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Tortuga astuta y zorro confundido

El Trono de Seda y la Castración del Orgullo

El despacho del Conde Henituse siempre había sido un lugar de orden, de decisiones firmes y de una paz que emanaba de la estabilidad del territorio. Sin embargo, tras las puertas cerradas de roble macizo, el orden se transformaba en una jerarquía mucho más oscura y visceral. Habían pasado años desde que Ron Molan y Deruth Henituse sellaron su pacto de sombras, y con el tiempo, la dinámica entre el amo y el sirviente se había refinado hasta convertirse en un arte de la degradación y la devoción absoluta.

Deruth estaba inclinado sobre su propio escritorio, con las manos atadas a las patas de bronce de la pesada mesa. Su túnica de seda, de un verde esmeralda que resaltaba la palidez de su piel, estaba subida hasta la cintura, dejando sus nalgas expuestas al aire frío de la noche y a la mirada insaciable del hombre que estaba detrás de él.

Ron Molan no tenía prisa. Se tomó un momento para ajustar sus guantes blancos, un gesto de una pulcritud aterradora antes de proceder a profanar la dignidad del hombre que gobernaba el noreste.

—Se mueve usted demasiado, mi señor —comentó Ron, su voz manteniendo esa cadencia suave y profesional que utilizaba para anunciar el té—. ¿Es que la seda del escritorio le resulta incómoda, o es que su cuerpo ya no puede contener la anticipación de su propio castigo?

—Cállate... —jadeó Deruth, hundiendo el rostro en los papeles que antes estaba revisando—. Sabes perfectamente... que me tienes esperando desde la cena.

Ron soltó una risa seca y se acercó, apoyando su cuerpo contra la espalda de Deruth. La diferencia de temperatura era abismal; el calor de Ron era como un incendio que amenazaba con consumir la poca cordura que le quedaba al Conde. Ron bajó una mano y, con una lentitud tortuosa, rodeó el miembro de Deruth.

—Mírese —susurró Ron al oído de Deruth, mordiendo ligeramente el lóbulo de su oreja—. Tan pequeño. Tan insignificante. ¿Dónde está el orgullo del gran Conde Henituse ahora?

Deruth soltó un gemido que fue una mezcla de vergüenza y excitación. Desde que Ron había empezado con este nuevo juego de palabras, la mente de Deruth se había vuelto un caos.

—Cada vez que lo toco, parece que se encoge más —continuó Ron, moviendo su mano con una presión mínima, casi insultante—. Se está volviendo inútil, ¿verdad, Deruth? Casi parece que su cuerpo está olvidando para qué sirve esta parte de usted. Se está volviendo tan blando y pequeño como el de una mujer.

—¡Ah! ¡No digas eso! —gritó Deruth, arqueando la espalda cuando Ron apretó la base de su miembro con el pulgar—. ¡Ron!

—Es la verdad —sentenció el mayordomo, su voz volviéndose más ronca—. Un hombre de verdad tendría una reacción más imponente ante su dueño. Pero usted... usted solo gotea y tiembla. Se está transformando en un receptáculo, mi señor. Un agujero hecho solo para ser llenado y usado. Su masculinidad se está desvaneciendo bajo mi mano.

Sin previo aviso, Ron se despojó de su propia ropa con una eficiencia que Deruth solo podía envidiar desde su posición de sumisión. El Conde sintió la dureza de Ron golpeando contra sus nalgas, una presencia imponente que hacía que su propio miembro se sintiera, efectivamente, minúsculo y patético en comparación.

Ron agarró las caderas de Deruth con una fuerza que dejaría marcas lívidas durante días. Sin lubricación previa, confiando solo en la humedad que el deseo y el miedo habían arrancado de Deruth, se impulsó hacia adelante.

—¡Aaaaaahhhhh! —El grito de Deruth fue ahogado por la madera del escritorio—. ¡Ron! ¡Me vas a partir!

—Usted no necesita ser un hombre para recibirme —gruñó Ron, comenzando un ritmo brutal y descompasado—. Necesita ser una perra obediente. Olvide que alguna vez engendró hijos. Olvide que tiene poder. Aquí, en este despacho, solo es carne que yo reclamo.

Las estocadas de Ron eran profundas, diseñadas para golpear la próstata de Deruth con una precisión quirúrgica. Con cada golpe, Ron recordaba al Conde su supuesta inutilidad.

—Mire hacia abajo —ordenó Ron, tirando del cabello castaño de Deruth para obligarlo a ver su propio sexo—. Mire cómo cuelga, sin vida, mientras yo le follo como si fuera una hembra en celo. Es patético. Ni siquiera puede mantenerse erguido mientras su amo le da lo que busca. Se está volviendo tan pequeño... casi desaparece entre sus muslos.

Deruth sollozaba, las lágrimas empapando los informes de impuestos del condado. La degradación verbal de Ron actuaba como un veneno dulce en su cerebro. Se sentía pequeño, se sentía humillado, y esa humillación era el combustible que hacía que su interior ardiera con una intensidad que nunca había experimentado con nadie más.

—Soy... soy inútil... —balbuceó Deruth, perdiendo la batalla contra su propio orgullo—. ¡Soy tuya, Ron! ¡Hazme desaparecer!

—Eso es —susurró Ron, su voz cargada de un sadismo amoroso—. Admita que su pene ya no sirve para nada. Admita que solo quiere ser mi juguete, mi pequeño secreto que llora bajo mi peso.

Ron aumentó la velocidad, sus embestidas se volvieron más rápidas y ruidosas. El sonido de la carne chocando contra la carne llenaba el despacho, compitiendo con los gemidos rotos de Deruth. Ron llevó una mano al cuello del Conde, apretando lo justo para que el oxígeno escaseara y las sensaciones se multiplicaran.

—Tan estrecho... tan perfecto —gruñó Ron—. Ninguna mujer podría recibirme así. Usted ha nacido para esto, Deruth. Para ser mi perra de lujo. Olvide su hombría, no la necesita conmigo. Yo seré el único hombre en esta habitación.

Deruth sentía que se desvanecía. El placer era tan agudo que bordeaba la agonía. Cada insulto de Ron, cada mención a su "feminización" involuntaria, hacía que las paredes de su interior se contrajeran alrededor del miembro de Ron con una fuerza desesperada.

—¡Me voy a... me voy a correr! —gritó Deruth, sacudiendo la cabeza.

—No se atreva —sentenció Ron, apretando la uretra de Deruth con los dedos con una firmeza cruel—. No tiene permiso para ensuciar mi escritorio con su semilla inútil. Usted no se corre hasta que yo termine de usarlo.

—¡Por favor! ¡Ron, duele! ¡Déjame!

—Sufra —respondió el asesino—. Sufra por mí. Sienta cómo su cuerpo se rinde. Sienta cómo su hombría muere mientras yo le doy el único propósito que le queda: servirme.

Ron continuó durante lo que parecieron horas. Cambió de posición a Deruth, poniéndolo de espaldas sobre el escritorio, con las piernas abiertas de par en par y elevadas hacia sus hombros. En esa posición, Deruth estaba completamente expuesto, su vulnerabilidad era absoluta bajo la luz de las velas.

Ron observó el miembro de Deruth, que latía con una necesidad agónica pero permanecía pequeño por la restricción de los dedos de Ron.

—Parece un pequeño clítoris —se burló Ron con una sonrisa gélida—. Tan sensible, tan femenino. ¿Quiere que lo trate como a una dama, mi señor? ¿Quiere que le susurre lo mucho que me gusta su pequeño y húmedo agujero?

—¡S-sí! ¡Dímelo! —Deruth estaba fuera de sí, su mente reducida a instintos básicos.

Ron se inclinó y comenzó a lamer los pezones de Deruth mientras seguía embistiendo con una ferocidad renovada.

—Es usted mi pequeña perra aristócrata —susurró Ron entre estocadas—. Tan bonita cuando llora. Tan perfecta cuando se olvida de que es un hombre. Mañana se pondrá sus ropas caras y fingirá ser el Conde, pero ambos sabremos que aquí abajo, usted es solo una hembra que gotea por su mayordomo.

El momento final llegó con la violencia de un cataclismo. Ron soltó la restricción de Deruth en el último segundo, permitiendo que el Conde se corriera con un grito desgarrador, su semen salpicando sin fuerza, confirmando en la mente nublada de Deruth la narrativa de Ron sobre su debilidad. Ron lo siguió un instante después, rugiendo mientras llenaba el interior de Deruth con ráfaga tras ráfaga de calor abrasador.

Deruth quedó tendido sobre el escritorio, jadeando, con la mirada perdida en el techo. Ron se retiró lentamente, disfrutando del sonido del fluido escapando del cuerpo del Conde.

—Mírese —dijo Ron, recuperando su tono de voz profesional mientras se limpiaba con un pañuelo de seda—. Está hecho un desastre. Un Conde no debería estar así, ¿verdad?

Deruth no respondió, solo soltó un suspiro tembloroso. Ron comenzó a vestirse con la misma elegancia de siempre, como si no acabara de destruir la psique de su señor.

—Le traeré un poco de agua tibia para que se limpie, mi señor —dijo Ron, ajustando su corbata—. Y recuerde: mañana tenemos la revisión de las cuentas del territorio. Intente no distraerse pensando en lo pequeño e inútil que se siente bajo mi tacto.

—Eres... un demonio, Ron —murmuró Deruth con una sonrisa débil y satisfecha.

—Soy su mayordomo, mi señor. Y siempre estoy a su servicio.

***

A la mañana siguiente, el sol brillaba sobre el jardín de la mansión Henituse. Cale y Rok Soo caminaban por el pasillo principal, dirigiéndose al comedor para el desayuno. Se detuvieron un momento al ver a Ron salir del despacho de su padre con una bandeja vacía y una expresión de serenidad absoluta.

—Ron —llamó Cale, entrecerrando los ojos—. Padre parece estar muy cansado últimamente. ¿Ha estado trabajando hasta tarde otra vez?

Ron hizo una reverencia perfecta.

—El Conde es un hombre muy dedicado a sus deberes, joven maestro Cale. A veces, las sesiones nocturnas requieren un esfuerzo... extra.

Rok Soo, que siempre había sido el más observador de los dos, miró a Ron y luego a la puerta del despacho. Había notado que su padre caminaba con una ligera rigidez y que sus ojos tenían un brillo que no estaba allí antes.

—Parecen estar muy unidos —comentó Rok Soo con voz monótona—. Tú y padre. A veces parece que eres el único que sabe qué es lo que realmente necesita.

Ron mantuvo su sonrisa de anciano amable, aunque sus ojos brillaron con una chispa de diversión peligrosa.

—Es el deber de un mayordomo anticiparse a las necesidades de su señor, joven maestro Rok Soo. Mi relación con el Conde es puramente... profesional.

—Claro —dijo Cale, volviendo a caminar—. Solo espero que no lo agotes demasiado. Necesitamos que esté despierto para la cena con los nobles de la próxima semana.

—Haré todo lo posible para que el Conde esté en... óptimas condiciones —respondió Ron.

Cuando los gemelos se alejaron, Ron volvió a mirar la puerta del despacho. Sabía que, en ese momento, Deruth probablemente estaba intentando sentarse en su silla, sintiendo el dolor en sus muslos y el vacío en su interior que solo Ron podía llenar.

Los hijos sospechaban, por supuesto. Sabían que había un vínculo inquebrantable entre el Conde y su sombra. Pero lo que nunca se imaginarían, ni en sus pesadillas más salvajes, era la forma en que el imperturbable Ron Molan despojaba a su padre de cada onza de orgullo noble, convirtiéndolo en una criatura temblorosa y sumisa que encontraba su mayor libertad en la degradación total.

Ron retomó su camino hacia las cocinas, tarareando una melodía suave. La noche volvería pronto, y con ella, nuevas formas de recordarle a Deruth Henituse que, bajo las capas de poder y riqueza, no era más que la propiedad privada de un asesino que lo amaba con una crueldad infinita.