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Un Cupido Maldito

Cadenas de Papel y Silencios de Grado Especial

El verano estaba llegando a su fin, pero el calor se negaba a abandonar los terrenos de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio. Suguru Geto observaba el termómetro de la sala de descanso con una mezcla de fascinación y hartazgo. Había intentado helados, había intentado el karaoke, incluso los había llevado a la playa bajo el pretexto de una misión, y aunque la tensión entre Satoru y Shoko era ahora tan espesa que se podía cortar con una herramienta maldita, ninguno de los dos daba el brazo a torcer.

Eran, sin duda, los dos seres más tercos del mundo de la hechicería.

—Esto es ridículo —murmuró Suguru para sí mismo, ajustándose el rodete—. Si no intervengo de forma drástica, llegaremos al 2007 y seguirán comunicándose mediante sarcasmos y miradas robadas.

Suguru no era un hombre de medias tintas. Si la sutileza no había funcionado, pasaría a la fuerza bruta psicológica. Había estado observando el horario de sus amigos: ese jueves por la tarde, Shoko debía organizar el inventario de suministros médicos en el antiguo salón de almacenamiento del bloque norte, un lugar con muros reforzados con energía maldita y una puerta de madera de roble que pesaba una tonelada. Y Satoru, como siempre, estaría merodeando cerca de ella, fingiendo que no tenía nada mejor que hacer que molestarla.

El plan era simple, casi infantil, pero en la sencillez residía la genialidad.

—Operación "Cuarto Oscuro" —susurró Suguru, una sonrisa maliciosa curvando sus labios.

Cerca de las cuatro de la tarde, el bloque norte estaba desierto. Shoko estaba dentro del salón, rodeada de cajas de gasas, frascos de alcohol y ungüentos para quemaduras provocadas por maldiciones. Satoru, tal como Suguru predijo, estaba sentado sobre una de las mesas de madera, balanceando sus largas piernas y lanzando una pelota de goma contra el techo, atrapándola con el "Infinito" justo antes de que tocara su mano.

—Satoru, si esa pelota cae cerca de las muestras de sangre, te juro que te haré una autopsia sin anestesia —dijo Shoko sin levantar la vista de su libreta.

—¡Qué agresiva, Shoko! —rio Gojo, atrapando la pelota con un chasquido de dedos—. Sabes que nunca fallo. Mi precisión es absoluta. Además, deberías agradecerme que te haga compañía. Este lugar huele a polvo y a medicina vieja. Es deprimente.

—Lo que es deprimente es tu falta de vida social fuera de esta habitación —replicó ella, aunque una pequeña curva en sus labios delataba que no le molestaba tanto su presencia.

En ese momento, Suguru apareció en el umbral de la puerta. Llevaba una caja vacía en las manos y su expresión era la personificación de la inocencia.

—Oh, qué bien que estén los dos aquí —dijo Suguru, entrando al salón—. El profesor Yaga me pidió que buscara unos sellos antiguos que deberían estar en el fondo del armario. Satoru, ¿podrías ayudarme a mover esa estantería? Está un poco pesada.

Satoru saltó de la mesa con un suspiro dramático.

—Suguru, mi buen amigo, ¿qué harías sin mi fuerza sobrehumana? —Se acercó al fondo del salón, donde una estantería de metal bloqueaba una pequeña puerta trasera que llevaba a un pasillo de servicio.

Mientras Satoru y Suguru se entretenían moviendo muebles en la parte trasera del salón, Shoko seguía concentrada en sus cajas. Suguru aprovechó un momento en que Satoru estaba de espaldas para deslizarse hacia la puerta principal. Con un movimiento fluido y cargado de energía maldita, Suguru salió del salón y cerró la pesada puerta de roble.

El sonido del cerrojo encajando fue seco y definitivo.

—¡Oye, Suguru! —gritó Satoru desde el fondo—. ¡Aquí no hay ningún sello, solo hay telarañas de grado cuatro!

No hubo respuesta. Satoru caminó hacia la puerta principal y tiró del pomo. No se movió ni un milímetro.

—¿Qué demonios...? —Satoru tiró con más fuerza, pero la puerta parecía estar soldada al marco—. ¡Suguru! ¡No tiene gracia! Abre la puerta.

Shoko se levantó, dejando caer su bolígrafo.

—¿Qué pasa? —preguntó, acercándose a la puerta.

—Está bloqueada —dijo Satoru, su voz perdiendo el tono juguetón—. Y no es solo el cerrojo. Hay un velo, una barrera de energía maldita envolviendo la habitación. Es... es la energía de Suguru.

Shoko se quedó en silencio un momento, procesando la información. Luego, dejó escapar un suspiro largo y cargado de exasperación.

—Ese monje manipulador... —murmuró ella, frotándose las sienes—. Nos ha encerrado a propósito.

Satoru golpeó la madera con el puño.

—¡Suguru! ¡Abre ahora mismo o usaré un "Azul" y no quedará nada de este bloque ni de tu estúpido flequillo!

De repente, la voz de Suguru resonó desde el otro lado, filtrándose por la pequeña rendija de ventilación superior.

—No te molestes, Satoru. He reforzado el velo con una condición de intercambio: no se romperá desde dentro a menos que ambos admitan algo honesto el uno al otro. Y antes de que lo intentes, si usas tu técnica al máximo, el colapso de energía destruirá todos los suministros médicos de Shoko. Tú decides.

Satoru se detuvo en seco, con el brazo ya cargado de energía azulada. Miró a Shoko, que lo observaba con una expresión que decía claramente: "Si destruyes mis medicinas, estás muerto".

—¡Esto es un secuestro! —protestó Gojo, sentándose en el suelo con la espalda contra la puerta—. ¡Es ilegal! ¡Le diré a Yaga!

—Yaga-michi está al tanto de que estamos en una "sesión de mediación de equipo" —respondió la voz de Suguru, alejándose por el pasillo—. Diviértanse. Volveré en un par de horas... o mañana.

El silencio que siguió fue absoluto. El salón, iluminado solo por la luz mortecina del atardecer que entraba por las altas ventanas, parecía haberse vuelto más pequeño. Shoko regresó a su mesa y se sentó, encendiendo un cigarrillo a pesar de estar rodeada de materiales inflamables.

—No puedes fumar aquí, Shoko —dijo Satoru sin mirarla.

—Suguru nos ha encerrado en una caja de madera. Si muero por una explosión, al menos moriré con nicotina en los pulmones —replicó ella, exhalando el humo.

Satoru se quitó las gafas de sol y las dejó en el suelo. Sus ojos azules brillaban en la penumbra, moviéndose inquietos de un lado a otro. Para alguien que poseía el "Infinito", estar confinado en un espacio tan mundano era una tortura psicológica.

—¿Qué se supone que debemos hacer? —preguntó Satoru después de diez minutos de silencio—. ¿"Decir algo honesto"? Suguru ha estado viendo demasiadas películas románticas.

—Solo quiere que dejemos de actuar como idiotas, Satoru —dijo Shoko, mirando la brasa de su cigarrillo—. Sabe que hay algo que no nos decimos.

Satoru soltó una carcajada seca.

—Yo digo todo lo que pienso. Soy la persona más honesta que conozco. Soy guapo, soy fuerte, soy el mejor. ¿Qué más honestidad quiere?

—Eres un mentiroso —dijo Shoko en voz baja, pero firme—. Eres el hombre más fuerte del mundo, pero eres un cobarde cuando se trata de lo que hay aquí dentro. —Se señaló el pecho.

Satoru se tensó. El aire en la habitación pareció volverse más pesado. Se levantó y caminó hacia ella, deteniéndose a pocos centímetros. Shoko no retrocedió. A pesar de la diferencia de altura, ella lo miraba con una intensidad que siempre lograba desarmarlo.

—¿Cobarde? —repitió Satoru, su voz bajando una octava—. He enfrentado maldiciones que harían que cualquier otro hechicero se volviera loco. He visto la muerte a la cara y le he sonreído. No me llames cobarde, Shoko.

—En el campo de batalla eres un dios, Satoru —dijo ella, dejando el cigarrillo en un cenicero improvisado—. Pero aquí, en este salón, eres solo un chico de diecinueve años que tiene miedo de que, si dice la verdad, todo lo que conoce cambie. Tienes miedo de que, si admites que me necesitas, dejes de ser "el más fuerte".

Satoru apretó los puños. La barrera de Suguru vibró, alimentándose de la tensión emocional que flotaba en el aire.

—No te necesito —mintió él, pero su voz tembló ligeramente—. Puedo hacer todo solo. Soy el más fuerte.

—Entonces, ¿por qué siempre vienes a la morgue después de tus misiones individuales? —preguntó Shoko, dando un paso hacia él—. ¿Por qué te quedas sentado en esa silla vieja, mirándome trabajar en silencio durante horas? ¿Por qué siempre te aseguras de que sea yo quien cure tus heridas, incluso cuando podrías usar tu propia técnica invertida?

Satoru guardó silencio. Los Seis Ojos captaban cada latido del corazón de Shoko, cada fluctuación de su energía maldita, pero sobre todo, captaban la verdad que él intentaba enterrar bajo capas de arrogancia.

—Vengo porque... porque el olor a formaldehído me ayuda a pensar —balbuceó él, buscando desesperadamente una excusa.

—Eres un idiota —dijo Shoko, y esta vez no había rastro de burla en su voz. Había una tristeza profunda—. Tienes todo el poder del mundo, y sin embargo, eres incapaz de sostener la mano de alguien sin que el "Infinito" esté de por medio.

Satoru sintió como si algo se rompiera dentro de él. La mención del Infinito dolió más que cualquier golpe físico. Era cierto. Su técnica era una barrera perfecta, una que lo protegía del mundo pero que también lo aislaba de lo único que deseaba tocar.

—No es que quiera que esté ahí —susurró Satoru, bajando la cabeza—. El Infinito es lo que soy. Si lo quito... si dejo que alguien se acerque... ¿qué queda de mí si no soy invulnerable?

Shoko extendió la mano. Lentamente, con una paciencia que solo alguien que trata con la vida y la muerte a diario posee, acercó sus dedos al rostro de Satoru. Él no activó su técnica. Dejó que la distancia entre ellos se redujera a milímetros, luego a micras, hasta que Shoko pudo sentir el calor de su piel.

Ella puso su mano en la mejilla de Satoru. Fue un contacto suave, real, sin filtros. Satoru cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que parecía haber estado contenido durante años. Se inclinó hacia el contacto, buscando el calor de la mano de Shoko como un hombre sediento busca agua en el desierto.

—Quedas tú, Satoru —dijo ella suavemente—. Queda el chico que se queja de los dulces, el que hace bromas estúpidas para hacerme reír y el que se preocupa por Utahime aunque no quiera admitirlo. Eso es lo que queda. Y eso es lo que me gusta.

Satoru abrió los ojos. El azul vibrante estaba nublado por una emoción que no podía ser clasificada como energía maldita. Era algo puramente humano.

—Shoko... —Satoru tomó la mano de ella, entrelazando sus dedos con los suyos. Sus manos eran grandes, pero las de ella eran firmes—. Yo... no sé cómo hacer esto. No sé cómo ser "normal". Pero sé que cuando no estás cerca, el mundo se siente demasiado ruidoso. Y cuando estás tú, todo se calma.

—Eso es un comienzo —dijo Shoko con una pequeña sonrisa.

Satoru se armó de valor. Miró hacia la puerta, sabiendo que Suguru probablemente estaba escuchando detrás de una pared de sombras, y luego volvió a mirar a Shoko.

—Honestidad, ¿verdad? —Satoru respiró hondo—. Está bien. Shoko, tengo miedo de perderte. Tengo miedo de que un día entres en esa morgue y no salgas, o de que yo me vuelva tan fuerte que ya no pueda sentir tu mano. Te quiero. No como se quiere a un compañero de equipo, ni siquiera como a Suguru. Te quiero de una forma que me asusta más que cualquier maldición de grado especial.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue un silencio compartido, un espacio donde las palabras finalmente habían llenado el vacío.

Shoko se puso de puntillas y besó la mejilla de Satoru, justo debajo de donde su mano lo acariciaba.

—Yo también te quiero, idiota —dijo ella—. Y ya era hora de que lo dijeras.

De repente, un clic metálico resonó en la habitación. El velo de energía maldita se disolvió como niebla bajo el sol, y la puerta de roble se abrió lentamente.

Suguru Geto estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión de triunfo absoluto.

—Vaya, vaya —dijo Suguru, fingiendo sorpresa—. Parece que la sesión de mediación ha sido un éxito rotundo. Satoru, tienes los ojos rojos. ¿Estabas llorando por mi ausencia?

Satoru recuperó su compostura en un segundo, aunque no soltó la mano de Shoko.

—¡Cállate, Suguru! —gritó Gojo, aunque no había veneno en sus palabras—. ¡Te voy a dar una paliza que ni Shoko podrá curar! ¿Cuánto tiempo llevas ahí escuchando?

—Lo suficiente como para saber que tengo que empezar a planear la boda —rio Suguru, dándose la vuelta y empezando a caminar por el pasillo—. Por cierto, Shoko, el inventario puede esperar hasta mañana. He pedido comida china para los tres.

Shoko soltó la mano de Satoru, pero solo para pasar su brazo por el suyo, apoyando su cabeza en su hombro mientras caminaban hacia la salida.

—Suguru —llamó Shoko.

—¿Sí?

—Si vuelves a encerrarme en un cuarto sin ventilación, te pondré veneno en el ramen —dijo ella con su tono monótono habitual.

—Valió la pena —respondió Suguru sin mirar atrás.

Satoru miró a Shoko y luego a Suguru. El sol ya se había puesto, y las sombras de la escuela se alargaban, pero por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una carga pesada. Se sentía como una posibilidad.

—Oye, Shoko —dijo Satoru mientras bajaban las escaleras—. ¿Eso significa que ahora puedo tomar tu mano cuando quiera?

—No te pases de listo, Gojo —respondió ella, aunque apretó su brazo contra el suyo—. Solo cuando no haya gente mirando.

—¡Eso es un sí! —exclamó Satoru, su risa resonando por todo el bloque norte.

Suguru sonrió para sí mismo mientras caminaba hacia el comedor. El verano de 2006 estaba terminando, y aunque sabía que el mundo de la hechicería era cruel y que los días de paz eran contados, había logrado salvar algo precioso. Había unido dos almas que estaban destinadas a caminar juntas, y eso, para Suguru Geto, era una victoria más grande que cualquier exorcismo.

—Misión cumplida —susurró al aire nocturno.

Detrás de él, Satoru y Shoko caminaban juntos, discutiendo sobre si el cerdo agridulce era mejor que los fideos, pero esta vez, no había "Infinito" entre ellos. Solo la calidez de dos personas que, gracias a un empujón de un amigo, finalmente habían encontrado el valor de ser honestos en un mundo lleno de mentiras.