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Una Familia Improvisada

Réquiem por un Verano

El aire en Shinjuku olía a ozono y a muerte. Las luces de neón, normalmente un torrente vibrante de color, parpadeaban erráticamente sobre calles desiertas, reflejándose en charcos de sangre oscura y los restos pulverizados de maldiciones exorcizadas. El silencio que había caído sobre el distrito era más ensordecedor que el caos de hacía unos minutos. Era un silencio de cementerio.

En el centro de todo, Satoru Gojo permanecía inmóvil. A sus pies, Miguel yacía inconsciente, la poderosa Soga Negra que había sido su orgullo ahora reducida a un montón de fibras deshilachadas. El resto de los seguidores de Geto estaban neutralizados, esparcidos por la zona como piezas de ajedrez barridas del tablero. Satoru lo había hecho con una eficiencia aterradora, una economía de movimiento que era casi insultante. No había sido una batalla; había sido una limpieza.

Pero Satoru no sentía la euforia de la victoria. Ni siquiera sentía el alivio del deber cumplido. Sentía un vacío helado que se expandía en su pecho, un eco del vacío que había dejado en las calles de Shinjuku. Cada maldición que había desintegrado, cada hechicero que había incapacitado, no era más que un prólogo. El plato principal, la verdadera razón de esa noche sangrienta, todavía lo esperaba.

Se ajustó las gafas de sol oscuras, un gesto automático para ocultar unos ojos que en ese momento no querían ver nada más. Con sus Seis Ojos, podía percibirlo todo: el flujo de energía maldita en toda la ciudad, la batalla titánica que se desarrollaba en la Academia de Jujutsu, el poder desatado de Yuta Okkotsu y la energía familiar, retorcida y oscura, de Suguru.

Podría ir allí directamente. Aparecer, terminarlo, cumplir la sentencia. Era lo que el Alto Mando esperaba. Era lo que el hechicero más fuerte haría.

Pero no era lo que Satoru necesitaba hacer.

Cerró los ojos por una fracción de segundo, y el paisaje de devastación fue reemplazado por la imagen de una taza de café humeante sobre una mesa de autopsias, el sonido de la risa de una niña en un pasillo largo, y la mirada seria de un niño que lo desafiaba a ser mejor. Anclas. Su ancla.

Antes del fin del mundo, incluso los dioses necesitan volver a casa una última vez.

Desapareció de Shinjuku sin un sonido, dejando atrás solo el eco de su poder y el olor a cenizas frías.

***

La enfermería de la Academia de Jujutsu era una isla de calma en un mar de caos. Las paredes blancas y el olor a antiséptico eran un marcado contraste con la energía maldita que supuraba desde el exterior, donde la batalla de Yuta contra Geto estaba llegando a su clímax. Shoko Ieiri se movía con una calma metódica, atendiendo a los hechiceros heridos que Ijichi y otros asistentes traían. Sus manos eran firmes, su voz tranquila, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia la puerta.

En un rincón apartado, sentados en un pequeño sofá, estaban Megumi y Tsumiki. Tsumiki, con catorce años, se abrazaba las rodillas, su rostro pálido de preocupación. Miraba a Shoko con ojos suplicantes, buscando una seguridad que la doctora se esforzaba por proyectar. Megumi, a sus doce años, estaba sentado con la espalda recta, sus manos apretadas en puños sobre las rodillas. Su rostro era una máscara de impasibilidad, pero su mirada oscura delataba la tormenta que se agitaba en su interior. Sabía que esa noche era diferente. Sabía que algo irrevocable estaba sucediendo.

La puerta de la enfermería se abrió sin previo aviso, y Satoru Gojo apareció en el umbral. No entró con su arrogancia habitual. Simplemente se materializó allí, una figura alta y oscura recortada contra la luz del pasillo. Llevaba su uniforme negro estándar, pero parecía más una mortaja que una ropa de combate.

El parloteo nervioso de la habitación cesó al instante. Todos los ojos se volvieron hacia él. Shoko dejó la gasa que sostenía y se enderezó. Sus miradas se encontraron a través de la habitación, y en ese instante, un universo de palabras no dichas pasó entre ellos.

—Gojo-san… —susurró Tsumiki, poniéndose de pie.

Satoru le dedicó una sonrisa, pero era una sombra de sus sonrisas habituales. Era una mueca cansada, frágil.

—Hola, princesa. ¿Ves? Te dije que volvería.

Caminó hacia ellos, sus pasos silenciosos sobre el linóleo. Pasó junto a los hechiceros heridos, quienes lo miraban con una mezcla de asombro y reverencia. Ignoró sus miradas. Sus ojos solo veían a las tres personas que eran el centro de su universo.

—¿Estás bien? ¿Estás herido? —preguntó Tsumiki, su voz temblorosa mientras lo examinaba en busca de heridas.

—Estoy perfecto —respondió él, revolviéndole el pelo con un gesto que pretendía ser juguetón pero que se sentía pesado, final—. Solo un poco cansado de jugar con los amigos de… de ese tipo.

Se agachó para quedar a su altura, poniendo sus manos sobre sus hombros.

—Escúchame, Tsumiki. Todo va a estar bien. Shoko-san y yo nos encargaremos de todo. Solo tienes que quedarte aquí con tu hermano y ser valiente un poco más, ¿de acuerdo?

—Pero… ¿qué está pasando? —preguntó ella, las lágrimas brillando en sus ojos—. Hay gritos, y esa oscuridad… Gojo-san, tengo miedo.

El corazón de Satoru se contrajo. Odiaba verla asustada. Ella era su faro de luz, su recordatorio de la bondad en un mundo podrido.

—Lo sé. Y está bien tener miedo —dijo suavemente—. Pero el miedo solo significa que tienes algo que quieres proteger. Y tú tienes mucho que proteger. Tienes a Megumi. Y nos tienes a nosotros.

Se inclinó y le dio un beso en la frente, un beso que se prolongó un segundo más de lo normal.

—Eres la más fuerte de todos nosotros, Tsumiki. Nunca lo olvides.

Luego, su mirada se posó en Megumi. El niño no había dicho una palabra. Solo lo observaba con una intensidad que lo traspasaba, una intensidad que parecía ver más allá del hechicero más fuerte, hasta el hombre que estaba debajo.

Satoru se enderezó y se sentó en la mesita de café frente a él.

—¿Y tú, campeón? ¿Ninguna pregunta inteligente? ¿Ningún análisis táctico de la situación?

Megumi tragó saliva, sus ojos fijos en los de Satoru, ocultos tras las gafas oscuras.

—Vas a ir a por él, ¿verdad? —preguntó Megumi, su voz era un susurro bajo, pero cortaba el aire como un cuchillo—. Por el hombre de las túnicas. Tu… amigo.

El aire se volvió denso. Tsumiki miró a su hermano, confundida y asustada por la gravedad de su tono. Shoko, que se había acercado en silencio, se detuvo a unos pasos de distancia.

Satoru no se sorprendió. Megumi siempre había visto demasiado.

Asintió lentamente.

—Sí.

—La última vez… lo dejaste ir —continuó Megumi, su voz apenas audible—. Dijiste que proteger a la familia era lo más importante.

—Y lo es —afirmó Satoru, su voz firme—. Es lo único que importa.

—Entonces… ¿por qué vas ahora? ¿Por qué es diferente?

Satoru se quitó las gafas de sol y las dejó sobre la mesa. Sus ojos azules, normalmente vibrantes y llenos de una energía infinita, estaban apagados, como un cielo de invierno antes de una tormenta de nieve. Miró directamente a los ojos oscuros y serios de Megumi.

—Porque a veces, Megumi, la única forma de proteger a tu familia es enfrentarte a los fantasmas del pasado. Porque si no lo hago, ese fantasma seguirá acechándonos, una y otra vez. Y porque… —hizo una pausa, buscando las palabras—. Porque incluso los fantasmas merecen descansar en paz.

Megumi no entendió del todo la metáfora, pero entendió el sentimiento. Vio la resolución inquebrantable en los ojos de su tutor. Vio el dolor. Y entendió que era una de esas decisiones de adulto, irrevocables y terribles, de las que Satoru y Shoko siempre habían tratado de protegerlos.

El niño simplemente asintió, una única y brusca inclinación de cabeza.

—Ten cuidado —dijo, y en esas dos simples palabras había un mundo de preocupación y una aceptación silenciosa de su deber.

Satoru le dedicó una pequeña y genuina sonrisa, una de las pocas que había mostrado esa noche.

—Siempre lo tengo.

Se levantó y miró a Shoko.

—¿Puedes… darme un minuto? —le preguntó a Tsumiki y Megumi.

Tsumiki asintió, todavía confundida, y tomó la mano de su hermano. Shoko les hizo un gesto con la cabeza hacia una pequeña oficina contigua.

—Vayan. Estaré con ustedes en un momento.

Los niños se fueron, cerrando la puerta tras de sí, dejando a Satoru y Shoko solos en medio de la enfermería silenciosa. El sonido distante de la batalla parecía haberse desvanecido. En ese momento, solo existían ellos dos.

Shoko se acercó y, sin decir una palabra, comenzó a examinarlo. Era su ritual. Sus manos frías y expertas recorrieron sus brazos, su pecho, buscando heridas que sabía que no encontraría. Era una excusa para tocarlo, para asegurarse de que era real, de que estaba allí.

—No estoy herido, Shoko —dijo él, su voz era un murmullo cansado.

—Lo sé —respondió ella, su voz igualmente baja. Sus dedos se detuvieron en el rápido latido de su pulso en la muñeca—. Pero tu energía está por todas partes. Estás agotado.

—He tenido noches más largas.

Ella levantó la vista y sus ojos se encontraron. En la profundidad de la mirada de Shoko, él no encontró reproche ni miedo, solo una comprensión profunda y un dolor compartido.

—¿Es hora? —preguntó ella.

Él asintió.

—Yuta está a punto de ganar. Suguru está debilitado. Es el momento.

Shoko soltó su muñeca y le tomó la mano, entrelazando sus dedos. Su mano era cálida, un ancla en el océano helado que era su alma en ese momento.

—Cuando lo trajiste a casa por primera vez… a Megumi —dijo ella, su mirada perdida en el recuerdo—. Recuerdo haber pensado que estabas loco. Que ibas a destruir a esos niños. O que ellos te iban a destruir a ti.

Satoru esbozó una media sonrisa melancólica.

—La mayor parte del tiempo, no estaba seguro de cuál de las dos iba a pasar primero.

—Pero no pasó —continuó ella, apretando su mano—. Los salvaste. Y ellos te salvaron a ti. Nos salvaron a todos. Nos diste un hogar, Satoru. Algo por lo que luchar que no era solo un ideal abstracto sobre el equilibrio del mundo.

—Tú eres la que lo convirtió en un hogar —replicó él, llevando la mano de ella a sus labios y besando sus nudillos—. Yo solo traje los muebles y los problemas.

—Y los dulces. No olvides los dulces.

Ambos sonrieron, una sonrisa triste que no llegó a sus ojos. El momento de ligereza se desvaneció tan rápido como llegó, dejando tras de sí la pesada realidad.

—Tengo que hacerlo, Shoko —dijo él, su voz perdiendo todo rastro de ironía—. No puedo dejar que se vaya. No otra vez.

—Lo sé —respondió ella, su voz firme—. Nunca te pedí que no lo hicieras.

Satoru la atrajo hacia él, envolviéndola en un abrazo que era a la vez desesperado y reconfortante. Hundió su rostro en su cabello, inhalando su aroma a café, a antiséptico y a algo que era únicamente ella. El olor a casa.

—Solo hay un último favor que puedo hacerle a mi mejor amigo —susurró contra su pelo, las palabras ahogadas por el dolor—. Y es matarlo yo mismo.

Shoko lo abrazó con más fuerza, sus brazos rodeando su cintura, tratando de absorber parte de su dolor, de anclarlo a la realidad.

—No es una ejecución, Satoru —dijo ella en voz baja, pero con una convicción feroz—. Es una cirugía. Estás extirpando el cáncer para que el alma que hay debajo pueda finalmente descansar. Lo que queda de él.

Él se apartó lo suficiente para mirarla, sus ojos azules brillando con lágrimas no derramadas.

—¿Desde cuándo te volviste tan poética?

—Desde que empecé a vivir con un idiota que piensa que el poder absoluto puede solucionar todos los problemas, y tuve que aprender a encontrar las palabras para explicarle que no es así.

Él se rió, una risa ahogada, rota. Apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos.

—Te quiero, Shoko.

—Lo sé, idiota —respondió ella, su propia voz quebrándose por primera vez—. Yo también te quiero.

Se quedaron así, en silencio, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo latido. Era un adiós, pero también una promesa. Un adiós al pasado, a su juventud perdida, al trío de inseparables que una vez fueron. Y una promesa de un futuro, uno que él tenía que asegurar, incluso si para ello tenía que destruir la última pieza de su historia.

Finalmente, se enderezó. La decisión estaba tomada, el momento había llegado. La vacilación se había ido, reemplazada por una resolución fría y pesada como el plomo.

—Vuelve a casa, Satoru —dijo ella, su mantra, su orden, su súplica.

—Siempre —prometió él.

Le dio un último beso, un beso corto, casto, pero cargado con el peso de seis años de vida compartida y una guerra a punto de terminar.

Se dio la vuelta y recogió sus gafas de sol de la mesa. Al ponérselas, la máscara del invencible Gojo Satoru volvió a su sitio. El hombre vulnerable que había buscado consuelo en los brazos de su familia desapareció, reemplazado por el instrumento de ejecución del mundo de la hechicería.

Caminó hacia la puerta, su espalda recta, sus hombros anchos. Se detuvo en el umbral, sin girarse.

—Shoko.

—¿Sí?

—Cuida de ellos.

No era una petición. Era una certeza. La única certeza que le quedaba en el mundo.

—Siempre —respondió ella.

Y entonces, se fue. Desapareció en el pasillo, un fantasma dirigiéndose a encontrarse con otro.

Shoko se quedó inmóvil por un largo momento, la calidez de su mano todavía hormigueando donde él la había besado. El sonido de la batalla en el exterior había cesado. Un silencio ominoso se había apoderado de la academia.

Se acercó a la ventana de la enfermería, que daba al patio principal. A lo lejos, entre los árboles destrozados y los cráteres humeantes, pudo ver la figura de Yuta Okkotsu, de pie, victorioso pero exhausto. Y más allá, en un callejón oscuro que bordeaba el recinto escolar, pudo sentir dos presencias inmensas. Una estaba desvaneciéndose, la otra brillaba con la intensidad de una estrella moribunda.

La puerta de la oficina se abrió y Tsumiki y Megumi salieron. Se acercaron a ella, parándose a su lado, mirando también por la ventana hacia la nada.

—¿A dónde ha ido? —preguntó Tsumiki en voz baja.

Shoko pasó un brazo por los hombros de la niña, atrayéndola hacia ella. Megumi se acercó instintivamente al otro lado de Shoko, su hombro rozando su cadera.

—Ha ido a terminar un trabajo —respondió Shoko, su voz era un susurro firme—. Ha ido a ponerle punto final a un cuento muy, muy triste.

Los tres se quedaron allí, mirando la noche, unida en su silenciosa vigilia. Una familia improvisada, forjada en la tragedia y mantenida por el amor, esperando el regreso de su pilar, de su caótico centro de gravedad.

Esperando que, después de este último réquiem por un verano que nunca volvería, él cumpliera su promesa.

Que volviera a casa.