Un Cupido Maldito
Azul y Salitre: La Trampa de las Olas
El sol de agosto no era simplemente calor; era una presencia física, una manta pesada y húmeda que envolvía a Tokio y convertía cada misión en un suplicio de sudor y fatiga. Suguru Geto, sin embargo, se sentía inusualmente fresco. Mientras caminaba por los pasillos de la escuela, jugueteando con un folleto turístico que había "encontrado" convenientemente en la estación, su mente trabajaba a mil revoluciones por segundo.
Había analizado los resultados de Harajuku. Los celos habían funcionado, pero habían sido demasiado volátiles. Satoru era como un volcán: si lo presionabas demasiado, explotaba en todas direcciones, y Shoko, con su pragmatismo de acero, simplemente se cerraba. Necesitaba un cambio de escenario. Algo que relajara las defensas de Shoko y que, al mismo tiempo, dejara a Satoru completamente desarmado.
La respuesta era obvia: el mar.
—¿La playa? —Satoru levantó la vista de su consola portátil, sus gafas de sol resbalando por el puente de su nariz—. Suguru, ¿te has golpeado la cabeza con una maldición de grado especial? Tenemos tres informes pendientes y Yaga-michi está de un humor de perros.
—Precisamente por eso, Satoru —respondió Suguru con su voz más melosa, sentándose frente a él—. Estamos agotados. El rendimiento baja con el estrés térmico. Además, he oído que en la costa de Enoshima hay avistamientos de una maldición de bajo nivel que drena el agua de los pozos. Podríamos ir, "investigar", y de paso... aprovechar la brisa marina.
Satoru entrecerró los ojos azules, esos Seis Ojos que podían ver el flujo de la energía pero que eran desesperadamente ciegos ante las intenciones sociales.
—Investigar, ¿eh? —Una sonrisa ladeada y arrogante se extendió por su rostro—. Suena a que quieres que yo haga el trabajo sucio mientras tú te tuestas al sol. ¡Me apunto! Pero solo si Shoko viene. Si tengo que aguantar tus discursos sobre la ética de los hechiceros bajo el sol, me lanzaré al océano y no volveré.
—Ya contaba con eso —murmuró Suguru para sus adentros.
Convencer a Shoko fue un poco más difícil. La doctora del grupo prefería la penumbra de su laboratorio y el zumbido del aire acondicionado a la arena pegajosa. Sin embargo, Suguru conocía su punto débil.
—Dicen que hay un chiringuito que sirve marisco fresco y una cerveza artesanal que solo se consigue allí —lanzó Geto como quien lanza un anzuelo—. Y Utahime no puede ir, así que no habrá nadie que te regañe por fumar en la orilla.
Shoko dejó el bisturí sobre la bandeja metálica y lo miró con sospecha, sus ojeras pareciendo un poco más profundas bajo la luz fluorescente.
—Satoru va a estar gritando todo el tiempo, ¿verdad? —preguntó ella.
—Probablemente —admitió Suguru—. Pero también estará demasiado ocupado intentando impresionar a las turistas o ahogándose en las olas. Podrás ignorarlo con el sonido del mar de fondo.
Shoko suspiró, una rendición silenciosa.
—Está bien. Pero si me quemo la piel, te diseccionaré mientras duermes, Suguru.
Dos días después, el trío se encontraba en la estación de Katase-Enoshima. El aire olía a sal, a protector solar y a libertad. Satoru vestía una camisa hawaiana abierta sobre una camiseta blanca y unos pantalones cortos que hacían que sus piernas parecieran infinitas. Suguru mantenía su estilo pulcro, incluso en la costa. Pero el verdadero "golpe de efecto" del plan de Geto ocurrió cuando llegaron a la zona de vestuarios.
Suguru se aseguró de salir primero, esperando junto a un puesto de helados. Satoru salió poco después, quejándose de que la arena ya se le había metido en las sandalias.
—¡Esto es un desastre, Suguru! Mi Infinito debería repeler los granos de arena, pero son tantos que...
Satoru se detuvo en seco. Sus palabras se evaporaron en el aire salino.
Shoko acababa de salir del vestuario de mujeres. No llevaba el uniforme escolar, ni la bata blanca, ni sus habituales ropas holgadas. Vestía un bikini negro de corte sencillo pero elegante, que resaltaba la palidez de su piel y las curvas que sus ropas habituales siempre ocultaban con celo. Se estaba recogiendo el pelo corto en una coleta improvisada, dejando al descubierto la línea de su cuello y sus hombros delgados.
Suguru observó a Satoru de reojo. El "más fuerte" parecía haber sufrido un cortocircuito cerebral. Sus labios estaban entreabiertos y, por primera vez en la historia, sus gafas de sol se deslizaron hasta caer al suelo, dejando al descubierto los Seis Ojos, que ahora estaban dilatados y fijos en una sola dirección.
—¿Qué pasa? —preguntó Shoko, caminando hacia ellos con su habitual parsimonia, ajena (o fingiendo estarlo) al efecto que estaba causando—. ¿Tengo algo en la cara?
—Tú... —Satoru tragó saliva, su manzana de Adán moviéndose con dificultad—. Shoko, tú... ¿por qué no llevas una camiseta? Te vas a resfriar. Sí, eso. El viento marino es traicionero.
Suguru tuvo que morderse el interior de la mejilla para no estallar en carcajadas. Satoru Gojo, el hombre que desafiaba las leyes de la física, estaba intentando usar la lógica del resfriado en pleno agosto para ocultar que no podía dejar de mirar a su amiga.
—Satoru, hace treinta y cinco grados —dijo Shoko, arqueando una ceja—. Si tengo frío, usaré tu camisa de flores espantosa como manta. Vamos, quiero ese marisco.
Ella pasó por su lado, rozando ligeramente el brazo de Satoru con el suyo. El contacto pareció enviar una descarga eléctrica a través del chico de cabello blanco, que se quedó petrificado un segundo más antes de reaccionar.
—¡Oye! ¡Mi camisa es de diseñador! —gritó Satoru, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal—. ¡Y no creas que te verás mejor que yo en el agua! ¡Soy un nadador de grado especial!
Suguru los siguió, sintiéndose como un director de orquesta que acababa de clavar el primer movimiento de una sinfonía.
Se instalaron en una zona un poco apartada de la multitud. Suguru extendió las toallas con parsimonia, mientras Satoru correteaba por la orilla como un niño hiperactivo, lanzando ráfagas controladas de energía para hacer saltar el agua, solo para molestar a los cangrejos.
—Es un idiota, ¿verdad? —dijo Shoko, sentándose en su toalla y empezando a aplicarse protector solar.
—Es nuestro idiota —corrigió Suguru, sentándose a su lado—. Aunque hoy parece especialmente... inquieto.
Shoko no respondió, pero sus ojos siguieron la figura de Satoru en la distancia. El chico se había quitado la camisa hawaiana, revelando un torso fibroso y atlético que atraía las miradas de media playa. Sin embargo, él parecía ignorarlo todo, girándose cada pocos segundos para asegurarse de que Shoko seguía allí, mirándolo.
—Shoko —dijo Suguru, bajando la voz—, él no sabe dónde meterse. Literalmente. Creo que ha procesado más información viendo tu traje de baño que en toda la clase de historia de ayer.
—No digas tonterías, Suguru —replicó ella, aunque sus dedos se detuvieron un momento sobre su hombro—. Satoru solo es... visual. Le gustan las cosas brillantes y lo que no suele ver. Mañana se habrá olvidado.
—No lo creo —insistió Geto—. Mira sus orejas. Están rojas. Y no es por el sol.
Shoko miró hacia la orilla. Satoru estaba intentando hacer equilibrio sobre una roca mojada, haciendo poses ridículas para llamar su atención. Cuando sus ojos se encontraron, él le sacó la lengua y luego, en un alarde de torpeza fingida (o quizás real, dada su distracción), resbaló y cayó al agua de espaldas con un estruendo cómico.
Shoko soltó una risita, una de esas raras y genuinas que iluminaban su rostro cansado.
—Voy a ayudar al estúpido antes de que se ahogue en diez centímetros de agua —dijo ella, levantándose.
Suguru la vio caminar hacia el mar. Su figura recortada contra el azul intenso del océano era, efectivamente, un paisaje digno de admirar. Vio cómo Satoru emergía del agua, con el cabello blanco pegado a la frente y los ojos brillantes de pura alegría al ver que ella se acercaba.
—¡Shoko! ¡El agua está increíble! —exclamó Satoru, salpicándola en cuanto estuvo a su alcance—. ¡Ven aquí, te falta sal en las venas!
—¡Ni se te ocurra, Gojo! —protestó ella, intentando cubrirse, pero ya era tarde.
Satoru la rodeó con sus largos brazos y, antes de que ella pudiera protestar, la levantó en vilo. Shoko gritó, una mezcla de sorpresa y diversión, mientras Satoru la cargaba hacia una zona más profunda.
—¡Suéltame, idiota! ¡Me voy a mojar el pelo!
—¡Ese es el punto! —rio Satoru—. ¡Eres demasiado seria, Shoko! ¡Necesitas un bautismo marino!
Desde la arena, Suguru observaba la escena. Satoru sostenía a Shoko con una facilidad asombrosa, y por un momento, la risa de ambos se fundió con el sonido de las olas. No había técnica de infinito entre ellos ahora. No había barreras. Solo dos adolescentes que, por un breve instante, se olvidaban de que eran las armas más poderosas de la humanidad.
Satoru bajó a Shoko cuando el agua les llegaba a la cintura. Se quedaron allí, de pie, uno frente al otro. El agua goteaba por el rostro de Satoru, y él se quitó las gafas para limpiarse los ojos. Shoko se quedó inmóvil. Tener a Gojo Satoru a esa distancia, sin filtros, con el sol reflejándose en sus ojos como si fueran diamantes líquidos, era una experiencia abrumadora para cualquiera.
Satoru extendió una mano y, con una suavidad que rara vez mostraba, apartó un mechón de pelo mojado de la cara de Shoko.
—Te ves... —empezó a decir, su voz volviéndose grave, perdiendo ese tono burlón que usaba como armadura.
—¿Me veo como una maldición empapada? —interrumpió Shoko, su mecanismo de defensa activándose por instinto.
Satoru negó con la cabeza, dando un paso más hacia ella. En el agua, sus cuerpos estaban casi pegados.
—Te ves increíble, Shoko —susurró él—. A veces olvido que eres... bueno, que eres tú.
Shoko bajó la mirada, sus mejillas encendiéndose con un rubor que no podía culpar al calor.
—Y tú eres un sentimental cuando te da demasiado el sol —respondió ella, pero no se alejó. De hecho, apoyó sus manos en el pecho mojado de Satoru para mantener el equilibrio contra una ola que pasaba.
Satoru puso sus manos sobre las de ella, atrapándolas contra su piel. El tiempo pareció detenerse. Suguru, desde la distancia, sintió que el aire vibraba. Era el momento. Estaban a un paso de romper el muro.
Pero entonces, el deber llamó de la forma más inoportuna posible.
Un grito desgarrador rompió la calma de la tarde. En el extremo opuesto de la playa, cerca de unas rocas negras, una masa de energía oscura empezó a materializarse. La "maldición de bajo nivel" que Suguru había mencionado resultó ser un poco más grande y hambrienta de lo esperado.
Satoru reaccionó en una fracción de segundo. Su rostro cambió instantáneamente: de adolescente enamorado a hechicero letal.
—Shoko, quédate detrás de mí —ordenó, su voz ahora fría y cortante.
—Puedo cuidarme sola, Satoru —replicó ella, aunque ya estaba retrocediendo hacia la orilla para buscar sus herramientas médicas si eran necesarias.
Suguru ya estaba en pie, invocando a una de sus maldiciones voladoras para interceptar el ataque. La batalla fue breve. Para Gojo y Geto, una maldición de ese calibre era poco más que un ejercicio de calentamiento. Satoru la pulverizó con un "Azul" minúsculo, apenas un chasquido de dedos que hizo que el agua hirviera por un segundo.
Cuando el peligro pasó, la atmósfera mágica se había disipado. La gente en la playa corría presa del pánico, y el personal de seguridad empezaba a evacuar la zona.
—Vaya forma de arruinar una cita —refunfuñó Satoru, volviendo hacia las toallas con el ceño fruncido—. Odio este trabajo a veces.
—No era una cita, Satoru —dijo Shoko, recogiéndolo todo con rapidez—. Era una misión de investigación, ¿recuerdas? Suguru nos lo dijo.
Satoru miró a Suguru, quien mantenía una expresión de inocencia angelical.
—Sí, claro. "Investigación" —masculló Gojo—. Suguru, te voy a matar.
—¿Por qué? —preguntó Geto, ajustándose el pelo—. Hemos eliminado la amenaza y hemos disfrutado del paisaje. Yo diría que ha sido un éxito rotundo.
Caminaron de regreso a la estación en silencio. Pero era un silencio diferente al de la mañana. Satoru caminaba justo al lado de Shoko, y aunque no se tocaban, su brazo rozaba el de ella constantemente. Shoko, por su parte, no parecía tener prisa por alejarse.
Mientras esperaban el tren, Satoru se compró un helado de dos bolas y, sin decir una palabra, le ofreció la primera a Shoko.
—Está frío —dijo él, mirando hacia otro lado—. Para que no te dé un golpe de calor.
Shoko aceptó la cucharada, mirándolo con una mezcla de ternura y resignación.
—Gracias, Satoru.
En el vagón de regreso a Tokio, el cansancio y el sol acumulado hicieron efecto. Shoko se quedó dormida casi de inmediato, su cabeza cayendo sobre el hombro de Satoru. Esta vez, Gojo no hizo ninguna broma. No se quejó del peso ni del olor a tabaco y mar. Simplemente se quedó muy quieto, apoyando su propia cabeza sobre la de ella, cerrando los ojos con una sonrisa pequeña y satisfecha.
Suguru, sentado enfrente, sacó su teléfono y tomó una foto rápida.
"Fase Playa: Completada con éxito parcial", escribió en sus notas mentales. "Efectos secundarios: Satoru ha descubierto que Shoko es una mujer. Shoko ha descubierto que Satoru tiene corazón bajo todo ese ego. Próximo objetivo: El festival de verano. Necesitaremos fuegos artificiales... y quizás un poco de alcohol".
El tren avanzaba hacia la ciudad, dejando atrás el mar y la arena. El verano del 2006 seguía su curso, y Suguru Geto sabía que, pasara lo que pasara en el futuro, esos momentos de paz eran los que realmente valía la pena proteger.
Miró a sus dos amigos, durmiendo juntos en el ruidoso vagón, y sintió que, por una vez, todo estaba exactamente donde debía estar. La operación seguía en marcha, y él no pensaba detenerse hasta que esos dos idiotas admitieran lo que todo el mundo ya sabía.
—De nada, Satoru —susurró Suguru, guardando su teléfono—. De nada.