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Una Familia Improvisada

Noches de Neón y Nostalgia

La casa estaba en silencio.

Era un silencio denso, casi antinatural, que se había instalado en el apartamento de Roppongi como un huésped no invitado. Shoko Ieiri lo sentía en la nuca, un cosquilleo frío que la distraía de los informes médicos esparcidos sobre la mesa del comedor. Habían pasado cuatro días desde que Satoru y Megumi se habían marchado a una misión de entrenamiento intensivo en las montañas de Nagano. Cuatro días, tres noches. Noventa y seis horas de una paz que, paradójicamente, se sentía como una forma de tortura.

—Shoko-san...

La vocecita de Tsumiki Fushiguro la sacó de su ensimismamiento. La niña, que ahora contaba con casi diez años, estaba sentada en el sofá, con un libro de texto abierto sobre las rodillas, aunque sus ojos estaban fijos en la ventana, observando las luces de la ciudad que comenzaban a parpadear.

—¿Sí, Tsumiki? ¿Necesitas ayuda con los deberes? —preguntó Shoko, forzando una sonrisa que no sentía.

—No... es solo que... ¿crees que volverán pronto? —la pregunta flotó en el aire, cargada de una esperanza frágil—. Megumi dijo que solo serían tres días.

Shoko suspiró, dejando el bolígrafo a un lado. Se levantó y se sentó junto a Tsumiki en el sofá, rodeando los hombros de la niña con un brazo.

—Ya conoces a Gojo-san —dijo, intentando que su voz sonara ligera—. El tiempo es solo una sugerencia para él. Probablemente encontraron una maldición interesante en el camino y decidió usarla como lección extra para Megumi. Estarán bien. Y volverán en cuanto puedan.

Tsumiki asintió, pero no pareció muy convencida. Apoyó la cabeza en el hombro de Shoko, un gesto que se había vuelto cada vez más común en los últimos años.

—Es que... la casa es demasiado grande sin ellos —murmuró la niña—. Y demasiado silenciosa.

Shoko no respondió. Sabía exactamente a lo que se refería. Sin el sonido de Satoru intentando explicar conceptos de hechicería con analogías ridículas, sin los pasos firmes y decididos de Megumi yendo y viniendo del dojo, el espacioso apartamento se sentía como una catedral vacía. Incluso el desorden habitual había desaparecido: no había envoltorios de dulces olvidados en lugares extraños, ni ropa de entrenamiento esperando a ser lavada. Todo estaba impecable, ordenado y terriblemente muerto.

—Lo sé —confesó Shoko, acariciando el cabello de Tsumiki—. A mí también me molesta el silencio.

Esa noche, después de arropar a Tsumiki y asegurarse de que se durmiera sin tener pesadillas, Shoko se encontró deambulando por el apartamento como un fantasma. Se detuvo frente al armario del pasillo y lo abrió. Allí, colgada entre sus propias chaquetas, estaba una de las camisas hawaianas de Satoru, una particularmente llamativa con un estampado de piñas y palmeras que él insistía en que era "alta costura". Sin pensarlo, la tomó y aspiró su aroma. Olía a él: una mezcla de ozono por su técnica, el dulzor empalagoso de algún postre y un rastro casi imperceptible de su propio perfume.

*«Patético, Shoko. Te has vuelto patética»*, se dijo a sí misma, colgando la camisa de nuevo en su sitio con más fuerza de la necesaria.

El timbre de su teléfono la sobresaltó. Era un mensaje de Utahime.

*«Noche de chicas. Mei Mei y yo vamos a pasar por ti en veinte minutos. No acepto un no por respuesta. Sé que el idiota no está y necesitas un respiro.»*

Shoko sonrió por primera vez en todo el día. Quizás Utahime tenía razón. Un respiro era exactamente lo que necesitaba.

***

El bar era un nido de cristal y acero suspendido en el piso cuarenta de un rascacielos de Shinjuku. Las luces de neón de la ciudad se extendían bajo ellas como una galaxia artificial, un espectáculo que normalmente habría fascinado a Shoko, pero que esa noche solo le parecía un ruido visual.

—¡Otro de estos, por favor! —exclamó Utahime, levantando su copa de cóctel, un líquido rosado adornado con una orquídea—. ¡Y que sea doble! ¡Lo necesito para borrar de mi mente la última estupidez que Gojo publicó en su blog de misiones!

Mei Mei, reclinada en su asiento con la elegancia de un felino, dio un sorbo a su champán caro.

—¿Qué hizo ahora? ¿Declarar que el color de sus ojos es un activo nacional no imponible?

—¡Peor! —se quejó Utahime—. ¡Escribió una guía de cinco pasos sobre "Cómo irritar a una miko de Kioto hasta que su energía maldita purifique el aire". ¡Y me usó a mí como ejemplo en todos los puntos! ¡Ese cretino engreído...!

Shoko sonrió débilmente, removiendo el hielo en su vaso de whisky. La diatriba anti-Gojo de Utahime era una constante universal, tan fiable como la salida del sol. Normalmente, ella se uniría con algún comentario sarcástico, pero esa noche, las palabras no le salían.

—No te estás riendo, Shoko —señaló Mei Mei, sus ojos grises, agudos como cuchillos, fijos en ella—. Usualmente, para este punto, ya habrías añadido al menos tres anécdotas humillantes sobre él. ¿Estás enferma?

—No estoy enferma —respondió Shoko, tomando un sorbo de su bebida. El líquido ambarino le quemó la garganta, pero no logró disipar la extraña opresión en su pecho—. Solo estoy cansada.

—Cansada de cuidarle, querrás decir —intervino Utahime—. De verdad, no sé cómo lo haces. Vivir con él, con su ego, con su constante necesidad de ser el centro de atención... ¡y ahora encima es tu novio oficial! Deberían darte una medalla, o un subsidio por peligrosidad emocional.

—No es tan malo todo el tiempo —murmuró Shoko, y se sorprendió a sí misma al decirlo.

Utahime y Mei Mei intercambiaron una mirada por encima de sus copas.

—¿Perdón? ¿He oído bien? —preguntó Utahime, inclinándose sobre la mesa—. ¿Shoko Ieiri, la reina del cinismo, defendiendo a Satoru Gojo? ¡El apocalipsis debe estar cerca!

—No lo estoy defendiendo —se apresuró a corregir Shoko, sintiendo un rubor incipiente en sus mejillas—. Solo digo que... hay momentos en los que no es un completo idiota.

—Ah, el famoso cinco por ciento de Satoru que es tolerable —dijo Mei Mei con una sonrisa lánguida—. Una inversión de muy bajo rendimiento, si me preguntas. Aunque, supongo que el valor de ese cinco por ciento se dispara por la escasez.

—Es solo que... la casa está muy tranquila sin él —admitió Shoko finalmente, la confesión saliendo de sus labios antes de que pudiera detenerla—. Y sin Megumi. Tsumiki los extraña.

—Tú los extrañas, Shoko —dijo Utahime, su tono volviéndose sorprendentemente suave—. No intentes esconderlo detrás de Tsumiki. Te conocemos.

Shoko se recostó en su asiento, derrotada. Odiaba que tuvieran razón. Odiaba esta vulnerabilidad, esta dependencia emocional que se había colado en su vida sin que se diera cuenta. Ella era la médica forense, la que lidiaba con la muerte y la descomposición, la que mantenía la cabeza fría cuando todo se iba al infierno. No era la novia que se quedaba en casa suspirando por su pareja.

—Es ridículo —murmuró—. La mayor parte del tiempo me saca de quicio. Deja sus cosas por todas partes, se come los postres que guardo para mí, tararea canciones pop espantosas a las siete de la mañana... Debería estar disfrutando de la paz.

—El amor es la peor inversión desde un punto de vista racional, querida —filosofó Mei Mei, haciendo una señal al camarero para que rellenara su copa—. Es ilógico, volátil y no ofrece garantías. Pero los dividendos, cuando llegan, pueden superar cualquier cosa que ofrezca el mercado de valores. Tú has invertido en el activo más caótico del mundo, pero también en el más poderoso. Es una apuesta de alto riesgo y alta recompensa.

—Mei, deja de hablar de mi relación como si fuera una acción de la bolsa —pidió Shoko, aunque no pudo evitar sonreír.

—Solo digo que te has acostumbrado a su... frecuencia —continuó Mei Mei—. Y ahora que no está, el silencio te parece una pérdida. Has encontrado tu equilibrio en su caos. Es un desarrollo fascinante.

—O simplemente te has enamorado hasta las trancas de ese idiota de pelo blanco —resumió Utahime con una sencillez brutal, y luego le dio una palmada en el hombro a Shoko—. Y no pasa nada. Alguien tenía que hacerlo, supongo. Y es mejor que seas tú, que sabes dónde esconderle los dulces para que se calle.

Shoko rió, una risa genuina que alivió parte de la tensión en su pecho. Tal vez tenían razón. Tal vez se había enamorado de ese huracán de hombre. Tal vez su vida, que antes era una línea recta de autopsias y cigarrillos, ahora era una espiral impredecible de misiones, deberes escolares y discusiones sobre quién se había comido el último trozo de tarta. Y tal vez, solo tal vez, le gustaba más así.

—Y los niños... —dijo Shoko, su voz teñida de una ternura que rara vez mostraba—. Ver a Megumi volverse más fuerte cada día... y ver a Tsumiki sonreír a pesar de todo lo que ha pasado... A veces siento que Satoru y yo no los estamos criando a ellos, sino que ellos nos están salvando a nosotros.

—Son buenos niños —asintió Utahime—. Aunque Megumi heredó la terquedad de su padre y la arrogancia de su tutor. Una combinación peligrosa.

La conversación derivó hacia otros temas: las últimas directivas de los superiores, los nuevos hechiceros de primer año, los rumores sobre un aumento de la actividad de maldiciones en la región de Kanto. Pero por debajo de todo, Shoko sentía la ausencia de Satoru como un miembro fantasma. Cada vez que su teléfono vibraba, su corazón daba un vuelco, esperando que fuera un mensaje suyo. Pero solo eran notificaciones de la academia y correos basura.

***

A doscientos kilómetros de distancia, en la cima de una montaña azotada por el viento, el mundo era de un azul oscuro y profundo. La luna llena bañaba el paisaje rocoso con una luz plateada, revelando los restos de lo que había sido una maldición de grado uno: un amasijo de roca y energía residual que se desvanecía lentamente.

Megumi Fushiguro estaba sentado en una roca, respirando con dificultad. Su uniforme de entrenamiento estaba rasgado en varios lugares y tenía un corte en la mejilla, pero sus ojos brillaban con la satisfacción de un trabajo bien hecho. Había logrado exorcizar a la maldición él solo, usando una combinación estratégica de sus Perros de Jade y Nue.

Satoru Gojo estaba de pie a unos metros, observándolo. No había intervenido ni una sola vez.

—Bien hecho, Megumi —dijo Satoru, su voz resonando en el silencio de la montaña—. Tu control sobre los shikigamis es cada vez más preciso. Has aprendido a pensar tres pasos por delante de tu oponente.

—Gasté demasiada energía al principio —respondió Megumi, siempre autocrítico—. Si hubiera sido más eficiente, la batalla habría durado la mitad.

—El análisis post-batalla es importante, pero también lo es reconocer la victoria —dijo Satoru, acercándose y sentándose a su lado—. Estoy orgulloso de ti, Megumi.

El niño no respondió, pero un ligero rubor coloreó sus orejas. El elogio de Satoru era un bien preciado y escaso.

Se quedaron en silencio un rato, disfrutando de la calma tras la tormenta. Satoru sacó su teléfono del bolsillo. La pantalla se iluminó, mostrando una foto que Tsumiki había insistido en tomar la semana anterior: los cuatro juntos en el sofá, con Satoru haciendo una mueca ridícula, Shoko poniendo los ojos en blanco pero con una sombra de sonrisa, Tsumiki riendo a carcajadas y Megumi con su habitual expresión seria, aunque Satoru sabía que en el fondo le había gustado.

Satoru abrió su lista de mensajes. No había nada nuevo de Shoko. Se debatió internamente por un segundo. Quería escribirle, preguntarle cómo estaba, decirle que la extrañaba de una forma que le apretaba el pecho. Pero, ¿qué le iba a decir? *«Hola, soy el hechicero más fuerte del mundo y no puedo dormir porque mi novia no me ha mandado un mensaje de buenas noches.»* Sonaba patético incluso en su cabeza.

—Deberíamos volver ya —dijo Megumi de repente, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Ya estás cansado de mi compañía, Megumi-chan? —bromeó Satoru, guardando el teléfono.

—Tsumiki se preocupa si no llegamos cuando dijimos que lo haríamos —explicó el niño, mirando hacia el valle iluminado—. Y Shoko-san también. Aunque ella no lo diga.

Satoru miró a su pupilo. A veces se le olvidaba que solo tenía ocho años. Había una sabiduría en sus ojos, una comprensión del mundo adulto que era a la vez un don y una maldición.

—Tienes razón —dijo Satoru, poniéndose de pie y estirando sus largas piernas—. Empaca tus cosas, campeón. Nos vamos a casa. La misión de entrenamiento ha terminado. Ahora empieza la misión "Llegar a tiempo para el desayuno y no enfadar a Shoko". Y esa, créeme, es de grado especial.

***

Cuando Shoko llegó al apartamento, pasaba de la una de la madrugada. Utahime y Mei Mei se habían despedido en la puerta del edificio, no sin antes hacerle prometer que se cuidaría. Abrió la puerta y fue recibida por el mismo silencio que había dejado. El apartamento estaba oscuro, a excepción de la pequeña luz de noche que siempre dejaban encendida en el pasillo para Tsumiki.

Se quitó los zapatos, sintiendo el peso del día y de la noche caer sobre ella. La velada con sus amigas había ayudado, pero al volver a la soledad del apartamento, la nostalgia regresó con más fuerza. Se dirigió a la cocina para servirse un vaso de agua, cuando escuchó un ruido.

El inconfundible sonido de una llave girando en la cerradura.

Su instinto de hechicera se activó al instante. Se agachó, tomando un cuchillo de cocina del bloque de madera, y se preparó para lo peor.

La puerta se abrió lentamente, revelando dos siluetas recortadas contra la luz del pasillo exterior. Una era alta y delgada, la otra pequeña y compacta.

—Estamos en casa —dijo una voz, cansada pero inconfundiblemente alegre.

Shoko dejó caer el cuchillo sobre la encimera con un ruido sordo. Su corazón, que había estado latiendo a mil por hora, de repente pareció detenerse para luego reanudar su ritmo con una calidez que se extendió por todo su cuerpo.

Satoru y Megumi estaban en el umbral, sucios, cansados y con el pelo revuelto por el viento de la montaña, pero enteros.

—Llegan tarde —dijo Shoko, su voz sonando más ronca de lo que esperaba.

—Nos encontramos con un poco de tráfico aéreo —respondió Satoru con una sonrisa perezosa, entrando y dejando una bolsa de lona en el suelo—. ¿Nos has echado de menos?

Antes de que Shoko pudiera responder con el sarcasmo que la situación merecía, la puerta de la habitación de Tsumiki se abrió. La niña apareció en el pasillo, frotándose los ojos.

—¿Megumi?

—Estoy aquí, Tsumiki —respondió el niño, su voz llena de un alivio que rara vez demostraba.

Tsumiki corrió y se lanzó a los brazos de su hermano, abrazándolo con una fuerza que desmentía su tamaño. Megumi, tras un segundo de sorpresa, le devolvió el abrazo, enterrando la cara en su hombro.

Satoru observó la escena con una sonrisa genuina. Luego, sus ojos se encontraron con los de Shoko por encima de las cabezas de los niños. En su mirada no había arrogancia, ni bromas, solo una profunda y agotada ternura.

—Hola —dijo él en voz baja, como si estuvieran solos en el universo.

—Hola —respondió ella, acortando la distancia que los separaba.

No se besaron. No hacía falta. Shoko simplemente levantó una mano y le apartó un mechón de pelo blanco de la frente. Sus dedos rozaron su piel, y fue como si una corriente eléctrica los conectara, restaurando un circuito que había estado abierto durante cuatro largos días.

—Estás helado —murmuró ella, notando el frío de la noche de montaña que todavía se aferraba a él.

—Tú estás cálida —respondió él, inclinándose instintivamente hacia su tacto.

Se quedaron así por un momento, en la penumbra del pasillo, mientras el sonido de los susurros de los hermanos Fushiguro llenaba el aire. Satoru metió una mano en el bolsillo de su chaqueta.

—Te traje algo —dijo, sacando un objeto pequeño y entregándoselo.

Shoko lo tomó. Era una piedra lisa y plana, de un color gris veteado, pulida por el agua de un río. No era nada, y al mismo tiempo, lo era todo. Significaba que, en medio de una misión, en la cima de una montaña, había pensado en ella.

—Es una piedra, Satoru.

—No es una piedra cualquiera —replicó él, con un brillo juguetón en los ojos—. Es una piedra de entrenamiento de grado especial. Si la lanzas con la suficiente fuerza, puedes hacer rebotar a un mapache a tres metros de distancia. Megumi y yo lo comprobamos.

Shoko no pudo evitarlo. Soltó una carcajada, una risa clara y liberadora que resonó en el apartamento silencioso.

—Eres un idiota.

—Soy *tu* idiota —corrigió él, su sonrisa suavizándose—. Y la casa se sentía demasiado silenciosa sin mi ruido, ¿a que sí?

Ella no respondió. En su lugar, tomó la mano de él y la apretó con fuerza. El silencio de la casa había sido roto. El caos había vuelto. Y por primera vez en días, Shoko sintió que podía respirar hondo.

—Vamos —dijo, tirando de él hacia la cocina—. Les prepararé algo de comer. Y luego te vas a dar una ducha. Hueles a pino y a problemas.

Satoru se dejó guiar, su cansancio evidente en la forma en que se apoyaba ligeramente en ella. Mientras pasaban por la sala, vio los informes médicos en la mesa, el libro de Tsumiki en el sofá, el orden perfecto.

—Parece que te has aburrido sin mí —comentó.

—No te haces una idea —respondió Shoko, y en su voz, bajo el velo de la ironía, había una verdad tan sólida y real como la piedra que sostenía en la mano.

El equilibrio se había restablecido. La familia, en toda su extraña y disfuncional gloria, estaba completa de nuevo. Y mientras el aroma del té y la sopa miso comenzaba a llenar el aire, Shoko Ieiri se dio cuenta de que el silencio podía ser agradable, pero el sonido de su familia volviendo a casa era, con diferencia, la mejor melodía del mundo.