Sucesos
Anatomía del Deseo y la Resistencia
El crepitar de la chimenea era el único sonido que competía con el ritmo errático de dos respiraciones que se buscaban en la penumbra de la cabaña. El aire, saturado del aroma a pino quemado y del resto del vino tinto que habían compartido, se sentía espeso, casi eléctrico. Aaron estaba sentado en el gran sillón de cuero frente al fuego, con la espalda apoyada contra el respaldo, pero su postura distaba mucho de ser relajada.
Leah estaba a horcajadas sobre su regazo, una posición que ella había tomado con la determinación de quien reclama un territorio largamente disputado. Su camiseta gris —la de Aaron— se deslizaba por uno de sus hombros, revelando la piel pálida que brillaba bajo el resplandor anaranjado de las brasas. Sus manos, esas manos de cirujana que podían realizar incisiones milimétricas, ahora estaban enredadas en el cabello de Hotch, tirando de él con una urgencia que no entendía de protocolos ni de paciencia.
—Te mueves demasiado, Hotchner —susurró ella entre beso y beso, su voz era un ronroneo peligroso contra sus labios—. Pensé que los agentes federales sabían mantener la posición bajo fuego enemigo.
Aaron soltó un gruñido bajo, una vibración que Leah sintió directamente en su pecho. Sus manos, grandes y firmes, estaban ancladas en la cintura de la chica, apretando la tela de la camiseta como si fuera lo único que lo mantenía unido a la realidad.
—Tú no eres el enemigo, Leah —respondió él, su voz era una octava más profunda, cargada de una necesidad que rara vez se permitía mostrar—. Eres una distracción táctica para la que no hay entrenamiento posible.
Leah soltó una risita seca y volvió a atacar su boca. Sus besos no eran suaves; eran una demanda. Ella lo besaba con la misma lengua afilada con la que discutía sus perfiles, con la misma intensidad con la que había sobrevivido a aquel sótano. Cada vez que sus dientes rozaban el labio inferior de Aaron, él sentía que el control que tanto le había costado construir durante décadas se desmoronaba como un castillo de naipes en medio de un huracán.
—Entonces ríndete —murmuró ella, bajando sus besos hacia la línea de su mandíbula, deteniéndose justo donde el pulso de Aaron latía con fuerza—. Deja de intentar analizar por qué esto es una mala idea o cuánto tiempo nos queda antes de que el mundo real llame a la puerta. Ahora mismo, el único rango que importa es el mío. Y yo digo que estás bajo mi custodia.
Aaron echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello mientras cerraba los ojos. La sensación de Leah sobre él, el calor de su cuerpo atravesando la fina tela y la audacia de sus palabras eran demasiado. Había pasado años siendo el pilar de todos: del equipo, de su hijo, de la oficina. Pero con Leah, el peso de esa responsabilidad se evaporaba. Ella no quería un pilar; quería un cómplice.
—Leah... —dijo él, su voz rompiéndose ligeramente cuando sintió que ella mordía suavemente el lóbulo de su oreja.
—Shh... —lo silenció ella, volviendo a capturar sus labios—. Menos hablar, Aaron. Más acción. Pensé que eras un hombre de resultados.
Él ya no pudo más. La fricción de la camiseta gris contra su propia piel, la barrera injusta de la ropa que los separaba, se volvió insoportable. Sus manos subieron por la espalda de Leah, sintiendo cada vértebra, cada curva, hasta que sus dedos se cerraron sobre el dobladillo de la prenda.
—Esta camiseta —dijo Aaron, separándose apenas unos centímetros para mirarla a los ojos, que brillaban con un desafío ardiente— es mía. Y creo que ya ha cumplido su función de protegerte del frío.
—¿Ah, sí? —Leah arqueó una ceja, esa mirada de "perra testaruda" volviendo a su rostro—. ¿Vas a confiscar la evidencia, agente?
—Voy a eliminar cualquier obstáculo —sentenció él con una seriedad dominante que hizo que un escalofrío de anticipación recorriera la espalda de la chica.
Con un movimiento fluido y decidido, Aaron tiró de la camiseta hacia arriba. Leah colaboró levantando los brazos, dejando que la prenda volara hacia algún rincón oscuro de la sala. Cuando la luz de la chimenea bañó su torso desnudo, Aaron se quedó sin aliento por un segundo. No era solo la belleza física; eran las cicatrices tenues, los recuerdos de su fuerza y la forma en que ella lo miraba, sin rastro de vergüenza, solo con una ambición voraz que lo igualaba.
—Mucho mejor —dijo ella, inclinándose de nuevo, sintiendo el contacto directo de su pecho contra la camisa de él—. Pero todavía llevas demasiadas capas, Hotchner. Me estás ocultando información vital.
—Déjame ayudarte con eso —respondió él.
Sus dedos, usualmente precisos para manejar armas o pasar folios de pruebas, ahora temblaban levemente mientras desabrochaba los botones de su propia camisa. Leah no esperó a que terminara; ella misma tiró de la tela, impaciente, hasta que la camisa cayó al suelo junto a la de ella.
El contacto de piel con piel fue como una descarga eléctrica. Aaron soltó un suspiro largo, casi un lamento de alivio, mientras la rodeaba con sus brazos desnudos. Sentir la suavidad de Leah contra la dureza de sus propios músculos era la anatomía más perfecta que jamás hubiera estudiado.
—¿Ves? —susurró ella, frotando su nariz contra la de él—. Sin barreras. Sin secretos. Solo tú y yo, y este kit de sutura que no vamos a usar porque tengo mejores planes para tus manos.
—Leah, te juro que si sigues hablando de medicina en este momento, voy a tener que buscar una forma muy creativa de silenciarte —amenazó Aaron, sus manos bajando hacia sus caderas, apretándola contra él de una forma que no dejaba dudas sobre su estado de excitación.
—Oh, por favor, Hotchner. Los dos sabemos que te encanta mi boca. Ya sea para discutir sobre Nietzsche o para... esto.
Ella lo besó de nuevo, pero esta vez fue Aaron quien tomó el mando. La giró ligeramente, inclinándola sobre el brazo del sillón mientras sus besos se volvían más profundos, más hambrientos. Sus manos exploraban cada rincón de su anatomía con una curiosidad científica y una pasión devastadora. Leah arqueó la espalda, soltando un gemido que fue música para los oídos de Aaron.
—Me vas a volver loco —gruñó él contra su piel.
—Ya estás loco, Aaron. Solo que yo soy la única que tiene la receta para tu cordura —ella le rodeó el cuello con las piernas, atrayéndolo hacia el abismo—. No te detengas. No analices. Solo... siénteme.
—Te siento —respondió él, su voz cargada de una promesa oscura—. Te siento en cada nervio, Leah.
En ese momento, el mundo exterior —la UAC, los casos pendientes, la sombra de los criminales— dejó de existir. Solo quedaba el calor de la chimenea, el roce de la piel y la certeza de que, en esa cabaña perdida en el bosque, el frío nunca podría alcanzarlos. Aaron Hotchner, el hombre de acero, se había fundido finalmente ante el fuego de la chica que no le tenía miedo a nada, ni siquiera a la intensidad de su propio deseo.
—¿Aaron? —murmuró ella, sus ojos encontrándose con los de él en la penumbra.
—¿Dime?
—Menos perfiles... —ella le dio un mordisco juguetón en el labio— y más suturas de contacto. Ahora.
Él sonrió, una sonrisa predadora y llena de amor, antes de llevarla de vuelta al dormitorio, donde la noche apenas comenzaba y las únicas reglas que importaban eran las que ellos dictaban entre las sábanas de seda y el susurro de los pinos.