Una Familia Improvisada
Fragmentos de Cristal y el Juramento del Infinito
El cielo de Tokio parecía haberse teñido de un gris ceniciento, un color que no correspondía al final del verano, sino más bien al ánimo que se había instalado en el corazón de la Escuela Técnica de Hechicería. Satoru Gojo estaba sentado en los escalones de la entrada del apartamento, con la mirada perdida en el asfalto. No llevaba sus gafas, ni su venda; sus ojos, los Seis Ojos que todo lo veían, estaban fijos en un punto inexistente.
Suguru se había ido.
La noticia no había llegado como una explosión, sino como un desmoronamiento lento y silencioso. Un rastro de cadáveres en una aldea remota, una ideología retorcida que Satoru no pudo prever y, finalmente, aquel encuentro en Shinjuku donde las palabras pesaron más que cualquier técnica maldita. "Búscale un sentido a esto", le había dicho Suguru antes de perderse entre la multitud. Y Satoru, el hombre que podía alcanzar el infinito, no había podido dar un solo paso para detenerlo.
—Gojo-san... ¿tienes hambre?
La vocecita de Tsumiki rompió el trance. Satoru parpadeó, enfocando la imagen de la niña que sostenía un plato con un sándwich cortado de forma irregular. A su lado, Megumi permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y esa expresión severa que parecía haber envejecido cinco años en una sola semana.
Satoru forzó una sonrisa, una de esas que solía usar para engañar al mundo, pero que sabía que no engañaba a nadie en esa habitación.
—¡Tsumiki-chan! Eres un ángel —dijo, despeinando el cabello de la niña mientras aceptaba el plato—. Justo lo que el más fuerte necesitaba para recargar energías.
—Mientes —sentenció Megumi, cruzándose de brazos—. No has comido nada en todo el día. Y tus ojos dan miedo cuando están así. Ponete las gafas.
Satoru soltó una risa seca, sorprendido por la agudeza del niño. Sacó sus gafas oscuras del bolsillo y se las colocó con un gesto teatral.
—Vaya, Megumi-chan, qué observador. Vas a ser un hechicero terrible para tus enemigos si te das cuenta de todo tan rápido.
—No quiero ser un hechicero si eso significa estar siempre triste como tú —replicó el pequeño, dándose la vuelta para caminar hacia la sala.
Satoru se quedó congelado con el sándwich a medio camino de la boca. El comentario de Megumi fue como una estocada. La realidad lo golpeó de frente: no tenía tiempo para deprimirse. No podía permitirse el lujo de hundirse en el luto por la pérdida de su mejor amigo cuando tenía dos vidas bajo su responsabilidad. Si él se derrumbaba, el frágil mundo que había construido para los hermanos Fushiguro se vendría abajo con él.
En ese momento, la puerta principal se abrió. Shoko Ieiri entró cargando un par de bolsas de conveniencia. Se veía más pálida de lo habitual, y el olor a tabaco la seguía como una estela persistente. Sus ojos se encontraron con los de Satoru, y en ese breve intercambio, se dijeron todo lo que no podían expresar frente a los niños.
—Tsumiki, Megumi, vayan a su cuarto un momento —ordenó Shoko con suavidad pero con una autoridad incuestionable—. Tengo que hablar con Satoru sobre... cosas aburridas de adultos.
Los niños obedecieron sin protestar, aunque Megumi lanzó una última mirada de sospecha hacia Gojo antes de cerrar la puerta.
Shoko dejó las bolsas sobre la mesa y sacó una lata de café frío, lanzándosela a Satoru. Él la atrapó en el aire por puro instinto.
—Estás hecho un desastre —dijo ella, apoyándose contra la encimera de la cocina—. Si los de arriba te vieran así, pensarían que el "Más Fuerte" ha caducado.
—Suguru mató a sus padres, Shoko —susurró Satoru, ignorando el café—. Los mató a todos. ¿Cómo no me di cuenta? Estaba siempre a su lado y no vi que se estaba rompiendo.
—Nadie lo vio —respondió ella, aunque su voz tembló ligeramente—. O quizás no quisimos verlo. Pero Satoru, escucha bien: Suguru eligió su camino. Tú no puedes ir tras él, no ahora.
—¿Por qué no? —Satoru se levantó, y la presión de su energía maldita hizo que los cristales de las ventanas vibraran—. Podría buscarlo. Podría traerlo de vuelta por la fuerza si fuera necesario.
—¿Y luego qué? —Shoko caminó hacia él, plantándose frente al hombre que aterrorizaba a las maldiciones de grado especial—. ¿Lo encerrarías en una jaula? ¿Y quién cuidaría de Megumi mientras tú juegas a ser el guardián de un traidor? Los Zenin están esperando el menor signo de debilidad para reclamar al niño. Si abandonas tu puesto ahora, perderás a los que todavía están aquí.
Satoru apretó los dientes, y por un momento, Shoko temió que fuera a perder el control. Pero entonces, la tensión desapareció. Gojo se dejó caer de nuevo en el escalón, ocultando su rostro tras sus manos.
—No quiero perder a nadie más, Shoko —confesó, con una voz que sonaba rota—. Primero fue Riko... ahora Suguru. Siento que todo lo que toco termina destruido.
Shoko se sentó a su lado, ignorando la distancia social que Satoru solía imponer con su técnica. Le puso una mano en el hombro, apretándolo con fuerza.
—No me vas a perder a mí —dijo ella, con una seriedad que rara vez mostraba—. Y no vas a perder a esos niños. Pero tienes que despertar. Megumi necesita empezar su entrenamiento. Si no aprende a controlar esas sombras pronto, el clan Zenin usará su falta de habilidad como excusa para llevárselo. Y Tsumiki... ella necesita un hermano que no sea una herramienta de guerra.
Satoru levantó la cabeza. Miró hacia la puerta del cuarto de los niños y luego a Shoko. Ella tenía razón. El mundo de la hechicería era una máquina de picar carne, y él era el único que podía interponerse entre esa máquina y su nueva familia.
—Entrenar a Megumi... —Satoru se pasó una mano por el cabello—. Es solo un niño de seis años. No quería que empezara tan pronto.
—El destino no pregunta por la edad, Satoru. Tú mejor que nadie lo sabes.
Gojo se puso de pie, y esta vez, su postura era diferente. La pesadez seguía ahí, pero estaba bajo control, guardada en un rincón oscuro de su mente donde no pudiera estorbar. Se ajustó las gafas y dedicó a Shoko una sonrisa que, aunque pequeña, era genuina.
—Gracias, Shoko. No sé qué haría si tú también decidieras volverte loca y dejarme solo.
—Alguien tiene que quedarse para limpiar tus desastres —respondió ella con una media sonrisa, aunque sus ojos seguían cargados de una tristeza profunda—. Ahora, ve a ver a esos niños. Tsumiki está preocupada y Megumi cree que te has convertido en un fantasma.
Satoru caminó hacia la habitación y abrió la puerta con suavidad. Tsumiki estaba sentada en la cama leyendo un libro, mientras Megumi estaba sentado en el suelo, mirando fijamente las sombras que proyectaba la lámpara de noche.
—¡Hola, hola! —exclamó Satoru, recuperando su tono vibrante—. Siento haber estado tan aburrido. El más fuerte ha vuelto a la vida.
Tsumiki sonrió aliviada, pero Megumi ni siquiera levantó la vista.
—Gojo-san —dijo el niño, señalando su propia sombra en la alfombra—. Ha estado moviéndose sola. Siento como si algo quisiera salir.
Satoru se arrodilló junto a él. Sus Seis Ojos analizaron el flujo de energía. Efectivamente, el potencial de Megumi estaba empezando a desbordarse, espoleado quizás por la tensión emocional que había sentido en la casa.
—Eso es porque eres especial, Megumi-chan —dijo Satoru, poniendo una mano sobre la del niño—. Pero las sombras pueden ser peligrosas si no sabes cómo hablarles. ¿Quieres que te enseñe?
Megumi finalmente lo miró. Sus ojos oscuros buscaban algo en los de Satoru, una seguridad que el mundo le había negado hasta ahora.
—¿Me hará más fuerte? —preguntó el niño—. ¿Para que nadie más tenga que estar triste?
Satoru sintió un nudo en la garganta, pero asintió con firmeza.
—Te hará el más fuerte, después de mí, claro. Nadie podrá tocarte a ti ni a Tsumiki. Te lo prometo.
Los días siguientes fueron una vorágine de actividad. Satoru dividía su tiempo entre misiones oficiales, que ahora aceptaba con una eficiencia aterradora y solitaria, y las tardes en el apartamento o en los campos de entrenamiento de la escuela.
Ver a Megumi entrenar era como ver un reflejo distorsionado de sí mismo. El niño era metódico, serio y frustrantemente perfeccionista.
—¡No, no! —decía Satoru, flotando a unos centímetros del suelo mientras comía un helado—. No intentes forzar la sombra hacia afuera. Deja que fluya como si fuera agua negra. Tu cuerpo es solo el recipiente, Megumi.
—¡Es difícil! —gritó el niño, sudando a mares mientras sus manos temblaban en la posición de invocación para los Perros de Jade—. Siento que me tira hacia adentro.
—Eso es porque tienes miedo de lo que hay ahí —intervino Shoko, que observaba desde la banda con un botiquín de primeros auxilios y, por supuesto, un cigarrillo apagado—. La sombra no es algo externo, Megumi. Es parte de ti. No puedes tenerte miedo a ti mismo.
Megumi respiró hondo, cerró los ojos y, por un instante, el aire alrededor de ellos se enfrió. Dos formas caninas, una blanca y otra negra, emergieron de la oscuridad del suelo, materializándose con un gruñido bajo.
—¡Lo lograste! —Tsumiki aplaudió desde una distancia segura, donde estaba haciendo sus deberes.
Los perros se acercaron a Megumi, lamiéndole la cara. El niño, por primera vez en mucho tiempo, soltó una pequeña risa, una chispa de infancia que Satoru juró proteger a toda costa.
Sin embargo, cuando caía la noche y los niños por fin dormían, la soledad volvía a reclamar su espacio. Satoru y Shoko solían quedarse en la cocina, compartiendo el silencio que antes solía llenar Suguru con sus debates filosóficos.
—He oído que el Consejo está presionando —comentó Shoko una noche, mientras curaba un pequeño rasguño en la mano de Satoru que él se había olvidado de sanar con su propia técnica—. Quieren que Megumi sea presentado formalmente ante el clan Zenin a finales de año.
—Sobre mi cadáver —gruñó Satoru—. Si esos viejos decrépitos ponen un pie cerca de él, les enseñaré por qué me llaman el más fuerte. Ya he empezado los trámites para que la tutela sea absoluta bajo la escuela, con mi nombre como garante.
—Eso te pondrá en el punto de mira, Satoru. Más de lo que ya estás.
—Que miren todo lo que quieran —respondió él, mirando hacia el balcón—. Ya no soy el chico que era hace un mes, Shoko. Si el mundo de la hechicería quiere ser un lugar podrido, yo seré el que limpie la podredumbre.
Shoko lo observó. Había algo nuevo en Satoru. La arrogancia seguía ahí, pero ahora estaba templada por un propósito. Ya no buscaba el poder por el simple hecho de tenerlo, sino como un escudo.
—A veces me asustas —confesó ella en voz baja.
Satoru se giró hacia ella. Se quitó las gafas y la miró con una intensidad que hizo que a Shoko se le cortara la respiración.
—No te asustes de mí, Shoko. Nunca de mí. —Se acercó y le tomó la mano, la misma mano que lo había mantenido cuerdo durante la última semana—. Te lo dije antes y lo repito: eres mi tierra. Mientras tú estés aquí, no me perderé en el infinito.
Shoko apretó su mano, sintiendo el calor de su piel.
—No me voy a ir a ninguna parte, idiota. Alguien tiene que vigilar que no le enseñes a Megumi a apostar en las carreras de caballos como hacía su padre.
Satoru soltó una carcajada, la primera que sonaba verdaderamente libre en mucho tiempo.
—¡Oye! Eso fue un golpe bajo. Solo le enseñé los conceptos básicos de las probabilidades matemáticas.
—Sí, claro.
La vida continuó, con sus nuevas rutinas y sus viejas heridas. Satoru Gojo aprendió que ser el más fuerte no significaba no sufrir, sino tener la capacidad de cargar con ese sufrimiento para que otros no tuvieran que hacerlo. Cada vez que veía a Megumi invocar a sus sombras, o a Tsumiki sonreír mientras preparaba la cena con Shoko, sentía que estaba ganando una batalla que Suguru había dado por perdida.
No podía salvar a todo el mundo. No pudo salvar a Riko, y no pudo evitar que su mejor amigo se convirtiera en su peor enemigo. Pero mientras caminaba por el apartamento en la penumbra, asegurándose de que las mantas cubrieran bien a los niños, Satoru comprendió que su verdadero poder no residía en el "Vacío Púrpura" o en el "Ilimitado".
Su verdadero poder era la capacidad de crear un hogar en medio del caos.
Al salir de la habitación de los niños, se encontró con Shoko en el pasillo. Ella llevaba una manta sobre los hombros y dos tazas de té.
—¿Siguen dormidos? —preguntó ella.
—Como troncos —respondió Satoru, aceptando una de las tazas—. Megumi estaba hablando en sueños sobre perros y jengibre.
Shoko sonrió, apoyando su cabeza en el hombro de Satoru mientras caminaban hacia la sala.
—Estamos haciendo un buen trabajo, ¿verdad? —preguntó ella, casi en un susurro.
Satoru miró las estrellas a través del ventanal, pensando en el futuro, en las sombras que vendrían y en el hombre que algún día tendría que enfrentar en el campo de batalla. Pero luego sintió el peso reconfortante de Shoko a su lado y el eco de la respiración tranquila de los niños en la habitación de al lado.
—El mejor —respondió Satoru—. El mejor trabajo del mundo.
Porque aunque el cielo se cayera y el infinito se rompiera, Satoru Gojo ya no estaba solo. Tenía una familia que proteger, una compañera en quien confiar y un legado que, por primera vez, no se sentía como una carga, sino como una promesa de luz en medio de la oscuridad. El verano de 2009 estaba llegando a su fin, pero para ellos, la verdadera historia apenas estaba comenzando.