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Tortuga astuta y zorro confundido

El Vértigo de la Sumisión y el Sabor del Acero

La mañana en el Condado Henituse solía ser un desfile de eficiencia y orden, pero para el Conde Deruth, el amanecer se sentía como una prolongación de la penumbra febril de la noche anterior. Se encontraba de pie frente al gran espejo de cuerpo entero en su vestidor, sosteniéndose del borde de la cómoda con nudillos blancos. Detrás de él, Ron Molan, con su impecable uniforme de mayordomo y su rostro tallado en una calma imperturbable, ajustaba los últimos detalles de su vestimenta noble.

Sin embargo, debajo de las capas de lino fino y terciopelo, Deruth cargaba con un secreto físico que le robaba el aliento en cada movimiento. El tapón de cristal negro que Ron había introducido en él antes de que el sol asomara seguía allí, una presencia fría y pesada que reclamaba su espacio con una arrogancia silenciosa.

—Se ve usted algo pálido esta mañana, mi señor —comentó Ron, su voz era un bálsamo engañoso que ocultaba un filo cortante—. ¿Acaso no ha descansado bien? ¿O es que el "recordatorio" de mi lealtad le resulta demasiado presente?

Deruth soltó un jadeo entrecortado cuando Ron, al ajustar el fajín, presionó deliberadamente la base del objeto contra su entrada. El cristal se hundió un poco más, golpeando ese punto interno que hacía que las rodillas de Deruth flaquearan.

—Sabes perfectamente... lo que siento, Ron —logró decir Deruth, mirando el reflejo de su mayordomo. Ron le devolvió una mirada cargada de una devoción sádica—. Me tienes caminando como si fuera de cristal. No puedo dar un paso sin sentirte dentro de mí.

Ron se inclinó, apoyando su barbilla en el hombro de Deruth. Sus manos enguantadas bajaron por el pecho del Conde, acariciando la tela costosa con una lentitud tortuosa.

—Esa es la intención, Deruth —susurró Ron al oído del noble, su aliento cálido contrastando con el frío del cristal en su interior—. Quiero que cada vez que firme un documento, cada vez que hable con sus hijos o que camine por los pasillos, recuerde a quién pertenece este cuerpo. Quiero que ese peso le recuerde que, aunque sea el Conde ante el mundo, para mí es solo una criatura que llora de placer.

—Eres un monstruo —susurró Deruth, aunque su cabeza se inclinó hacia atrás, buscando el contacto del asesino.

—Su monstruo —corrigió Ron con una sonrisa afilada—. Ahora, vayamos al desayuno. Los jóvenes maestros le esperan.

El desayuno fue una tortura refinada. Deruth se sentó a la cabecera de la mesa, tratando de mantener la compostura mientras Cale y Rok Soo hablaban animadamente sobre sus lecciones de esgrima y literatura. Ron permanecía de pie a su derecha, sirviendo el té con una elegancia que nadie cuestionaría.

Cada vez que Deruth se movía para tomar un bocado, el tapón de cristal se deslizaba mínimamente, enviando ráfagas de electricidad por su espina dorsal. Ron, consciente de cada espasmo sutil en los hombros del Conde, se acercó para rellenar su taza.

—¿Desea más azúcar, mi señor? —preguntó Ron. Al hacerlo, su mano libre rozó "accidentalmente" el muslo de Deruth por debajo de la mesa, apretando con fuerza justo donde los músculos se tensaban por la contención del objeto.

Deruth soltó un ruido que fue mitad ahogo y mitad gemido. Cale levantó la vista, con una expresión de curiosidad.

—¿Padre? ¿Te encuentras bien? Pareces... agitado.

Deruth apretó los dientes, sintiendo cómo el sudor frío empezaba a perlar su frente. Ron no retiró la mano, sus dedos se movían en círculos lentos sobre la tela del pantalón de Deruth, justo sobre su erección creciente.

—Estoy bien, Cale —respondió Deruth con la voz una octava más alta de lo normal—. Solo... el té está un poco más caliente de lo habitual. Ron, por favor, retírate un poco. Me das calor.

—Como desee, mi señor —dijo Ron, pero antes de alejarse, sus dedos dieron un tirón imperceptible en la tela, recordándole a Deruth que el control no era suyo.

Cuando el desayuno terminó y los niños se marcharon con Beacrox, Deruth se desplomó en su silla, respirando con dificultad. Ron cerró las puertas del comedor con un clic definitivo.

—¿No ha sido divertido, Deruth? —Ron se acercó, despojándose de su máscara de servidumbre. Sus ojos brillaban con esa luz de cazador que tanto excitaba y aterraba al Conde—. Verlo intentar ser un padre digno mientras su cuerpo clama por ser sometido es... una visión que atesoraré.

—¡Sácalo, Ron! —suplicó Deruth, levantándose y tambaleándose hacia él—. Es demasiado... me vas a volver loco.

Ron lo interceptó, rodeando su cintura y pegándolo a su cuerpo. La dureza del asesino contra el vientre de Deruth fue el catalizador final.

—¿Sacarlo? —Ron rió entre dientes, una risa oscura que vibró en el pecho de Deruth—. Apenas estamos empezando. He notado que ha sido un niño muy travieso esta mañana, intentando ocultar su estado. Merece un castigo... o quizás, una recompensa más profunda.

Ron llevó a Deruth hacia la mesa del comedor, apartando los platos de porcelana con un movimiento brusco. Sentó al Conde sobre la madera fría y le obligó a abrir las piernas. El tapón de cristal negro brillaba bajo la luz de las lámparas, la gema roja en su base parecía un ojo sangriento observándolo todo.

—Mírese —ordenó Ron, agarrando el mentón de Deruth—. Está empapado. Su propio cuerpo me ruega que lo use.

—Ron... por favor... ah... —Deruth se arqueó cuando Ron empezó a jugar con la base del tapón, girándolo lentamente. El cristal dilataba sus paredes internas, forzándolo a abrirse más y más—. ¡Ahhh! ¡Duele... duele pero se siente tan bien!

—Eso es porque está hecho para esto, mi señor —dijo Ron, su voz volviéndose un gruñido—. Está hecho para ser llenado por mí.

Sin previo aviso, Ron sacó el tapón de un tirón seco. Deruth soltó un grito que resonó en las paredes de la estancia, un sonido de puro vacío y anhelo. Pero antes de que pudiera recuperarse, Ron lo sustituyó por algo mucho más cálido y vivo: sus propios dedos, seguidos pronto por su lengua.

—¡Aaahh! ¡Ron! —Deruth se retorcía sobre la mesa, sus manos buscando desesperadamente el cabello de Ron—. ¡Más... dame más!

Ron no se detuvo hasta que Deruth estuvo al borde del colapso. Entonces, se puso de pie, desabrochando su pantalón con una urgencia que rara vez mostraba. La necesidad de Ron era igual de salvaje; ver a Deruth así, despojado de su dignidad de noble y reducido a un manojo de nervios sensibles, era su droga más potente.

—Dígalo —exigió Ron, posicionándose entre los muslos de Deruth—. Diga qué es lo que quiere más que su propio título.

—Te quiero a ti... —sollozó Deruth, las lágrimas de placer nublando su vista—. ¡Quiero que me llenes! ¡Quiero que me rompas, Ron! ¡Soy tu presa! ¡Úsame!

Ron se enterró en él de una sola estocada brutal. El grito de Deruth fue ahogado por el beso posesivo de Ron. El ritmo que siguió fue despiadado, una danza de poder donde el roce de la piel y el choque de los cuerpos creaban una sinfonía de deseo pecaminoso. Ron no tenía piedad; golpeaba el fondo de Deruth con una fuerza que hacía que la mesa se deslizara sobre el suelo.

—¡Ah, ah, ah! ¡Ron! —gemía Deruth, su cuerpo sufriendo espasmos rítmicos—. ¡Eres... eres un demonio!

—Y usted es el cielo que ese demonio ha decidido conquistar —respondió Ron, aumentando la velocidad. Sus manos apretaban los muslos de Deruth con tal fuerza que los moretones serían el testimonio de su pasión durante semanas.

El clímax llegó como una tormenta. Deruth se vino con un grito prolongado, su semen manchando su propio pecho y la camisa de Ron. Segundos después, Ron lo siguió, llenando al Conde con una calidez que parecía quemar.

Se quedaron así durante largos minutos, jadeando, unidos por el acto y por un amor que no se atrevía a decir su nombre en público, pero que gritaba en la intimidad.

Ron se separó lentamente y, con una ternura inesperada, limpió el rostro de Deruth con su pañuelo. Luego, tomó el tapón de cristal negro del suelo y lo miró con una sonrisa maliciosa.

—Creo que esto todavía tiene un uso —dijo Ron.

—No... Ron, ya he tenido suficiente —murmuró Deruth, aunque sus ojos decían lo contrario.

—Un Conde siempre debe estar preparado para las visitas —dijo Ron, volviendo a introducir el objeto en un Deruth todavía sensible y abierto—. Tenemos una reunión con los nobles de la región en una hora. Quiero que lleve esto puesto durante toda la sesión.

Deruth soltó un gemido de protesta que rápidamente se convirtió en un suspiro de rendición.

—Eres... verdaderamente cruel, Ron Molan.

—Y usted, mi querido Deruth, es el único hombre en este mundo que sabe apreciar mi crueldad —Ron le ayudó a bajar de la mesa y a recomponer su ropa—. Ahora, prepárese. Tenemos un territorio que gobernar... y un secreto que disfrutar bajo nuestras capas de seda.

Deruth caminó hacia la salida del comedor, sintiendo de nuevo el peso frío y excitante en su interior. Se giró hacia Ron, quien ya estaba recogiendo los platos como si nada hubiera pasado.

—Ron —llamó el Conde.

—¿Sí, mi señor?

—Asegúrate de que el té de esta tarde sea muy, muy dulce. Voy a necesitar la energía.

Ron inclinó la cabeza con una sonrisa que era puro veneno y miel.

—Como usted ordene, mi señor. Siempre como usted ordene.

Mientras Deruth se alejaba, Ron observó el ligero balanceo de sus caderas, una señal que solo él podía interpretar. El juego continuaría, la lealtad se entrelazaría con el deseo, y en la oscuridad del Condado Henituse, el Conde y su Mayordomo seguirían perdiéndose en el laberinto de una pasión que no conocía límites, ni perdón, ni fin. Porque para Ron, Deruth era la única presa que valía la pena cazar eternamente, y para Deruth, Ron era el único cazador al que deseaba entregarse, una y otra vez, entre gemidos y sombras.