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Sucesos

Honores, Bisturíes y Nuggets de Pollo

La ceremonia de graduación de la Universidad de Georgetown era un mar de togas negras y birretes, un murmullo constante de familias orgullosas y cámaras fotográficas capturando el fin de una etapa. Sin embargo, para Aaron Hotchner, sentado en la tercera fila con un traje gris marengo perfectamente planchado, solo existía una persona en todo el auditorio.

Cuando el nombre de "Leah Vance" resonó por los altavoces, seguido de la mención "Suma Cum Laude" y la especialidad en Neurocirugía, Aaron sintió un nudo en la garganta que rara vez se permitía experimentar. Leah caminó por el escenario con la misma seguridad descarada con la que se enfrentaba a los criminales o a los libros de texto. A sus veinticuatro años, se convertía en una de las graduadas más jóvenes y brillantes de su promoción. Al recibir su diploma, no buscó la aprobación de los decanos; sus ojos azules escanearon la multitud hasta encontrar los de Aaron. Le guiñó un ojo y, con un gesto casi imperceptible, señaló su birrete, como diciendo: "Te dije que era una genio".

—Mira esa cara de suficiencia —susurró Rossi, sentado a la derecha de Hotch—. Si no fuera porque acaba de graduarse con honores en una de las especialidades más difíciles de la medicina, diría que está planeando un atraco.

—Está planeando restregármelo por la cara durante los próximos diez años, Dave —respondió Aaron, aunque su sonrisa lo delataba. Estaba radiante de orgullo.

—Es impresionante, Hotch —añadió Reid desde el otro lado, ajustándose las gafas—. Completar la residencia inicial y obtener el título de neurocirujana a los veinticuatro años sitúa su coeficiente intelectual y su capacidad de retención en el percentil noventa y nueve de la población mundial. Aunque técnicamente, la neuroplasticidad a su edad es...

—Reid, ahora no —lo cortó Morgan con una risa, dándole una palmada en el hombro—. Solo disfruta del momento. La pequeña fiera lo logró.

Al terminar la ceremonia, el equipo de la UAC se reunió en el gran patio de la universidad. Leah apareció corriendo, con la toga volando tras ella y el birrete ya en la mano. Se lanzó a los brazos de Aaron, quien la levantó del suelo sin importarle que el resto de su equipo estuviera observando.

—¡Ya puedes llamarme Doctora Vance, Hotchner! —exclamó ella contra su cuello—. Y más te vale que me tengas respeto, porque ahora tengo licencia legal para hurgar en tu cerebro.

—Estoy muy orgulloso de ti, Leah —murmuró Aaron, bajándola al suelo pero manteniendo sus manos en su cintura—. Sabía que lo harías, pero verlo... es increíble.

—Claro que lo sabías. Soy la mejor —ella se separó y saludó al resto del equipo con una reverencia burlona—. ¿Y bien? ¿Dónde está mi banquete de celebración? He pasado seis años comiendo café frío y barritas energéticas rancias en los pasillos del hospital. Exijo comida de verdad.

—Hemos reservado en "L'Arpège" —anunció García, abrazándola con entusiasmo—. Es un restaurante francés de cinco estrellas, Leah. Tienen un menú de degustación que te hará llorar de felicidad. ¡Solo lo mejor para nuestra cirujana favorita!

Leah arrugó la nariz de una manera que Aaron reconoció de inmediato. Era la misma expresión que ponía cuando leía un perfil criminal que le parecía "poco creativo".

—¿Francés? ¿De esos que ponen una gota de salsa verde en medio de un plato gigante y lo llaman arte? —preguntó ella, escéptica.

—Es uno de los mejores restaurantes de D.C., Leah —dijo JJ riendo—. Vamos, te va a encantar.

El restaurante era el epítome de la elegancia: manteles de lino blanco, cubiertos de plata que pesaban más que un libro de anatomía y camareros que se movían con la solemnidad de un funeral de estado. El equipo de la UAC ocupó una mesa redonda en el centro del salón. Todos estaban vestidos para la ocasión, sintiéndose extrañamente fuera de lugar sin sus pistolas y placas, pero felices de celebrar algo que no fuera el cierre de un caso sangriento.

Un camarero con un acento francés tan marcado que parecía una caricatura se acercó a la mesa y entregó los menús. Eran libros de cuero con letras doradas, llenos de términos como *confit*, *foie gras* y *reducción de vino de Borgoña*.

Aaron observó a Leah. Ella estaba leyendo el menú con una intensidad feroz, pasando las páginas una y otra vez, su ceño frunciéndose cada vez más.

—¿Algún problema con la carta, doctora? —preguntó Rossi, quien ya estaba examinando la lista de vinos con ojo experto.

—No entiendo la mitad de estas palabras, Dave —admitió Leah en voz alta, sin importarle que el camarero estuviera a un metro de distancia—. ¿Qué es un "mousseline de ave con trufa negra"? ¿Por qué no pueden llamar a las cosas por su nombre?

—Es un plato exquisito, Leah —explicó Aaron en voz baja, tratando de contener la risa—. Pruébalo, te gustará.

Cuando el camarero regresó para tomar nota, el equipo pidió platos sofisticados. Rossi optó por el cordero, Morgan por un filete de ternera de calidad superior, y García se aventuró con un risotto de setas silvestres. Cuando llegó el turno de Leah, el silencio se apoderó de la mesa.

—Yo... —Leah cerró el menú de golpe y miró al camarero con una sonrisa encantadora y letal—. Escuche, sé que este lugar es muy elegante y que probablemente el chef tiene más ego que todos mis profesores de cirugía juntos, pero necesito que sea sincero conmigo. ¿Tienen patatas fritas?

El camarero parpadeó, confundido.

—¿Perdón, mademoiselle? ¿Patatas... fritas?

—Sí, ya sabe. Largas, amarillas, crujientes, fritas en aceite —continuó ella como si estuviera explicando un diagnóstico básico—. Y nuggets de pollo. O dedos de pollo. Cualquier cosa que sea pollo empanado y que se pueda comer con las manos.

Aaron se cubrió la boca con la mano, tosiendo para ocultar una carcajada. Morgan y Rossi se miraron, estupefactos.

—Mademoiselle —respondió el camarero con una dignidad herida—, este es un establecimiento de alta cocina. No servimos... comida rápida.

—No le pido que sea rápida, le pido que sea pollo —replicó Leah, sin inmutarse—. Mire, hoy me he graduado con honores en Neurocirugía. He pasado los últimos tres días estudiando el polígono de Willis y la base del cráneo. Mi cerebro está agotado. No quiero "mousseline", quiero algo que sepa a infancia y a grasa saturada. ¿Tienen un menú infantil escondido por ahí?

—Leah... —susurró Aaron, aunque sus ojos brillaban de diversión.

—¡Aaron, tengo hambre de verdad! No hambre de "degustación" —ella volvió a mirar al camarero—. Vamos, seguro que tienen un par de pechugas de pollo y una freidora. Dígale al chef que es una emergencia médica. Necesito sodio y carbohidratos simples.

El camarero miró a Hotch, buscando algún tipo de autoridad que pusiera orden, pero Aaron simplemente se encogió de hombros.

—Haga lo que dice la doctora —dijo Hotch con voz firme—. Yo pagaré el suplemento que sea necesario.

Veinte minutos después, la escena en la mesa era digna de un cuadro surrealista. Mientras Rossi degustaba un vino de doscientos dólares y Morgan cortaba una carne que parecía mantequilla, Leah tenía frente a ella un plato de porcelana fina con una montaña de patatas fritas perfectamente doradas y seis nuggets de pollo que el chef, claramente ofendido pero resignado, había intentado decorar con una ramita de perejil.

—Esto —dijo Leah, mojando un nugget en una pequeña salsera de plata que contenía, milagrosamente, ketchup— es la gloria.

—No puedo creerlo —dijo García, riendo mientras tomaba una foto—. La mente más brillante de su generación tiene el paladar de un niño de seis años.

—Es una cuestión de eficiencia biológica, Penélope —respondió Leah antes de morder el pollo—. El cerebro consume el veinte por ciento de la energía del cuerpo. La glucosa de las patatas fritas llega más rápido al torrente sanguíneo que vuestro cordero sofisticado. Además, esto no tiene huesos ni texturas extrañas. Es seguro. Es confiable. Es pollo.

—Tienes una lógica para todo, ¿verdad? —preguntó Morgan, robándole una patata frita—. Por cierto, están muy buenas.

—¡Manos fuera, Morgan! Ve a comer tu carne de vaca deprimida —Leah lo apartó con el tenedor—. Aaron, ¿quieres una? Sé que te mueres de ganas.

Hotch miró su plato de lenguado a la meunière y luego las patatas de Leah. Sin decir una palabra, tomó una y se la comió.

—Tienes razón. Están excelentes —admitió él.

—Ves —dijo ella, apoyando el mentón en su mano y mirándolo con esa astucia que siempre lo desarmaba—. Me amas porque te mantengo humilde, Hotchner. Sin mí, te convertirías en uno de esos tipos que discuten sobre el aroma de los corchos de vino.

—Te amo por muchas razones, Leah —respondió él, bajando la voz para que solo ella lo escuchara—, pero tu insistencia en ser tú misma, sin importar dónde estés, es probablemente mi favorita.

La cena continuó entre risas y anécdotas. El equipo celebraba no solo el logro académico de Leah, sino el hecho de que ella traía una luz caótica y necesaria a la vida de su jefe. Aaron se sentía joven, libre de la rigidez que su trabajo le imponía. Con ella, el mundo no era solo una serie de patrones criminales; era un lugar donde podías pedir nuggets de pollo en un restaurante de lujo y sentirte como un rey.

—¿Y ahora qué, doctora? —preguntó Rossi mientras pedían los postres—. ¿Vas a salvar vidas o vas a tomarte unas vacaciones?

—Mañana empiezo mi primer turno oficial en el hospital de la universidad —dijo Leah, su expresión volviéndose seria por un momento—. Pero antes de eso... —miró a Aaron con una chispa de malicia—, tengo una promesa que cumplir. Aaron me prometió que, si me graduaba con honores, me dejaría elegir nuestra próxima actividad de fin de semana.

Hotch se puso tenso, recordando vagamente una conversación nocturna durante una sesión de estudio intensivo.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó él con cautela.

—He alquilado una cabaña en el bosque. Sin teléfonos, sin casos, sin internet —anunció ella—. Y he comprado un kit de sutura de silicona avanzado. Vamos a pasar cuarenta y ocho horas practicando puntos de sutura complejos.

—Leah, eso no suena a vacaciones —comentó Reid.

—Para una neurocirujana y un agente del FBI, es el paraíso —ella le guiñó un ojo a Aaron—. Además, Aaron necesita practicar su paciencia. Voy a enseñarle a hacer nudos quirúrgicos con una sola mano. Si falla, el castigo será ver *Legally Blonde 2*.

—Acepto los nudos —dijo Hotch rápidamente, provocando la risa general del equipo.

Cuando finalmente salieron del restaurante, el aire de la noche era fresco y agradable. El equipo se despidió con abrazos y promesas de verse pronto. Morgan y Reid se alejaron bromeando, mientras García y JJ caminaban juntas hablando de los zapatos que Leah debería comprar para sus largas guardias en el hospital.

Aaron y Leah caminaron lentamente hacia el coche. Ella se quitó los tacones y caminó descalza por la acera, balanceando los zapatos en una mano y su diploma en la otra.

—¿Sabes, Aaron? —dijo ella, deteniéndose bajo una farola—. Por un momento, cuando estaba en ese sótano hace años, pensé que mi vida se iba a resumir en ese miedo. Pensé que nunca saldría de allí.

Aaron se detuvo y la tomó de los hombros, mirándola fijamente.

—Pero saliste. Y no solo saliste, sino que decidiste que ibas a aprender cómo arreglar a la gente por dentro.

—Lo hice porque tú estabas allí cuando abrí los ojos —ella se acercó y apoyó la frente contra la suya—. Me hiciste sentir que valía la pena pelear. Y ahora, soy neurocirujana. Puedo abrirle la cabeza a cualquiera que intente hacerme daño... o al menos puedo amenazarlos con términos médicos largos que no entiendan.

Hotch se rió y la besó con una pasión que contenía todo el orgullo y el amor que había estado acumulando durante el día. Leah respondió con su habitual intensidad, sus manos enredándose en su chaqueta de traje.

—Felicidades, Doctora Vance —susurró él contra sus labios—. El mundo no tiene ni idea de lo que le espera contigo en un quirófano.

—Oh, lo saben —ella sonrió de lado, esa sonrisa afilada y astuta—. Y si no lo saben, se enterarán en cuanto me vean entrar con mis zuecos rosas y mi bisturí. Ahora, llévame a casa, Hotchner. Mañana tengo que salvar cerebros, y tú tienes que aprender a suturar como un profesional si quieres seguir saliendo con la mejor de la clase.

Aaron la ayudó a subir al coche, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era una serie de sombras que perseguir, sino un camino brillante que recorrer a su lado. Leah era fuego, era inteligencia y, a veces, era una montaña de nuggets de pollo en un plato de porcelana. Y él no la cambiaría por nada en el mundo.