Una Familia Improvisada
La Nieve Sobre Cenizas Frías
El aire de diciembre era una cuchilla afilada y limpia que cortaba la respiración. En el vasto campo de entrenamiento de la Academia de Jujutsu de Tokio, el sonido predominante era el de la madera astillada y el metal chocando contra la carne maldita. Yuta Okkotsu, con el sudor pegándole el pelo oscuro a la frente, esquivó por poco un golpe del bastón de Maki Zenin.
—¡Más rápido, Okkotsu! —gruñó Maki, girando el arma con una fluidez letal—. ¡Si vas a depender de Rika para todo, nunca serás más que su jaula!
—¡Salmón! —asintió Toge Inumaki desde la distancia, con el cuello de su uniforme cubriéndole la boca.
—Toge dice que tiene razón —tradujo Panda, que actuaba como árbitro y saco de boxeo ocasional—. Tienes que aprender a luchar por ti mismo. Rika es tu carta de triunfo, no tu única jugada.
Yuta asintió, jadeando. Detrás de él, la presencia monstruosa de Rika se agitaba, un espectro de celos y poder protector que amenazaba con desatarse ante la agresividad de Maki.
—Tranquila, Rika... estoy bien —murmuró Yuta, y la presión en el aire disminuyó ligeramente.
A unos cincuenta metros de distancia, en otro sector del campo, la escena era radicalmente diferente. No había gritos ni movimientos explosivos. Solo un silencio tenso y concentrado. Megumi Fushiguro, con su uniforme perfectamente abrochado, se enfrentaba a Nanami Kento.
—El objetivo no es la fuerza, Fushiguro-kun —dijo Nanami, su voz tan plana y precisa como el filo de su arma envuelta en tela—. Es la eficiencia. Cada gramo de energía maldita que desperdicias es una ventaja que le das al enemigo. Invoca a tus Perros Divinos, pero no para un ataque frontal. Úsalos para dividir su atención.
Megumi asintió, sus manos ya formando el sello. No era el entrenamiento explosivo y caótico de Gojo, lleno de provocaciones y demostraciones de poder abrumador. El entrenamiento con Nanami era como una clase de matemáticas aplicadas a la batalla: cada movimiento tenía un propósito, cada decisión una consecuencia calculada. Le obligaba a pensar, a ser más inteligente, no solo más fuerte.
Desde el porche del edificio principal, Satoru Gojo observaba ambas escenas con una piruleta de fresa en la boca y una expresión de satisfacción beatífica. A su lado, Shoko Ieiri, con su bata de doctora y una taza humeante entre las manos, contemplaba el panorama con una calma profesional.
—Estás sonriendo como un idiota —comentó Shoko sin apartar la vista—. ¿Orgulloso de tu pequeña guardería de hechiceros problemáticos?
—¡No es una guardería, es un semillero de genios! —replicó Satoru, girando la piruleta—. Mira a Yuta. Hace unos meses era un manojo de nervios a punto de ser ejecutado, y ahora casi puede seguirle el ritmo a Maki. ¡Y Megumi! Nanamin le está enseñando la disciplina que yo nunca tuve la paciencia de inculcarle. ¡Mi plan es perfecto! ¡Delegar es de sabios!
—Delegar es lo que haces cuando te das cuenta de que no puedes criarlos solo con dulces y amenazas de enviarlos a misiones en Siberia —dijo Shoko, dando un sorbo a su bebida—. Pero sí, lo estás haciendo bien. Están creciendo.
Satoru se quedó en silencio por un momento, su mirada azul fija en Megumi. El niño ya no era tan niño. Había un atisbo del hombre en el que se convertiría en la línea de su mandíbula, en la seriedad de sus ojos. A su lado, Tsumiki, que a menudo venía a ver los entrenamientos desde una distancia segura, se había convertido en una joven responsable y cariñosa que era, en muchos sentidos, el verdadero corazón de su hogar.
—Seis años, Shoko —murmuró Satoru, su tono perdiendo toda la fanfarronería—. A veces siento que fue ayer cuando los encontré en ese apartamento.
—Y a veces siento que ha pasado un siglo —respondió ella, apoyándose ligeramente en su hombro—. Una buena vida.
Era una buena vida. Caótica, peligrosa, siempre al borde del desastre, pero buena. Una vida que habían construido juntos.
La paz se rompió sin previo aviso.
El cielo, antes de un azul invernal y brillante, se oscureció de repente. Una cúpula negra, un Velo, descendió sobre la academia, sumiendo el campo de entrenamiento en una penumbra antinatural. El aire se volvió pesado, cargado de una energía maldita tan densa que era casi sofocante.
—¡Todos en alerta! —la voz de Satoru cambió al instante, perdiendo toda su ligereza y volviéndose fría y afilada como el acero—. ¡Yuta, quédate con los demás! ¡Megumi, a mi lado!
Nanami ya estaba junto a Megumi, su arma desenfundada. Maki, Toge y Panda formaron un círculo protector alrededor de Yuta, cuyas manos temblaban mientras Rika rugía en su interior.
Y entonces, desde el centro del campo, como si emergieran de las propias sombras, aparecieron.
A la cabeza iba un hombre con túnicas de monje y una sonrisa serena que no encajaba en absoluto con la atmósfera opresiva. Su cabello largo y oscuro estaba recogido, y sus ojos estrechos parecían verlo todo. A su lado, un séquito heterogéneo: un hombre de piel oscura con un sombrero de paja, dos niñas idénticas con uniformes escolares que sostenían muñecos espeluznantes, y otros rostros que irradiaban una fe fanática.
Satoru se quedó inmóvil. El mundo pareció ralentizarse. El sonido de su propia respiración se volvió ensordecedor en sus oídos. Shoko, a su lado, contuvo el aliento, su taza cayendo al suelo y haciéndose añicos sin que nadie lo notara.
—Suguru —el nombre fue un susurro roto en los labios de Satoru.
Suguru Geto se detuvo a unos veinte metros de ellos. Su mirada pasó por encima de los estudiantes, ignorándolos, y se posó directamente en Satoru. Luego, se desvió por una fracción de segundo hacia Shoko. En sus ojos hubo un destello, un eco de un pasado compartido, antes de que la máscara de serenidad volviera a su sitio.
—Ha pasado tiempo, Satoru —dijo Geto, su voz era la misma, esa voz cálida y cadenciosa que Satoru había escuchado en sus recuerdos un millón de veces—. Veo que has estado ocupado jugando a la casita.
El insulto estaba diseñado para herir, pero Satoru no se inmutó. Su rostro era una pizarra en blanco, sus ojos ocultos tras las gafas oscuras, pero la energía que emanaba de él era como un sol a punto de convertirse en supernova.
—¿Qué quieres, Suguru? —preguntó Satoru, su tono era tan gélido que el vapor podría haberse condensado en sus palabras.
—Vengo a hacer una declaración. Una propuesta, si quieres verlo así —dijo Geto, abriendo los brazos en un gesto de magnanimidad—. He decidido que el mundo necesita una limpieza. Estos monos… —hizo un gesto vago hacia el exterior del Velo, hacia Tokio, hacia el mundo entero—… han contaminado el planeta durante demasiado tiempo. Son débiles, ignorantes y son la fuente de todas las maldiciones. La causa del sufrimiento de los hechiceros.
—Estás loco —espetó Maki, dando un paso al frente.
Geto la miró con una condescendencia divertida.
—¿Loco? No, querida. Soy un salvador. Voy a crear un paraíso. Un mundo solo para hechiceros.
—¿Y qué hay de aquellos que no están de acuerdo con tu genocidio? —intervino Nanami, su voz goteando desprecio.
La sonrisa de Geto se amplió.
—Siempre hay resistencia al progreso. Pero estoy preparado. Por eso he venido a anunciar mis intenciones. Para que sea una guerra justa —su mirada volvió a Satoru—. El veinticuatro de diciembre, en la noche sagrada, desataré el Desfile Nocturno de los Cien Demonios. Mil maldiciones sobre Shinjuku y Kioto. Una masacre para llamar la atención de los monos y forzarlos a salir de sus escondites.
El horror se apoderó de los rostros de los estudiantes.
—Y en cuanto a ti, Satoru... —continuó Geto, su voz volviéndose más íntima, más personal—… sé que eres el mayor obstáculo. Así que te daré algo con lo que mantenerte ocupado.
Señaló a Yuta.
—Ese chico. Okkotsu Yuta. Su maldición es de una calidad exquisita. Un poder digno de mi colección. Mientras yo estoy ocupado en Shinjuku y Kioto, vendré aquí, a la academia, a tomar lo que es mío. Así que tendrás que elegir, Satoru. ¿Salvar a los monos en las ciudades? ¿O proteger a tu nuevo juguete?
El desafío era claro. Dividir sus fuerzas. Forzarlo a una elección imposible.
Satoru no dijo nada. Simplemente se quitó las gafas de sol.
Sus ojos, los Seis Ojos, brillaron con una luz azul sobrenatural. El aire alrededor de Gojo se distorsionó, la técnica del Infinito vibrando con una intensidad asesina.
—¿Has terminado? —preguntó Satoru, su voz era un murmullo mortal.
Geto sintió la presión. Incluso él, con su vasto arsenal de maldiciones, sabía que un enfrentamiento directo con un Satoru Gojo serio era un suicidio.
—Sí, he terminado —dijo, su sonrisa nunca vaciló—. Nos vemos el veinticuatro, Satoru. Ah, y una cosa más.
Miró más allá de Satoru, hacia Megumi. El niño lo miraba con una mezcla de miedo y desafío, sus manos ya formando el sello de los Perros Divinos.
—Cuida bien del hijo de Toji Zenin. Tiene un potencial interesante. Sería una pena que se desperdiciara… o que cayera en las manos equivocadas.
Con esa última daga verbal, Geto se dio la vuelta. Él y su séquito se hundieron de nuevo en las sombras de las que habían salido. El Velo se disipó tan rápido como había aparecido, y la luz del sol invernal volvió a bañar el campo, pareciendo demasiado brillante, demasiado normal para la atrocidad que acababa de ser anunciada.
El silencio que quedó fue más pesado que cualquier Velo.
Satoru se quedó allí, inmóvil, con las gafas todavía en la mano, mirando el lugar vacío donde había estado su mejor amigo. El hombre que había sido su otra mitad. El hombre al que ahora tendría que matar.
***
La reunión en el despacho de Yaga fue breve y sombría. La decisión fue unánime y se tomó sin debate. Suguru Geto, ex-alumno de la academia y usuario de maldiciones de grado especial, fue sentenciado oficialmente a muerte. La orden de ejecución fue emitida. Satoru Gojo fue asignado como el ejecutor principal.
Durante toda la reunión, Satoru no pronunció una sola palabra. Se sentó en un rincón, con la mirada perdida, asintiendo cuando era necesario. Aceptó la misión con la misma expresión vacía con la que había observado a Geto desaparecer. Era como si una parte de él se hubiera apagado. La parte que bromeaba, la que sonreía, la que se enfadaba. Solo quedaba el hechicero más fuerte, un instrumento de poder absoluto esperando ser desplegado.
Shoko lo observó desde el otro lado de la sala. Vio la rigidez en sus hombros, la forma en que sus manos estaban apretadas en puños a sus costados. Conocía esa quietud. Era la calma del ojo del huracán. La quietud que precedía a la destrucción total.
Ella también había querido a Geto. El recuerdo de su juventud, de los tres juntos, inseparables y arrogantes, era una herida que nunca había cicatrizado del todo. Verlo allí, tan retorcido por su ideología, tan perdido en su propia oscuridad, fue como ver a un fantasma. Pero a diferencia de Satoru, ella había aceptado la muerte de su amistad hacía mucho tiempo. Era médica. Sabía cuándo un miembro estaba tan gangrenado que la única opción era la amputación para salvar al resto del cuerpo.
Esto era necesario. No podían cambiar nada. Solo aceptarlo y hacer lo que se debía hacer.
***
Esa noche, el apartamento de Roppongi era una isla de silencio en medio del océano ruidoso de Tokio. Tsumiki había intentado iniciar una conversación durante la cena, pero la atmósfera era tan pesada que sus palabras se ahogaban. Megumi comía en silencio, su mirada clavada en su plato, pero sus sentidos estaban alerta, captando la tensión entre los adultos. Sabía que algo terrible había pasado.
Después de que los niños se retiraran a sus habitaciones, Satoru se dirigió al balcón. La noche era fría, y el viento traía consigo el olor a asfalto mojado y a nieve inminente. Se apoyó en la barandilla, sin su habitual chaqueta, vistiendo solo una camiseta negra que hacía poco para protegerlo del frío. Pero Satoru no sentía el frío. No sentía nada.
Shoko lo encontró allí, como sabía que lo haría. No dijo nada. Simplemente se paró a su lado, sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno y le ofreció el encendedor. Él negó con la cabeza.
—Deberías dejar eso —dijo él, su voz era un murmullo ronco—. Es malo para la salud.
—Y tú deberías entrar antes de que te congeles —replicó ella, dando una calada. El humo se arremolinó y desapareció en la noche—. Pero supongo que ninguno de los dos está de humor para seguir consejos lógicos esta noche.
Se quedaron en silencio, compartiendo el espacio, la vista, el peso de lo que estaba por venir.
—No dijo nada sobre nosotros —dijo Satoru de repente, su voz tan baja que casi se la lleva el viento—. Sobre ti y sobre mí.
Shoko exhaló una nube de humo.
—No. No lo hizo.
—Lo sabe. La última vez que lo vi, nos felicitó. Pero hoy... no lo usó. Podría haberlo hecho. Podría haber intentado usarlo para desestabilizarme. Pero no lo hizo.
—Quizás hay líneas que ni siquiera él está dispuesto a cruzar —sugirió Shoko, aunque no estaba segura de creerlo.
—O quizás ya no le importa —respondió Satoru, y había un abismo de dolor en esa simple frase—. Quizás somos tan irrelevantes para su gran plan que ni siquiera merecemos una mención. Solo un obstáculo a ser eliminado.
Shoko apagó el cigarrillo contra la barandilla. Se giró para mirarlo. Su rostro, iluminado por el resplandor de la ciudad, era una máscara de cansancio y una determinación de acero.
—Satoru.
Él no la miró. Su vista estaba fija en el horizonte, en las miles de luces que representaban a los «monos» que Suguru quería exterminar.
—No tienes que hacer esto solo —dijo ella, su voz suave pero firme.
—Soy el único que puede hacerlo —respondió él, su voz desprovista de emoción—. Soy el más fuerte. Es mi responsabilidad. Mi deber.
—No me refiero a la pelea —insistió Shoko, dando un paso más cerca y poniendo una mano en su brazo. Estaba tenso como una cuerda de piano—. Me refiero a esto. Ahora. El antes. El después. No estás solo en esto.
Él finalmente giró la cabeza para mirarla. En sus ojos azules, desprotegidos por las gafas, vio un universo de dolor contenido. Vio al joven de diecisiete años que había perdido a su mejor amigo. Vio al hombre que ahora tenía que convertirse en su verdugo.
—Yo también lo quería, Satoru —dijo ella, su propia voz quebrándose ligeramente—. El Suguru que conocimos. El que se comía los postres de los demás y se quejaba de las clases. Ese chico murió hace mucho tiempo. El hombre que vimos hoy es solo su fantasma.
Satoru no respondió. Simplemente se inclinó hacia delante y apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos. El gesto fue de una vulnerabilidad tan absoluta que a Shoko le dolió el corazón. Era el hechicero más fuerte del mundo buscando un ancla en medio de una tormenta que amenazaba con desgarrarlo.
—Tengo que matarlo, Shoko.
—Lo sé.
—Y cuando lo haga…
—Estaremos aquí cuando vuelvas —lo interrumpió ella, su voz era un juramento—. Yo estaré aquí. Megumi y Tsumiki estarán aquí. Esta familia que construiste, este lugar al que volver... seguirá aquí.
Él inspiró profundamente, el aroma del perfume de ella, del aire frío de la noche, del hogar. Se aferró a eso como un hombre que se ahoga se aferra a un trozo de madera.
El veinticuatro de diciembre. La fecha estaba marcada en su mente como un hierro candente. El día en que el mundo de la hechicería cambiaría para siempre. El día en que tendría que destruir el último vestigio de su propia juventud.
Se enderezó, pero no se apartó de ella. Sus manos encontraron las de ella, entrelazando sus dedos con una fuerza desesperada.
—Vamos adentro —dijo ella—. Hace frío.
Él asintió.
Caminaron de regreso al calor del apartamento. La televisión estaba encendida en un canal de noticias, mostrando imágenes de los preparativos navideños en Shinjuku. Gente riendo, comprando regalos, viviendo sus vidas, ajenos a la guerra que estaba a punto de desatarse en sus calles. Ajenos al hombre que había jurado protegerlos, incluso a costa de su propio corazón.
Satoru se detuvo frente al ventanal, mirando su propio reflejo superpuesto al de la ciudad iluminada. A su lado, el reflejo de Shoko. Detrás de ellos, la luz cálida del hogar que habían creado.
La nieve, pronosticada para esa noche, comenzó a caer. Copos blancos y silenciosos que descendían sobre la ciudad, cubriendo el asfalto, los tejados, las luces de neón. Como si intentaran purificar el mundo, o al menos, ocultar las cenizas frías de lo que una vez fue y ya nunca podría volver a ser.
La guerra estaba declarada. El final estaba escrito. Y todo lo que podían hacer era esperar la llegada del día señalado, juntos, como un frente unido contra la oscuridad que venía de fuera y la que amenazaba con consumirlos desde dentro.