Una Familia Improvisada
Reliquias y Recuerdos
El aire en el campo de entrenamiento de la Academia Jujutsu vibraba, no solo por la humedad pegajosa del verano de Tokio, sino por la energía concentrada que emanaba de su centro. Allí, Megumi Fushiguro, con doce años recién cumplidos y una seriedad que parecía haberle añadido un par de centímetros a su estatura, mantenía una postura impecable. Sus manos, ya no tan pequeñas, se movían con una fluidez que desmentía su edad, tejiendo sellos complejos.
—¡Kon!
Los Perros Divinos, ahora más grandes y definidos que nunca, emergieron de sus sombras. Ya no eran los cachorros torpes de sus primeros años. El Perro Negro era una bestia de músculo y dientes, su pelaje oscuro parecía absorber la luz; el Blanco, una elegante y letal manifestación de energía positiva. Se movían en perfecta sincronía, flanqueando a un maniquí de entrenamiento imbuido con una leve energía maldita.
Desde el porche de madera del dojo, Satoru Gojo observaba la escena con una sonrisa tan amplia que parecía a punto de partirle la cara. Llevaba unas gafas de sol con forma de estrella que había comprado en Harajuku, y su habitual camisa llamativa había sido reemplazada por una simple camiseta negra que, según él, le daba un aire de «mentor serio y misterioso». No engañaba a nadie.
—¿Lo ves, Nanami? ¿Ves esa precisión? —dijo Gojo, dándole un codazo a su antiguo compañero, que estaba a su lado con su habitual expresión de hastío—. ¡Ese es mi chico! La forma en que combina la ofensiva del Perro Negro con la defensa del Blanco... ¡Es un genio táctico! ¡El próximo prodigio de la hechicería! ¡Lo crié yo mismo!
Nanami Kento se ajustó las gafas, ignorando el codazo.
—Suenas como un padre baboso en el día deportivo de su hijo, Gojo —replicó con su voz monótona—. Y, técnicamente, Ieiri-san ha hecho la mayor parte del trabajo de crianza real. Tú solo te encargas de la parte de enseñarle a golpear cosas.
—¡Los detalles no importan! —exclamó Satoru, agitando una mano con desdén—. ¡Y no soy un padre baboso! Soy un mentor objetivo que reconoce el talento excepcional. Además, ¿escuchaste las últimas notas de Tsumiki? ¡Todo sobresalientes! ¡Y fue elegida presidenta de su clase! ¡Esa es la influencia positiva de mi entorno! ¡Soy un educador nato!
—La influencia de Tsumiki es el resultado de su propia inteligencia y del hecho de que Shoko la ayuda con los deberes todas las noches mientras tú estás ocupado comprando dulces que dicen que son para ellos pero que te comes tú —sentenció Nanami, dando un sorbo a su café para llevar.
Satoru hizo un puchero, pero su atención volvió rápidamente al campo de entrenamiento. Megumi había terminado el ejercicio, y los perros se disolvieron en sus sombras con una fluidez impecable. El niño se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y miró hacia el porche, esperando la evaluación.
Gojo le levantó el pulgar, su sonrisa suavizándose con un orgullo genuino que rara vez dejaba ver sin el filtro de su arrogancia. Seis años. Habían pasado seis años desde que recogió a esos dos niños de un apartamento vacío. Seis años de noches en vela, de fiebres, de pesadillas, de reuniones de padres y maestros, de ayudar con proyectos de ciencias y de curar rodillas raspadas. Seis años en los que su vida, antes un vórtice solitario de poder y misiones, había encontrado un centro, un ancla.
Tsumiki, con sus trece años, se había convertido en una joven brillante y compasiva, el corazón del hogar. Era la que recordaba los cumpleaños, la que insistía en cenar todos juntos, la que mediaba en las discusiones entre Megumi y Satoru sobre las reglas del entrenamiento. Era la «normalidad» que todos necesitaban, un recordatorio constante de que había un mundo fuera de las maldiciones y la muerte.
Y Megumi... Megumi era su proyecto, su legado, su promesa silenciosa a un hombre muerto. Había crecido bajo su tutela, absorbiendo no solo las técnicas de hechicería, sino también una extraña mezcla de la seriedad de Nanami, el pragmatismo de Shoko y, muy a su pesar, un poco de la confianza insolente de Satoru.
La puerta del dojo se deslizó, y Shoko Ieiri apareció, con su bata de doctora y una taza de café humeante en la mano. Su cabello, ahora un poco más largo, estaba recogido en una coleta baja. Las líneas alrededor de sus ojos eran un poco más profundas, pero su mirada seguía siendo tan afilada como siempre.
—Yaga-sensei quiere verlos —dijo, dirigiéndose a Satoru y Megumi—. Hay una misión.
—¡Perfecto! —exclamó Satoru, poniéndose de pie de un salto—. ¡Una excursión de padre e hijo! Bueno, de mentor y pupilo. ¡Vamos, Megumi, a la Bat-cueva!
Megumi puso los ojos en blanco ante la referencia, pero una sombra de emoción cruzó su rostro. Una misión con Gojo siempre era un desafío.
Shoko se acercó a Satoru mientras Megumi recogía sus cosas.
—Ten cuidado, Satoru —dijo en voz baja, su tono perdiendo toda la ironía profesional—. El informe preliminar habla de una maldición de grado uno con habilidades de regeneración inusuales. No te confíes.
Satoru se quitó las ridículas gafas de estrella y la miró con sus ojos azules, ahora serios y profundos.
—Siempre tengo cuidado cuando él está conmigo —respondió, su voz un susurro íntimo—. Volveremos para la cena. Prometiste hacer esa lasaña que a Tsumiki le encanta.
—Solo si tú no te comes la mitad antes de que llegue a la mesa —replicó ella, pero le dedicó una pequeña sonrisa.
El roce de sus manos al pasar fue breve, casi imperceptible, pero para Nanami, que observaba desde la distancia, fue un testimonio del universo que habían construido juntos. Un universo que, en ese momento, parecía estable, seguro y casi feliz.
***
El complejo industrial abandonado en las afueras de Yokohama apestaba a óxido y a decadencia. Edificios de hormigón se desmoronaban bajo el abrazo implacable de la naturaleza, y el viento silbaba a través de las ventanas rotas como un lamento.
—Bien, Megumi, ¿qué ves? —preguntó Satoru, de pie en el techo de un silo oxidado, con las manos en los bolsillos.
Megumi, a su lado, cerró los ojos, concentrándose.
—La energía maldita es densa, pero errática. No está concentrada en un solo punto, se mueve. Como si estuviera patrullando su territorio. Es... pegajosa. Nació del resentimiento por el despido masivo que ocurrió aquí hace veinte años. La frustración y la desesperación de cientos de trabajadores.
—Excelente análisis —aprobó Gojo—. Plan de ataque.
—Nue para un reconocimiento aéreo y para ataques de distracción. Los Perros Divinos para el combate cuerpo a cuerpo y para rastrear su núcleo si intenta huir. Yo coordinaré desde una posición elevada. Tú te quedas aquí y no haces nada a menos que yo esté a punto de morir.
Satoru soltó una carcajada.
—Me encanta tu confianza. De acuerdo, hechicero de primer grado Fushiguro. El campo de batalla es todo tuyo.
Megumi asintió, su rostro una máscara de concentración. Saltó del silo, usando las sombras para amortiguar su caída, y desapareció en la oscuridad de un almacén. Satoru lo observó con sus Seis Ojos. Podía ver el flujo de la energía de Megumi, la forma en que interactuaba con el entorno, la precisión con la que desplegaba sus shikigamis. Estaba listo.
La batalla comenzó con un estruendo. La maldición, una amalgama grotesca de maquinaria oxidada, cables y lodo aceitoso, emergió de una fosa inundada. Tenía múltiples extremidades que terminaban en engranajes afilados y emitía un chirrido que arañaba los nervios.
Nue descendió de los cielos, sus alas crepitando con electricidad, lanzando rayos que hacían que la maldición se retorciera. Mientras estaba distraída, los Perros Divinos atacaron desde los flancos, sus mandíbulas arrancando trozos de metal y lodo. Pero, tal como decía el informe, la criatura se regeneraba casi al instante. Los trozos arrancados volvían a unirse a su cuerpo como si fueran atraídos por un imán.
Megumi, desde el techo de un edificio, analizaba cada movimiento. No era una batalla de fuerza bruta, sino un rompecabezas. Tenía que encontrar el núcleo, la fuente de su poder regenerativo, y destruirlo.
—¡Está jugando contigo, Megumi! —gritó Satoru desde su posición, su voz llegando con una claridad antinatural—. ¡Te está agotando! ¡Piensa fuera de la caja!
Megumi frunció el ceño. La caja... la caja era el combate directo. ¿Qué había fuera? La maldición no solo se regeneraba, absorbía el metal del entorno para hacerse más grande y fuerte. Era un parásito. Y los parásitos necesitan un huésped.
Una idea audaz y peligrosa se formó en su mente.
—¡Sapo! —gritó, tejiendo un nuevo sello.
Un sapo gigante emergió de las sombras bajo la maldición, su enorme boca abriéndose para atrapar a la criatura. Pero en lugar de intentar devorarla, usó su lengua pegajosa para inmovilizarla, manteniéndola en su sitio. Al mismo tiempo, Megumi ordenó a Nue que concentrara sus ataques eléctricos en un solo punto, sobrecalentando el metal.
El plan era brillante: usar el propio cuerpo de la maldición como conductor, freírla desde dentro y forzar al núcleo a revelarse. El metal de la criatura comenzó a brillar al rojo vivo. El chirrido se convirtió en un aullido de agonía.
—¡Ahora! —pensó Megumi.
Estaba a punto de ordenar el ataque final cuando algo cambió.
Una sombra se movió en la periferia, tan rápida que apenas fue un parpadeo. Satoru, desde su posición elevada, lo vio todo. Dos figuras habían aparecido de la nada, como si se hubieran materializado desde el aire.
Uno era un hombre alto, de piel oscura, vestido con una túnica blanca y un sombrero de paja. Su presencia irradiaba una energía tranquila pero inmensamente poderosa. El otro era más bajo, rubio, con una expresión aburrida y, lo más extraño de todo, dos corazones tatuados o pegados en el lugar de sus pezones, visibles a través de su camisa abierta.
Antes de que Satoru pudiera reaccionar, el hombre alto desenrolló una cuerda trenzada de aspecto antiguo. La cuerda, la Soga Negra, brilló con una luz púrpura y se enroscó alrededor de la maldición debilitada, anulando su energía al instante.
—¡Oigan! ¡Ese es nuestro juguete! —gritó Satoru, más molesto que alarmado.
El hombre rubio, Larue, simplemente se encogió de hombros, mientras el hombre alto, Miguel, comenzaba a tirar de la maldición capturada hacia un portal de sombras que se abría detrás de ellos.
—Lo siento, hombre de los ojos bonitos —dijo Miguel, su japonés con un acento extranjero y musical—. Pero las órdenes son las órdenes. Lady Geto lo quiere para su colección.
La mención de Geto hizo que un escalofrío helado recorriera la espalda de Satoru. No tuvo tiempo de procesarlo. En ese preciso instante, la maldición, en su último estertor de agonía antes de ser absorbida, convulsionó violentamente y escupió algo.
Fue un objeto pequeño, oscuro y nudoso, que aterrizó en un charco de agua sucia con un chapoteo casi inaudible.
Pero para los Seis Ojos de Satoru Gojo, ese pequeño objeto eclipsó el sol.
La energía que emanaba de él era antigua, vil y abrumadoramente poderosa. Era una malicia pura y concentrada, un pozo de oscuridad tan profundo que hacía que todas las demás maldiciones parecieran meras sombras.
Miguel y Larue también lo sintieron. El hombre alto se detuvo, su mirada fija en el objeto. Por un segundo, la codicia luchó contra la prudencia en sus ojos. Pero una mirada a Satoru, que ahora había descendido al suelo y cuya sonrisa había desaparecido por completo, le hizo tomar una decisión.
—Olvídalo, Larue. No vale la pena —dijo Miguel, y con un último tirón, arrastró a la maldición al portal y desapareció con su compañero.
El silencio que quedó fue ensordecedor.
Megumi, todavía en el techo, estaba pálido y tembloroso. No por la batalla, sino por la abrumadora presión que emanaba de ese... dedo.
Satoru caminó lentamente hacia el charco. Cada paso parecía requerir un esfuerzo monumental. Se agachó y, usando su técnica para no tocarlo directamente, hizo levitar el objeto fuera del agua.
Era un dedo humano, o lo que alguna vez fue un dedo. Estaba seco, momificado, con una uña larga y afilada. Parecía hecho de cera vieja, pero la energía que pulsaba en su interior era vibrante y viva. Y hambrienta.
—Gojo-san... ¿qué... qué es eso? —preguntó Megumi, su voz apenas un susurro.
Satoru se enderezó, su rostro era una máscara de piedra. No apartó la vista del dedo que flotaba frente a él.
—Es una reliquia —dijo, su voz era extrañamente hueca—. De un rey caído. El veneno más potente del mundo de la hechicería.
Se giró hacia Megumi, y por primera vez en seis años, el niño vio auténtico y puro peligro en los ojos de su tutor.
—Megumi. La misión ha terminado. Llama a Ijichi. Dile que es un código negro. Y que nadie, bajo ninguna circunstancia, se acerque a este lugar.
***
La sala de reuniones en la Academia Jujutsu estaba cargada de una tensión palpable. En el centro de la mesa, dentro de una caja de madera sellada con múltiples talismanes, reposaba el dedo. Incluso a través de las barreras, se podía sentir su presencia maligna, un susurro constante en el borde de la percepción.
Yaga Masamichi, Satoru, Shoko y Nanami estaban reunidos alrededor de la mesa. Megumi había sido enviado a su habitación, con la orden estricta de no salir.
—Ryomen Sukuna —dijo Yaga, su voz grave resonando en la sala—. El Rey de las Maldiciones. El hechicero más poderoso de la Edad de Oro del Jujutsu. Un demonio con cuatro brazos y dos caras. Su poder era tal que, incluso después de que todos los hechiceros de su época unieran fuerzas para derrotarlo, no pudieron destruir su cuerpo.
Shoko, que estaba de pie con los brazos cruzados, frunció el ceño.
—He leído sobre él en los textos antiguos. Se decía que su energía maldita era inagotable. Pero creía que era solo una leyenda, una historia de terror para asustar a los niños hechiceros.
—No es una leyenda —confirmó Satoru, que no se había sentado. Caminaba de un lado a otro de la habitación como un tigre enjaulado—. Pude sentirlo. La inmensidad. Es real.
—Lo es —continuó Yaga—. Sus veinte dedos, imbuidos con su poder, fueron cortados y esparcidos como reliquias de grado especial, cada uno sellado con la esperanza de que nunca fueran encontrados. Se convirtieron en amuletos protectores, pero el sello se ha debilitado con el tiempo. Lo que encontraste, Satoru, es una bomba de tiempo.
Nanami se limpió las gafas con un pañuelo.
—¿Qué significa que esa gente, los seguidores de Geto, estuvieran buscando a la maldición que lo contenía?
—Significa que Suguru no solo está coleccionando maldiciones —respondió Satoru, deteniéndose y apoyando las manos en la mesa—. Está buscando los dedos de Sukuna. No sé para qué, pero ninguna de las posibilidades es buena. O quiere el poder para sí mismo, o planea revivirlo.
Un escalofrío recorrió la habitación.
—¿Es eso posible? —preguntó Shoko, su voz teñida de preocupación.
—Si una persona compatible ingiere un dedo, Sukuna podría encarnarse en ese cuerpo —explicó Yaga—. Es una posibilidad remota, pero no imposible. Por eso estos dedos deben ser encontrados y contenidos a toda costa. Este... este es el primero que la academia ha recuperado en más de un siglo.
Todos miraron la caja. Un solo dedo. Uno de veinte. Y había causado una conmoción que había puesto en alerta a todo el alto mando.
—Lo guardaremos en las profundidades de la academia, bajo los sellos más fuertes que tenemos —decidió Yaga—. Satoru, tu nueva misión, por encima de todas las demás, será localizar los dedos restantes. Antes de que lo haga Geto.
Satoru asintió, pero su mirada estaba perdida. No estaba pensando en la misión. Estaba pensando en la mirada de terror en el rostro de Megumi. Estaba pensando en Tsumiki, durmiendo plácidamente en su cama, ajena al monstruo que acababa de llamar a su puerta. Estaba pensando en Shoko, cuyo trabajo era curar, y en cómo este veneno era algo que ninguna técnica inversa podía tocar.
La paz que habían construido con tanto esmero durante seis años se sentía ahora como un castillo de arena frente a una marea creciente.
Esa noche, el apartamento de Roppongi estaba de nuevo en silencio. Pero era un silencio diferente al de la ausencia. Era el silencio de la incertidumbre, del miedo contenido.
Satoru encontró a Shoko en el balcón. Ella no estaba fumando. Solo miraba las luces de la ciudad, la misma vista que habían compartido tantas noches, pero que ahora parecía frágil, vulnerable.
Él se paró detrás de ella y la rodeó con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro.
—Megumi está dormido —dijo ella en voz baja—. Le di un té relajante. No dejaba de temblar.
—Vio algo que ningún niño de doce años debería ver —respondió Satoru, su voz un murmullo contra su cabello.
—Nosotros vimos cosas peores a su edad.
—Y mira cómo terminamos —dijo él con una media sonrisa amarga—. Un dios sobrecargado y una doctora que vive con fantasmas. Quería que fuera diferente para ellos.
—Lo es, Satoru —dijo Shoko, girándose entre sus brazos para mirarlo—. Es diferente porque nos tienen a nosotros. Porque no están solos.
Se quedaron así, abrazados, mientras la ciudad zumbaba bajo ellos. La reliquia estaba encerrada, pero su recuerdo persistía. El recuerdo de un poder antiguo y malévolo. El recuerdo de que, no importaba cuán fuerte fuera Satoru, no importaba cuán alto construyera los muros alrededor de su familia, el mundo de la hechicería siempre encontraría una manera de colarse.
—Les fallé hoy —susurró Satoru, la confesión arrancada de lo más profundo de su ser—. Dejé que se acercaran. Dejé que Megumi viera esa cosa.
Shoko le tomó la cara entre las manos, obligándolo a mirarla.
—No les fallaste. Lo protegiste. Lo trajiste a casa. Eso es lo único que importa —dijo con una ferocidad que rara vez usaba fuera del quirófano—. Esta es la vida que elegimos, Satoru. La que nos tocó. Y vamos a enfrentarla juntos. Como siempre.
Él se inclinó y la besó, un beso desesperado, un ancla en medio de la tormenta. Era un intento de reafirmar que su pequeño universo de cuatro personas seguía intacto, que el amor y la rutina podían ser un escudo contra los reyes caídos y las amistades rotas.
Pero mientras sostenía a Shoko entre sus brazos, con el eco de la energía de Sukuna todavía zumbando en sus sentidos, Satoru Gojo supo que algo fundamental había cambiado. El juego se había vuelto más peligroso. Las apuestas eran más altas.
Habían encontrado una reliquia, pero en el proceso, habían perdido algo mucho más valioso: la dulce y reconfortante ilusión de que el pasado estaba muerto y enterrado. Y ahora, sus recuerdos de una paz ganada con tanto esfuerzo estaban manchados por la sombra de un futuro incierto y aterrador. El Rey de las Maldiciones había vuelto a entrar en el mundo, y su familia estaba, como siempre, en el centro de todo.