Una Familia Improvisada
Entre Cuervos, Corbatas y Gritos de Guerra
El domingo por la mañana en el apartamento de Roppongi solía ser el único momento de la semana en el que el caos se tomaba un respiro, o al menos eso intentaba Shoko Ieiri mientras encendía su primer cigarrillo en el balcón. El aire de la primavera todavía conservaba un rastro de frescor, pero el sol ya empezaba a calentar el asfalto. Dentro, el sonido rítmico de unos pasos pequeños y decididos indicaba que Megumi ya estaba despierto y, probablemente, preparándose para su rutina de entrenamiento.
—Te va a salir humo por las orejas si sigues pensando tanto, Megumi-chan —la voz cantarina de Gojo Satoru resonó desde la cocina, seguida del estrépito de una caja de cereales volcándose.
Shoko suspiró, exhalando el humo hacia el cielo azul. Entró en la sala justo a tiempo para ver a Satoru, que vestía una camiseta informal y sus inseparables gafas oscuras, intentando atrapar los anillos de colores que flotaban en el aire gracias a un pequeño despliegue de su técnica de infinito.
—Satoru, deja de jugar con la comida —dijo Shoko, caminando hacia la cafetera—. Hoy tenemos visitas. ¿Lo olvidaste?
—¡Claro que no! —Satoru aterrizó los cereales con precisión quirúrgica dentro de los cuencos de los niños—. Vienen Nanamin, Utahime-chi y Mei Mei. Es como una reunión de exalumnos, pero con niños prodigio y sin alcohol... bueno, al menos hasta que Utahime se desespere conmigo.
Megumi, que ya estaba sentado a la mesa con su uniforme de entrenamiento impecable a pesar de tener solo siete años, levantó la vista con una ceja arqueada.
—¿Por qué vienen? —preguntó el niño—. ¿Es un examen?
—No es un examen, Megumi —respondió Tsumiki, apareciendo con el cabello recogido en una coleta alta y una sonrisa radiante—. Son amigos de Gojo-san y Shoko-san. Vienen a conocernos.
—Vienen a ver si Satoru no los ha convertido en pequeños psicópatas todavía —corrigió Shoko, dándole un sorbo a su café amargo—. Tengan paciencia con ellos. Nanami es muy serio, Utahime grita mucho cuando Satoru abre la boca, y Mei Mei... bueno, Mei Mei probablemente intente cobrarles por respirar.
El timbre sonó exactamente a las diez de la mañana. La puntualidad solo podía significar una cosa: Nanami Kento había llegado.
Cuando Shoko abrió la puerta, se encontró con una estampa digna de una fotografía surrealista. Nanami estaba allí, con su traje impecable y su expresión de "preferiría estar en una panadería en Malasia", sosteniendo una bolsa de una pastelería cara. A su lado, Utahime Iori lucía su traje de miko tradicional, con una expresión de irritación contenida que ya dirigía hacia el interior del apartamento. Detrás de ellos, Mei Mei sostenía su hacha gigante apoyada en el hombro, con una sonrisa lánguida y sus trenzas plateadas cayendo sobre su pecho.
—Vaya, qué casa tan... doméstica —comentó Mei Mei, entrando sin esperar invitación—. Espero que el valor de mercado de este inmueble compense el ruido de tener niños.
—¡Utahime! ¡Nanamin! ¡Mei-san! —Satoru apareció en el pasillo con los brazos abiertos—. ¡Bienvenidos al santuario del hombre más fuerte y su prole!
—No me llames Nanamin —dijo Nanami, entrando y dejando la bolsa de dulces sobre la mesa con una reverencia mínima—. Buenos días, Ieiri-san. Veo que has sobrevivido a la convivencia con este sujeto. Es un milagro médico.
—A duras penas, Nanami, a duras penas —respondió Shoko con una sonrisa cansada.
Utahime, ignorando por completo a Satoru, se arrodilló frente a los niños. Su rostro se suavizó instantáneamente al ver a Tsumiki.
—¡Hola! Tú debes de ser Tsumiki, ¿verdad? —preguntó con dulzura—. Siento mucho que tengas que aguantar a este idiota de pelo blanco todos los días. Si alguna vez necesitas huir a Kioto, avísame.
—¡Oye! —protestó Satoru—. ¡Soy un tutor excelente!
Tsumiki rió tímidamente, haciendo una reverencia.
—Mucho gusto, Iori-san. Gojo-san es... divertido.
Megumi, por su parte, observaba a los recién llegados con una desconfianza clínica. Mei Mei se acercó a él, evaluándolo como si fuera una pieza de arte en una subasta.
—Así que tú eres el heredero de las Diez Sombras —dijo la mujer, inclinándose ligeramente—. Tienes una mirada cara, pequeño. Eso es bueno. El talento que no se valora es un desperdicio de capital.
—Me llamo Megumi Fushiguro —respondió el niño, dando un paso atrás—. Y no soy un capital.
Nanami dejó escapar un suspiro de aprobación.
—Al menos el niño tiene sentido común. Es un alivio.
La mañana transcurrió entre té, dulces y una tensión latente que Satoru se esforzaba por disipar con chistes que nadie reía. Se sentaron en la sala, que de repente parecía pequeña para tantos hechiceros de alto nivel.
—Satoru nos contó que Megumi ha progresado mucho —dijo Utahime, aceptando una taza de té de manos de Tsumiki—. Pero ver a un niño de siete años cargando con el legado de los Zenin... es una responsabilidad pesada.
—Él puede con ello —intervino Satoru, recuperando un poco de seriedad—. Tiene el instinto. Pero necesita ver que el mundo de la hechicería no es solo él y yo.
—Hechicería —Nanami tomó la palabra, mirando directamente a Megumi—, es una profesión de mierda, Fushiguro-kun. Es trabajo acumulado, estrés y ver cosas que nadie debería ver. Si decides seguir este camino, hazlo porque quieres proteger algo, no porque alguien te diga que es tu destino. El destino no paga las facturas ni te da noches de paz.
—Nanami siempre tan optimista —se burló Satoru, aunque sus ojos brillaron con respeto.
—Es la verdad —replicó Nanami—. Pero si vas a hacerlo, hazlo con eficiencia. No desperdicies energía. Controlar las sombras no es solo lanzarlas; es saber cuándo guardarlas.
Mei Mei se recostó en el sofá, jugando con un mechón de su cabello.
—Mi consejo es más simple, pequeño Megumi. En este mundo, la fuerza es poder, pero la información y el dinero son libertad. No dejes que el clan Zenin te compre por poco. Tú vales más que cualquier contrato que ellos puedan redactar. Si necesitas asesoría financiera en el futuro, mi tarifa es razonable para la familia.
—Mei-san, es un niño, no un fondo de inversión —la regañó Shoko desde la cocina.
—Todo es una inversión, Shoko —respondió ella con una sonrisa enigmática.
Después de la charla, Satoru insistió en que bajaran al patio trasero del edificio para una demostración. Quería que sus amigos vieran lo que Megumi podía hacer. El patio estaba rodeado de muros altos y protegidos por una cortina de energía que Satoru había levantado discretamente.
Megumi se colocó en el centro, respirando hondo. El aire a su alrededor pareció espesarse.
—Adelante, Megumi-chan. Enséñales a tus tíos por qué los Zenin están rabiando —dijo Satoru, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.
Megumi juntó las manos, entrelazando los dedos para formar la sombra de un ave.
—¡Nue! —exclamó con voz firme.
De la sombra a sus pies, una criatura alada de gran tamaño, con una máscara blanca y plumas electrificadas, emergió con un chillido ensordecedor. La ráfaga de viento que provocó hizo que la ropa de los presentes ondeara con fuerza.
Utahime abrió los ojos de par en par, impresionada por la estabilidad de la invocación. Nanami ajustó sus gafas, analizando la cantidad de energía maldita que el niño estaba utilizando.
—Para su edad, el control es excepcional —admitió Nanami—. La técnica está limpia.
—¡Es increíble, Megumi! —gritó Tsumiki desde la distancia, aplaudiendo con entusiasmo.
Mei Mei observó al shikigami con interés profesional.
—Ese pájaro podría generar una buena cantidad de ingresos en servicios de mensajería rápida o seguridad aérea —comentó, ganándose una mirada fulminante de Utahime.
—¡No todo es dinero, Mei! —exclamó Utahime, antes de volverse hacia Megumi—. Escucha, Megumi. Tu técnica es poderosa, pero los shikigamis son extensiones de tu voluntad. Si tú dudas, ellos dudarán. Mantén siempre tu corazón firme, como una montaña. En Kioto enseñamos que la armonía entre el usuario y la técnica es lo más importante.
Megumi deshizo la técnica, y Nue se desvaneció en un charco de sombras que regresó a sus pies. El niño estaba jadeando un poco, pero mantenía la espalda recta.
—Gracias, Iori-san —dijo Megumi, haciendo una pequeña inclinación.
—Llámanos tíos, pequeño —dijo Satoru, bajando de un salto y rodeando el cuello de Megumi con su brazo—. Al fin y al cabo, estos tres van a estar vigilándote tanto como yo. Somos tu red de seguridad... aunque Nanami sea una red de seguridad un poco amargada.
—Gojo, si me vuelves a llamar tío frente a este niño, te juro que usaré mi técnica de proporción en tu colección de gafas —amenazó Nanami con una voz tan plana que daba miedo.
Satoru rió, pero luego su expresión se volvió inusualmente cálida. Miró a sus amigos, luego a Shoko, que se había acercado para ponerle una toalla en el cuello a Megumi, y finalmente a Tsumiki, que ya estaba planeando qué juegos jugarían todos juntos.
—Saben —dijo Satoru—, cuando traje a estos niños aquí, pensé que solo estaba salvando a un par de personas del sistema. Pero creo que ellos nos están salvando a nosotros. Nos obligan a ser algo más que herramientas de combate.
Shoko asintió, encendiendo un cigarrillo (lejos de los niños, por una vez).
—Nos obligan a ser humanos, Satoru. Y eso es mucho más difícil que ser el más fuerte.
La tarde continuó con una cena improvisada. Nanami terminó, muy a su pesar, ayudando a Tsumiki a poner la mesa con una precisión milimétrica que la niña encontraba fascinante. Utahime intentaba enseñarle a Megumi algunos conceptos teóricos sobre la energía maldita, mientras el niño tomaba notas en un pequeño cuaderno con una seriedad cómica. Mei Mei, por su parte, convenció a Satoru de jugar una partida de póker donde, sospechosamente, ella terminó ganando todos los dulces de la despensa.
—¡Tramposa! —gritó Satoru—. ¡Usaste tus cuervos para mirar mis cartas!
—Solo utilicé mis recursos disponibles, Satoru —respondió Mei Mei, guardando una tableta de chocolate premium en su bolso—. Deberías aprender a proteger mejor tu información.
En un momento de la noche, Shoko y Utahime se quedaron solas en la cocina mientras lavaban los platos.
—¿Cómo lo llevas de verdad, Shoko? —preguntó Utahime, bajando la voz—. Sé que Satoru puede ser... mucho. Y cuidar de dos niños con este trasfondo no es cualquier cosa.
Shoko miró a través del umbral hacia la sala, donde Nanami estaba leyéndole un libro a Tsumiki mientras Megumi escuchaba con atención y Satoru intentaba equilibrar una cuchara en su nariz para hacerlos reír.
—Es agotador —confesó Shoko—. A veces me despierto y no sé si soy una médico, una hechicera o una madre de alquiler. Pero luego veo a Megumi invocar sus sombras sin miedo, o a Tsumiki sonreír después de una pesadilla, y me doy cuenta de que este desastre es lo más real que he tenido en años. Satoru... él está intentando ser mejor. Por ellos. Y por Suguru.
Utahime suspiró, secándose las manos.
—Todos echamos de menos a Suguru. Pero verlos así... rodeados de gente que los quiere... creo que es lo que él hubiera querido antes de perderse. Tienen suerte de tenerte a ti, Shoko. Eres el ancla de este barco loco.
—Soy el ancla que fuma —bromeó Shoko, aunque sus ojos brillaban de emoción.
Cuando llegó el momento de que las visitas se marcharan, el apartamento se sintió extrañamente silencioso por unos segundos. Nanami se detuvo en la puerta y miró a Megumi.
—Fushiguro-kun —dijo seriamente—. Si este idiota de pelo blanco se olvida de alimentarte o intenta enseñarte algo estúpido, llámame. Mi número está en el refrigerador.
—Gracias, Nanami-san —respondió Megumi con un respeto que rara vez le mostraba a Satoru.
—¡Eh! ¡Yo también tengo sentimientos! —exclamó Satoru, fingiendo llorar.
Utahime abrazó a Tsumiki una vez más.
—Vendré a visitarlos pronto. Y traeré dulces de Kioto que no sean solo azúcar puro como los que compra Satoru.
Mei Mei se despidió con un gesto elegante de la mano.
—Sigan creciendo, niños. El mercado del futuro los necesita fuertes. Satoru, te enviaré la factura por mis servicios de consultoría motivacional de hoy.
—¡Ni lo sueñes, Mei-san!
Una vez que la puerta se cerró, Satoru se dejó caer en el sofá, estirando sus largas piernas. Tsumiki se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su brazo, mientras Megumi se sentaba en el suelo, acariciando distraídamente la sombra de su perro que asomaba bajo el sofá.
—Fue un buen día —dijo Tsumiki, cerrando los ojos.
—Sí —asintió Megumi—. Aunque el señor del traje es un poco aterrador cuando habla de horarios.
—Nanami es un buen tipo —dijo Satoru, quitándose las gafas para frotarse los ojos—. Solo tiene un caparazón muy duro. Como todos nosotros.
Shoko entró en la sala, apagando las luces principales y dejando solo la lámpara de pie, que bañaba la habitación en un tono ámbar cálido. Se sentó en el sillón individual, observando la escena.
—A la cama, los dos —ordenó Shoko con suavidad—. Mañana hay escuela y entrenamiento.
—¡Cinco minutos más! —suplicó Satoru—. Estábamos a punto de decidir quién es el tío favorito.
—Es Nanami —dijeron Megumi y Tsumiki al unísono.
Satoru se llevó una mano al pecho, fingiendo una herida mortal.
—¡Traición! ¡En mi propia casa! Shoko, dime que yo soy tu favorito.
Shoko se levantó y le dio un pequeño golpe en la frente mientras pasaba hacia las habitaciones.
—Mi favorito es el silencio que habrá cuando todos se duerman. Vamos, muévanse.
Después de arropar a los niños, Satoru y Shoko regresaron a la sala. El silencio dominical finalmente se había instalado, pero ya no era un silencio pesado, sino uno lleno de recuerdos recientes.
—Gracias por organizar esto, Shoko —dijo Satoru, mirando hacia el balcón—. Necesitaban saber que no estamos solos. Que hay más gente que los cuidará si nosotros... si yo no estoy.
—No digas tonterías, Satoru —respondió ella, sentándose a su lado—. No vas a irte a ninguna parte. Tienes demasiadas facturas que pagarle a Mei Mei y demasiados regaños pendientes de Utahime.
Satoru rió entre dientes, una risa suave que se perdió en la noche de Roppongi.
—Tienes razón. Además, todavía tengo que ver a Megumi superar a esos viejos del clan Zenin. Eso no me lo pierdo por nada del mundo.
Se quedaron allí un rato más, dos jóvenes de veinte años cargando con el peso de un futuro incierto, pero reconfortados por el calor de una familia que no eligieron por sangre, sino por voluntad. Afuera, la ciudad de Tokio seguía su ritmo frenético, pero dentro de aquellas cuatro paredes, el tiempo parecía haberse detenido en un instante de paz perfecta.
—Oye, Shoko —susurró Satoru antes de quedarse dormido en el sofá.
—¿Qué?
—Nanami sí es un poco aterrador, ¿verdad?
Shoko sonrió en la oscuridad, cerrando los ojos.
—Solo cuando tiene hambre, Satoru. Solo cuando tiene hambre.
Y así, entre cuervos, corbatas y promesas silenciosas, la familia Gojo-Ieiri cerró otro capítulo de su extraña y hermosa vida improvisada, sabiendo que, pasara lo que pasara, siempre habría alguien dispuesto a responder la llamada.