Tortuga astuta y zorro confundido
El Susurro de la Cicatriz y la Dulzura del Venal
La luz de la luna se filtraba a través de las pesadas cortinas del despacho, dibujando líneas de plata sobre la alfombra de lana. El silencio en el Condado Henituse era absoluto, una calma que solo se veía interrumpida por el rítmico rasgueo de una pluma sobre el pergamino. Deruth Henituse, con la espalda recta y la mirada cansada, firmaba los últimos decretos comerciales de la semana. Sus dedos, sin embargo, se detuvieron un segundo antes de mojar la pluma en el tintero.
Sintió esa presencia. No hubo pasos, ni el crujido de una madera, solo un cambio sutil en la presión del aire detrás de él.
—Su té de limón, mi señor. Esta vez, me he tomado la libertad de añadir un poco de miel de flores silvestres. He notado que su garganta parece irritada después de tantas audiencias.
Deruth no se giró. Una sonrisa juguetona, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Siempre tan atento, Ron. A veces me pregunto si tienes ojos en cada rincón de esta mansión, o si simplemente te deleitas en observar mis debilidades.
Ron Molan dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar. Sus movimientos eran una oda a la precisión. Se acercó al escritorio y, con una reverencia que rozaba la parodia por lo perfecta que era, extendió la taza humeante.
—Un buen sirviente no busca debilidades, mi señor —dijo Ron, su voz bajando a un tono que vibraba en la boca del estómago de Deruth—. Un buen sirviente busca necesidades. Y usted parece tener muchas esta noche.
Deruth aceptó la taza, dejando que sus dedos rozaran deliberadamente los de Ron. La piel del mayordomo estaba fría, como siempre, pero el Conde pudo notar cómo los músculos del brazo de Ron se tensaban ante el contacto. El juego había comenzado de nuevo.
—Me conoces demasiado bien —susurró Deruth, tomando un sorbo del té. El sabor amargo del limón fue cortado por la dulzura viscosa de la miel—. Aunque a veces, tu forma de "atenderme" es... un tanto asfixiante.
Ron dio un paso atrás, entrelazando las manos tras su espalda. Su máscara de anciano benigno seguía allí, pero sus ojos, esos ojos de cazador que habían visto mil muertes, brillaban con una intensidad oscura.
—¿Asfixiante? —repitió Ron—. Pensé que le gustaba sentirse protegido. O quizás es que la libertad de estar solo en este despacho le resulta... aburrida.
Deruth dejó la taza sobre el escritorio y se puso de pie con lentitud. Se acercó a Ron hasta que apenas unos centímetros los separaban. El Conde era un hombre astuto; sabía que Ron disfrutaba del control, pero también sabía que al asesino le fascinaba cuando su presa mostraba colmillos.
—Sabes lo que me pasa, Ron —dijo Deruth, su voz cargada de una intención que hizo que el vello de la nuca del mayordomo se erizara—. Me gusta jugar con fuego. Y tú eres el incendio más peligroso que he conocido.
Ron soltó una risa seca, un sonido que no llegaba a sus ojos.
—Jugar con fuego suele dejar cicatrices, Conde. Y usted ya tiene suficientes en el alma.
—Tal vez quiero algunas nuevas —desafió Deruth, extendiendo una mano para acariciar la solapa del uniforme de Ron—. Cicatrices que lleven tu nombre.
El control de Ron se resquebrajó por una fracción de segundo. Sus pupilas se dilataron, devorando el color claro de sus iris. Sin previo aviso, su mano enguantada se cerró alrededor de la muñeca de Deruth, no con la delicadeza de un sirviente, sino con la firmeza de un captor.
—Usted no sabe lo que está pidiendo —gruñó Ron, su fachada de mayordomo desapareciendo por completo—. Cree que esto es un juego de salón noble. Cree que puede coquetear con un monstruo y salir ileso.
—No quiero salir ileso, Ron —respondió Deruth, jadeando ligeramente por la presión en su muñeca—. Quiero que dejes de esconderte tras esa sonrisa falsa. Quiero al hombre que huyó del Este. Quiero al hombre que es capaz de matar por sus hijos... y que es capaz de destruirme por placer.
Ron empujó a Deruth contra el borde del escritorio. El impacto hizo que los papeles se desparramaran por el suelo, pero a ninguno le importó. El mayordomo se inclinó, su rostro a milímetros del de Deruth.
—Es usted un hombre muy cruel, mi señor —susurró Ron—. Sabe que me vuelve loco verlo así. Sabe que mi mayor deseo es verlo romperse, ver esas lágrimas que tanto le gusta derramar cuando el placer es demasiado.
—Entonces, ¿por qué te detienes? —provocó Deruth, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Ron—. ¿Tienes miedo de lo que sientes? ¿Tienes miedo de que este "sirviente" termine amando a su dueño?
La palabra "amor" golpeó a Ron como un puñetazo. Era un sentimiento que había enterrado bajo capas de cinismo y sangre. Pero al mirar a Deruth, al ver la vulnerabilidad y el deseo ardiente en sus ojos, no pudo negarlo más. Era una debilidad, una cadena, y sin embargo, era lo más real que había sentido en décadas.
—No es miedo, Deruth —dijo Ron, su voz ronca de deseo—. Es hambre.
Ron capturó los labios de Deruth en un beso que sabía a té de limón y a una desesperación contenida. No hubo ternura, solo una lucha de lenguas y una necesidad voraz. Deruth gimió contra su boca, sus manos tirando desesperadamente del cabello de Ron, desordenando ese peinado siempre impecable.
Sin romper el beso, Ron comenzó a despojar a Deruth de su ropa. Sus manos, expertas en encontrar los puntos vitales de un enemigo, ahora encontraban los puntos de placer del Conde. Cada roce era una promesa de algo más oscuro, algo más profundo.
—Ron... —jadeó Deruth cuando el mayordomo bajó sus besos hacia su cuello, mordiendo la piel sensible justo donde late la vida—. Ron, por favor...
—Diga mi nombre de nuevo —ordenó Ron, sus manos bajando hacia los pantalones de Deruth—. Olvide que es un Conde. Olvide que soy su mayordomo. Esta noche, solo somos un cazador y su trofeo.
Deruth se arqueó contra él, su cuerpo temblando de anticipación.
—Ron... mi Ron... —susurró, las lágrimas empezando a asomar en las comisuras de sus ojos.
Al ver el brillo líquido en los ojos de Deruth, Ron sintió un subidón de adrenalina. Ese era el momento que siempre imaginaba. El Conde, el pilar de la familia Henituse, el hombre que administraba un territorio con mano firme, estaba desmoronándose bajo su toque.
Ron lo levantó del escritorio y lo llevó hacia el gran sillón de cuero frente a la chimenea. Lo depositó allí con una mezcla de brusquedad y una extraña forma de reverencia. Se arrodilló entre las piernas de Deruth, observándolo con una devoción que rayaba en lo sacrílego.
—Usted es tan hermoso cuando sufre por mí —dijo Ron, sus dedos trazando el rastro de una lágrima—. Me hace querer ver cuánto puede aguantar antes de que su voz se quiebre por completo.
—Pruébame —desafió Deruth, echando la cabeza hacia atrás—. No soy tan frágil como parezco.
Ron sonrió, una expresión letal que prometía un placer agónico.
—Lo sé. Por eso lo elegí a usted.
Las horas siguientes fueron un borrón de sensaciones intensas. Ron fue metódico, casi clínico, en la forma en que llevó a Deruth al borde de la locura. Usó sus manos, su boca y ese conocimiento ancestral sobre el cuerpo humano para asegurar que Deruth no tuviera un solo pensamiento que no fuera Ron Molan.
Hubo dolor, sí, el tipo de dolor que se transforma en un éxtasis insoportable. Ron mordió sus hombros, dejó marcas en sus muslos y lo sujetó con una fuerza que dejaría moretones al día siguiente. Pero por cada acto de dominación, había un susurro de posesión, una declaración silenciosa de que Deruth era lo único que importaba en el mundo oscuro de Ron.
Cuando finalmente llegó el clímax, fue devastador. Deruth gritó el nombre de Ron al aire, sus uñas clavándose en los antebrazos del mayordomo mientras su cuerpo se sacudía en una serie de espasmos violentos. Las lágrimas fluyeron libremente ahora, empapando su rostro, y Ron las bebió como si fueran el elixir más preciado del mundo.
—Míreme, Deruth —ordenó Ron, su propia voz quebrada mientras alcanzaba su propio final—. Míreme y dígame a quién pertenece.
Deruth abrió los ojos, su visión borrosa por el placer y el llanto.
—A ti... —jadeó—. Siempre he sido tuyo... desde el momento en que entraste en esta casa...
Ron se derrumbó sobre él, ocultando su rostro en el hueco del cuello de Deruth. Por un momento, el asesino desapareció. Solo quedó un hombre cansado que había encontrado un refugio inesperado en los brazos de aquel a quien debía servir.
El silencio volvió al despacho, solo interrumpido por el crepitar de las últimas brasas en la chimenea. La luna había seguido su curso, y el alba empezaba a teñir el horizonte de un gris pálido.
Ron fue el primero en moverse. Con una eficiencia que parecía sobrehumana, comenzó a vestirse y a recoger la ropa de Deruth. Su máscara de mayordomo estaba volviendo a su lugar, pero sus movimientos eran más suaves, casi tiernos.
—Debe descansar, mi señor —dijo Ron, ayudando a Deruth a ponerse la camisa de seda—. Los jóvenes maestros Cale y Rok Soo se despertarán pronto. No querrá que lo vean en este estado.
Deruth se dejó vestir, sintiéndose extrañamente ligero. La tensión de los últimos meses, el luto que aún pesaba en sus hombros y la responsabilidad del condado parecían haberse disipado, al menos por unas horas.
—Eres increíble, Ron —murmuró Deruth, acariciando la mejilla del mayordomo—. ¿Cómo puedes volver a ser "el sirviente" tan rápido después de lo que acabamos de hacer?
Ron se detuvo un momento, mirando a Deruth a los ojos. Ya no había rastro de la frialdad asesina, solo una lealtad que iba más allá del deber.
—Porque servirle es mi forma de amarlo, Deruth —respondió Ron en un susurro que solo el Conde pudo oír—. Cada taza de té, cada nudo de corbata, cada sombra que elimino de su camino... todo es parte de lo mismo.
Deruth sonrió, una sonrisa genuina y llena de paz.
—Entonces, ¿mañana volveremos al juego?
Ron hizo una reverencia perfecta, su sonrisa de anciano amable regresando a sus labios.
—Mañana, mi señor, el té de limón estará listo a las siete en punto. Y me aseguraré de que su agenda esté despejada por la tarde... para que podamos discutir más "asuntos administrativos".
Deruth soltó una risita y se levantó, caminando hacia su dormitorio con pasos un poco tambaleantes pero seguros. Ron lo observó irse, su mirada fija en la espalda del hombre que le había dado una razón para seguir viviendo más allá de la venganza.
Cuando la puerta se cerró, Ron recogió la taza de té vacía. Sus dedos rozaron el borde donde los labios de Deruth habían estado.
—Es usted un hombre muy peligroso, Conde Henituse —murmuró Ron para sí mismo—. Me ha convertido en alguien que tiene algo que perder.
Pero mientras salía del despacho y se adentraba en los pasillos de la mansión, Ron Molan no sentía miedo. Sentía una determinación fría y absoluta. Protegería a Deruth, protegería a los gemelos y protegería este pequeño rincón de mundo que habían construido juntos. Y si para ello tenía que seguir siendo el monstruo que se escondía en las sombras, lo haría con gusto.
Porque al final del día, el cazador había sido cazado, y el trofeo resultó ser el tesoro más grande que jamás hubiera imaginado.
En el piso de arriba, Cale y Rok Soo dormían plácidamente, ajenos a las tormentas de pasión y lealtad que sacudían los cimientos de su hogar. Beacrox, en las cocinas, ya estaba preparando el desayuno, sabiendo sin necesidad de palabras que su padre volvería con esa mirada de satisfacción oscura que solo el Conde podía provocarle.
La familia Henituse era extraña, sí. Estaba rota en algunos lugares y remendada con sangre y secretos en otros. Pero mientras Ron Molan estuviera allí para preparar el té de limón y Deruth Henituse tuviera la astucia de mantenerlo a su lado, nada podría destruirlos.
El sol finalmente salió, iluminando el Condado Henituse con una luz dorada y prometedora. Un nuevo día comenzaba, con sus deberes, sus máscaras y sus verdades ocultas tras sonrisas perfectas. Y en el corazón de la mansión, un mayordomo y su señor se preparaban para enfrentar el mundo, unidos por un vínculo que nadie se atrevería a cuestionar.
—Buenos días, mi señor —dijo Ron, entrando en la habitación de Deruth un par de horas más tarde con una bandeja nueva—. Espero que haya dormido bien.
Deruth, desde la cama, lo miró con un brillo travieso en los ojos.
—He dormido como un hombre que sabe que está en buenas manos, Ron.
—Siempre, mi señor —respondió Ron, ajustando las cortinas—. Siempre.