova.
— No se han rendido —admitió ella, caminando hacia la mesa donde descansaba su cámara—. Ayer recibí un correo de la galería donde quería exponer. Han "pospuesto" mi fecha indefinidamente. No hace falta ser un genio para saber quién ha hecho una donación generosa a la fundación de la galería para que mi nombre desaparezca de la lista.
Gavi apretó la mandíbula. Sus ojos negros, habitualmente brillantes de picardía, se oscurecieron con una rabia fría.
— Son unos cobardes. Atacar tu trabajo porque no pueden controlar tu vida... es caer muy bajo.
— Es su estilo —dijo Artemisa, encogiéndose de hombros con una tristeza resignada—. Pero no importa. Este estudio es mío. Lo pagué con mis ahorros. Si no puedo exponer en una galería de renombre, lo haré aquí. Abriré las puertas a la calle y dejaré que la gente entre gratis.
— Eso es —dijo Gavi, acercándose a ella con paso decidido—. Esa es la Artemisa que me vuelve loco. La que no se rinde. Y si hace falta que yo me ponga en la puerta a repartir folletos para que venga todo el mundo, lo haré. Aunque me reconozcan y se monte un circo.
— ¿Harías eso por mí? —preguntó ella, conmovida—. ¿Te arriesgarías a que la prensa diga que el "Golden Boy" está haciendo de relaciones públicas en un estudio del Born?
— Haría eso y mucho más —respondió él, tomándole la cara con su mano sana—. Arte, tú volviste de Estados Unidos y pusiste mi mundo del revés. Antes de ti, solo existía el césped y los tres puntos. Ahora... ahora cuando marco un gol, busco tu cámara. Cuando me duele algo, busco tu voz. Mis padres siempre me dijeron que el fútbol era lo más importante, pero tú me has enseñado que hay algo más valioso: ser libre con alguien que te quiere.
Artemisa sintió que el corazón le daba un vuelco. Se puso de puntillas y lo besó, un beso que sabía a café y a promesas susurradas en la penumbra.
— Te quiero, Pablo.
— Y yo a ti, rubia. Más de lo que sé decir con palabras.
El momento fue interrumpido por el sonido de la puerta del estudio abriéndose. Pedri entró cargando dos bolsas grandes de comida para llevar, seguido por una Alejandra que venía revisando unos papeles legales.
— ¡Arriba los ánimos! —exclamó Pedri, dejando las bolsas sobre la mesa de trabajo—. He traído comida tailandesa porque Gavi dice que necesita proteínas para su "recuperación milagrosa" y porque sé que mi hermana se olvida de comer cuando se pone a editar fotos.
— No me olvido, Pedri, simplemente pierdo la noción del tiempo —protestó Artemisa, aunque se acercó con hambre al olor de los fideos.
— Tenemos noticias —dijo Alejandra, sentándose en uno de los sofás de cuero del estudio—. He estado revisando los estatutos de la galería que te canceló, Arte. Técnicamente, tienen una cláusula de rescisión por "causas de fuerza mayor", pero no han presentado ninguna. Si queremos, podemos demandar por incumplimiento de contrato.
— No quiero juicios, Ale —suspiró Artemisa—. Solo quiero paz. Quiero que mi nombre deje de estar asociado a los negocios de mi padre.
— Entonces haremos lo que dijiste antes —intervino Pedri, mirando a su hermana con orgullo—. Una exposición independiente. Yo me encargo de hablar con algunos de los chicos del equipo. Si Ferran, Ansu y Robert se pasan por aquí y suben un par de historias a Instagram, este sitio se va a llenar de gente interesada en el arte y no solo en el morbo familiar.
— No quiero usar vuestra fama, Pedri —dijo ella, negando con la cabeza—. Quiero que vengan por mis fotos.
— Vendrán por las fotos, pero se enterarán por nosotros —insistió Gavi—. Es lo que hace la familia, Arte. La de verdad. La que se elige.
La cena transcurrió entre risas y planes. Ver a Pedri y a Gavi bromear sobre quién era más "modelo" en las fotos de Artemisa le devolvió a la chica esa sensación de seguridad que sus padres siempre habían intentado arrebatarle. Sin embargo, la sombra de la Bonanova no se disipaba tan fácilmente.
A mitad de la cena, el teléfono de Pedri vibró. Su expresión cambió al instante, volviéndose rígida.
— ¿Qué pasa? —preguntó Artemisa, sintiendo que el aire se volvía frío de nuevo.
— Es un mensaje de nuestro tío —dijo Pedri, dejando los palillos—. Dice que papá ha tenido un amago de infarto. Está en el hospital.
Artemisa sintió que el mundo se detenía. A pesar de todo el daño, de las manipulaciones y de la distancia, la palabra "infarto" golpeó como un mazo en su pecho.
— Es mentira —soltó Gavi de repente, su voz cargada de escepticismo—. Es otra de sus tácticas para que vuelvas corriendo. Lo hizo cuando estabas en California, ¿no te acuerdas? Dijo que tu madre estaba deprimida para que volvieras en Navidad.
— Esta vez parece serio, Pablo —dijo Pedri, mirando la pantalla—. Han mandado una foto de la admisión en urgencias.
Artemisa se levantó, sintiendo que las paredes del estudio se le echaban encima.
— Tengo que ir —susurró ella—. Si es verdad y no voy... no podría vivir conmigo misma. Pero si es mentira...
— Si es mentira, saldremos de allí y no volveremos nunca más —sentenció Gavi, levantándose también—. Pero no vas a ir sola. Yo voy contigo.
— Pablo, tu hombro, la prensa... si te ven en el hospital con nosotros, mañana seremos portada de todos los periódicos —advirtió Alejandra.
— Que digan lo que quieran —respondió Gavi, tomando su chaqueta—. No voy a dejar que Artemisa entre en esa cueva de lobos sin alguien que le dé la mano. Pedri, tú vas con Alejandra. Yo llevo a Arte.
El trayecto hacia el hospital fue un silencio tenso. Artemisa miraba por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad como hilos de oro. Sentía la mano de Gavi apretando la suya, un anclaje firme en mitad de la tormenta.
— ¿Crees que soy débil por ir? —preguntó ella en voz baja.
— Creo que eres humana, Arte —respondió él sin apartar la vista de la carretera—. Y eso es lo que te hace mejor que ellos. Tienes corazón. Ellos solo tienen orgullo.
Al llegar al hospital, la atmósfera era opresiva. En la sala de espera de la planta privada, su madre estaba sentada con una elegancia gélida, sosteniendo un pañuelo de seda que no parecía haber usado para secar ninguna lágrima. Al ver entrar a Artemisa, y especialmente al ver a Gavi a su lado, sus ojos se entrecerraron.
— Has tardado —dijo la mujer, su voz sin rastro de la angustia que se esperaría de una esposa preocupada—. Tu padre ha estado preguntando por ti. Aunque veo que has traído a tu... guardaespaldas.
— ¿Cómo está? —preguntó Pedri, que acababa de llegar con Alejandra.
— Estable. Los médicos dicen que ha sido un aviso. El estrés de los últimos días, la rebeldía de sus hijos... todo suma —añadió la madre, lanzando una mirada cargada de veneno hacia Artemisa.
— No culpes a Artemisa de las decisiones de papá —dijo Pedri con una firmeza que hizo que su madre retrocediera un paso—. Si está aquí es por su propia ambición, no por nosotros.
— Quiero verlo —dijo Artemisa.
— Solo puede entrar un familiar —indicó la madre—. Y él ha sido muy claro: quiere hablar contigo a solas, Artemisa. Sin futbolistas ni abogados presentes.
Artemisa miró a Gavi. Él le dio un apretón en la mano y asintió.
— Estaré aquí mismo, en la puerta —le susurró él—. Si necesitas algo, solo tienes que gritar.
Artemisa entró en la habitación. Su padre estaba en la cama, rodeado de monitores que pitaban de forma rítmica. Se veía más viejo, más pequeño de lo que ella recordaba, pero sus ojos mantenían esa chispa de control que tanto la asustaba.
— Te has dignado a venir —dijo el hombre, su voz era débil pero mantenía un tono de mando.
— Estoy aquí, papá. Siento que estés así.
— Podría estar mejor —respondió él—. Podría estar en casa, viendo cómo mi hija se prepara para llevar el nombre de la familia a lo más alto. He hablado con la galería. Pueden devolverte tu fecha, Artemisa. Solo tienes que dejar esta tontería del estudio en el Born y volver a casa. Ese chico, el tal Pablo... no es para ti. Es un juguete de la prensa. Te arruinará la reputación.
Artemisa sintió que una ola de calma la invadía. En ese momento, frente a la debilidad de su padre y su insistencia en el control, se dio cuenta de que el miedo se había evaporado.
— No he venido aquí para negociar, papá —dijo ella con voz clara—. He venido porque eres mi padre y me preocupas. Pero no voy a volver. El estudio no es una tontería, es mi vida. Y Pablo... Pablo es la única persona que me ha visto de verdad, sin contratos de por medio.
— Te quedarás sin nada —amenazó el hombre, intentando incorporarse—. Te quitaré hasta el último céntimo que lleve mi nombre.
— Ya lo has hecho —respondió ella con una sonrisa triste—. Y mírame. Estoy aquí. Tengo a mi hermano, tengo a Alejandra, tengo mi cámara y tengo a Pablo. Lo que tú me quites es solo dinero. Lo que yo tengo es algo que tú nunca has entendido.
Artemisa se acercó y le puso una mano en el brazo, un gesto de despedida más que de afecto.
— Ponte bueno, papá. Pero no me esperes en la cena de gala. Mi exposición se inaugura el próximo viernes. Estás invitado, pero solo si vienes como padre, no como dueño.
Salió de la habitación sin mirar atrás. En el pasillo, Gavi se levantó del asiento de un salto en cuanto la vio. No hizo preguntas. Simplemente la envolvió en sus brazos, protegiéndola del mundo y de las miradas gélidas de su madre.
— Vámonos de aquí —susurró Artemisa contra su pecho.
— A donde tú quieras, rubia —respondió él.
Salieron del hospital bajo la lluvia fina de Barcelona. Pedri y Alejandra los siguieron hasta el parking.
— ¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó Pedri, preocupado.
— He terminado de romper las cadenas, Pedri —dijo ella, mirando a su hermano—. Ahora sí que somos libres de verdad.
— Entonces hay que celebrarlo —dijo Alejandra, abrazando a su cuñada—. Mañana mismo empezamos con los preparativos de la exposición.
Los días siguientes fueron un torbellino. Gavi, a pesar de su brazo en cabestrillo, se convirtió en el ayudante más entusiasta. Ayudaba a mover marcos ligeros, opinaba sobre la iluminación y, lo más importante, mantenía a Artemisa alejada de las noticias y de las llamadas de sus padres.
El viernes de la inauguración, el Born estaba inusualmente concurrido. La noticia de la exposición independiente de "la hermana de Pedri" se había filtrado, pero lo que realmente atrajo a la multitud fue la autenticidad de las obras. Las paredes del estudio estaban cubiertas de momentos robados al tiempo: la vulnerabilidad del deporte, la belleza de lo cotidiano y, en el centro de la sala, una serie dedicada a las sombras que se convierten en luz.
Gavi llegó temprano, ya sin el cabestrillo, vistiendo una americana oscura sobre una camiseta blanca. Se veía impecable, pero sus ojos solo tenían una dirección.
— Estás radiante, Arte —dijo él, entregándole un ramo de peonías blancas—. Mira esto. Hay cola hasta la esquina.
— No puedo creerlo —dijo ella, mirando a la gente que observaba sus fotos con respeto—. Han venido por el arte, Pablo. Mira sus caras. No están buscando cotilleos, están mirando las fotos.
Pedri y Alejandra aparecieron poco después, seguidos por media plantilla del Barça. La presencia de los jugadores causó un pequeño revuelo, pero pronto la atmósfera volvió a centrarse en la exposición.
— Lo has conseguido, pequeña —dijo Pedri, abrazando a su hermana—. Has vencido a papá en su propio juego. Sin abogados, sin amenazas. Solo con tu talento.
— Con vuestra ayuda, Pedri —corrigió ella.
A mitad de la noche, cuando la multitud se había relajado y la música suave llenaba el estudio, Gavi llevó a Artemisa hacia un rincón apartado, cerca de una de sus fotos favoritas.
— Tengo algo para ti —dijo él, sacando una pequeña caja de su bolsillo.
Artemisa sintió que el corazón se le detenía.
— Pablo...
— No es lo que piensas, tranquila —rio él, abriendo la caja—. Aún somos jóvenes para eso. Pero es una promesa.
Dentro de la caja había un colgante de plata con una pequeña cámara y una piedra negra que brillaba como sus ojos.
— Es obsidiana —explicó él—. Dicen que protege contra la negatividad y que ayuda a ver la verdad. Como tú haces con tu cámara. Quiero que lo lleves siempre, para que recuerdes que no importa cuántas sombras intenten rodearte, siempre habrá una luz esperándote.
Artemisa dejó que él le pusiera el colgante. El metal frío contra su piel se sentía como una armadura de amor.
— Gracias, Pablo. Por no dejarme caer.
— Nunca te dejaría caer, Gonzales —dijo él, tomándola de la cintura y atrayéndola para un beso—. Eres mi mejor jugada, mi gol más bonito.
En ese momento, la puerta del estudio se abrió y entró una figura que nadie esperaba. Era su padre, en silla de ruedas, empujado por un asistente. No traía abogados, ni contratos, ni la mirada de mando de siempre. Traía una de las invitaciones de la exposición, arrugada en su mano.
Artemisa miró a Gavi, que instintivamente dio un paso adelante para protegerla. Pero ella le puso una mano en el brazo, deteniéndolo.
— Está bien, Pablo. Yo me encargo.
Artemisa caminó hacia su padre. El hombre miró las paredes, deteniéndose en una foto de Pedri y Artemisa de niños, una que ella había rescatado de un viejo álbum.
— Tienes talento, Artemisa —dijo el hombre, su voz apenas un susurro—. Siempre lo tuviste. Supongo que fui demasiado ciego para verlo.
— Nunca es tarde para empezar a mirar, papá —respondió ella con suavidad.
No hubo un perdón instantáneo, ni una reconciliación de película. Las heridas eran profundas y el camino sería largo. Pero en ese estudio del Born, rodeada de las personas que amaba y bajo la mirada atenta de un chico castaño que la amaba más que a su propia vida, Artemisa supo que la luz de la luna finalmente había iluminado todos los rincones oscuros de su alma.
Barcelona brillaba fuera, vibrante y llena de promesas. Pero dentro de aquel estudio, entre fotos y susurros, Artemisa Gonzales finalmente había encontrado su hogar. Y esta vez, nadie podría quitárselo.
— ¿Quieres bailar? —preguntó Gavi, acercándose de nuevo mientras la música subía un poco de tono.
— No hay pista de baile, Pablo —rio ella.
— El mundo entero es nuestra pista de baile, rubia —respondió él, tomándola de la mano—. Y yo no pienso soltarte nunca.
Bajo la mirada de su hermano, de su padre y de media ciudad, Artemisa y Gavi bailaron entre los ecos de un pasado que ya no dolía y un futuro que brillaba con la intensidad de un flash eterno. La luz de luna ya no era un regreso; era un nuevo comienzo.