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Una Familia Improvisada

Ecos en un Aula Vacía

La noche caía sobre Tokio como un manto de tinta, salpicado por el neón incandescente de una ciudad que nunca dormía. Dentro del apartamento de Roppongi, sin embargo, reinaba una quietud casi monacal. Habían pasado dos meses desde el incidente en Yokohama, dos meses desde que el nombre de Ryomen Sukuna había dejado de ser una leyenda polvorienta para convertirse en una amenaza tangible. El dedo recuperado descansaba ahora en las profundidades de la Academia Jujutsu, pero su sombra se proyectaba, larga y fría, sobre la frágil paz que habían construido.

Satoru Gojo estaba de pie junto al ventanal, observando el torrente de luces sin verlas realmente. En su mano sostenía una hoja de papel, el horario de entrenamiento avanzado de Megumi. A sus doce años, el niño ya dominaba con una precisión asombrosa la mayoría de sus shikigamis y empezaba a experimentar con la expansión de su dominio de las sombras. Era un prodigio, un hecho que a Satoru le hinchaba el pecho de un orgullo casi paternal, pero que también le oprimía el corazón con el peso de la responsabilidad.

En el sofá, Shoko Ieiri leía un artículo en una revista médica, aunque sus ojos se desviaban con frecuencia hacia Satoru. Había aprendido a leer las tormentas que se agitaban tras la fachada de calma del hechicero más fuerte. Desde el descubrimiento del dedo de Sukuna, una nueva gravedad se había apoderado de él. Su sonrisa seguía siendo brillante, sus bromas igual de insoportables, pero había momentos, como ese, en los que el Infinito que lo rodeaba parecía más una jaula que un escudo.

—Si sigues mirando ese papel con tanta intensidad, va a prenderse fuego —dijo ella, su voz rompiendo el silencio—. Deja de preocuparte. Megumi es fuerte. Y te tiene a ti.

Satoru se giró, una sonrisa perezosa dibujándose en sus labios, aunque no llegó a sus ojos.

—¿Preocupado yo? ¡Para nada! Solo estoy planificando su ascenso a la grandeza. A este ritmo, me superará antes de los veinte. ¡Qué vergüenza para mi legado!

—Tu legado está en la cocina, intentando no quemar el agua para el té —replicó Shoko, refiriéndose a Tsumiki, que a sus trece años se había convertido en el pilar doméstico que ni Satoru ni ella serían jamás—. Y tu otro legado está haciendo los deberes de historia sin quejarse. Creo que estás haciendo un trabajo decente.

Satoru se acercó y se dejó caer en el sofá a su lado, apoyando la cabeza en su hombro con un suspiro que delataba un cansancio más profundo que el físico.

—Solo es que... todo se siente más pesado últimamente. La amenaza de los dedos, los seguidores de Suguru moviéndose en las sombras... Siento que el tablero de juego ha cambiado y no me han dado las nuevas reglas.

Shoko dejó la revista y le pasó un brazo por los hombros, atrayéndolo hacia ella.

—Las reglas nunca han importado para ti. Siempre has creado las tuyas. Y ahora no estás solo para hacerlo.

El teléfono de Satoru vibró sobre la mesa de centro. No era su teléfono personal, sino el dispositivo encriptado que usaba para las comunicaciones de la academia. Un único mensaje apareció en la pantalla: «Código Bermellón. Preséntese de inmediato. Alto Mando».

Satoru suspiró de nuevo, esta vez con fastidio.

—Hablando de reglas... parece que los vejestorios quieren recordarme quién manda.

—¿Qué ocurre? —preguntó Shoko, su tono volviéndose profesional al instante.

—No lo sé. Pero «Código Bermellón» suele significar una de dos cosas: o una maldición de grado especial ha aparecido en un lugar muy público, o un hechicero ha perdido el control —se levantó, estirando su cuerpo con la gracia de un felino—. Vuelvo en un rato. No dejes que Tsumiki me guarde la cena. Probablemente será una noche larga.

***

La sala de reuniones del Alto Mando era un espacio opresivo, un anacronismo de tatamis viejos y biombos de papel pintados con escenas de batallas antiguas. El aire olía a incienso y a polvo. Tres ancianos, reliquias vivientes de clanes olvidados y poder menguante, estaban sentados frente a él. Su desprecio por Satoru era tan palpable como la energía maldita que supuraba de las paredes.

—Gojo Satoru —graznó el anciano del centro, un hombre cuya cara parecía un mapa de arrugas—. Se te ha convocado por un asunto de máxima urgencia.

Sobre la mesa baja, entre ellos, había un expediente. Satoru lo cogió sin pedir permiso, para su evidente irritación. Lo abrió. Dentro, una fotografía de un chico de instituto, delgado, con el pelo oscuro y una expresión de pánico perpetuo. Yuta Okkotsu. Dieciséis años.

—Un estudiante de secundaria normal —continuó otro de los ancianos—. Hasta hace cuatro meses. Cuatro de sus compañeros de clase lo acosaron. Al día siguiente, los encontraron. O lo que quedaba de ellos. Estaban comprimidos dentro de un solo casillero escolar.

Satoru pasó las páginas del informe. Fotos de la escena del crimen, borrosas y censuradas, pero lo suficientemente explícitas. Vio los análisis de la energía residual. Era inmensa, caótica y abrumadoramente poderosa.

—La maldición que lo persigue es de grado especial —dijo Satoru, más para sí mismo que para ellos—. Y él es la causa.

—Es un niño maldito —sentenció el tercer anciano—. Un peligro para la sociedad civil y para el mundo de la hechicería. No podemos permitir que una bomba de relojería como esa ande suelta. Se ha dictado su ejecución secreta e inmediata. Tu misión es llevarla a cabo.

Satoru cerró el expediente con un chasquido. Una sonrisa gélida, desprovista de cualquier humor, se dibujó en su rostro.

—¿Mi misión? ¿Quieren que el hechicero más fuerte del mundo vaya a matar a un niño asustado que ni siquiera sabe lo que le pasa? ¿No tienen a sus propios perros falderos para el trabajo sucio?

—¡Insolente! —espetó el primer anciano—. ¡Es tu deber! ¡El chico es un recipiente de una calamidad!

Satoru se inclinó sobre la mesa, su presencia llenando de repente la habitación, su energía haciendo que el aire crepitara. Sus gafas de sol se deslizaron ligeramente, revelando un destello de azul infinito que hizo que los ancianos se encogieran.

—Mi deber es proteger el equilibrio. Y un niño aterrorizado no es una amenaza, es una víctima. Lo que ven como una bomba de relojería, yo lo veo como potencial sin explotar.

En su mente, una imagen se superpuso a la foto de Yuta Okkotsu: la de un niño de seis años, con el pelo rebelde y los ojos llenos de desafío y miedo, de pie en un apartamento vacío. Un niño con el poder de las Diez Sombras latente en su interior, un poder que el clan Zenin habría explotado y retorcido hasta romperlo.

*«Es... es como ver a Megumi otra vez»*, pensó, y la certeza lo golpeó con la fuerza de un ataque físico.

—Me haré cargo —dijo Satoru, enderezándose y volviendo a su fachada de arrogancia despreocupada—. Lo «manejaré» a mi manera. No se preocupen, sus pequeños y frágiles secretos estarán a salvo.

Se dio la vuelta y salió de la sala sin esperar respuesta, dejando a los tres ancianos furiosos y, por primera vez en mucho tiempo, impotentes.

***

La habitación era de un blanco clínico, cegador. Las paredes, el suelo, el techo... todo estaba cubierto de talismanes, sellos sobre sellos que formaban una jaula de papel y tinta. En una esquina, hecho un ovillo, estaba Yuta Okkotsu. Se abrazaba las rodillas, temblando, con la mirada perdida en la nada.

La puerta se abrió y Satoru entró. El aire se espesó al instante. Una presencia colosal, invisible pero abrumadora, se manifestó detrás de Yuta. Dos enormes manos con garras se cernieron sobre el chico, y dos ojos rojos y malévolos lo miraron desde la oscuridad que lo envolvía. La maldición. Rika.

—Vaya, vaya. Así que esta es la famosa novia fantasma —dijo Satoru, su voz resonando en la sala sellada—. Es bastante posesiva, ¿no crees?

Yuta levantó la cabeza de golpe. El pánico se apoderó de sus facciones.

—¡Aléjate! ¡No te acerques! ¡Ella... ella te hará daño!

—Tranquilo, chico —dijo Satoru, caminando tranquilamente hacia él. Las garras de Rika se tensaron, listas para atacar, pero Satoru las ignoró por completo—. Me llamo Gojo Satoru. Soy un hechicero de Jujutsu. Como tú, más o menos.

—Yo no... yo no soy nada —susurró Yuta, su voz quebrada—. Soy un monstruo. Hago daño a la gente. Merezco morir.

Satoru se detuvo a unos metros de él. Se agachó, quedando a su altura, un gesto que había perfeccionado a lo largo de los años con Megumi y Tsumiki.

—¿De verdad lo crees? ¿O es lo que te han hecho creer? —preguntó suavemente—. He leído tu expediente. Rika Orimoto. Tu amiga de la infancia. Murió en un accidente de tráfico. Y tú la maldijiste sin querer, atando su alma a este mundo por el dolor de no querer dejarla ir.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Yuta.

—No fue mi intención... Yo la quería...

—Lo sé —dijo Satoru—. El amor es la maldición más retorcida de todas. Te lo digo por experiencia.

Satoru pensó en Suguru. Pensó en la línea tan fina que habían cruzado, en cómo el amor por un ideal, por una amistad, podía corromperse y convertirse en odio.

—Pero la cuestión no es cómo empezó, sino cómo va a terminar —continuó—. Tienes dos opciones. Puedes quedarte aquí, esperando a que los viejos de arriba decidan ejecutar tu sentencia de muerte, solo y asustado. O puedes venir conmigo.

—¿Contigo? ¿Para qué? —preguntó Yuta, la desconfianza luchando contra una diminuta chispa de esperanza.

—Para aprender. Para controlar ese poder inmenso que llevas dentro. Para convertir esa maldición en una bendición. En la Academia de Jujutsu de Tokio, te enseñaremos a luchar, a proteger a la gente en lugar de hacerle daño. Te daremos un propósito.

Rika gruñó, un sonido gutural que hizo vibrar los talismanes de las paredes.

—¡No! ¡Yuta es mío!

Satoru ni siquiera la miró. Sus ojos azules, ahora visibles por encima de sus gafas, estaban fijos en Yuta.

—Pero lo más importante que te daremos, Yuta, es un lugar al que pertenecer —dijo Satoru, y su voz perdió todo rastro de arrogancia, volviéndose sincera y casi vulnerable—. Créeme, sé lo que es estar solo. La soledad es la peor maldición de todas, una que te consume desde dentro hasta que no queda nada. No tienes que seguir solo.

En ese momento, Satoru no era el hechicero más fuerte. Era el hombre que había visto a su mejor amigo consumirse por la soledad. Era el hombre que había encontrado una nueva razón para vivir en los ojos de dos niños huérfanos. Estaba ofreciéndole a Yuta lo mismo que él había encontrado casi por accidente: una familia.

Yuta lo miró, buscando un engaño, una trampa. Pero solo encontró una honestidad brutal y una comprensión que nadie le había mostrado antes. Lentamente, como si sus miembros pesaran una tonelada, se puso de pie.

—Quiero... quiero tener la confianza de poder seguir viviendo —dijo, su voz temblorosa pero firme.

Satoru sonrió, una sonrisa de verdad esta vez.

—Entonces, bienvenido a nuestro pequeño y loco infierno, Yuta Okkotsu. Te prometo que no será aburrido.

***

Cuando Satoru regresó al apartamento, era casi el amanecer. Las luces de la ciudad habían empezado a palidecer, dando paso a los tonos grises y rosados del alba. Encontró a Shoko dormida en el sofá, con un libro abierto sobre el pecho y una manta cubriéndola a medias. Una taza de café fría reposaba en la mesa. Lo había estado esperando.

Con una delicadeza que contradecía su inmenso poder, la cogió en brazos. Ella se removió, abriendo los ojos lentamente.

—Satoru... —murmuró, su voz adormilada—. ¿Estás bien?

—Estoy bien —respondió él en un susurro, llevándola hacia su habitación—. Vuelve a dormir.

La depositó en la cama y la arropó. Se sentó en el borde, observándola. El agotamiento de la noche lo golpeó de repente, pero no era físico. Era un cansancio del alma.

—¿Qué era? —preguntó Shoko, ahora más despierta, al ver la expresión de su rostro.

Satoru se pasó una mano por el pelo.

—Un chico. De dieciséis años. Maldito por el fantasma de su amor de la infancia. Un poder de grado especial que no puede controlar. Los superiores querían que lo ejecutara.

Shoko se incorporó, apoyándose en los codos.

—¿Y qué hiciste? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Hice lo que hago siempre. Desobedecerlos y traerlo a la academia —hizo una pausa, su mirada perdida en la penumbra—. Es... es como ver a Megumi otra vez, Shoko. Ese mismo miedo, esa misma soledad aplastante. Un poder que lo está devor