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Spencer

El eco de la justicia poética

La luz del sol de la tarde bañaba la habitación del hospital, dándole a todo un tono dorado que suavizaba los bordes afilados de los monitores médicos y el olor a antiséptico. Lia estaba sentada en la cama, apoyada en varias almohadas. Aunque todavía se veía frágil, había algo diferente en su mirada; la neblina del trauma absoluto empezaba a disiparse, dejando ver destellos de la joven vivaz que Spencer recordaba.

Él estaba sentado en su lugar habitual, con un libro de entomología abierto sobre las rodillas. Había estado leyéndole sobre el comportamiento social de los insectos himenópteros durante los últimos veinte minutos, una táctica que usaba para mantener la ansiedad de ambos bajo control.

— ...y debido a su estructura social altamente organizada —continuaba Spencer, ajustándose las gafas—, las abejas no solo trabajan por el bien de la colmena, sino que poseen una memoria visual sorprendentemente sofisticada. Experimentos en la Universidad de Cambridge demostraron que pueden distinguir entre caras humanas que les proporcionan recompensas y aquellas que representan una amenaza.

Lia, que había estado escuchando en silencio mientras se aplicaba con cuidado la crema hidratante sobre las cicatrices de sus brazos, soltó una pequeña risa. Fue un sonido suave, pero para Spencer, fue más impactante que cualquier dato científico.

— Así que son inteligentes —dijo ella, mirando a Spencer con una chispa de travesura en sus ojos verdes—. Y además, no olvidan una cara.

— Exactamente —asintió él, entusiasmado por su interés—. Si una abeja te identifica como un agresor, es capaz de comunicar esa información al resto de la colonia mediante señales químicas y movimientos específicos. Básicamente, crean un perfil de riesgo de la persona.

Lia se quedó pensativa un momento, ladeando la cabeza.

— Entonces las abejas son vengativas —afirmó ella.

Spencer parpadeó, procesando la palabra.

— Bueno, "vengativas" es un término antropomórfico. Yo diría que tienen un sistema de defensa proactivo basado en el reconocimiento de patrones de amenaza...

— No, Spencer. Son vengativas —insistió ella, y una sonrisa más amplia curvó sus labios—. Y eso me encanta. Me gusta la idea de que algo tan pequeño no deje que nadie se salga con la suya.

Ella dejó el tubo de crema en la mesa de noche y se inclinó un poco hacia él, bajando la voz como si estuviera compartiendo un secreto de Estado.

— Estaba pensando... si alguna vez alguien intenta hacerte daño, Spencer, deberías aprender de ellas.

Reid frunció el ceño, confundido.

— Lia, trabajo en el FBI. Tengo entrenamiento en defensa personal, manejo de armas de fuego y protocolos de seguridad. No creo que necesite imitar a un insecto para...

— No me refiero a eso —lo interrumpió ella, soltando una risita—. Me refiero a que, si alguien se atreve a ser malo contigo o a lastimar tus sentimientos, quiero que te disfrazas de abeja gigante.

Spencer se quedó paralizado. Su cerebro, capaz de procesar 20.000 palabras por minuto, se detuvo en seco ante la imagen mental que Lia acababa de proponer.

— ¿Un disfraz... de abeja? —repitió, incrédulo.

— Sí —dijo ella, asintiendo con entusiasmo, sus ojos brillando con una alegría que Spencer no había visto en semanas—. Un disfraz amarillo y negro, con antenas que se muevan y alas pequeñas. Te imagino llegando así, muy serio, con tu bolso de mensajero colgado sobre las rayas amarillas, y simplemente dándole un buen golpe a quien te haya molestado. ¡Sería la justicia perfecta! La justicia de la colmena.

Spencer la miró fijamente, tratando de encontrar el error lógico en su declaración, pero solo encontró una calidez humana que lo desarmó. La idea era absurda, estadísticamente ridícula y socialmente humillante, pero verla reír, verla imaginar algo tan tonto después de haber pasado por un infierno, era el regalo más grande que podía recibir.

— Creo que mi perfil profesional se vería seriamente comprometido si Morgan me viera entrar en Quantico vestido de insecto —respondió él, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara en las comisuras de su boca—. Hotchner probablemente me pediría una evaluación psiquiátrica inmediata.

— Oh, vamos, Spencer —rio ella, extendiendo una mano hacia él, pero deteniéndose justo antes de tocarlo, respetando su espacio—. Imagínatelo. Alguien te insulta por ser demasiado inteligente o por tus datos aleatorios, y de repente... ¡Zas! Una abeja genio de un metro ochenta aparece para defender el honor de los nerds. Sería legendario.

Spencer cerró el libro de entomología, dejando que la ligereza del momento lo envolviera. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de corregirla con datos sobre la dignidad o el comportamiento profesional.

— Si lo hiciera —dijo él, bajando el tono de voz para seguirle el juego—, tendría que ser un disfraz anatómicamente correcto. Las abejas tienen tres segmentos corporales: cabeza, tórax y abdomen. Y no olvidemos los ojos compuestos. Sería muy difícil ajustar mis gafas de lectura sobre un par de ojos compuestos de plástico.

Lia soltó una carcajada genuina, una que llenó la habitación y pareció expulsar las últimas sombras del "Escultor" que aún acechaban en los rincones.

— Ves, por eso te quiero —dijo ella, y la palabra "quiero" flotó en el aire, ya no como una amenaza, sino como una promesa—. Porque incluso cuando hablas de disfraces de abejas, no puedes evitar ser tú mismo.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue un silencio denso, lleno de una comprensión que no necesitaba palabras ni perfiles psicológicos. Spencer miró las manos de Lia, que descansaban sobre las sábanas. Las cicatrices estaban ahí, pero ya no parecían el final de su historia, sino un capítulo difícil que estaban superando juntos.

— Lia —dijo él después de un momento, su voz volviéndose seria pero dulce—. No necesito un disfraz de abeja para protegerte. Y no dejaré que nadie te vuelva a lastimar. No necesito ser vengativo como una abeja para asegurarme de que estés a salvo.

Lia suavizó su expresión, y la diversión en sus ojos se transformó en algo mucho más profundo.

— Lo sé, Spencer. Solo quería verte sonreír. Me di cuenta de que, desde que pasó todo esto, te has olvidado de cómo hacerlo. Te pasas el día analizando mis constantes vitales y leyéndome libros para que no tenga miedo, pero tú también tienes miedo.

Spencer bajó la mirada, sintiéndose descubierto.

— Soy un analista de conducta, Lia. Se me da bien ocultar mis microexpresiones.

— No conmigo —replicó ella suavemente—. Te conozco mejor de lo que crees. Sé que te sientes culpable. Sé que piensas que si me hubieras aceptado antes, podrías haberme protegido. Pero quiero que sepas algo... las abejas no se culpan a sí mismas cuando algo malo pasa en la colmena. Simplemente siguen trabajando, siguen cuidándose unas a otras.

Spencer asintió lentamente, sintiendo que un nudo en su garganta se aflojaba. Ella, que había sido la víctima, estaba intentando consolarlo a él. La ironía no se le escapaba, pero la aceptaba de buen grado.

— Tienes razón —admitió él—. La culpa es una emoción improductiva que nubla el juicio lógico.

— Y es muy aburrida —añadió ella con un guiño—. Mucho más aburrida que los disfraces de insectos.

Spencer soltó un suspiro largo, dejando que la tensión saliera de su cuerpo. Se recostó en la silla, mirando por la ventana cómo el sol terminaba de ponerse.

— Está bien —dijo él—. Si alguna vez alguien te hace daño de nuevo, consideraré seriamente el disfraz de abeja. Pero solo si tú te encargas de diseñar las alas. Tienen que ser aerodinámicas.

Lia sonrió, cerrando los ojos con una paz que Spencer grabó en su memoria fotográfica para siempre.

— Trato hecho, doctor Reid.

Pasaron el resto de la tarde en una calma cómoda. Spencer volvió a leer, pero esta vez no eran datos científicos. Lia le pidió que leyera algo de poesía, algo que tuviera ritmo y belleza. Él eligió a Whitman, y mientras su voz llenaba el espacio, se dio cuenta de que ya no tenía miedo de ser lastimado.

Había pasado meses rechazándola porque pensaba que ella era una distracción superficial, un peligro para su ordenado mundo de lógica y tragedia. Pero mientras la veía quedarse dormida, con la luz de la luna empezando a platear sus cicatrices, entendió que ella no era el peligro. Ella era el refugio.

Ella era la que había visto al hombre detrás del genio, al ser humano detrás del agente federal. Ella era la única que podía bromear sobre disfraces de abejas mientras sus propios brazos aún dolían por las suturas.

Spencer se levantó con cuidado para no despertarla. Se acercó a la cama y, por primera vez, no sintió la necesidad de calcular la distancia de seguridad. Se inclinó y dejó un beso casi imperceptible en la frente de Lia.

— Gracias por no rendirte conmigo —susurró.

Al salir de la habitación para buscar un café, se encontró con Derek Morgan en el pasillo. Su compañero lo miró con una ceja levantada y una sonrisa cómplice.

— Te ves mejor, chico. Casi pareces un ser humano normal.

— He estado aprendiendo sobre la justicia de la colmena, Morgan —respondió Spencer con una seriedad fingida que desconcertó a su amigo.

— ¿La justicia de qué?

— Es una teoría compleja —dijo Reid, empezando a caminar hacia la cafetería con un paso más ligero—. Involucra memoria visual, reconocimiento de patrones y, posiblemente, un disfraz de rayas amarillas. Pero no creo que tu cerebro esté preparado para procesar tanta información hoy.

Morgan se quedó parado en el pasillo, mirando cómo Spencer se alejaba.

— Definitivamente, esa chica lo tiene loco —murmuró Morgan para sí mismo, riendo—. Pero me gusta este nuevo Reid.

En la habitación 402, Lia soñaba con campos de flores y con un hombre alto, de ojos inteligentes, que la cuidaba sin necesidad de alas, pero con toda la devoción de quien ha encontrado, por fin, su lugar en el mundo. Spencer Reid, el genio que lo sabía todo, finalmente había aprendido la lección más importante: que el amor no es una estadística, sino la voluntad de quedarse, incluso cuando la colmena está bajo ataque, y reconstruirla, celda por celda, hasta que vuelva a haber miel.