Tortuga astuta y zorro confundido
El Banquete de los Lirios y el Filo del Silencio
El sol de primavera se filtraba entre las copas de los árboles del bosque privado de la familia Henituse, creando un mosaico de luz y sombra sobre la hierba fresca. Era un día inusualmente cálido, el tipo de tarde que invitaba a la relajación, algo que Deruth Henituse rara vez se permitía. Sin embargo, allí estaba, sentado sobre una manta de seda y lino, observando a sus hijos gemelos, Cale y Rok Soo, quienes correteaban cerca de un arroyo bajo la vigilancia, aparentemente desinteresada, de Beacrox.
A unos pasos de él, Ron Molan se movía con la eficiencia silenciosa que lo caracterizaba. Estaba disponiendo el almuerzo: sándwiches de carne fría cortados con precisión matemática, frutas frescas y, por supuesto, el omnipresente té de limón.
—Es un día hermoso, ¿no lo crees, Ron? —comentó Deruth, dejando que su mirada vagara por el perfil del mayordomo.
Ron no levantó la vista de las tazas de porcelana.
—Es un clima aceptable para un picnic, mi señor. Aunque la humedad del suelo podría no ser ideal para su espalda tras la... intensa jornada de ayer.
Deruth sintió un calor súbito en el rostro. La "intensa jornada" a la que Ron se refería no tenía nada que ver con la administración del condado. Todavía podía sentir, de forma muy vívida, la presión del tapón de cristal que Ron le había obligado a portar durante las primeras horas de la mañana, antes de permitirle quitárselo para la excursión.
—Mi espalda está perfectamente, Ron. Gracias por tu... constante preocupación —respondió Deruth, forzando una sonrisa noble mientras sus ojos brillaban con una complicidad que esperaba que sus hijos no notaran.
—Es mi deber asegurar que cada parte de su cuerpo reciba el cuidado que merece —replicó Ron. Sus ojos se encontraron con los de Deruth por un segundo. No hubo una sonrisa, pero la dilatación de sus pupilas fue suficiente para que el Conde sintiera un escalofrío recorrer su columna.
—¡Padre! —gritó Cale, corriendo hacia ellos con una flor silvestre en la mano—. ¡Mira lo que encontré! Es roja como mi pelo.
Deruth extendió la mano y revolvió el cabello de su hijo mayor.
—Es preciosa, Cale. ¿Se la vas a regalar a alguien?
—Es para mamá —dijo el niño, su voz bajando un poco de tono, pero manteniendo la sonrisa—. Sé que le gustaban las flores. La pondré en su altar cuando volvamos.
El corazón de Deruth se encogió con una mezcla de melancolía y orgullo. Miró hacia un lado y vio a Rok Soo, el gemelo más observador y callado, sentado cerca de Ron. El niño observaba al mayordomo pelar una manzana con un cuchillo pequeño y afilado.
—Ron —dijo Rok Soo con esa madurez inquietante que a veces mostraba—, te mueves como si no pesaras nada. ¿Cómo haces eso?
Ron detuvo el cuchillo un instante. Su máscara de anciano amable se mantuvo intacta.
—Es solo práctica, joven maestro Rok Soo. Un buen sirviente debe ser como el aire: necesario, pero imperceptible.
—No pareces aire —murmuró Rok Soo, entrecerrando los ojos—. Pareces un gato acechando un nido de pájaros.
Deruth soltó una carcajada nerviosa para disipar la tensión.
—Rok Soo, no digas tonterías. Ron es simplemente muy dedicado a su trabajo. Ven aquí, ayúdame a servir el jugo.
Mientras los niños se distraían con la comida, la dinámica silenciosa entre el Conde y su mayordomo continuó. Deruth, sintiéndose audaz por el entorno privado y la seguridad que le brindaba la presencia de sus hijos, dejó caer su mano sobre la manta, muy cerca de donde Ron estaba arrodillado.
—Ron, este sándwich está un poco seco —mintió Deruth en voz baja, inclinándose hacia él—. ¿Podrías darme algo para... pasarlo?
Ron se giró hacia él. La cercanía era tal que Deruth pudo oler el aroma a té y metal que siempre envolvía al hombre.
—Por supuesto, mi señor —dijo Ron. Tomó una uva del plato y, en lugar de ponerla en el plato de Deruth, la sostuvo entre sus dedos enguantados frente a los labios del Conde.
Fue un gesto pequeño, casi imperceptible para los niños, pero cargado de una intimidad asfixiante. Deruth dudó un segundo, mirando los ojos de Ron, que lo instaban a aceptar. Abrió la boca y dejó que Ron depositara la fruta en su lengua. Los dedos del mayordomo rozaron sus labios con una presión deliberada, una caricia que recordaba a las manos que lo habían sujetado con fuerza la noche anterior.
—¿Mejor ahora? —preguntó Ron, su voz apenas un susurro ronco.
—Mucho mejor —respondió Deruth, tragando con dificultad.
—Padre, tienes la cara roja —comentó Cale, con la boca llena de pan—. ¿Te dio mucho el sol?
—Sí, Cale —intervino Ron, retirando la mano con una elegancia impecable—. El Conde es propenso a... acalorarse con facilidad cuando se le presiona. Debemos asegurarnos de que no se exceda.
Beacrox, que había estado observando la escena desde una distancia prudencial mientras limpiaba sus propios cuchillos de cocina, dejó escapar un suspiro pesado. Él sabía. Quizás no los detalles escabrosos, pero conocía a su padre lo suficiente como para identificar esa mirada de posesión absoluta que dirigía al Conde. Y conocía al Conde lo suficiente como para ver la sumisión voluntaria en sus hombros.
—Jóvenes maestros —dijo Beacrox, acercándose—, el arroyo tiene unas piedras brillantes más adelante. ¿Por qué no vamos a ver si encontramos alguna para su colección?
—¡Sí! —exclamó Cale, saltando de inmediato. Rok Soo miró a su padre, luego a Ron, y finalmente asintió, siguiendo a su hermano y a Beacrox.
En cuanto los niños estuvieron fuera del alcance del oído, el ambiente cambió drásticamente. Deruth dejó escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo y se recostó un poco más sobre sus codos.
—Eso ha sido... arriesgado, Ron. Rok Soo es muy inteligente, terminará dándose cuenta.
Ron se sentó sobre sus talones, abandonando finalmente la postura de servicio. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Deruth con una voracidad que hizo que el Conde se removiera incómodo sobre la manta.
—Que se den cuenta no cambiará nada, Deruth —dijo Ron, omitiendo el título—. Soy tu mayordomo. Soy tu sombra. Y soy el hombre que te hace llorar cuando las luces se apagan. Los niños solo verán a un sirviente leal.
Deruth suspiró, cerrando los ojos por un momento.
—A veces me pregunto si esto es lo que Jour hubiera querido. Ella te trajo aquí, después de todo. Ella sabía quién eras.
—Ella sabía que yo era el único capaz de proteger lo que ella amaba —respondió Ron, acercándose más, hasta que su sombra cubrió el rostro de Deruth—. Y eso te incluye a ti. Especialmente a ti.
Ron extendió una mano y, esta vez sin guante (se lo había quitado en algún momento sin que Deruth lo notara), acarició la mejilla del Conde. Sus dedos estaban callosos y fríos, pero el contacto envió una oleada de electricidad por la piel de Deruth.
—Me gusta verte así —susurró Ron—. Bajo la luz del sol, rodeado de tu familia, pareciendo el conde perfecto. Pero saber que debajo de esa ropa fina, tu piel todavía tiene las marcas de mis dedos... eso es un placer que ningún asesinato podría darme.
Deruth abrió los ojos y tomó la mano de Ron, presionándola contra su rostro.
—Eres un hombre retorcido, Ron Molan.
—Y usted es el hombre que me permite serlo —replicó Ron con una sonrisa afilada—. ¿Desea que continuemos con la "lección" de anoche aquí mismo? Hay unos arbustos muy densos detrás de aquel roble...
Deruth soltó una risa ahogada, mitad escandalizada, mitad tentada.
—¡Ron! ¡Los niños están a menos de cien metros!
—Entonces tendrá que ser muy, muy silencioso —dijo Ron, inclinándose para morder suavemente el lóbulo de la oreja de Deruth—. Como un buen cazador. O como una presa que no quiere ser descubierta.
Deruth sintió que su resistencia se desmoronaba. La dualidad de Ron, ese equilibrio entre el sirviente impecable y el asesino sádico, era lo que lo mantenía cautivado. Era un ancla y, al mismo tiempo, el mar que amenazaba con ahogarlo.
—No aquí —susurró Deruth, aunque sus manos se enredaron en la chaqueta de Ron—. Esta noche. En mi despacho. Tengo "papeles" que necesitan ser revisados hasta tarde.
Ron asintió, sus ojos brillando con una promesa oscura.
—Estaré allí. Me aseguraré de que el té de limón sea especialmente amargo, para que sus gritos sean más dulces.
Se separaron justo a tiempo. Los pasos de los niños regresando por el sendero anunciaron el fin de su breve momento de intimidad. Beacrox venía detrás, cargando una pequeña bolsa con piedras, con una expresión de resignación grabada en el rostro.
—¡Padre! —Cale llegó corriendo, mostrando una piedra plana y gris—. ¡Rok Soo dice que esta sirve para saltar en el agua! ¿Nos enseñas?
Deruth se puso de pie, sacudiéndose la hierba de los pantalones. Su compostura era de nuevo la de un noble digno, aunque el brillo en sus ojos era un poco más intenso de lo normal.
—Por supuesto, Cale. Vamos al arroyo.
Ron se quedó atrás un momento, recogiendo los restos del picnic. Observó la espalda de Deruth, la forma en que reía con sus hijos, y sintió una extraña calidez en su pecho, algo que no era deseo carnal ni sed de sangre. Era algo mucho más peligroso: pertenencia.
—¿Padre? —Beacrox se acercó a él, hablando en voz baja mientras los demás estaban distraídos en el agua.
—¿Sí, hijo? —respondió Ron, sin mirarlo.
—Ten cuidado. El Conde es un hombre bueno, pero el hielo del norte no es tan resistente como parece. Si lo rompes demasiado... no habrá nada que proteger.
Ron se detuvo, con una taza de porcelana en la mano. Miró a su hijo, viendo en él el mismo pragmatismo que los había mantenido con vida durante su huida del Continente Oriental.
—No voy a romperlo, Beacrox —dijo Ron, y su voz no tenía rastro de burla—. Voy a forjarlo. Un hombre que ama tanto como él necesita un núcleo de acero. Yo seré ese acero.
Beacrox asintió, aceptando la respuesta, y volvió con los niños.
El resto de la tarde transcurrió en una paz idílica. Deruth enseñó a sus hijos a lanzar piedras, riendo cuando Cale se empapó los zapatos y consolando a Rok Soo cuando este se frustró porque su piedra no saltó. Ron permaneció en la periferia, siempre presente, siempre observando, como un guardián silencioso.
A veces, sus miradas se cruzaban. En esos breves instantes, el mundo de los Henituse desaparecía. No había conde, ni mayordomo, ni hijos, ni pasado sangriento. Solo había dos hombres que habían encontrado un lenguaje común en el dolor y el placer, en la pérdida y la recuperación.
Cuando el sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y anaranjados, la familia emprendió el regreso a la mansión. Los gemelos, agotados por el aire libre, caminaban con pasos pesados, agarrados a las manos de su padre.
—Ha sido un buen día —dijo Deruth, mirando hacia atrás, hacia donde Ron caminaba con la cesta del picnic.
—El mejor —confirmó Cale, bostezando.
—Ron —llamó Deruth.
—¿Sí, mi señor?
—Asegúrate de que los niños tomen un baño caliente en cuanto lleguemos. No quiero que se resfríen.
—Ya he dado las instrucciones a la servidumbre, mi señor. Todo estará listo.
—Gracias, Ron. Por todo.
Ron hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Es mi placer servirle, Conde Henituse.
Esa noche, tal como habían acordado, las luces del despacho de Deruth permanecieron encendidas hasta bien pasada la medianoche. El personal de la mansión sabía que no debían interrumpir al Conde cuando estaba sumergido en sus deberes, y que solo Ron Molan tenía permitido entrar para llevarle su té.
Dentro del despacho, sin embargo, los documentos permanecían intactos sobre el escritorio. Deruth estaba sentado en su silla de cuero, con las manos atadas a la espalda con una cinta de seda roja, mientras Ron, arrodillado frente a él, le leía pasajes de un libro de poesía clásica con una voz que era una caricia y una amenaza al mismo tiempo.
—"El amor es un cazador que no conoce la fatiga" —leyó Ron, pasando una página—. "¿No es así, mi señor?"
Deruth, con la respiración entrecortada y los ojos empañados por las lágrimas que Ron tanto adoraba, solo pudo asentir.
—Sí, Ron... es un cazador. Y yo me rindo.
Ron cerró el libro y se puso de pie, su sombra proyectándose sobre el Conde como la de un gigante.
—Buena elección, Deruth. Porque la caza acaba de empezar.
En la quietud de la noche, el Condado Henituse dormía bajo la protección de sus muros. Nadie sabía que, en el corazón de la mansión, el Conde y su Asesino estaban escribiendo su propia historia, una que no necesitaba de títulos ni de aprobaciones externas. Una historia de sombras, de té de limón y de una lealtad que iba más allá de la vida y la muerte.
Porque al final, Deruth se había dado cuenta de algo importante: no importaba qué tan astuto fuera en la política o qué tan buen padre intentara ser. En manos de Ron Molan, siempre sería simplemente Deruth. Y para un hombre que lo tenía todo pero que lo había perdido casi todo, no había mayor libertad que esa.
Y Ron, mirando al hombre que lloraba de placer bajo su toque, supo que su viaje desde las cenizas del Continente Oriental había valido la pena. No por la seguridad, no por el poder, sino por el derecho de ser el único que viera la verdadera alma del Conde Henituse.
El picnic había terminado, pero el banquete de sus vidas apenas estaba comenzando. Un banquete donde el plato principal era la verdad, servida con un toque de crueldad y una pizca de amor eterno.