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Sucesos

Seda, Pinos y Sueño Profundo

El rugido del motor del SUV negro de Aaron se fue apagando hasta convertirse en un eco sordo entre las copas de los pinos de Virginia. La cabaña, una estructura robusta de madera y piedra que Rossi les había prestado bajo la estricta promesa de no "perfilar los muebles", se alzaba solitaria frente a un lago que parecía un espejo de plata bajo la luz del amanecer.

No había cobertura. No había sirenas. No había el zumbido constante de las luces fluorescentes de Quantico ni el olor a antiséptico de los pasillos de Georgetown. Solo estaba el aroma a resina, el frío punzante de la montaña y un silencio tan absoluto que resultaba casi ensordecedor para dos personas acostumbradas al caos.

Leah bajó del vehículo arrastrando los pies, todavía envuelta en una manta de lana que se había echado por encima durante el trayecto. Sus ojos azules estaban entrecerrados por el cansancio acumulado de las últimas setenta y dos horas de guardia y la adrenalina de la graduación.

—Aaron —murmuró ella, su voz apenas un susurro ronco—, si intentas hacerme caminar más de diez metros, voy a declararte persona non grata en mi quirófano personal.

Hotch rodeó el coche, cargando con dos maletas y el famoso kit de sutura que Leah había insistido en traer. A pesar de que él también estaba agotado, su porte seguía siendo impecable, aunque se había despojado de la corbata y llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los antebrazos.

—Solo son cinco metros hasta la puerta, Leah. Creo que tu formación médica puede soportar ese esfuerzo físico —respondió él con una pequeña sonrisa divertida.

—Mi formación médica dice que mis niveles de cortisol están por las nubes y mi melatonina está pidiendo asilo político en otro cuerpo —replicó ella, dejándose guiar por el brazo de Aaron hacia la entrada—. Abre la maldita puerta, Hotchner.

Una vez dentro, la cabaña los recibió con el calor residual de una chimenea que alguien —probablemente el servicio de mantenimiento de Rossi— había dejado preparada. Leah no se detuvo a admirar las vigas de madera tallada ni la vista panorámica del lago. Se dirigió directamente al dormitorio principal, dejando un rastro de manta y zapatos por el pasillo.

Aaron dejó las maletas en el salón y la siguió. Cuando llegó a la habitación, Leah ya se había despojado de la ropa de calle y se estaba deslizando bajo el edredón de plumas, vistiendo únicamente una camiseta de algodón gris que le pertenecía a él.

—¿Y la práctica de sutura? —preguntó Aaron, apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados, observándola con una mezcla de ternura y deseo contenido.

Leah emergió de entre las almohadas, mirándolo con un ojo entreabierto y una expresión de pura malicia.

—La sutura puede esperar. Ahora mismo, el único procedimiento médico que me interesa es una hibernación profunda. Ven aquí, Aaron. Es una orden directa de tu neurocirujana de cabecera.

—Tengo que bajar las cosas del coche, encender el fuego, comprobar la seguridad del perímetro... —empezó a enumerar él, por puro hábito profesional.

Leah soltó un bufido y palmeó el colchón a su lado.

—El perímetro es un bosque lleno de ardillas, Aaron. El fuego no se va a ir a ninguna parte. Y si no te quitas esos pantalones y te metes en esta cama en los próximos treinta segundos, voy a considerar que nuestro contrato de exclusividad ha sido violado por negligencia afectiva.

Hotch suspiró, pero fue un suspiro de rendición absoluta. Se despojó de la ropa con movimientos lentos, revelando un cuerpo marcado por años de entrenamiento y alguna que otra cicatriz que Leah conocía de memoria. Se quedó en ropa interior y se deslizó en la cama, que crujió bajo su peso.

Al instante, Leah se pegó a él como una lapa. Sus piernas se enredaron con las de él y apoyó la cabeza en su pecho, justo encima del corazón.

—Estás tenso —notó ella, trazando los músculos de su hombro con la punta de los dedos—. Sigues en modo perfilador. Puedo sentir tus neuronas tratando de analizar el patrón de las vetas de madera del techo.

—Es difícil desconectar el interruptor, Leah —admitió él, rodeándola con un brazo y atrayéndola más hacia su cuerpo—. Especialmente después de la semana que hemos tenido.

—Pues apágalo. O te haré una lobotomía con una cuchara de postre —amenazó ella, aunque su voz ya empezaba a arrastrarse por el sueño—. Aquí no eres el Jefe de Unidad. Aquí eres solo Aaron. Y yo no soy la Doctora Vance. Soy solo la chica que va a dormir durante las próximas veinte horas y que te va a usar como almohada humana.

Aaron besó su frente, aspirando el aroma de su cabello, que aún conservaba notas de la laca que había usado para la graduación y ese perfume de vainilla que tanto lo calmaba.

—Duerme, Leah. Estaré aquí cuando despiertes.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio cómodo, lleno de la respiración acompasada de ambos. Aaron pensó que se quedaría despierto un rato, vigilando el sueño de la mujer que le había devuelto la capacidad de sentirse vivo, pero el calor de Leah y la paz de la cabaña fueron más fuertes que su disciplina. En pocos minutos, el hombre más serio del FBI también se sumergió en un sueño profundo y sin sueños.

Pasaron las horas. El sol subió por el horizonte, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire de la habitación, y luego empezó su descenso hacia el otro lado del lago. Ni una sola vez se movieron de esa posición entrelazada.

Alrededor del mediodía, Aaron se despertó brevemente. Sintió el peso reconfortante de Leah sobre él. Ella se movió un poco, murmurando algo ininteligible sobre "nódulos basales" y "nuggets de pollo", antes de acurrucarse más contra su cuello. Aaron sonrió, le acarició la espalda con suavidad y volvió a cerrar los ojos. No había informes que escribir. No había llamadas de Strauss. No había vidas en peligro. Solo existía ese pequeño rincón de mundo donde el tiempo se había detenido.

Fue casi al atardecer cuando Leah finalmente empezó a dar señales de vida consciente. Estiró los brazos, soltando un gemido que era mitad bostezo y mitad queja, y abrió los ojos para encontrarse con la mirada oscura y serena de Aaron, que ya llevaba un rato despierto, simplemente observándola.

—Hola —susurró él, su voz más grave de lo habitual por el desuso.

—Hola —respondió ella, parpadeando con pereza—. ¿Qué año es? ¿Sigo teniendo veinte años o ya me he jubilado?

—Es el mismo día. Has dormido casi diez horas seguidas.

Leah se incorporó un poco, apoyándose en los codos sobre el pecho de Aaron. Su cabello era un desastre glorioso y tenía la marca de la sábana en una mejilla, pero para Hotch, nunca se había visto más hermosa.

—Diez horas... —ella sonrió con suficiencia—. Mi récord personal son catorce, pero supongo que es un buen comienzo. ¿Tú has dormido?

—Más de lo que he dormido en los últimos tres años, creo —admitió él, pasando una mano por el cabello de ella—. Me haces perder toda mi disciplina, Leah.

—Ese es mi trabajo secundario. Mi especialidad es la neurocirugía, pero mi hobby es corromper al agente más recto de Quantico —ella se inclinó y le dio un beso largo y lento, que sabía a sueño y a una intimidad cruda—. ¿Sabes qué es lo mejor de este momento?

—¿Qué?

—Que no tengo que ir a ninguna parte. No tengo que salvar a nadie. Y tú tampoco —ella se dejó caer de nuevo sobre él, escondiendo la cara en su cuello—. Podríamos quedarnos aquí para siempre. Podríamos convertirnos en ermitaños. Yo operaría a los ciervos y tú les harías perfiles psicológicos a los osos para saber por qué roban cestas de picnic.

Aaron soltó una carcajada, una de esas que Leah atesoraba porque eran raras y genuinas.

—Creo que los osos tienen motivaciones bastante simples: hambre y territorio. No hay mucho que perfilar ahí.

—No subestimes a la fauna, Hotchner. Tal vez hay un oso sociópata ahí fuera con un trauma infantil relacionado con un guardabosques —ella suspiró satisfecha—. Tengo hambre. Pero no hambre de comida de verdad. Tengo hambre de... algo que no requiera cubiertos.

—He traído algunas cosas. Puedo preparar algo rápido mientras tú terminas de despertar.

—No —ella lo sujetó con más fuerza—. No te muevas. La comida puede esperar otros diez minutos. Háblame de algo que no sea el trabajo. Háblame de... no sé, de lo que pensaste la primera vez que me viste después de que me rescataran. Cuando te dije que llegabas tarde.

Aaron guardó silencio por un momento, sus dedos trazando patrones perezosos en la piel de la espalda de Leah.

—Pensé que eras la persona más imprudente y valiente que había conocido —confesó él—. Estabas herida, encadenada a una tubería, y lo primero que hiciste fue criticar mi puntualidad. En ese momento supe que, si sobrevivías, ibas a ser un problema.

—¿Un problema? —ella levantó la cabeza, fingiendo indignación—. Fui una brisa de aire fresco en tu vida gris y llena de trajes aburridos.

—Fuiste un huracán, Leah —corrigió él, mirándola con una intensidad que la hizo callar—. Un huracán que derribó todas las paredes que yo había construido. Con Hayley... todo era una estructura, una serie de expectativas que yo intentaba cumplir. Contigo, no hay estructura. Solo hay honestidad. Incluso cuando eres una perra testaruda.

—Especialmente cuando soy una perra testaruda —asintió ella, orgullosa—. Es lo que te mantiene alerta. Si fuera una de esas novias que te esperan con la cena hecha y una sonrisa perfecta, te aburrirías en dos semanas. Necesitas a alguien que te desafíe, Aaron. Alguien que te diga que tu perfil es una mierda cuando lo es.

—Afortunadamente, mi perfil nunca es una mierda —replicó él con un toque de arrogancia—. Pero acepto el desafío.

Leah se rió y lo besó de nuevo, esta vez con más hambre, una que no tenía nada que ver con la comida. El aire en la habitación empezó a volverse pesado, cargado de una tensión eléctrica que siempre existía entre ellos, pero que en la cabaña, sin interrupciones, se sentía amplificada.

—¿Y el kit de sutura? —susurró Aaron contra sus labios, sus manos bajando hacia sus caderas.

—El kit de sutura puede quedarse en la maleta —respondió ella, su voz volviéndose ronca—. He decidido que prefiero practicar mi anatomía humana de una forma más... práctica. Menos hilos, más contacto piel con piel.

—Es una decisión médica muy sensata, doctora.

—Soy una experta, Hotchner. Confía en mí.

El resto de la tarde desapareció entre las sombras que se alargaban en la habitación. No hubo prisa, no hubo interrupciones. En el silencio de la montaña, Aaron y Leah se redescubrieron el uno al otro, lejos de los títulos, de las placas y de las expectativas del mundo exterior. Con ella, Aaron no tenía que ser el líder fuerte; podía ser vulnerable, podía ser apasionado, podía ser simplemente un hombre amando a una mujer que lo entendía sin necesidad de palabras.

Mucho más tarde, cuando la luna ya reinaba sobre el lago y el frío de la noche empezaba a filtrarse por los cristales, Leah se levantó finalmente de la cama, envuelta en la sábana como si fuera una toga romana.

—Bien —anunció, caminando hacia el salón—. Mi estómago ha decidido que, si no le doy algo de comer ahora mismo, va a empezar a digerir mis propios órganos. Es una respuesta biológica fascinante, pero dolorosa.

Aaron la siguió, vistiéndose rápidamente con unos pantalones cómodos. En la cocina de la cabaña, encontraron una cesta que Rossi había dejado: quesos artesanales, pan casero, vino tinto y, para sorpresa de Leah, una caja de chocolates de lujo.

—Rossi sabe cómo ganarse a la gente —dijo Leah, abriendo el vino con una destreza que habría impresionado a un sumiller—. Aunque sigo pensando que este lugar necesita más nuggets de pollo.

—Mañana podemos ir al pueblo más cercano y buscar el lugar con más grasa por metro cuadrado que encontremos —prometió Aaron, encendiendo la chimenea del salón.

Se sentaron en la alfombra frente al fuego, comiendo el queso y el pan con las manos, compartiendo el vino directamente de la botella. El resplandor de las llamas bailaba en el rostro de Leah, resaltando la inteligencia y la determinación que siempre la acompañaban.

—¿En qué piensas? —preguntó Aaron, viéndola mirar el fuego con fijeza.

—En que mañana, cuando volvamos, todo volverá a ser complicado —dijo ella, su tono volviéndose inusualmente serio—. Yo tendré mi primer turno como neurocirujana oficial. Tú tendrás un nuevo caso. Strauss volverá a mirarme como si fuera una distracción peligrosa para su mejor agente.

—Lo eres —dijo Aaron, tomando su mano—. Eres la distracción más peligrosa de mi vida. Pero también eres lo único que me mantiene cuerdo. No te preocupes por Strauss, ni por el hospital. Lo que tenemos aquí... esto no cambia.

Leah lo miró y, por un momento, la máscara de sarcasmo cayó por completo.

—Tengo miedo, Aaron —confesó en un susurro—. No de la cirugía. Sé que soy buena en eso. Tengo miedo de que este mundo, tu mundo y el mío, terminen desgastándonos. He visto lo que les pasa a los agentes de la UAC. He visto las cicatrices que no se ven.

Aaron la atrajo hacia él, abrazándola por la espalda mientras ambos miraban el fuego.

—Por eso tenemos estos momentos, Leah. Por eso nos escapamos a cabañas en medio de la nada. Para recordarnos que hay algo más allá de la oscuridad que perseguimos. Tú eres mi luz, y mientras estemos juntos, no dejaré que el mundo nos desgaste. Además —añadió con un matiz de humor—, eres demasiado testaruda para dejarte desgastar por nada.

Leah soltó una pequeña risa y se relajó contra él.

—Tienes razón. Soy una fuerza de la naturaleza. Y si el mundo intenta desgastarme, le haré una sutura en la boca para que se calle.

—Esa es la Leah que conozco.

Pasaron el resto de la noche allí, frente al fuego, hablando de trivialidades, de planes futuros y de lo mucho que Leah odiaba los uniformes médicos que no fueran de su talla. No hubo práctica de sutura, ni perfiles criminales, ni planes de rescate. Solo hubo dos personas que habían encontrado en el otro el refugio perfecto contra la tormenta.

Cuando finalmente regresaron a la cama, ya de madrugada, Leah se acurrucó contra Aaron una última vez antes de que el sueño la reclamara de nuevo.

—Aaron —murmuró con los ojos cerrados.

—¿Sí?

—Gracias por no ser puntual aquel día en el sótano. Si hubieras llegado antes, tal vez no me habría dado cuenta de lo mucho que necesitaba a alguien tan desesperadamente puntual como tú para equilibrar mi caos.

Hotch sonrió en la oscuridad, besando su sien.

—De nada, doctora. Ahora duerme. Mañana tienes un mundo que impresionar.

Y mientras la nieve empezaba a caer suavemente sobre el techo de la cabaña, Aaron Hotchner se permitió cerrar los ojos, sabiendo que, por primera vez en su vida, no tenía que vigilar nada. Leah estaba a su lado, y eso era todo lo que necesitaba para estar a salvo. El sueño, profundo y reparador, los envolvió a ambos, sellando una promesa silenciosa de que, sin importar lo que viniera, siempre tendrían ese rincón de paz entre los pinos y la seda de sus propias pieles.