Una Familia Improvisada
Bajo el Techo de Cristal y el Aroma de las Flores de Mayo
—Satoru, si vuelves a dejar un envoltorio de caramelo en la mesa de autopsias, te juro que la próxima vez que necesites energía inversa te dejaré con el brazo colgando un par de horas —dijo Shoko, masajeándose las sienes con una mano mientras con la otra sostenía un informe médico que parecía no tener fin.
Satoru Gojo, recostado en una silla giratoria que no paraba de dar vueltas, soltó una carcajada que resonó en la pulcra enfermería de la Academia Jujutsu.
—¡Oh, vamos, Shoko-chan! Estaba celebrando que Megumi exorcizó su primera maldición de grado cuatro él solo. El niño tiene talento, te lo digo yo. Mis Seis Ojos no mienten —respondió él, ajustándose las gafas oscuras que se le habían resbalado por el puente de la nariz.
—Lo que tus Seis Ojos no ven es que estamos al borde del colapso —replicó ella, dejando el informe sobre la mesa con un golpe seco—. Has tenido tres misiones de grado especial esta semana. Yo he dormido un total de ocho horas en los últimos tres días entre la enfermería y cuidar a Tsumiki con su fiebre. Megumi está empezando a mimetizar tu arrogancia y Tsumiki está demasiado callada. Necesitamos un respiro, Satoru. Un respiro real.
Satoru se detuvo en seco. La silla dejó de girar. Por un momento, la máscara de invencibilidad que siempre llevaba puesta se agrietó, dejando ver las ojeras que incluso el Infinito no podía ocultar del todo. Ser el hechicero más fuerte del mundo era una carga; ser un padre improvisado para dos niños con pasados traumáticos era una maratón sin línea de meta.
—Tienes razón —admitió él, su voz bajando un octavo—. Pero, ¿quién se queda con los niños? Nanami dice que su jornada laboral termina a las cinco y que cuidar niños no entra en su contrato de "no horas extra". Mei Mei... bueno, Mei Mei me envió un presupuesto por hora que incluía un seguro de vida para los pequeños y una comisión por "entretenimiento educativo". Es un robo a mano armada.
Shoko soltó un suspiro cargado de humo, aunque no estaba fumando.
—Solo queda una opción. Alguien que tenga paciencia, que sea responsable y que, por alguna razón mística, todavía no te haya bloqueado de todos lados.
Satoru hizo una mueca, sabiendo perfectamente a quién se refería.
—Utahime-chi va a matarme.
***
—¡Ni de broma! ¡Absolutamente no! ¡Gojo, eres un sinvergüenza! —el grito de Utahime Iori se escuchó hasta en los dormitorios de segundo año.
La hechicera de Kioto estaba de pie en la sala del apartamento de Roppongi, señalando a Satoru con un dedo tembloroso de indignación. A su lado, Megumi observaba la escena con su habitual desapasionamiento, mientras Tsumiki intentaba esconder una sonrisa tras un peluche.
—¡Oh, vamos, Utahime! —suplicó Satoru, uniendo las manos en un gesto de oración—. Eres la única en quien confío. Eres una miko, tienes esa aura maternal y pura... además, los niños te adoran. Tsumiki incluso hizo un dibujo de ti con flores.
Utahime se detuvo, su mirada cayendo sobre Tsumiki, quien tímidamente le mostró un papel donde, efectivamente, aparecía una figura con traje de miko rodeada de margaritas. El corazón de Utahime, aunque blindado contra las tonterías de Gojo, no pudo contra la ternura de una niña de ocho años.
—Solo veinticuatro horas —sentenció Utahime, cruzándose de brazos—. Y Gojo... si vuelves y encuentro que les has enseñado alguna técnica prohibida o que han comido solo azúcar, te juro que mi ritual será lo último que escuches.
—¡Eres un sol, Utahime-chi! —exclamó Satoru, intentando abrazarla, solo para ser repelido por un empujón rápido.
Shoko se acercó a Utahime y le puso una mano en el hombro, con una mirada de gratitud genuina que hizo que la hechicera de Kioto se calmara al instante.
—Gracias, Utahime. De verdad lo necesitamos. Hay comida en el refrigerador, los números de emergencia están en la puerta y Megumi sabe dónde están las linternas si hay un apagón.
—No te preocupes, Shoko —dijo Utahime, suavizando el tono—. Disfruten. Ustedes dos cargan con demasiado. Yo me encargaré de que estos pequeños estén a salvo de las malas influencias... empezando por su tutor.
***
El silencio era casi ensordecedor.
Satoru y Shoko caminaban por un sendero arbolado en las afueras de Hakone. Habían decidido alejarse del bullicio de Tokio, de las sombras de los callejones y del olor a incienso de la academia. Satoru vestía una yukata ligera de color azul marino, y por una vez, no llevaba ni gafas ni vendas, solo su cabello blanco cayendo libremente sobre sus ojos. Shoko, con una yukata verde pálido, caminaba a su lado, disfrutando del sonido del viento entre los cedros.
—Es extraño —comentó Satoru, mirando sus propias manos—. No sentir la presión de una maldición cerca, ni el grito de Megumi porque perdió un calcetín.
—Se llama paz, Satoru —respondió Shoko, cerrando los ojos para inhalar el aroma a tierra mojada—. Deberías probarlo más a menudo.
—La paz es difícil cuando eres el techo que sostiene el mundo, Shoko-chan.
Se detuvieron frente a un pequeño puente de madera que cruzaba un arroyo cristalino. El sol de la tarde se filtraba entre las hojas, creando patrones de luz y sombra sobre el agua. Shoko se apoyó en la barandilla, observando el fluir del río.
—A veces me pregunto qué habría sido de nosotros si no fuéramos hechiceros —dijo ella en voz baja—. Si solo fuéramos dos personas normales que se conocieron en la preparatoria.
Satoru se colocó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban. Sin el Infinito activo entre ellos, podía sentir el calor que emanaba de Shoko.
—Probablemente serías una doctora brillante y un poco aterradora —rio él—. Y yo... bueno, yo probablemente sería un modelo famoso o algo igual de deslumbrante.
—Sigues siendo un egocéntrico —murmuró ella, pero no había rastro de molestia en su voz.
—Pero estaríamos juntos, ¿no? —preguntó Satoru, girándose para mirarla. Sus ojos azules, profundos y vastos como el océano, brillaban con una intensidad que no tenía nada que ver con el poder—. En cualquier universo, en cualquier vida... creo que siempre terminaría buscándote, Shoko. Eres la única que me ve a mí, no al "Gojo Satoru" que todos temen o admiran.
Shoko sintió un vuelco en el pecho. Estaba acostumbrada al Satoru bromista, al Satoru arrogante y al Satoru que era una fuerza de la naturaleza. Pero este Satoru, el que hablaba con una honestidad cruda y vulnerable, era el que siempre lograba desarmarla.
—Es porque eres un idiota, Satoru —respondió ella, aunque su mano buscó la de él sobre la madera del puente—. Un idiota que se cree Dios pero que no sabe cómo combinar su ropa sin ayuda.
Satoru entrelazó sus dedos con los de ella. Su mano era firme y cálida, un ancla necesaria para alguien que siempre parecía estar flotando por encima de la humanidad.
—Gracias por cuidar de ellos —dijo él—. Por ser la madre que Tsumiki necesitaba y la guía que Megumi busca. Sé que este no era el plan para tu carrera, Shoko.
—No lo era —admitió ella, apretando su agarre—. Pero cuando veo a Megumi intentar hacer sombras con las manos solo para hacerme reír, o cuando Tsumiki me cuenta sus sueños... me doy cuenta de que prefiero esto a cualquier otra cosa. Estamos creando algo, Satoru. Algo que no es una herramienta de guerra.
Se quedaron en silencio un largo rato, simplemente disfrutando de la compañía mutua. El sol comenzó a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y dorados. Caminaron hacia el ryokan donde se hospedarían, una posada tradicional con aguas termales privadas.
La cena fue un asunto tranquilo, lleno de platos pequeños y sabores delicados. Por primera vez en años, no hablaron de misiones, ni de los ancianos del consejo, ni de las técnicas de barrera. Hablaron de música, de libros que Shoko quería leer y de los lugares que Satoru quería visitar algún día, lugares donde no hubiera nada que exorcizar.
Más tarde, bajo el manto de una noche estrellada, ambos se encontraban sentados en el porche de madera de su habitación, con los pies colgando hacia el jardín zen. El vapor del onsen cercano flotaba en el aire.
—Shoko —llamó Satoru, su voz apenas un susurro que se mezclaba con el canto de los grillos.
—¿Mmm?
—¿Alguna vez te has sentido sola? —preguntó él, mirando hacia las estrellas—. Incluso conmigo cerca, incluso con los niños... ¿sientes ese vacío que dejó Geto?
Shoko dejó de beber su té. La mención de su antiguo compañero siempre dolía, como una herida que nunca terminaba de cerrar del todo, pero que ya no sangraba.
—Todos los días —respondió ella con sinceridad—. Pero luego te veo a ti intentando hacer malabares con tres tazas de café, o veo a los niños peleando por el control remoto, y el vacío se llena un poco. No somos los mismos que éramos en 2006, Satoru. Hemos cambiado. Hemos crecido sobre las ruinas.
Satoru se inclinó hacia ella, reduciendo el espacio hasta que sus rostros estaban a escasos centímetros. Podía oler el jabón de sándalo en su piel y el aroma persistente a té verde.
—No quiero que te sientas sola nunca más —dijo él, su mano acariciando suavemente la mejilla de Shoko—. Sé que soy difícil. Sé que mi mundo es peligroso. Pero quiero que sepas que eres lo más real que tengo. No eres solo mi compañera, Shoko. Eres... eres mi hogar.
Shoko no respondió con palabras. En su lugar, acortó la distancia final y unió sus labios con los de él. Fue un beso lento, cargado de años de entendimiento silencioso, de cansancio compartido y de un afecto que había florecido entre las sombras del mundo de la hechicería. No hubo fuegos artificiales, ni explosiones de energía; fue como el regreso a casa después de una batalla larga y agotadora.
Satoru rodeó la cintura de Shoko con sus brazos, atrayéndola hacia él, mientras ella enredaba sus dedos en el cabello blanco de él. En ese momento, Gojo Satoru no era el más fuerte, ni el poseedor de los Seis Ojos; era simplemente un hombre amando a la mujer que lo mantenía cuerdo.
Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad, sus frentes apoyadas la una contra la otra.
—Eso fue... —empezó Satoru, con una sonrisa genuina.
—Inesperadamente agradable —completó Shoko, con un rastro de rubor en sus mejillas que Satoru encontró absolutamente encantador.
—¿Inesperadamente? ¡Oye! Soy un gran besador, estoy seguro de ello.
—Cállate, Satoru. No arruines el momento.
Se rieron juntos, una risa que nació del alma y que pareció limpiar el aire de todas las preocupaciones. Se quedaron abrazados bajo las estrellas, sabiendo que mañana tendrían que volver a la realidad, a los gritos de Utahime, a los entrenamientos de Megumi y a las misiones peligrosas. Pero algo había cambiado. El lazo que los unía ya no era solo de responsabilidad compartida, sino de algo mucho más profundo y resistente.
***
A la mañana siguiente, el regreso a Tokio fue más ligero. Satoru conducía mientras canturreaba una canción pop que Shoko odiaba, pero esta vez ella no le pidió que se callara.
Cuando abrieron la puerta del apartamento, fueron recibidos por una escena caótica pero reconfortante. Utahime estaba en el suelo, rodeada de piezas de un rompecabezas gigante, mientras Megumi intentaba explicarle con mucha paciencia por qué la pieza que ella sostenía no encajaba en el cielo. Tsumiki estaba sentada en el sofá, leyendo un libro a voz alta para los dos Perros de Jade que Megumi había invocado para que le hicieran compañía a la "tía Utahime".
—¡Estamos en casa! —anunció Satoru con su energía habitual.
—¡Gojo-san! ¡Shoko-san! —Tsumiki corrió a abrazarlos, seguida por Megumi, quien caminó a un paso más lento pero con una expresión visiblemente aliviada.
Utahime se levantó, frotándose la espalda con un gemido.
—Por fin. Gojo, tu hijo es un sabelotodo y Tsumiki lee demasiado rápido. Casi me quedo sin cuentos.
—Gracias, Utahime-chi. Te debo una grande —dijo Satoru, guiñándole un ojo.
Utahime frunció el ceño, observando a Satoru y luego a Shoko. Sus ojos de hechicera notaron algo diferente en el lenguaje corporal de ambos, una suavidad en sus gestos que no estaba allí ayer.
—Vaya... parece que las vacaciones les sentaron mejor de lo que pensaba —comentó ella, con una sonrisa cómplice que hizo que Shoko desviara la mirada—. Bueno, mi trabajo aquí ha terminado. Megumi, recuerda lo que te dije sobre la postura. Tsumiki, sigue practicando tu lectura.
Una vez que Utahime se marchó, el apartamento volvió a su ritmo habitual. Shoko fue a la cocina a preparar algo de comer, mientras Satoru se tiraba al suelo para ayudar a Megumi con el rompecabezas.
—¿Y bien? —preguntó Megumi sin levantar la vista—. ¿Se divirtieron?
—Mucho, Megumi-chan —respondió Satoru, colocando una pieza con precisión—. Hakone es muy bonito. Deberíamos ir todos juntos la próxima vez.
—¿De verdad? —preguntó Tsumiki, iluminándosele el rostro.
—De verdad —confirmó Shoko desde la cocina, asomándose con una sonrisa—. Somos una familia, ¿no? Y las familias van de vacaciones juntas.
Megumi asintió, una pequeña y rara sonrisa apareciendo en su rostro.
—Está bien. Pero Gojo-san no puede elegir la música en el coche.
—¡Oye! ¡Tengo un gusto excelente!
Mientras los gritos y las risas llenaban el apartamento, Shoko sintió una calidez profunda en su pecho. Miró a Satoru, quien en ese momento estaba intentando equilibrar una pieza del rompecabezas en su nariz para hacer reír a los niños. Él se giró y le dedicó una mirada llena de ternura y una promesa silenciosa.
Ya no eran solo dos hechiceros tratando de sobrevivir al sistema. Eran padres, eran compañeros y, sobre todo, eran el refugio del otro. El camino por delante seguiría siendo peligroso, las sombras de los Zenin y las maldiciones de grado especial no desaparecerían, pero ahora tenían algo por lo que valía la pena luchar cada segundo.
Bajo el techo de aquel apartamento en Roppongi, el hombre más fuerte y la mujer que curaba almas habían encontrado su propia técnica definitiva: el amor incondicional por una familia que ellos mismos habían decidido crear. Y eso, en el mundo de la hechicería, era el milagro más grande de todos.