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Sucesos

Lazos de Seda y Leyes de Rosa

El apartamento de Aaron Hotchner estaba sumido en una penumbra acogedora, solo interrumpida por el parpadeo azulado de la gran pantalla del televisor y la luz de la cocina, donde Leah terminaba de organizar una montaña de palomitas de maíz y golosinas. Era una noche sagrada. Después de semanas de exámenes finales de medicina y de que Aaron estuviera sumergido en un caso particularmente escabroso de un pirómano en Delaware, finalmente habían acordado una noche de "desconexión total".

Leah, ataviada con unos pantalones de pijama de seda rosa y una camiseta de la UAC que le quedaba tres tallas más grande —y que técnicamente le había robado a Aaron hacía un mes—, saltó sobre el sofá con la agilidad de una gimnasta. Tenía los DVD listos: una maratón completa de *Legally Blonde*.

—¡Aaron! ¡Mueve ese trasero de perfilador antes de que empiecen los créditos! —gritó ella, acomodando los cojines—. He preparado el escenario perfecto. Si no llegas en diez segundos, voy a empezar a cobrarte entrada y el precio será que me dejes diseccionar tu colección de corbatas.

El silencio que recibió su grito no fue el habitual "ya voy" con esa voz grave y reconfortante. En su lugar, escuchó el sonido metálico de unas llaves sobre la mesa de la entrada y un suspiro que Leah reconoció al instante. Era el suspiro de "el deber me llama y odio que lo haga en este momento".

Aaron apareció en el umbral del salón. Todavía llevaba el traje puesto, pero su chaqueta colgaba de su brazo y su corbata estaba deshecha. Su rostro, habitualmente una máscara de control absoluto, mostraba grietas de cansancio y una profunda culpa. El teléfono negro de la oficina estaba apretado en su mano derecha.

—Leah... —comenzó él, y el tono de su voz fue suficiente para que ella dejara caer el control remoto sobre la alfombra.

—No. Ni se te ocurra, Hotchner —dijo ella, poniéndose de pie de un salto, con los ojos azules centelleando de indignación—. Me prometiste que este fin de semana el mundo podía prenderse fuego y tú no moverías un dedo para apagarlo.

—Ha habido un tiroteo en un centro comercial en Chicago. El equipo está saliendo hacia el aeródromo en veinte minutos —explicó Aaron, acercándose a ella con pasos lentos, como si estuviera tratando con un explosivo sensible—. Es un tirador activo, Leah. No puedo quedarme.

Leah cruzó los brazos sobre el pecho, haciendo una mueca que habría intimidado a cualquier sospechoso en una sala de interrogatorios. A sus veintitrés años, tenía una capacidad asombrosa para hacer que el Jefe de Unidad de la UAC se sintiera como un niño regañado.

—Chicago siempre tiene tiroteos. Deja que Morgan se encargue, él ama ser el héroe —bufó ella, aunque ambos sabían que eso no era posible—. Aaron, es la maratón de Elle Woods. Es una cuestión de principios. Es sobre el triunfo del rosa sobre la mediocridad jurídica.

Hotch dejó su chaqueta en el brazo del sofá y dio el paso final para quedar frente a ella. Le tomó el rostro entre las manos, sus pulgares acariciando sus pómulos con una ternura que reservaba exclusivamente para los momentos en que estaban solos.

—Lo siento mucho. Sé cuánto esperabas esto.

Leah suspiró, dejando que su cabeza cayera contra el pecho de él. Podía oler el aroma a café rancio de la oficina y ese perfume amaderado que tanto la volvía loca. A pesar de su lengua afilada y su actitud de "perra testaruda", como ella misma se definía, el trabajo de Aaron era el único competidor al que no podía vencer, y eso la frustraba.

—Estoy triste, Aaron. Realmente triste —murmuró ella contra su camisa—. Y cuando estoy triste, me vuelvo peligrosa. Podría terminar comprando un kit de cirugía estética por internet y practicar contigo cuando vuelvas.

—Lo sé —dijo él con una pequeña sonrisa, besando la coronilla de su cabeza—. Pero volveré lo antes posible. Te lo prometo.

Leah se separó un poco, mirándolo con un brillo desafiante en los ojos.

—Deberías verla, ¿sabes? —dijo ella, señalando la pantalla donde la imagen congelada de Reese Witherspoon brillaba en todo su esplendor fucsia—. No solo por la trama, sino para que aprendas lo que es un abogado de verdad.

Hotch arqueó una ceja, divertido.

—¿Un abogado de verdad? Leah, fui fiscal de distrito antes de entrar en el FBI. He estado en más tribunales de los que puedes contar.

—Exacto. Y apuesto a que todos esos abogados, incluyéndote a ti, tenían el mismo sentido de la moda que un funeral bajo la lluvia —replicó ella con un gesto de desdén—. Todos con esos trajes aburridos, grises y azul marino, sin una pizca de carisma. Elle Woods ganó un caso de asesinato usando sus conocimientos sobre el cuidado del cabello y un traje rosa impecable. Eso es eficiencia, Aaron. Eso es estilo. No como esos abogados sin sentido de la moda con los que te juntas, que parecen cortados con el mismo molde de cartón.

Aaron soltó una carcajada baja, una que vibró en su pecho y que hizo que Leah sonriera a pesar de su enfado.

—No creo que Strauss me permita presentarme en Quantico con un traje rosa, Leah.

—Strauss es otra que necesita una intervención estética urgente —sentenció ella, dándole un golpecito en el pecho—. Pero en serio, Aaron. Te hace falta un poco de esa filosofía. Tú perfilas a la gente basándote en traumas infantiles y patrones de comportamiento. Elle Woods los perfila basándose en si usan zapatos de la temporada pasada o si saben que no puedes mojarte el pelo después de una permanente. Es básicamente lo mismo, pero con mejor vestuario.

Hotch la atrajo de nuevo hacia él para un beso de despedida, uno largo y profundo que sabía a promesa de regreso. Leah respondió con intensidad, sus manos enredándose en su cabello, tratando de retenerlo un segundo más de lo necesario.

—Vete ya antes de que te espose a la pata de la cama y tenga que llamar a García para que borre las pruebas —susurró ella contra sus labios.

—Volveré pronto —repitió él, tomando su chaqueta y su teléfono—. Y tal vez... tal vez deje que me cuentes el final de la película cuando regrese.

—¿El final? ¡Te la voy a explicar escena por escena! —gritó ella mientras él caminaba hacia la puerta—. ¡Y te voy a hacer un examen sobre la importancia del ácido tioglicólico! ¡Pobre de ti si repruebas, Hotchner!

Aaron se fue con una sonrisa que no desapareció de su rostro hasta que entró en el ascensor. Leah, por su parte, se dejó caer de nuevo en el sofá, rodeada de palomitas que ahora le sabían a soledad.

—Bueno, Elle —le dijo a la pantalla—, parece que solo somos tú, yo y mi futuro título de medicina. Aaron se lo pierde. Se queda con sus trajes aburridos y sus asesinos en serie, mientras nosotras conquistamos Harvard.

Pasaron las horas. Leah vio la primera película, luego la segunda, y para cuando empezó la tercera —que siempre consideró inferior, pero necesaria para la completitud de la experiencia—, su mente empezó a divagar. Ser la pareja de Aaron Hotchner no era fácil. No era solo la falta de atención o las citas canceladas; era la sombra constante de la violencia que él perseguía.

Ella recordaba su propio secuestro no como una tragedia, sino como una lección de anatomía forzada. Recordaba al ignoto, un hombre con la mente fragmentada, tratando de quebrarla. Pero Leah era de acero. Le había gritado, se había burlado de su falta de técnica al golpearla y, cuando Hotch irrumpió en aquel sótano, ella no buscó consuelo. Buscó reconocimiento.

"Llegas tarde", le había dicho ella, con la cara ensangrentada y una sonrisa que habría asustado al mismísimo diablo.

Desde entonces, Aaron había sido su puerto seguro, pero no porque la protegiera del mundo, sino porque era el único que no la miraba con lástima. Él entendía que ella no necesitaba que le sostuvieran la mano, sino alguien que pudiera seguirle el ritmo a su intelecto y a su sarcasmo.

Cerca de las tres de la mañana, su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de texto de Aaron.

*“Estamos sobrevolando Ohio. Morgan no para de hablar de una nueva técnica de interrogatorio. He pensado en lo que dijiste. ¿El ácido tioglicólico era para las permanentes o para los tintes?”*

Leah soltó una carcajada que resonó en el apartamento vacío. Rápidamente, sus dedos volaron sobre la pantalla.

*“Permanentes, agente especial inepto. Si fueras un abogado de verdad, ya habrías perdido el caso por negligencia capilar. Concéntrate en el tirador y no mueras, o iré a Chicago a resucitarte solo para matarte yo misma por arruinarme la noche.”*

La respuesta llegó casi de inmediato.

*“Recibido. Me mantendré vivo por miedo a tus suturas. Te quiero.”*

Leah dejó el teléfono contra su pecho, sintiendo un calorcito que ninguna maratón de películas podía darle.

—Te quiero, idiota trajeado —susurró ella al aire.

Se quedó dormida en el sofá, con la televisión encendida en silencio. En sus sueños, ella era una cirujana de renombre que operaba con un bisturí de oro mientras llevaba un uniforme médico de color rosa fucsia, y Aaron estaba a su lado, sosteniendo los instrumentos y admitiendo que, efectivamente, Elle Woods tenía mejores instintos que todo el FBI junto.

Dos días después, la puerta del apartamento se abrió silenciosamente a las seis de la mañana. Aaron entró, arrastrando los pies, con la barba de dos días y el cansancio marcado en cada línea de su rostro. Lo primero que vio fue a Leah, todavía en el sofá, rodeada de libros de medicina y cuencos vacíos de palomitas.

Se acercó a ella y le apartó un mechón de pelo de la cara. Leah abrió un ojo, perezosa, y luego el otro.

—¿Chicago sigue en el mapa? —preguntó ella con voz ronca.

—Sí. El tirador está bajo custodia. Nadie más resultó herido después de nuestra llegada —respondió Aaron, sentándose en el suelo junto al sofá para estar a su altura.

—Bien. Porque he tenido mucho tiempo para pensar —Leah se incorporó, estirándose como una gata—. Y he decidido que tu castigo por abandonarme será ver la película ahora mismo. Sin dormir.

Aaron suspiró, pero no hubo resistencia en su gesto.

—Leah, llevo cuarenta y ocho horas sin cerrar los ojos.

—Elle Woods estudió para el LSAT mientras todos iban de fiesta y sacó un 179. No me vengas con excusas de fatiga, Hotchner —ella tomó el control remoto y retrocedió el DVD hasta el principio—. Además, he tomado notas. Hay una escena en el juicio donde el uso de la lógica deductiva es impecable. Incluso tú podrías aprender algo sobre cómo acorralar a un testigo sin parecer un bloque de hielo.

Aaron se reclinó contra el sofá, dejando que su cabeza descansara cerca de la rodilla de Leah. Ella empezó a acariciarle el cabello, sus dedos moviéndose con una suavidad que desmentía sus palabras mordaces.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esta película? —preguntó ella mientras empezaba la música de los créditos iniciales.

—¿El perro? —aventuró Aaron con los ojos cerrados.

—No, tonto. Lo que me gusta es que nadie cree en ella. Todos piensan que es solo una cara bonita con ropa brillante, pero ella es más astuta que todos los que la rodean. Me recuerda a alguien.

Aaron abrió los ojos y la miró. La luz del amanecer empezaba a filtrarse por la ventana, iluminando el rostro de Leah. A pesar de las ojeras y del pijama desordenado, se veía radiante, inteligente y absolutamente indomable.

—A ti no te hace falta el rosa para que la gente sepa que eres la persona más astuta de la sala, Leah —dijo él con sinceridad.

—Lo sé. Pero el rosa ayuda a que el golpe duela más cuando se dan cuenta —ella le dio un beso rápido en la nariz—. Ahora cállate. Esta es la parte donde explica por qué no puedes usar zapatos de la temporada pasada con una falda de corte evasé. Es información vital para tu próximo perfil, Aaron. Si el asesino tiene mal gusto, ya tienes la mitad del caso resuelto.

Hotch dejó escapar un suspiro de rendición y se acomodó mejor. El cansancio seguía ahí, pero el peso que siempre llevaba sobre los hombros parecía más ligero. Allí, en su salón, con la chica que bromeaba sobre apuñalarlo y que lo obligaba a ver películas de comedia romántica después de perseguir monstruos, Aaron Hotchner se sentía, por fin, en casa.

—Está bien, doctora —murmuró él, cerrando los ojos mientras la voz de Elle Woods llenaba la habitación—. Enséñame todo lo que sepas sobre el derecho... y sobre el rosa.

Leah sonrió, victoriosa, y mientras las escenas se sucedían, empezó a explicarle a Aaron por qué su corbata actual era una ofensa criminal contra la estética moderna. Él no dijo nada, simplemente escuchó el sonido de su voz, agradecido de tener a alguien que no le pedía que fuera el héroe, sino simplemente el hombre que estaba dispuesto a aprender, aunque fuera solo por una noche, que la justicia también podía llevar tacones de aguja.