Spencer
El zumbido de la vida
El aire de finales de primavera en Virginia traía consigo el aroma del jazmín y el trébol recién cortado. Para el doctor Spencer Reid, el cambio de estación solía ser una simple transición de datos meteorológicos y ajustes en la humedad relativa, pero este año, el mundo parecía tener una saturación de color que sus ojos aún estaban aprendiendo a procesar.
Spencer estaba sentado en el suelo de madera del salón de su nuevo apartamento, rodeado de libros sobre obstetricia, desarrollo fetal y, curiosamente, un volumen ilustrado sobre la apicultura en la América colonial. Su mirada, sin embargo, no estaba fija en las páginas, sino en la mujer que descansaba en el sofá frente a él.
Lia había cambiado. Su cabello azabache ahora estaba recogido en una trenza floja y sus ojos verdes tenían un brillo de serenidad que contrastaba con las sombras que la habían perseguido un año atrás. Pero lo más notable era su silueta. Vestía una camiseta blanca de algodón que se tensaba sobre un vientre prominente y firme, el hogar de seis meses de una pequeña vida que Spencer todavía consideraba el milagro estadístico más asombroso de su existencia.
— Spencer, te quedaste congelado otra vez —dijo Lia, soltando una risita suave que hizo que su vientre se estremeciera ligeramente—. ¿Estás calculando la velocidad de mitosis de sus células o solo te diste cuenta de que me terminé todos los pepinillos?
Reid parpadeó, ajustándose las gafas mientras una sonrisa tímida asomaba en su rostro.
— En realidad, estaba pensando en la Ley de Wolff aplicada al desarrollo óseo fetal, pero ahora que lo mencionas, la tasa de consumo de sodio que has mantenido esta semana es fascinante.
— Eres insufrible —bromeó ella, extendiendo una mano hacia él.
Spencer la tomó de inmediato. Ya no había rastro de la aversión al contacto que lo había definido durante décadas. Sus dedos largos se entrelazaron con los de ella con una naturalidad que habría asombrado al equipo de la UAC.
— Lia, ¿has visto qué día hace fuera? —preguntó Spencer, señalando hacia el pequeño balcón donde varias macetas de lavanda estaban en plena floración—. Hay una actividad inusual.
Lia se incorporó con esfuerzo, apoyando una mano en su espalda baja. Caminó hacia el ventanal y observó. Allí, revoloteando entre las flores púrpuras, había al menos tres abejas melíferas, trabajando con una diligencia rítmica.
— Otra vez —susurró Lia con una sonrisa—. Están en todas partes, Spencer. En el parque, en el jardín del hospital cuando voy a revisión, y ahora aquí. Es como si nos estuvieran siguiendo.
— La probabilidad de que sean las mismas abejas es de una entre diez millones, considerando el radio de forrajeo —explicó Spencer, acercándose a ella y colocando una mano protectora sobre su hombro—, pero es cierto que la población local ha tenido un repunte del 12% debido a las políticas de conservación urbana. Aun así... es una coincidencia poética.
Lia se giró hacia él, sus ojos brillando con una idea traviesa.
— No es una coincidencia, es una señal. ¿Recuerdas lo que te dije en el hospital? La justicia de la colmena. Ella sabe que estamos bien. Él sabe que estamos bien.
Se tocó el vientre con cariño. Spencer sintió un nudo de emoción en la garganta. Recordaba cada segundo del año anterior: el terror, las cicatrices, el silencio de Lia y su propia lucha interna contra el miedo al compromiso. Verla ahora, radiante y segura, era la validación de que rechazarla al principio había sido el mayor error de su vida, y aceptarla, su mayor acierto.
— Trae las pinturas, Spencer —dijo ella de repente.
— ¿Las pinturas? Lia, el nivel de toxicidad de los pigmentos no regulados puede ser...
— Pinturas corporales al agua, genio. Las que compramos ayer, las que dicen "no tóxicas" en letras gigantes para que no entres en pánico —lo interrumpió ella con una mirada desafiante y divertida—. Quiero hacerlo ahora.
Spencer suspiró, pero sus ojos delataban su entusiasmo. Fue hacia el estudio y regresó con un pequeño kit de maquillaje artístico y un pincel de cerdas suaves. Lia se subió la camiseta, dejando al descubierto la piel tersa y pálida de su vientre de seis meses. Las finas líneas blancas de las cicatrices en sus brazos aún eran visibles si se miraba de cerca, pero ahora parecían hilos de plata integrados en una obra de arte mucho más grande.
— ¿Qué quieres que dibuje? —preguntó Spencer, arrodillándose frente a ella.
— ¿De verdad lo preguntas? —Lia acarició su mejilla—. Una abeja. Nuestra abeja.
Spencer humedeció el pincel y comenzó a trazar con una precisión quirúrgica. Sus manos, que habían analizado miles de escenas del crimen y manejado armas en situaciones de vida o muerte, nunca habían estado tan firmes ni habían sido tan delicadas.
— El cuerpo de la abeja melífera, o *Apis mellifera*, se divide en tres partes —murmuró Spencer mientras pintaba un óvalo amarillo brillante—. El tórax es donde se anclan los músculos de las alas, capaces de batir 230 veces por segundo.
— Solo pinta, Spencer —rio Lia, sintiendo el cosquilleo del pincel—. Deja que el bebé escuche tu voz, no solo los datos.
— Lo estoy haciendo —respondió él en voz baja, concentrado en las rayas negras—. Le estoy explicando el mundo. Es importante que sepa que las abejas son esenciales para la biodiversidad. Sin ellas, el 70% de las especies vegetales que alimentan al 90% de la población mundial desaparecerían.
Lia bajó la mirada hacia la coronilla de Spencer. El cabello de él, siempre un poco rebelde, caía sobre su frente mientras trabajaba.
— ¿Sabes? —dijo ella, su voz volviéndose más suave—. A veces todavía tengo pesadillas. Sueño con el frío de aquel sótano y con el sonido de las herramientas de ese hombre.
Spencer se detuvo en seco, el pincel suspendido en el aire. La miró con una mezcla de dolor y urgencia.
— Lia, yo...
— Déjame terminar —dijo ella, poniendo una mano sobre la suya—. Sueño con eso, pero luego, en el mismo sueño, escucho tu voz leyéndome sobre los tres corazones de los pulpos o sobre la distancia de la Tierra a la Luna. Y entonces aparece una abeja muy pequeña que se posa en mi mano y me recuerda que sobreviví. Que tú me encontraste. Que nos encontramos.
Spencer dejó el pincel y apoyó la frente contra el vientre de Lia. Sintió un pequeño movimiento desde el interior, un golpe suave pero decidido contra su piel.
— Se ha movido —susurró Spencer, maravillado—. Es la tercera vez hoy. La frecuencia de los movimientos fetales aumenta significativamente después de la ingesta de glucosa o ante estímulos auditivos familiares.
— Le gustas tú, Spencer —dijo Lia, acariciando su nuca—. Le gusta tu voz. Y creo que le gusta el dibujo.
Spencer retomó la tarea. Pintó unas alas azuladas y translúcidas, y finalmente, dos antenas diminutas y simpáticas. Cuando terminó, se alejó un poco para admirar su obra. En el centro del vientre de Lia, una pequeña abeja gordita y brillante parecía estar lista para emprender el vuelo.
— Es perfecta —dijo Lia, mirándose en el espejo del pasillo—. Nuestra pequeña justicia de la colmena.
— He estado pensando en nombres —dijo Spencer, levantándose y ayudándola a cubrirse con cuidado—. Si es niña, me gustaría que tuviera un nombre que signifique algo fuerte. Beatrice, quizás. Deriva del latín *Beatrix*, que significa "la que hace feliz". Pero también tiene una conexión fonética con "bee".
Lia lo abrazó, hundiendo el rostro en su pecho.
— Beatrice Reid. Suena a alguien que ganará premios Nobel y que siempre tendrá una respuesta lógica para todo, igual que su padre.
— Y que será hermosa y valiente, igual que su madre —añadió Spencer, rodeándola con sus brazos y besando la parte superior de su cabeza—. Lia, ¿alguna vez te he dicho que mis cálculos sobre ti estaban completamente equivocados?
— Unas mil cuatrocientas veces —dijo ella con ironía—. Pero me gusta escucharlo una vez más.
— Mi probabilidad inicial de éxito para nuestra relación era inferior al 0.5% —dijo Spencer, su voz vibrando contra ella—. No tuve en cuenta la resiliencia del espíritu humano ni la capacidad de una persona para ver a través de mis propias barreras. Fui un idiota al rechazarte por miedo a ser lastimado. El dolor de perderte habría sido infinitamente superior a cualquier herida que pudieras haberme causado.
Lia se separó un poco para mirarlo a los ojos.
— Me rechazaste porque tenías miedo de que yo fuera superficial, Spencer. Pero al final, fuiste tú quien me enseñó a ver la profundidad en las cosas más pequeñas. Como en una abeja.
En ese momento, el teléfono de Spencer vibró en la mesa. Era una notificación del equipo. Un nuevo caso en Oregón. Spencer suspiró, el peso de su trabajo volviendo a caer sobre sus hombros.
— Tengo que irme —dijo, con una nota de pesar en la voz.
— Ve —dijo Lia, dándole un beso rápido y dulce—. Ve a salvar a alguien más. Nosotros estaremos aquí, esperándote.
Spencer recogió su bolso de mensajero y su chaqueta. Se detuvo en la puerta y miró a Lia una última vez. Ella estaba de pie junto a la ventana, la luz del atardecer silueteando su vientre y la pequeña abeja pintada que simbolizaba todo lo que habían superado.
— Spencer —lo llamó ella cuando él ya estaba en el pasillo.
— ¿Sí?
— No te olvides de traer miel cuando vuelvas. Beatrice tiene antojo.
Spencer sonrió, una sonrisa amplia y radiante que no tenía nada que ver con la lógica y todo que ver con la felicidad.
— Traeré la mejor miel de Oregón, te lo prometo.
Mientras bajaba las escaleras, Spencer Reid no pensaba en perfiles criminales ni en asesinos en serie. Pensaba en cómo la vida, al igual que una colmena, podía ser caótica, peligrosa y a veces dolorosa, pero que si uno era lo suficientemente valiente como para quedarse y trabajar en ella, el resultado siempre era dulce.
Al salir al exterior, una pequeña abeja pasó zumbando cerca de su oído. Spencer la siguió con la mirada hasta que se perdió en el azul del cielo de Virginia. Ya no era una anomalía estadística. Era, simplemente, el recordatorio de que estaba vivo, de que era amado y de que, por fin, había dejado de huir de su propia felicidad.