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Una Familia Improvisada

Lazos de Sangre, Corazón y Humo

La primavera de 2010 había llegado a Tokio con una explosión de pétalos de cerezo que cubrían las aceras como una alfombra de nieve rosada. Para la mayoría de los niños de la escuela primaria, era una época de emoción; para Megumi Fushiguro, de siete años, era simplemente otra fuente de desorden logístico que debía gestionar con la seriedad de un adulto atrapado en el cuerpo de un niño.

Megumi estaba sentado a la mesa del comedor, observando con ojo crítico un folleto escolar que anunciaba el "Festival del Día de la Madre". Tsumiki, a su lado, desayunaba en silencio, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia el papel de colores brillantes. Había una mezcla de anhelo y resignación en su rostro que Megumi conocía demasiado bien.

—No tenemos que ir si no quieres —dijo Megumi, rompiendo el silencio con su voz monótona—. Puedo decirle a Gojo-san que invente una excusa. Él es bueno mintiendo.

Tsumiki agitó la cabeza, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Es una actividad escolar, Megumi. Se supone que debemos presentar a nuestra familia. Todas las niñas van a llevar flores y tarjetas.

—Nuestra familia es... complicada —respondió el niño, mirando hacia el pasillo donde Satoru Gojo probablemente seguía roncando, envuelto en sábanas de seda caras mientras ignoraba la alarma.

En ese momento, la puerta del apartamento se abrió con el sonido familiar de una llave girando. Shoko Ieiri entró, vistiendo su bata blanca de médico sobre la ropa de calle, con ojeras profundas que delataban una guardia nocturna en la Escuela de Hechicería. Traía una bolsa con panecillos frescos y el aroma reconfortante del café recién hecho.

—Buenos días, pequeños —dijo Shoko, dejando las cosas en la encimera—. ¿Por qué esas caras? Parece que alguien ha muerto, y espero que no sea Satoru, porque todavía me debe la cena de la semana pasada.

Tsumiki bajó la mirada hacia su tazón de cereales, pero Megumi, incapaz de morderse la lengua, señaló el folleto sobre la mesa.

—Hay un evento en la escuela de Tsumiki. El Día de la Madre.

Shoko se quedó inmóvil por un segundo, con la mano aún en la bolsa de panecillos. Sus ojos recorrieron el panfleto. Conocía la historia de los niños; sabía que la madre de Tsumiki se había marchado y que la madre biológica de Megumi era un recuerdo borroso y doloroso. En el mundo de la hechicería, los lazos familiares solían ser cadenas o cicatrices, rara vez algo que celebrar con flores de papel y canciones infantiles.

—Ya veo —murmuró Shoko, acercándose a la mesa. Se sentó frente a Tsumiki y le puso una mano suave sobre la suya—. ¿Quieres ir, Tsumiki?

La niña asintió muy despacio.

—La maestra dijo que si no tenemos madre, puede ir una tía o una abuela. Pero nosotros no tenemos a nadie más que a Gojo-san... y él no es exactamente una madre.

—¡Oí eso! —gritó Satoru desde el pasillo, apareciendo de repente con el cabello blanco disparado en todas direcciones y una venda cubriendo sus ojos—. ¡Puedo ser lo que ustedes quieran! Puedo ponerme un vestido, puedo cocinar... bueno, no puedo cocinar, pero puedo comprar un catering de cinco estrellas y decir que lo hice yo. ¡Sería la madre más glamurosa de toda la primaria!

—Cállate, Satoru —dijo Shoko sin siquiera mirarlo—. Estás asustando a los niños.

Gojo se apoyó en el marco de la puerta, cruzando sus largos brazos. Aunque su tono era burlón, sus Seis Ojos analizaban la habitación. Podía sentir la tristeza residual de Tsumiki y la tensión defensiva de Megumi. Se sintió, por un momento, extrañamente impotente. Podía manipular el espacio y el tiempo, pero no podía llenar el vacío de una madre ausente.

—Shoko tiene razón —admitió Satoru, suavizando su voz—. No encajaría mucho en una reunión de señoras de barrio hablando de detergentes. Pero tú, Shoko...

Shoko levantó una ceja, mirando a su compañero.

—¿Yo qué?

—Tú eres la que los cura cuando se caen —dijo Satoru, señalándola con un dedo—. Eres la que se asegura de que Megumi no desayune solo dulces. Eres la que ayuda a Tsumiki con las trenzas cuando yo las dejo hechas un nudo. Básicamente, eres el cerebro y el corazón de esta operación de rescate.

Shoko soltó un suspiro largo, frotándose las sienes.

—Satoru, soy una médico forense que fuma demasiado y vive rodeada de cadáveres y energía maldita. No soy material de "Día de la Madre".

Tsumiki levantó la vista entonces. Sus ojos brillaban con una pequeña chispa de esperanza que hizo que el corazón de Shoko diera un vuelco.

—A mí me gusta cómo hueles, Shoko-san —dijo la niña en voz baja—. Hueles a hospital y a veces a cigarrillos, pero también hueles a casa. Cuando estás aquí, no tengo miedo de que Gojo-san rompa algo o de que nos tengamos que ir otra vez.

El silencio que siguió fue absoluto. Megumi miró hacia otro lado, ocultando una pequeña sonrisa de aprobación. Satoru, por una vez, no hizo ningún chiste.

Shoko sintió un nudo en la garganta que ninguna técnica de energía inversa podía disolver. Miró a Tsumiki, luego a Megumi, y finalmente a Satoru, quien le dedicó un asentimiento casi imperceptible, lleno de una confianza absoluta.

—Está bien —dijo Shoko, aclarándose la garganta para ocultar su emoción—. Iré. Pero no esperes que me ponga un vestido de flores, Tsumiki. Iré como soy.

Tsumiki se levantó de un salto y rodeó a Shoko con sus brazos en un abrazo espontáneo.

—¡Gracias, Shoko-san!

—Sí, bueno... —Shoko le devolvió el abrazo con torpeza, acariciando el cabello de la niña—. Alguien tiene que vigilar que no te den un diploma de cartón por tener a Satoru como tutor.

***

El día del evento, la escuela primaria estaba decorada con guirnaldas y dibujos de corazones. Shoko llegó vistiendo un traje informal pero elegante, tratando de ocultar su nerviosismo. No era una misión de grado especial, pero se sentía como tal. Estaba rodeada de mujeres que hablaban de clases de piano y recetas de cocina, mundos que le resultaban tan ajenos como el espacio exterior.

Tsumiki la esperaba en la entrada, radiante. Llevaba su mejor vestido y sostenía una pequeña tarjeta hecha a mano.

—¡Viniste! —exclamó la niña, corriendo hacia ella.

—Te dije que lo haría —respondió Shoko, ajustándose la chaqueta—. ¿Dónde está el pequeño amargado?

—Megumi está en su salón, pero dijo que vendría a vernos después —explicó Tsumiki, tomando la mano de Shoko—. Vamos, la ceremonia va a empezar.

Durante la siguiente hora, Shoko se sentó en una silla pequeña e incómoda, escuchando canciones infantiles y discursos sobre el amor maternal. Se sentía fuera de lugar, una intrusa en un ritual de la "normalidad". Sin embargo, cada vez que Tsumiki se giraba desde su asiento para asegurarse de que Shoko seguía allí y le dedicaba una sonrisa, la incomodidad desaparecía.

Al final de la ceremonia, cada niño debía entregar una tarjeta y una flor a su acompañante. Tsumiki se acercó a Shoko, con las mejillas encendidas.

—Sé que no eres mi mamá de verdad —susurró Tsumiki, extendiendo una clavel rosado y una tarjeta donde se leía "Para Shoko"—. Pero eres la persona que más se le parece. Gracias por cuidarnos.

Shoko tomó la flor, sintiendo que algo se rompía y se reconstruía dentro de ella. Abrió la tarjeta y vio un dibujo de cuatro personas: un hombre alto con pelo blanco, una niña, un niño pequeño y una mujer de pelo corto con una bata blanca. Debajo, Tsumiki había escrito: *Nuestra familia*.

—Gracias, Tsumiki —dijo Shoko, su voz apenas un susurro—. Es el mejor regalo que me han hecho.

En ese momento, Megumi apareció por el pasillo. Caminaba con su habitual aire de indiferencia, pero traía algo escondido detrás de su espalda. Se detuvo frente a ellas, mirando a Shoko con sus ojos oscuros y analíticos.

—Tsumiki me obligó —mintió Megumi, extendiendo una pequeña caja de madera—. Dijo que era de mala educación que solo ella te diera algo.

Shoko abrió la caja. Dentro había un encendedor de metal grabado con una pequeña sombra en forma de perro. Era un objeto práctico, oscuro y un poco extraño para un niño de siete años, pero era puramente Megumi.

—Es para que dejes de perder los tuyos por todo el apartamento —añadió el niño, cruzándose de brazos—. Y para que no tengas que pedirle fuego a los desconocidos. Es peligroso.

Shoko soltó una carcajada auténtica, una que resonó en el pasillo escolar.

—Eres un viejo atrapado en el cuerpo de un niño, Megumi. Pero gracias. Lo atesoraré.

—¿Podemos irnos ya? —preguntó Megumi, aunque no soltó la mano de Tsumiki—. Gojo-san dijo que nos llevaría a comer sushi si sobrevivíamos a esto.

—Sí, vámonos —asintió Shoko, guardando el encendedor en su bolsillo y la flor en su mano—. Este lugar tiene demasiado azúcar para mi gusto.

Al salir de la escuela, encontraron a Satoru apoyado en su coche de lujo, atrayendo las miradas de todas las madres y profesoras. Llevaba sus gafas de sol y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Ahí están mis personas favoritas! —exclamó Satoru, abriendo la puerta trasera—. ¿Cómo fue? ¿Lloraste, Shoko? Apuesto a que lloraste. Los Seis Ojos pueden detectar la humedad residual en tus mejillas.

—Cállate, Satoru, o te haré una lobotomía con la flor de Tsumiki —amenazó Shoko, aunque no había veneno en sus palabras.

Se subieron al coche y Satoru arrancó, alejándose de la escuela. El ambiente en el interior era cálido, lleno de las quejas de Megumi sobre el ruido y las historias entusiastas de Tsumiki. Shoko miraba por la ventana, observando el reflejo de los niños en el cristal.

—Oye, Shoko —dijo Satoru en voz baja, aprovechando que los niños estaban distraídos discutiendo sobre qué tipo de sushi pedir.

—¿Qué?

—Lo hiciste bien —murmuró él, con una sinceridad que rara vez dejaba salir—. Gracias por estar allí para ellos. Sé que no es la vida que planeaste cuando estábamos en la academia.

Shoko miró el clavel rosado que sostenía. Recordó las misiones sangrientas, los cadáveres en la morgue, la traición de Suguru y el peso de ser los "más fuertes". Aquella vida era oscura, solitaria y llena de sacrificios. Pero luego miró el dibujo en la tarjeta de Tsumiki y sintió el peso del encendedor de Megumi en su bolsillo.

—Ninguno de nosotros planeó esto, Satoru —respondió Shoko, dejando escapar un suspiro de paz—. Pero creo que, por primera vez, no me importa lo que el futuro nos depare. Mientras estemos juntos, este desastre funciona.

Satoru sonrió, una sonrisa ancha y brillante.

—¡Por supuesto que funciona! Soy el más fuerte, tú eres la mejor doctora y estos niños son... bueno, son un dolor de cabeza, pero son nuestros dolores de cabeza.

—¡Gojo-san, no somos dolores de cabeza! —protestó Tsumiki desde el asiento trasero.

—¡Habla por ti! —añadió Megumi.

El coche se llenó de risas y gritos, una cacofonía que para cualquier otro sería molesta, pero que para los cuatro habitantes de aquel apartamento en Roppongi era la melodía de su hogar.

Aquella tarde, mientras comían sushi y Satoru intentaba (y fallaba) enseñarle a Megumi un truco de magia con los palillos, Shoko se dio cuenta de algo importante. La sangre te hace pariente, pero son los momentos de vulnerabilidad, las tarjetas hechas a mano y la voluntad de quedarse cuando todo se desmorona lo que te convierte en madre, en padre, en familia.

Shoko Ieiri no era una madre convencional. No horneaba galletas ni pertenecía a la asociación de padres. Ella curaba heridas, exorcizaba miedos y guardaba secretos. Pero mientras veía a Tsumiki reír y a Megumi relajarse por fin, supo que no cambiaría su lugar por nada en el mundo.

—Feliz Día de la Madre, Shoko —susurró Satoru, chocando su vaso de té con el de ella.

—Feliz día, idiota —respondió ella con una sonrisa, brindando por la familia que el destino, en un arrebato de extraña generosidad, les había permitido construir sobre las cenizas del pasado.

El sol comenzó a ponerse sobre Tokio, bañando la ciudad en un resplandor dorado. Las sombras de las diez técnicas de Megumi descansaban tranquilas a sus pies, y el infinito de Satoru se mantenía como un escudo invisible. Shoko, por su parte, simplemente disfrutó del sabor del té y del calor de las manos pequeñas que buscaban las suyas. No eran perfectos, estaban rotos por mil sitios, pero en aquel pequeño rincón del mundo, eran invencibles.