Tortuga astuta y zorro confundido
El Juramento del Acero y la Fragancia de los Lirios
El aroma del incienso que Jour solía quemar en las habitaciones privadas siempre había tenido un efecto sedante sobre Deruth, pero esa noche, el aire se sentía cargado, casi eléctrico. En la cuna, los pequeños Cale y Rok Soo dormían profundamente, ajenos a la tensión que habitaba el despacho contiguo.
Deruth Henituse no era un guerrero. No poseía la fuerza bruta de los caballeros ni la magia de los sabios, pero tenía una mirada que podía desollar las mentiras de un hombre con la misma precisión que un escalpelo. Sentado tras su escritorio de caoba, observaba al hombre que tenía frente a él.
Ron Molan estaba de pie, con la espalda recta y las manos entrelazadas frente a su cuerpo en una postura de servidumbre perfecta. Sin embargo, sus ojos —esos ojos que aún no habían adoptado la máscara de anciano bondadoso que usaría años después— eran pozos de una frialdad absoluta.
—¿Nombre real? —preguntó Deruth, dejando la pluma sobre el tintero con un sonido seco.
—Ron Molan, mi señor —respondió él. Su voz era una caricia de terciopelo sobre el filo de una daga.
—No me refiero al nombre que usas para limpiar la plata, Ron —Deruth se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos—. Me refiero al nombre que susurran con terror en el Continente Oriental. El nombre del patriarca de una de las familias de asesinos más temidas que ha conocido la historia.
El silencio que siguió fue denso. Ron no se inmutó, pero sus pupilas se dilataron imperceptiblemente. Era la primera vez que alguien en este reino pacífico y "débil" lo llamaba por lo que realmente era.
—Es curioso —continuó Deruth, levantándose para caminar alrededor del escritorio—. Jour me dijo que eras un hombre de confianza. Me dijo que habías huido de una masacre con tu hijo a cuestas. Pero lo que no me dijo es que traía a un lobo hambriento para que cuidara de mis corderos.
Deruth se detuvo a escasos centímetros de Ron. El asesino podría haberle cortado la garganta en menos de un parpadeo. Podría haber usado sus manos desnudas para aplastar la tráquea del Conde antes de que este pudiera gritar. Ron sintió un impulso familiar, una sed de sangre que nacía de su instinto de supervivencia. Sin embargo, algo lo detuvo.
No fue el miedo. Fue la fascinación. Deruth Henituse no mostraba ni un ápice de temor. Había una valentía silenciosa en él, una firmeza que Ron no esperaba de un noble de provincia que se dedicaba a las finanzas y a la administración.
—¿Por qué no me has matado aún, Ron? —preguntó Deruth en un susurro—. Estoy a tu alcance. Mi muerte te daría la libertad de desaparecer con Beacrox y el oro de mis arcas.
Ron bajó la mirada hacia el cuello del Conde. La piel era clara, fina, y podía ver el pulso constante de la carótida. Era una invitación. Un desafío.
—Porque usted no es una amenaza, mi señor —respondió Ron, y por primera vez, una pizca de su verdadera naturaleza se filtró en su tono—. Y porque mi hijo necesita un lugar donde el olor a sangre no lo persiga en cada esquina.
Deruth soltó una risa suave, una que no llegaba a ser burlona, sino casi melancólica.
—Mentira. Tu hijo es tu motivo, pero no es tu única razón. Estás cansado de correr, Ron. Y yo te ofrezco un trato.
—¿Un trato? —Ron arqueó una ceja, finalmente rompiendo su postura rígida.
—Tú protegerás a mi familia —dijo Deruth, su voz volviéndose tan dura como el acero—. Protegerás a Jour, a Cale y a Rok Soo. Serás sus sombras, su escudo invisible. A cambio, el Condado Henituse será tu fortaleza. Nadie del Este te encontrará aquí. Y si lo hacen, yo mismo enterraré sus cuerpos bajo mis viñedos.
Ron observó al hombre frente a él. Había algo en la intensidad de Deruth que lo atraía de una manera que no podía explicar. No era solo respeto por un superior; era una curiosidad mórbida. Quería ver hasta dónde llegaba esa determinación. Quería ver si este hombre, tan lleno de luz y amor por su familia, podía realmente soportar la oscuridad que él traía consigo.
—¿Sabe lo que me pide, Conde? —Ron dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Deruth—. Si acepto, mi vida le pertenecerá. Pero mi oscuridad también se filtrará en su casa. No soy un hombre bueno. Disfruto del dolor. Disfruto de la caza.
Deruth no retrocedió. Al contrario, extendió una mano y la posó sobre el hombro de Ron. Fue un contacto firme, cálido.
—Sé exactamente quién eres, Ron Molan. Y sé que un hombre que ama a su hijo tanto como para cruzar el mar en una balsa podrida, es un hombre en el que puedo confiar. Quédate. Sé el mayordomo de mi casa... y sé el arma de mi familia.
Ron sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche. Miró la mano de Deruth sobre su hombro y luego subió la vista hacia sus ojos. En ese momento, algo cambió. La atracción que había sentido desde que llegó a la mansión, ese interés superficial por la amabilidad del Conde, se transformó en algo más denso, más posesivo.
—Como usted desee... mi señor —dijo Ron, y esta vez, la palabra "señor" no fue un título, sino un juramento.
Se arrodilló frente a Deruth, no como un sirviente que pide trabajo, sino como un caballero oscuro que ofrece su espada. Tomó la mano de Deruth y, en un gesto que sorprendió al Conde, depositó un beso en sus nudillos. Fue un beso breve, pero sus ojos permanecieron fijos en los de Deruth, llenos de una promesa letal.
—Si alguien intenta tocar lo que es suyo, les enseñaré por qué mi familia era la dueña de la noche —susurró Ron.
Deruth sintió un calor inusual subir por su brazo. La intensidad de la mirada de Ron era casi insoportable. Había algo depredador en ella, algo que le decía que acababa de invitar a un demonio a su hogar, pero extrañamente, no se sentía en peligro. Se sentía... reclamado.
—Bien —dijo Deruth, recuperando la compostura y retirando su mano suavemente—. Ve a descansar, Ron. Mañana empieza tu entrenamiento como mayordomo. Beacrox empezará en las cocinas.
Ron se puso de pie, su sonrisa de anciano amable empezando a formarse en las comisuras de sus labios, como una máscara que se ajusta a la perfección.
—Por supuesto, mi señor. ¿Desea que le traiga un té de limón antes de retirarme? He oído que ayuda a dormir mejor.
Deruth asintió, volviendo a su escritorio.
—Eso sería excelente. Gracias, Ron.
Ron salió del despacho con pasos silenciosos. Una vez en el pasillo, se detuvo y miró sus manos. Todavía podía sentir la calidez de la piel de Deruth. En su mente, una imagen intrusiva apareció: el Conde, con esa misma mirada desafiante, pero con el rostro húmedo por las lágrimas, suplicando no por su vida, sino por el toque de las manos de un asesino.
Ron sacudió la cabeza, desechando el pensamiento con una mueca. "Es solo curiosidad", se dijo a sí mismo. "Es un hombre interesante, eso es todo".
Pero la semilla estaba plantada.
Los meses pasaron y la presencia de Ron se volvió indispensable. Jour, con su sabiduría silenciosa, a menudo observaba a los dos hombres interactuar. Ella veía cómo Ron seguía a Deruth con la mirada, cómo sus manos se movían con una delicadeza innecesaria cuando le ajustaba la túnica o le servía el vino.
Una tarde, mientras los gemelos jugaban en la alfombra y Deruth leía unos informes, Jour se acercó a Ron, quien permanecía de pie en las sombras de la habitación.
—Él confía mucho en ti, ¿sabes? —susurró Jour, con una sonrisa dulce.
—Es mi deber, señora —respondió Ron, sin apartar la vista de Deruth.
—No es solo deber, Ron. Lo miras como si fuera la única cosa sólida en un mundo de humo. Ten cuidado. Mi esposo es un hombre de gran corazón, pero también es muy perspicaz. Si sigues mirándolo así, terminará dándose cuenta de lo que ni siquiera tú has admitido todavía.
Ron se tensó.
—No sé a qué se refiere, señora.
Jour se limitó a reír suavemente y volvió al lado de su esposo, dejando a Ron con un nudo de confusión y deseo en el pecho.
Sin embargo, la tragedia no tardó en golpear. La muerte de Jour fue un golpe devastador para el Condado. Deruth, el hombre que siempre tenía una respuesta y una sonrisa, se rompió. Durante semanas, no salió de su despacho, descuidando incluso a sus hijos.
Fue Ron quien se encargó de todo. Ron quien alimentó a los gemelos, Ron quien mantuvo la administración de la casa y, sobre todo, fue Ron quien entró en el despacho oscuro una noche, encontrando a Deruth rodeado de botellas vacías y retratos de su esposa.
—Fuera —gruñó Deruth, con la voz rota por el llanto y el alcohol.
Ron no se movió. Se acercó y, sin pedir permiso, le quitó el vaso de la mano.
—No voy a irme, mi señor. Usted me pidió que protegiera a su familia. Y usted es parte de ella.
—¡Ya no tengo familia! —gritó Deruth, levantándose y golpeando el escritorio—. ¡Ella se ha ido! ¡Me ha dejado solo!
Ron lo sujetó por los hombros. Fue un agarre brusco, doloroso, que obligó a Deruth a mirarlo. El Conde tenía los ojos inyectados en sangre, las mejillas surcadas por lágrimas recientes.
—Usted tiene dos hijos que lo necesitan —dijo Ron, su voz cortante como un diamante—. Y me tiene a mí. No le permitiré hundirse en este agujero. Si tengo que arrastrarlo de vuelta a la luz por la fuerza, lo haré.
Deruth se derrumbó contra el pecho de Ron, sollozando sin control. Ron lo sostuvo. Por primera vez, no sintió el impulso de observar el dolor como un cazador curioso, sino de protegerlo. Envolvió sus brazos alrededor del Conde, permitiendo que el hombre se desahogara.
—Mírame, Deruth —susurró Ron, usando su nombre sin permiso por primera vez.
Deruth levantó la vista, sus ojos brillantes por las lágrimas, su rostro enrojecido y vulnerable. Ron sintió un tirón violento en su interior. En ese estado de absoluta derrota, Deruth era la cosa más hermosa que Ron había visto jamás. Quería besarlo, quería morderlo, quería ser la razón de cada una de esas lágrimas.
—Estoy aquí —dijo Ron, limpiando una lágrima con su pulgar—. No dejaré que nada malo le pase. Nunca más.
Deruth asintió débilmente, aferrándose a la chaqueta del uniforme de Ron como si fuera su única balsa en medio de un naufragio.
—Gracias... Ron. No sé qué haría sin ti.
—No tiene que saberlo —respondió el asesino—. Porque nunca tendrá que averiguarlo.
Esa noche marcó el inicio de una nueva fase en su relación. Ron se convirtió en el apoyo incondicional de Deruth. Lo ayudó a levantarse, lo ayudó a ser el padre que Cale y Rok Soo necesitaban, y lo ayudó a reconstruir el condado. Pero en medio de ese apoyo, los sentimientos de Ron empezaron a mutar. Ya no era solo una atracción física o una curiosidad sádica; era una obsesión devota.
Ron empezó a notar cosas que antes ignoraba. La forma en que Deruth se mordía el labio cuando estaba concentrado. La calidez de su risa cuando jugaba con los niños. La forma en que sus ojos buscaban a Ron en una habitación llena de gente, buscando seguridad.
Y Deruth, a medida que recuperaba su fuerza, también empezó a notar el cambio. Ya no veía solo al mayordomo eficiente. Veía al hombre que lo había sostenido en su momento más oscuro. Veía la intensidad en su mirada, la forma posesiva en que se colocaba detrás de él en las reuniones sociales, y la manera en que sus dedos siempre tardaban un segundo de más en soltar su mano.
Años después, cuando los gemelos ya eran adolescentes y la paz parecía haber regresado por completo al hogar Henituse, Deruth decidió que era hora de jugar. Se dio cuenta de que Ron estaba enamorado de él mucho antes de que el propio asesino pudiera identificar ese sentimiento.
—Ron —dijo Deruth una tarde en el jardín, mientras el mayordomo le servía el té—. ¿Alguna vez has pensado en volver al Este?
Ron se detuvo, con la tetera en el aire.
—No, mi señor. Mi hogar está donde usted esté.
Deruth sonrió, una sonrisa astuta que recordaba al hombre que una vez interrogó a un asesino sin parpadear.
—¿Incluso si eso significa que nunca podrás ser libre?
Ron dejó la tetera y se acercó a Deruth, inclinándose para quedar a la altura de su oído.
—Usted es mi libertad, mi señor. Y mi prisión. Y no desearía estar en ningún otro lugar.
Deruth se giró, quedando a escasos centímetros del rostro de Ron. Pudo ver el deseo reprimido, la lucha interna del hombre que todavía intentaba convencerse de que solo era un sirviente leal.
—Eres un mentiroso, Ron Molan —susurró Deruth, dejando que su mano rozara la mejilla del mayordomo—. Pero eres mi mentiroso favorito.
Ron sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. El Conde lo estaba provocando, lo estaba poniendo nervioso a propósito. Y lo peor de todo es que a Deruth parecía divertirle inmensamente ver al imperturbable asesino perder la compostura.
—Usted está jugando con fuego de nuevo, Conde —advirtió Ron, su voz volviéndose peligrosa.
—Lo sé —respondió Deruth, sus ojos brillando con una chispa de travesura y algo mucho más profundo—. Y esta vez, no me importa si me quemo.
Ron cerró los ojos, inhalando el aroma de Deruth. En ese momento, comprendió que Jour tenía razón. Se había enamorado del hombre que le prometió protección, del hombre que vio al monstruo y decidió que valía la pena conservarlo.
Y mientras Deruth se reía suavemente y volvía a su té, Ron juró para sus adentros que no importaba cuántas veces el Conde lo pusiera nervioso o jugara con él. Siempre estaría allí, en las sombras, listo para atraparlo si caía, y listo para ser el fuego que lo consumiera cuando las luces se apagaran.
Porque al final, el asesino y el conde habían encontrado algo que ninguno de los dos buscaba: una razón para no estar solos en la oscuridad.